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jueves, 11 de agosto de 2016

El Calvario y la Misa Por Mons. Fulton J. Sheen


PROLOGO

Hay ciertas cosas en la vida que son demasiado bellas para olvidarse. Tal el amor de una madre. Por eso guardamos su fotografía como un tesoro. El amor de los soldados, que se sacrificaron por su patria, es igualmente demasiado: hermoso para ser olvidado; y por eso reverenciamos su recuerdo en el "Día Memorial". Pero la más grande bendición que jamás descendió a este mundo fue la visita del Hijo de Dios en forma y en hábito de hombre. Su vida, sobre todas las vidas, es demasiado bella para olvidarse; y por eso guardamos como un tesoro la divinidad de sus Palabras en la Sagrada Escritura, y la caridad de sus Obran en nuestra acciones diarias. Desgraciadamente esto es todo lo que algunas almas recuerdan; concretamente, sus Palabras y sus Obras; y sin embargo, importantes como ellas  son, no la mayor característica del Salvador Divino. El acto más sublime en la historia de Cristo fue su Muerte. La muerte es siempre importante porque ella sella el destino. Todo hombre muriendo es una escena. Toda escena de muerte es una situación sagrada. Por eso la gran literatura antigua, que pintó las emociones anejas a la muerte, no ha pasado nunca de actualidad. Pero de todas las muertes que los hombres recuerdan ninguna fue más importante que la muerte de Cristo. Cualquier otro nacido en el mundo vino a él pura vivir; nuestro Señor entró en él para morir. La muerte, piedra donde se estrelló la vida de un Sócrates, fue para Cristo la corona de la vida. El mismo nos dijo que había venido al mundo "a dar su vida para la redención de muchos; que nadie podía arrebatar le la vida; pero que Él la entregaría de su propia voluntad". Si, pues, la Muerte fue el momento supremo para el cual vivió Cristo, eso fue precisamente lo único que El mostró deseo de que nosotros recordásemos. No pidió que se consignasen por escrito sus Palabras en la Escritura; no pidió que se recordase en la Historia su bondad para con los pobres; pero sí pidió que los hombres recordasen su Muerte Y para que su recuerdo no fuese una narración arbitraria por parte de los hombres, El mismo instituyó el modo concreto como había de ser conmemorada.

El memorial fue instituido la noche antes de su muerte, durante lo que se ha llamado desde entonces "La Ultima Cena". Tomando el pan en sus manos dijo: "Este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros"; esto es, entregado a la muerte. Después dijo sobre el cáliz del vino: "Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para la remisión de los pecados". "Así, pues, en un símbolo incruento de separación entre la Sangre y el Cuerpo, consistente en la consagración separada del Pan y del Vino, se comprometió a sí mismo al sacrificio delante de Dios y de los hombres, y representó su Muerte que sucedería a las tres de la tarde del día siguiente (1). Se ofrecía a sí mismo como Víctima para ser inmolada; y, para que los hombres no pudiesen olvidar jamás que "nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos", dio el divino encargo a la Iglesia: "Haced esto en memoria mía". Al día siguiente, lo que había prefigurado y anunciado lo realizó con toda su perfección cuando fue crucificado entre dos ladrones y su Sangre se separó toda de su Cuerpo para la redención del mundo. La Iglesia, que Cristo fundó, no sólo conservó la Palabra que El habló y las maravillas que El obró, sino que le ha obedecido cuidadosamente en lo que dijo: "Haced esto en memoria mía". Y esta acción, por la cual nosotros volvemos a actuar su Muerte en la cruz, es el Sacrificio de la Misa, en la que nosotros hacemos, como en recuerdo, lo que El hizo en la Ultima Cena como en figura de su Pasión (2). Por eso la Misa es para nosotros el acto cumbre del culto cristiano. El púlpito, en el cual se repite la palabra de nuestro Señor, no nos une con El; el coro, en que resuenan suaves melodías, no nos aproxima más a su Cruz que a sus vestiduras. Un templo sin el altar del Sacrificio no existe entre los pueblos primitivos y no tiene sentido entre los cristianos. Y así en la Iglesia Católica el altar y no el púlpito, o el coro, o el órgano, es el centro del culto; porque en él se celebra ti memorial de su Pasión. Su valor no depende de aquel que le dice o de aquel que le oye; dependen de aquel que es el Único Gran Sacerdote y Víctima, Jesucristo Nuestro Señor. Con el cual estamos unidos a pesar de nuestra nada; en cierto sentido perdemos nuestra individuación por un momento; unimos nuestro entendimiento y nuestra voluntad, nuestro corazón y nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestra sangre tan íntimamente con Cristo, que el Padre Celestial mira, no tanto a nosotros con nuestra imperfección, sino más bien a nosotros en El, su Hijo muy amado, en quien tiene todas sus complacencias.

