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jueves, 4 de agosto de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta Pastoral nº 41
INTERVENCIÓN EN EL CAPÍTULO GENERAL
DEL 28 DE SEPTIEMBRE DE 1968


Si quise alejarme algunos días en la paz y el recogimiento de la ciudad de San Francisco y de Santa Clara, fue para vivir algún tiempo en la compañía más íntima de nuestro Venerable Padre, leyendo de nuevo sus escritos y meditándolos a la luz de Nuestro Señor, un poco como lo había hecho él mismo durante su estadía en Roma. He leído de nuevo, con cierta satisfacción, las instrucciones del Venerable Padre a los miembros de la Congregación, los Escritos espirituales y, particularmente, el admirable comentario de la Regla provisoria de los misioneros de Liberman que el R.P. Nicolás tuvo la idea providencial de remitir a nuestras manos antes de ese capítulo general extraordinario. Como se encuentra el bosquejo en los planes de las instrucciones, el Venerable Padre en la Regla provisoria distingue bien tres partes esenciales que son las bases de nuestra sociedad religiosa apostólica:

1) La definición de la Congregación, su fin apostólico particular, las líneas generales de sus métodos apostólicos.

2) El espíritu del misionero libermaniano que lo hará verdaderamente apto para alcanzar el fin apostólico especial de la sociedad. En este capítulo insistirá sobre todo en el celo y en la convicción.

3) La organización de la Congregación.

En la lectura de estos actos constitutivos de nuestro Venerable Padre, se puede admirar su espíritu clarividente, poniendo en evidencia continuamente lo esencial y, sin embargo, yendo hasta la descripción detallada de los medios para alcanzar el fin principal, distinguiendo con sabiduría los medios necesarios, sine qua non y los detalles que pueden encontrar una adaptación o modificación. Nuestro Venerable Padre, penetrado de los Evangelios, de la Sagrada Escritura, teniendo siempre en su pensamiento la vida ejemplar de Nuestro Señor y de los Apóstoles, viendo claramente que el fin especial de la Congregación, aquello que la distingue de otras, es evangelizar las almas más abandonadas, ve también con evidencia que el apostolado a realizar, y particularmente con las almas abandonadas, consistirá siempre en la irradiación, la difusión de la santidad de Nuestro Señor presente en el alma de los misioneros. No puede concebir un apostolado, y sobre todo aquel que propone para sus hijos, que pueda ser distinto de la santidad, pues todo está en Nuestro Señor en el apostolado, todo está para Él, todo es de Él, es predicar a Nuestro Señor, es dar a Nuestro Señor, es vivir de Nuestro Señor en su misericordia, su bondad, su dulzura, su fortaleza.

Para él, la santidad es esencialmente apostólica, el apostolado requiere la santidad. Se apegará entonces a darle a sus futuros misioneros (y a todos sus misioneros) todos los medios, todas las condiciones que les permitirán la búsqueda continua y la adquisición de la santidad sacerdotal y apostólica. Como siempre, preocupado por la sencillez, buscando lo esencial, el Venerable Padre definirá con claridad los medios que estima esenciales para sus misioneros, a los que no considera en abstracto, sino más bien por el contrario, que ve en concreto, es decir, en un apostolado bien determinado, poblaciones generalmente primitivas, muy alejadas de las virtudes cristianas y sobrenaturales, que a menudo exigirán a los misioneros disposiciones excepcionales y heroicas de paciencia, de adaptación, de perseverancia, de fe esclarecida, de caridad indefectible; para decirlo todo, de santidad excepcional. Con conocimiento de causa, con visión serena, con una psicología y un espíritu de fe remarcable, nuestro Venerable Padre nos precisará esos caminos que estimó necesarios para la santidad del misionero libermaniano, del misionero de las almas más abandonadas en los países de misión.

Estos medios son:

- la vida religiosa y la vida de comunidad que realizan;

- la vida de abnegación;

- la vida de oración;

- la vida de caridad fraterna, necesaria para el desarrollo de la santidad.

