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sábado, 13 de agosto de 2016

MEDITACIONES FUNDAMENTALES por San Alfonso Maria de Ligorio, Doctor de la Iglesia


5. La Muerte


¡Hay que morir! Más pronto o más tarde, pero hay que morir. Cada siglo se llenan las casas y las ciudades de gente nueva; la antigua ha ido a encerrarse en los sepulcros. Nacemos ya con la soga al cuello, o sea, condenados a muerte. Por muy larga que sea nuestra vida, vendrá un día y una hora que serán los últimos para nosotros, y esa hora ya está señalada. Dios mío, os agradezco la paciencia con que me habéis soportado. ¡Ojalá hubiera muerto antes de ofenderos! Ya que me dais tiempo para remediar el mal, decidme lo que queréis de mí, que yo quiero obedeceros en todo. Dentro de pocos años, ni yo, que esto escribo, ni vosotros, que lo leéis, viviremos en esta tierra. Como hemos oído doblar para unos, así otros oirán que las campanas tocan a muerto por nosotros. Como leemos los nombres de otros escritos en los registros de defunción, así otros leerán los nuestros. En resumen: que tenemos que morir sin remedio; y, lo que es más terrible, que hemos de morir una sola vez; si erramos esa vez, erramos para siempre. ¡Qué pavor sentiréis cuando os avisen que debéis recibir los Sacramentos y que no hay tiempo que perder! Veréis entonces salir de vuestro aposento los padres, los amigos, y quedaréis solos con el confesor y la enfermera para asistiros.

JESÚS mío, no quiero esperar a la muerte para darme a Vos; habéis dicho que no sabéis rechazar al alma que os busca: Buscad, y hallaréis; pues ahora os busco yo; haceos encontrar por mí. Os amo, Bondad infinta; a Vos sólo quiero, y nada más. Habrá Religioso que, en lo mejor de sus planes y preocupaciones mundanas, oirá que le dicen: «Hermano, está usted muy mal; prepárese a la muerte» Entonces querrá el enfermo arreglar bien las cuentas; pero, ¡ay!, que el horror y la confusión que se apoderarán de él lo trastornarán de tal modo, que no sabrá qué hacer. Todo lo que ve y oye le causa pena y temblor; entonces todas las rosas del mundo se le convertirán en espinas; espinas serán los recuerdos de las diversiones pasadas; espinas las honras alcanzadas y la vanidad que ostentó; espinas los amigos que le apartaban de Dios; espinas los vanos lujos; y todo será espinas. ¡Qué terror le causará entonces el pensar: «Dentro de poco habré traspuesto la vida, y no sé cuál será mi eternidad, si la feliz o la desgraciada! » ¡Oh, las solas palabras de Juicio, Infierno, Eternidad, qué espanto causarán a los pobres moribundos! Creo, Redentor mío, que habéis muerto por mí; por vuestra Sangre espero mi salvación. Os amo, Bondad infinita, y me arrepiento de haberos ofendido.

JESÚS mío, esperanza mía, amor mío, tened piedad dé mí. Figuraos un Religioso en su última enfermedad. Antes se le veía siempre por el monasterio bromeando o revolviéndolo todo; ahora está postrado, perturbado: no habla, no ve, no oye. ¡Ah! Ya no piensa el desdichado en sus planes, ni en sus vanidades; ante la vista tiene clavada la única idea de la cuenta que tiene que dar a Dios. Los hermanos que lo rodean (de los cuales uno llora, otro suspira, otro está mudo), el confesor que lo asiste, los médicos reunidos en consulta, todo eso son señales fatales. Entonces el enfermo ya no ríe, no piensa en pasatiempos; no piensa más que en la noticia terrible de que su enfermedad es mortal. Y no queda más remedio: tal como está, entre confusiones y tormentos de dolores, angustias y zozobras, tiene que salir del mundo. Pero ¿cómo prepararse en tan breve tiempo, y estando la inteligencia tan oscurecida? Pues no hay remedio: hay que partir; lo hecho, hecho está.

¡Oh Dios mío! ¿Cuál será mi muerte? Yo quiero cambiar de vida; ayudadme, JESÚS mío, que estoy resuelto a amaros de hoy en adelante con todo mi corazón. Ea, estrechadme con Vos y no permitáis que de nuevo os abandone. Sí tuvieras que morir esta noche, ¡cuánto darías por un año o por un mes más de vida!  Pues debes resolverte a hacer ahora lo que entonces no podrás hacer. ¿Quién sabe si este año, este mes, esta semana, o quizás este mismo día; serán los últimos para ti? ¿Quisierais morir en el estado en que os encontráis? ¿No? Pues ¿corno os atrevéis a continuar en el mismo estado? Tenéis compasión de los que han muerto repentinamente, porqué no tuvieron tiempo de prepararse. Y vosotros que tenéis tiempo, ¿no os preparáis?

¡Ah Dios mío! No quiero obligaron a relegarme al olvido. Os doy gracias por vuestra misericordia; ayudadme a cambiar de vida. Veo que me queréis salvar; yo quiero también salvarme para alabaros y amaros eternamente. Llegada la hora de la muerte se os presentará el Crucifijo y os dirán que JESUCRISTO debe ser en aquella hora vuestro único refugio y vuestro único consuelo. Pero para aquellos que amaron poco al Crucificado, no les servirá éste de consuelo, sino de espanto. En cambio, ¡qué gran consuelo será para el alma que lo dejó todo por su amor!

