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lunes, 8 de agosto de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

XXV

-¡Alto...!
¿Quién vive?


A NUESTRO GRUPO ENCOMENDARON las más variadas comisiones, que cumplimos satisfactoriamente en casi todos los casos. En una ocasión se nos ordenó llevar al campamento, vivo muerto, al Gochi, jefe de los agraristas de una extensa región, quien se distinguía por su crueldad sin límites.

Era el Gochi el prototipo del revolucionario inculto, de inteligencia natural al servicio de su provecho. Los incontables crímenes, violaciones y saqueos cometidos por él y su gente, decidieron que nuestro cuartel general lo sujetara a proceso, como resultado del cual fue condenado a muerte. El Gochi nunca andaba solo y era rápido para disparar. Nos informaron qué lugares solía frecuentar, y nos pusimos al acecho. Largas horas estuve agazapado en diversos puntos con la esperanza de verlo pasar. La inactividad me exasperaba. Afortunadamente uno de los nuestros vio al Gochi a caballo, acompañado por sólo tres de sus hombres. Iba rumbo al molino de su propiedad. Nos dio aviso y todos fuimos en su busca. Avanzamos con precauciones, a cierta distancia uno de otro, cuando de pronto sonó un tiro, seguido de un ¿Quién vive? Corrí hacia el lugar donde se oyó la detonación y vi a Adalberto, que con la mano izquierda apartaba el cañón de una carabina y con la derecha apuntaba con su revólver al pecho de un agrarista.

-¿Así es como acostumbras? -le dijo Adalberto-: ¿primero disparas y luego preguntas quién vive?

-Es que me asustó, compañero. No lo esperaba y lo tomé por cristero.

-¿Qué compañero, ni qué demonios! ¿Dónde está el Gochi?

-No lo sé, no lo he visto.

-¡Mientes, bribón! -le gritó Adalberto, quien golpeó con su propia carabina al agrarista y lo tiró al suelo. Le apuntó a la cabeza y le dijo:

-Me dices dónde está el Gochi o te mato.

-Sí, patrón, lo vi pasar pa casa la Juana.

- ¿Sabrás llevarnos?

-Sí, si me deja parar.

-Pos jala pa delante y cuidado con lo que haces.

Nos pusimos en marcha. El peón caminaba asustado, conduciéndonos por veredas. Al oscurecer avistamos una ranchería y el agrarista nos señaló la casa donde estaba el Gochi. Bien amarrado y amordazado lo dejamos en una zanja, amenazándolo con matarlo si nos había mentido. Al llegar al caserío tomamos posiciones y yo avancé hacia la casa señalada. En la puerta del frente dormitaba un agrarista armado. Me deslicé por la parte posterior y saltando una cerca llegué al patio. Las ventanas estaban a oscuras, excepto una. Me acerqué y miré dentro.

El Gochi bebía y chacoteaba con una muchachona. De vez en cuando se proyectaban en la ventana las sombras de los dos al andar por la habitación. En otra parte de la casa se oían voces; eran otros dos pistoleros del Gochi que estaban en la cocina. Regresé a donde estaban los nuestros y tomando en cuenta lo que había visto planeamos el ataque que llevamos a cabo con éxito, pues estaban demasiado entretenidos y borrachos. Los aprehendidos resultaron unos pícaros de cuenta, por lo que, sentenciados a muerte, se les fusiló con las formalidades de rigor.  Los primeros días de marzo de 1929 llegaron al campamento rumores de la insurrección de varios generales (Una especie de golpe de estado que, por conducirla el General Escobar se le llamo “la revuelta escobariana” más abajo se lo menciona con otros compañeros contra el gobierno de Portes Gil, Sucesor de Plutarco Elías. (Estados Unidos depuso al presidente Plutarco Elías Calles y quizá el pretexto se tomo de esta revuelta militar y puso en su lugar a Emilio Portes Gil como presidente interino.)


Efrén me envió a San Marcos en busca de noticias. Allí supe que los Generales Manso, Topete y Cruz, el Inspector de Policía en tiempo de Calles (fue el encargado de fusilar a los hermanos pro, Segura Vilchis y toral entre otros) se habían levantado en Sonora. El general Aguirre en Veracruz, Caraveo en Chihuahua y Escobar en Monterrey. La revolución era de una apariencia formidable, pues se decía que los alzados en armas disponían aproximadamente de la mitad de los efectivos militares con que contaba el gobierno. El plan de Hermosillo, que ligaba a los insurrectos, en parte dice así: Después de tener la convicción de que el índice de Plutarco Elías Calles ha señalado a los puñales que hirieron a su protector Álvaro Obregón, a Flores, a Hill, Villa, Gómez y Serrano, y últimamente al general Samaniego, no queda otro camino dignificante que decir a nuestro pueblo: i A las armas!