El celo apostólico o la unión práctica con Nuestro Señor por la cual se realiza la difusión de la santidad. Sería fácil citar largos pasajes de los escritos del Venerable Padre para convencerlos de la importancia que atañe a esos medios para el misionero del Santo Corazón de María.

Les recomiendo la lectura del capítulo VII del Directorio Espiritual que habla de la vida religiosa, y toda la segunda parte de la Regla provisoria comentada, y en particular lo que concierne al celo apostólico. De estos escritos, resalta claramente que nuestro Venerable Padre no concibe la vida religiosa y la vida de comunidad para sus misioneros más que como las fuentes necesarias y condiciones sine qua non de la adquisición de la santidad de su vocación que define por el celo apostólico. Describe ese celo apostólico con una abundancia de precisiones, con una perfección tal, que encierra todas las virtudes del apóstol. Pero no concibe que se pueda obtener y aplicar ese celo apostólico en las misiones de una manera verdaderamente perfecta y permanente sin el sostén de la vida de comunidad y de la vida religiosa. Estos medios necesarios para la santidad tal como la concibe para sus misioneros les procurarán esa abnegación, ese don total de sí mismos a Dios, esta vida de oración y de sostén fraternal sin los cuales el verdadero celo apostólico será defectuoso. La realización práctica de esta vida de comunidad y de la vida religiosa, es la observancia de la regla bajo la vigilancia del Superior. He aquí lo que dice al comienzo de la parte que intitula del Estado espiritual de la Congregación de los misioneros del Santo Corazón de María.

“Así como los miembros del cuerpo físico están unidos entre sí, es necesario que los miembros del cuerpo espiritual estén vinculados entre ellos y el vínculo que debe unirlos es la regla. Lo he dicho y lo repito, mientras haya unión entre los miembros de nuestra Congregación, haremos mucho bien, pero si esta unión viene a romperse, entonces tendremos miseria”. Un poco más adelante, agrega: “La vida de comunidad es una vida de sociedad, de regularidad, de obediencia a los Superiores. Necesita un Superior, primero para hacer ejecutar la regla; luego, para emplear, según el espíritu y el fin mismo de estas reglas, lo que cada miembro lleva a la comunidad”.

Ahora bien, debemos reconocer muy humildemente que muchos de los nuestros no quieren más esta vida religiosa y de esta vida de comunidad tales como son esencialmente conocidas por nuestro Venerable Padre. ¿Para qué esconder esto? Desde hace un cierto número de años, lentamente, progresivamente, pero como irremediablemente, un buen número de compañeros han perdido la estima y la práctica de la verdadera vida religiosa y de la vida de comunidad. Contra la vida de obediencia, de prudencia hacia el mundo, de verdadero desapego de los bienes y posibilidades de este mundo, contra las realidades de la vida de comunidad que nos mortifican y nos obligan a la práctica de la caridad, que nos invitan a la vida de oración, han prevalecido su individualismo, su egoísmo, su sed de libertad, de independencia.

Muchos no quieren más estar verdaderamente sometidos a un Superior, en quien respetamos al representante de Dios. Todas las autorizaciones que hay pedirle les parecen odiosas, humillantes, sea por su actividad, sea por su pobreza. Quieren seguir su conciencia, sus aptitudes, rechazan que los Superiores tengan las gracias de estado especiales para guiarlos y dirigirles en su actividad. No quieren más estar restringidos a una regla en común, sino tener su regla ellos mismos. Oraciones, comidas, recreaciones, sueño, todo eso no puede ser más que personal y no puede estar arreglado de una manera común obligatoria. Quieren salir de la comunidad libremente. Se debe tenerles confianza. Quieren llevar hábitos que les convengan sin que nadie tenga que decirles nada. Estos son detalles que miran a cada uno personalmente. En breve, digámoslo claramente, esperan y pretenden dejar atrás a todos los predecesores en el ejercicio del celo apostólico y de la santidad, llegando a eso por los medios que han creído un deber tomar, es decir, sin la vida religiosa y sin la vida de comunidad. ¿No hay un Santo Cura de Ars y santos sacerdotes seculares? Sin duda, pero han practicado la esencia de la vida religiosa y de la vida de comunidad. Los santos sacerdotes han sido formados en seminarios que eran verdaderos noviciados de 5 ó 6 años. Han quedado marcados por la vida.