La Misa es por esta razón el más grande acontecimiento de la Humanidad; el único Acto Santo que aparta la ira de Dios de un mundo pee ador, porque levanta la Cruz entre el cielo y la tierra, renovando así el momento decisivo en que nuestra triste y trágica humanidad pasó de repente a la plenitud de la vida sobrenatural, , Lo que importa en este punto es que adoptemos la actitud mental exacta con relación a la Misa, y recordemos este hecho trascendental, que el Sacrificio de la Cruz es no sólo algo que aconteció hace diecinueve siglos. Está aconteciendo aún. No es algo pasado, como la firma de la Declaración de la Independencia. Es un drama permanente del cual no se ha bajado aún el telón: No pensemos que sucedió hace mucho tiempo, y por tanto que no tiene con nosotros más relación que cualquier otra cosa sucedida en el pasado. El Calvario pertenece a todos los tiempos y a todos los lugares. Por eso cuando nuestro Señor subió a las alturas del Calvario fue significativamente despojado de sus vestiduras. Quiso salvar al mundo sin los arreos de un mundo que pasa. Sus vestiduras pertenecían al tiempo, porque lo localizaban, lo determinaban como un ciudadano de Galilea. Ahora, que había sido despojado de ellas y enteramente desposeído de todas las cosas terrenas, pertenecía no a Galilea, no a una provincia Romana, sino al mundo. Se había convertido en el pobre de todo el universo; pertenecía no a un pueblo, sino a todos los hombres.

Para significar con más fuerza la universalidad de la Redención, la Cruz fue erigida en la encrucijada de la civilización, en un punto central en medio de tres grandes culturas, de Jerusalén, Roma y Atenas, en cuyos nombres El había sido crucificado. La Cruz, pues, fue fijada ante los ojos de los hombres para detener a los despreocupados, atraer a los aturdidos, levantar a los mundanos. Fue el único hecho ineludible que ia cultura y civilización de su tiempo no pudieron soslayar. Y es también el único hecho ineludible de nuestros días que no podemos menos de enfrentar. Las figuras de la Cruz fueron símbolos de todos los que crucifican. Allí estuvimos en nuestros representantes. Lo que hacemos ahora con el Cuerpo Místico de Cristo, lo hicieron ellos, en nuestro nombre, con el Cristo histórico. Si sentimos envidia del bien ,allí estábamos en los Escribas y Fariseos.. Si tememos perder ventajas temporales por abrazar la Divina Verdad y el Divino Amor, allí estábamos en Pilato. Si confiamos en las fuerzas humanas y buscamos triunfar por medios materiales en vez de los espirituales, allí nos representaba Herodes, Y así se repite la Historia en los típicos pecados del mundo. Todos ellos nos ciegan para reconocer el hecho de que El es Dios. Había, pues, algo inevitable en la Crucifixión. Los hombres, que fueron libres para pecar, fueron también libres para Crucificar.

Mientras haya pecado en el mundo, la Crucifixión es una realidad. Como realzó el Poeta: Con corona de espinas en la frente a Dios, Hijo del Hombre, pasar veo, "Pero.- ¿No estaba todo, Señor, ya consumado?", le requiero. "¿No habías para siempre terminado angustias y tormentos?" ¡Qué temblor cuando a mí tornó sus ojos! "¿No entiendes tú el misterio? Ves: Cada corazón es un Calvario, cada pecado un Leño Estuvimos, pues, allí durante Ja Crucifixión. El drama se completó ya hasta donde la visión de Cristo abarcaba; pero todavía no se ha representado ante todos los hombres, en todos los lugares, en todos los tiempos. Si, por ejemplo, un rollo de película fuera consciente de sí mismo conocería el drama desde el principio hasta el fin, pero los espectadores en el teatro no le conocerían hasta que le hubieran visto desarrollado en la pantalla. De mañera semejante nuestro Señor en la Cruz vio en su mente divina el drama entero de la Historia, la historia de cada alma en particular, y cómo más tarde reaccionaría ante su Crucifixión; pero, aun cuando El lo vio todo, nosotros no podemos conocer cómo reaccionaríamos ante la Cruz hasta que no nos desenvolviésemos en la pantalla del tiempo. No éramos conscientes de estar presentes en el Calvario aquel día, pero El sí estaba consciente de nuestra presencia. Hoy conocemos el papel que representamos entonces en el teatro del Calvario por el modo como vivimos y actuamos» ahora en el teatro del siglo XX.