Los dirigentes del Ejército Libertador no quisieron tratar con los alzados, algunos de los cuales poco antes eran activos perseguidores de la Iglesia y de nuestros derechos, pero veían con agrado la escisión que entre ellos se había producido. Calles fue nombrado Secretario de Guerra y el embajador yanki, Dwight Morrow, le ofreció armas y municiones de los arsenales de su gobierno y de fábricas particulares, a pesar del embargo de armas que existía, así como un empréstito de veinticinco millones de dólares, si 10 deseaba, y reforzó las disposiciones del gobierno norteamericano que ya prohibían la exportación de pertrechos no destinados al callismo. Del aeródromo lvfitchell les enviaron varios corsario s de caza Vougth encabezados por un oficial yanki.


Para El quince de marzo, día de mi regreso al campamento, ya la insurrección había perdido su fuerza. El general Aguirre evacuó Veracruz e iba huyendo rumbo al Istmo. Escobar abandonó Monterrey y poco después Saltillo. El general rebelde que ocupaba la zona de Naco, Sonora, entregó la plaza, con lo que comprometió la situación de los alzados en ese Estado. En Irapuato se concentraba una gran columna a las órdenes del general Lázaro Cárdenas, y Calles, que iba rumbo a Zacatecas, ocupó Aguascalientes y fusiló a los generales Villarreal y Vidales. En la ciudad de México habían fusilado al cruel ex-jefe de la policía montada, general Palomera López.

Poco después el general Escobar huyó por Nogales rumbo a los Estados Unidos de Norte-América, acompañado por Valenzuela y otros, con lo que terminó vergonzosamente la rebelión de los generales. La nota de valor y arrojo la dieron los nuestros al atacar y derrotar una poderosa columna federal en Tepatitlán. Pereció en la acción el Padre Vega. Pero los acontecimientos se sucedieron con tal rapidez, que no pudimos aprovechar la situación para desarrollar planes de mayor envergadura. El Ejército Libertador hubiera triunfado con la cuarta parte de las armas y pertrechos de que dispusieron los insurrectos y que tristemente dilapidaron. Planeamos asaltar un convoy de provisiones y pertrechos que supimos pasaría no muy lejos de nuestro campamento. Para llevar a cabo el asalto escogimos un lugar donde la carretera sigue el fondo de una angosta cañada, y esperamos. Algunos de nosotros vestimos uniformes del ejército federal que habíamos quitado al enemigo. Efrén se plantó uno de coronel.

Yo llevaba chamarra de campaña y kepí con dos barras. Los uniformados ocupamos el camino y el resto permaneció oculto en las laderas de la cañada. Estaba la gente de muy buen humor y llena de ánimo. Mientras esperábamos le calentaron la cabeza a Tarimas, joven carpintero de Tarimoro, quien estaba muy enamorado de una muchacha a quien celaba terriblemente.

-Hechos son amores, no besos ni apachurrones. Esa Juanita todas las noches se hace la porla...

-¡Mientes! -contestó indignado Tarimas.

-¡Hombre! ... La por la señal de la Santa Cruz...

Una carcajada general celebró el chiste, e inmediatamente otro se lanzó a la carga:

-¡Cómo estimo a mi compadre Tarimas! Me hizo gente; si no fuera por él, sería yo el más bruto; pero ahora, ni quien se fije.

En esto estábamos cuando nuestros vigías dieron la señal de haber avistado el convoy, formado por tres camiones del ejército. Avanzaba por una parte descubierta del camino. Antes de entrar al desfiladero detuvieron los carros, como si hubieran visto algo que les inquietara.
Un piquete de cinco hombres al mando de un oficial avanzó a pie, cautelosamente.

-Se han detenido -dijo Efrén-. ¡Vamos!

Dimos un pequeño rodeo entre los árboles y les salimos al encuentro. Efrén gritó:

-¡Alto... ! ¿Quién vive?

-El supremo Gobierno -contestó el oficial.
-¿y qué demonios hacen por aquí? -preguntó Efrén.

-Llevamos un convoy, mi coronel.

-¿De dónde vienen?

-De Colima, mi coronel.

-¿Y qué rayos hacen a pie?

-Vimos movimientos entre los árboles, pero no distinguíamos de quién se trataba; pensamos podían ser cristeros.

-Está bien -dijo Efrén-. Ahora diga al convoy que puede avanzar.

Entraron los tres camiones a la cañada y se detuvieron junto a nosotros. Su comandante bajó y se cuadró frente al "coronel".

-A ver su documentación -ordenó Efrén, y dirigiéndose a nosotros dijo, Echen un vistazo a lo que traen. Nos extendimos a lo largo de los carros, y cuando estuvimos a los lados de ellos apuntamos con nuestras armas a sus custodios y ordenamos:

-¡Arriba las manos! ¡Tiren las armas!


Simultáneamente llegaron los nuestros que estaban emboscados en las laderas y nos hicimos del preciado cargamento sin combatir. Traían además de pertrechos, zapatos, frazadas, gabanes y uniformes de soldado. Nos posesionamos de todo. Después volteamos los carros y les prendimos fuego con su propia gasolina. A los hombres que los llevaban los desarmamos, y para evitar dieran pronto aviso, los desnudamos.