Hay que elegir desde ahora. O se reencuentra la vida religiosa y la vida de comunidad tal como la quiso nuestro Venerable Padre, o se abandona la Congregación para hacer una piadosa unión. Debemos tener cuidado con esta aspiración de vida comunitaria anárquica que consiste en una especie de vida de grupo sin autoridad, sin Superior, esa vida supuestamente comunitaria sin comunidad, dejando libre curso al individualismo, no puede vivir más que como parásita sobre una sociedad religiosa normal que le da los medios de existencia, pero reducida a ella sola, es efímera y caduca. Seamos francos y claros, no nos paguemos de palabras, de fraseología, de literatura o de poesía, pero digamos las cosas claramente. ¿Queremos la verdadera vida religiosa y la verdadera vida de comunidad?

Volvamos entonces a lo que nuestro Venerable Padre nos da como esencial para estas dos vidas; volvamos a la obediencia, la castidad y la pobreza tales como las concibe para sus misioneros; volvamos a la vida de comunidad más verdadera, agrupando a los misioneros, según fórmulas adaptadas a los lugares y circunstancias bajo la órbita de un Superior y en una comunidad teniendo algunas reglas adaptadas y seguidas respecto al sueño, la oración, las comidas, las actividades, las salidas y el ejercicio de la pobreza.

Que aquellos que estiman no poder aceptar más estas dos piedras fundamentales de nuestra sociedad, tales como el Venerable Padre las definen, busquen otra sociedad que les convenga y funden una nueva, si no la renovación espiritual deseada y esperada será ilusoria. Nuestro capítulo extraordinario no hará más que confirmar las tendencias malas al individualismo, a la libertad, y en definitiva nuestra sociedad se volvería una caricatura de Congregación religiosa, con miembros no religiosos y una caricatura de vida de comunidad donde reinan la anarquía, el desorden y la libre iniciativa individual. Estas tendencias ya se han manifestado netamente en el Capítulo. Pongo en guardia a los que se dejan influenciar y que creen hacer un bien dando su voto en este sentido. Los conjuro a leer al Venerable Padre buscando su inspiración y sus decisiones, y no en las tendencias modernas que arruinarán la Congregación. Terminando, doy a sus meditaciones esa admirable página del Venerable Padre (D.S. p. 189):

“Un pensamiento me vino a menudo al espíritu y a veces me preocupó fuertemente; he pensado que, si plugo a Dios tratarnos tan duramente, es para castigarnos misericordiosamente por nuestros pecados. Evidentemente parece querer que salvemos este país, mas por nuestra propia santificación que por nuestro celo; quiero decir que la santa voluntad de Dios parecer ser que nos ubiquemos en medio de estos pueblos llevando una vida totalmente santa y poniendo un cuidado particular en la práctica de las virtudes religiosas y sacerdotales: la humildad, la obediencia, la caridad, la dulzura, la sencillez, la vida de oración, la abnegación, etc. Que estas virtudes sean el objeto de todas nuestras preocupaciones y, lejos de impedir de ninguna manera el ejercicio del celo apostólico, les darán, por el contrario, más consistencia y perfección. “Lo que ha podido dar lugar a esa vía falsa, es la idea inexacta de su estado. Estos pobres hijos, habiendo abandonado su país para ser misioneros, siempre han conservado esa idea: ¡soy misionero ante todo! En consecuencia y sin darse cuenta, no daban suficiente importancia a la vida religiosa y se libraban demasiado, creo, a la vida exterior. “¡Muy bien! Si esa conjetura estuviese bien fundada, sería importante esclarecer a estos queridos compañeros, haciéndoles ver que en verdad, la misión es el fin, pero que la vida religiosa es el medio sine que non y que ese medio tiene necesidad de fijar toda su atención y ser el objeto de todas sus preocupaciones.

“Si son santos religiosos, salvarán a las almas; si no lo son, no serán nada, porque la bendición de Dios se vincula con su santidad”.

Monseñor Marcel Lefebvre

(“Aviso del mes”, septiembre-octubre de 1968)