Por eso el Calvario es actual; por eso la Cruz es crisis; por eso, en cierto sentido, las llagas siguen abiertas; por eso el dolor sigue deificado, y la sangre, como estrellas que caen, está aún cayendo sobre nuestras almas. No hay huida de la Cruz; ni negándole, como hicieron los fariseos; ni vendiéndole, como Judas; ni aun crucificándole, como hicieron los verdugos. Todos la vemos: o abrazarla para la salvación, o huir de ella para la desgracia. Pero, ¿cómo se hace eso visible? ¿Cómo encontraremos el Calvario perpetuado? Encontraremos el Calvario revalidado, renovado, representado, como lo hemos dicho, en la Santa Misa. El Calvario es uno con la Misa, y la Misa es una con el Calvario, porque en ambos es el mismo el Sacerdote y la Víctima. Las siete últimas palabras son como las siete partes de la Misa. Y justamente como en música hay siete notas que admiten una infinita variedad de armonías y combinaciones, así también en la Cruz hay siete divinas notas que Cristo muriendo hizo sonar para los siglos, y todas ellas se combinan para formar la bella armonía de la Redención del mundo.

Cada palabra es una parte de la Misa. La Primera Palabra, "Perdónales", es el Confíteor. La Segunda Palabra, "Hoy estarás en el Paraíso", es el Ofertorio. La Tercera Palabra, "He ahí a tu Madre", es el Sane tus. La Cuarta Palabra, "¿Por qué me has abandonado?", es la Consagración. La Quinta Palabra, "Tengo sed", es la Comunión. La Sexta Palabra, "Todo se ha acabado", es el Ite, Missa est. La Séptima Palabra, "Padre, en tus manos" es el último Evangelio. Imagínate, pues, al Sumo Sacerdote, Cristo, dejando el Santuario del cielo por el altar del Calvario. Ya se ha puesto las vestiduras de nuestra humana naturaleza, el manípulo de nuestros sufrimientos, la estola del sacerdocio, la casulla de la Cruz. El Calvario es su catedral; la roca del Calvario la piedra del altar; el so] volviéndose rojo es la lámpara del santuario; María y Juan los altares laterales vivientes; la hostia es su Cuerpo, el vino es su Sangre. Está erguido como Sacerdote, y sin embargo postrado como Víctima:
Su Misa va a comenzar…

(1) "'La muerte se nos representa simbólicamente por medio de esta separación sacramental entre el cuerpo y la sangre; pero la muerte, al mismo tiempo, ya se daba en prenda a Dios por todo su valor, tan bien como en toda su tremenda realidad, con el expresivo lenguaje del Sagrado Símbolo- El precio de nuestros pecados se entregaría en el Calvario; pero aquí nuestro Redentor contraía la obligación y la suscribía con su propia sangre." (MAURICE DE LA TAILLE, S- J-, Catholic Faith in the holy Eucha-risb p. 115.) "No hubo allí propiamente dos completos y diferentes sacrificios ofrecidos por Cristo, uno en el Cenáculo y otro en el Calvario. Hubo un Sacrificio en la Ultima Cena; pero éste fue el Sacrificio de la Redención; y hubo un Sacrificio en la Cruz, pero éste fue el mismo Sacrificio continuado y completado. La Cena y la Cruz forman un Sacriñcio completo." (MAURICB DE LA TAILLE, 8* J-, The Mystery of Faith and Human Opinión, p. 2320.




(2) "El ofreció la Víctima para ser inmolada; nosotros la ofrecemos ya inmolada entonces. Ofrecemos la Víctima Eterna de la Cruz sacrificada una vez y siempre perdurable... La Misa es un sacrificio porque es nuestra oblación de la Víctima ya Inmolada, como en la Cena fue la oblación de la Víctima que iba a ser sacrificada." Ibíd., pp, 239, 240- La Misa es no sólo una conmemoración, es una representación viviente del Sacrificio de la Cruz: "En este Divino Sacrificio que se realiza en la Misa se contiene e inmola de un modo incruento el mismo Cristo que se ofreció una vez por todos de modo •sangriento sobre la Cruz- Es una sola y la misma Víctima uno y el mismo Sumo Sacerdote, que hace el ofrecimiento por medio de sus sacerdotes de hoy después de haberse ofrecido a sí mismo sobre la Crus ayer- Sólo el modo de la oblación es« distinta* {Concilio Tridentino. Sess, 22.)