Amado JESÚS mío, Vos seréis mi único amor en la vida y en la muerte. ¡Dios mío y todas mis cosas! ¡Oh que terror causa al moribundo pecador el sólo nombre de eternidad! Por eso no quiere: oír hablar más que de sus dolores, de los médicos y de las medicinas; si se le quiere hablar del alma, se cansa, cambia de conversación y dice: «Hágame el favor de dejarme descansar». Clamará el infeliz: -«¡Oh, quién me diera tiempo para reformar mi vida!» Pero oirá que le responden: -«¡Sal de este mundo!» -«¡Que llamen más médicos-dirá-; prueben otras medicinas!... » -«¡Qué médicos ni qué medicinas!» Ya llegó la hora, y hay que marchar a la eternidad. Aquel proficiscere, «parte ya», no aterra, sino que consuela al que ama a Dios pensando que sale ya del peligro de perder el bien que ama. «Sea hoy la paz tu mansión y tu casa la celestial Sión». ¡Hermoso anuncio para el que muere con la segura esperanza de morir en gracia de Dios!

¡Ah JESÚS mío! Por vuestra Sangre espero que me llevaréis al lugar de la paz, donde podré deciros: -«¡Oh, amor mío, ya no tendré el temor de perderte!» -«Compadécete, Señor, de sus gemidos y de sus lágrimas». No quiero, Dios mío, aguardar a la hora de la muerte para llorar las ofensas que os he hecho; las detesto ya desde ahora y las maldigo: me arrepiento de todo corazón y querría morir de dolor. Os amo, Bondad infinita. Así quiero vivir y morir: llorando y amando. «Reconoce, Señor, a tu criatura, que no es hechura de otros dioses, sino creada por Ti, Dios vivo y verdadero». ¡Oh Dios mío, que me habéis creado, no me arrojéis lejos de Vos! Si un tiempo os desprecié, ahora os amo más que a mí mismo y no quiero amar más que a Vos.

Al presentarse JESÚS por Viático, temblará el que le amó poco. En cambio, el que no amó más que a Jesucristo se sentirá inundado de confianza y de ternura, viendo que viene para acompañarle en el viaje a la eternidad. Al recibir la Extremaunción, el demonio os traerá a la memoria los pecados cometidos con los sentidos. Procuremos llorarlos antes que llegue la muerte. Cuando el moribundo haya recibido los Sacramentos, se retirarán los parientes y los amigos, y quedará solo con el Crucifijo.

¡Ah JESÚS mío! Entonces; cuando todos me hayan abandonado, no me abandonaréis: En Ti, Señor, esperé; no quedaré eternamente confundido. Ya se presenta un sudor frío, se oscurece la vista, se paralizan las pulsaciones, se enfrían las manos y los pies, queda ya el enfermo como un cadáver y comienza la agonía. ¡ Ah! Ya comenzó el pobre su travesía... Luego va faltando el aliento, se hace cada vez más rara la respiración: son los anuncios de la muerte. El confesor enciende una luz, que coloca en la mano del moribundo, y comienza a hacerle los actos para bien morir. ¡Oh, candela fúnebre! Ilumina ya nuestras almas, porque de poco servirá tu luz cuando ya no hay tiempo para reparar el mal.¡Oh Dios mío! A la luz de esa lámpara siniestra, ¿qué aspecto tomarán las vanidades del mundo y las ofensas hechas al Señor? Y por fin expira el moribundo: allá acabó para él el tiempo y comienza la eternidad. ¡Oh momento que decide una felicidad eterna o una desgracia eterna!

¡JESÚS mío, misericordia! Perdonadme y ligadme con Vos tan fuertemente, que no me suelte en aquel trance. Cuando ya el moribundo haya expirado, se volverá el sacerdote a los presentes, y dirá: - «Ya acabó. Les acompaño en el sentimiento.» - ¿Murió ya? -Sí; ya murió: descanse en paz - Descanse en paz, si murió en paz con Dios; pero si murió en su desgracia, no tendrá paz el infeliz mientras Dios sea Dios. Luego que haya expirado, las campanas tocarán a muerto; al poco rato se habrá difundido la noticia. Unos dirán: «Era muy garboso, pero poco tenía de santo.» Otros dirán: «¿Quién sabe si se habrá salvado?» Los parientes y los amigos, agobiados por la desgracia, no querrán ni oír hablar de él: «No nos lo recuerden por favor». Si queréis verlo, abrid aquella fosa y miradlo: ya no impecable en su vestido, bien ceñido el busto, sino convertido en podredumbre de la que nacen los gusanos que le irán comiendo las carnes, hasta no dejar de aquel cuerpo más que un esqueleto fétido, que después se irá destrabando, separándose la cabeza del tronco y los huesos todos entre sí. He aquí a qué quedará un día reducido este cuerpo, por el que tanto ofendemos a Dios.


¡Oh Santos! Vosotros lo comprendisteis, y por eso teníais siempre el cuerpo mortificado; y ahora vuestros huesos son venerados como reliquias en los altares y vuestras almas gozar de la vista de Dios, esperando el día último, en que vendrán vuestros cuerpos a haceros compañía en la gloria como os la hicieron en el dolor. Si estuviera yo en la eternidad, ¿qué no desearía haber hecho por Dios? Se asomaba San Camilo de Lelis a las tumbas, y exclamaba: -¡Oh!, si los que aquí reposan vivieran, ¿qué hago? Y nosotros, ¿qué hacemos? Señor, no me rechaces por mí ingratitud. Los demás os ofenden sin luz; yo a plena luz. Tanto me habéis iluminado para que conociera el mal que hacía pecando, y, sin embargo, hollando vuestra gracia y vuestras luces, os he vuelto las espaldas. No seas terrible para mí; sé mi esperanza en el día del dolor (Jr. 17,17).

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