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martes, 26 de julio de 2016

TRATADO DEL AMOR A DIOS - San Francisco de Sales


Que el amor tiende a la unión

El gran Salomón describe con un aire deliciosamente admirable los amores del Salvador y del alma devota, en aquella obra divina que, por su exquisita dulzura, se llama Cantar de los Cantares. Y, para elevarnos más dulcemente a la consideración de este amor espiritual, que se practica entre Dios y nosotros, por la correspondencia de los movimientos de nuestros corazones con las inspiraciones de su divina majestad, se vale de una continua representación de los amores entre un casto pastor y una honesta pastora. Ahora bien, haciendo que la esposa hable la primera, como sobrecogida por cierta sorpresa de amor, pone, ante todo, en sus labios este suspiro: Reciba yo un ósculo de su boca», En todos los tiempos y entre los hombres más santos del mundo, ha sido el beso la señal del afecto y del amor, y así se practicó entre los primeros cristianos como lo testifica San Pablo cuando dice a los romanos y a los corintios: Saludaos mutuamente, los unos a los otros con el ósculo santo. Y, como creen muchos, Judas, para dar a conocer a Nuestro Señor, empleó el beso porque este divino Salvador besaba ordinariamente a sus discípulos cuando se encontraba con ellos; y no sólo a sus discípulos, sino también a los niños, a los cuales tomaba amorosamente en sus brazos, como ocurrió con aquel del cual sacó la comparación para invitar tan solemnemente a los discípulos a la caridad del prójimo. Muchos presumen que este niño fue San Marcial, según dice el obispo Jansenius".

Siendo, pues, el beso la señal viva de la unión de los corazones, la esposa que no desea, en todas sus pretensiones, otra cosa que unirse con su amado, exclama: Reciba yo un ósculo de su boca; como sí dijera: ¿Cuándo será que yo derramaré mi alma en su corazón y que Él derramará su corazón en mi alma, para qua así, felizmente unidos, vivamos inseparables? Cuando el Espíritu divino quiere hablar de un amor humano, emplea siempre palabras que expresan unión y consorcio. En la multitud de los creyentes, dice San Lucas, no había más que un sólo corazón y una sola alma. Nuestro Señor rogó al Padre por todos los fieles, para que fuesen todas unas mismas cosas. San Pablo nos advierte que seamos celosos de conservar la unidad de espíritu por la unión de la paz. Estas uniones de corazón, de alma y de espíritu significan la perfección del amor, que funde muchas almas en una sola. Es en este sentido que se dice que el alma de Jonatán estaba adherida al alma de David, es decir, según añade la Escritura, amó a David como a su propia alma. Luego el fin del amor no es otro que la unión del amante con la cosa amada.

Que la unión pretendida por el amor es espiritual"

Hay que advertir, empero, que hay uniones naturales, como las de semejanza, de consanguineidad y la unión de la causa con el efecto; y hay otras que, no siendo naturales, pueden llamarse voluntarias, porque, si bien son conformes con la naturaleza, no se producen sin la intervención de la voluntad, como la unión que nace de los beneficios, los cuales, indudablemente, unen al que los recibe y al que los da; la unión que es fruto del trato y de la compañía, y otras semejantes. Las uniones voluntarias, son en efecto, posteriores al amor, pero, a la vez, causas de éste, por ser su fin y su única pretensión; de suerte que, así como el amor tiende a la unión, de la misma manera la unión extiende, con frecuencia., y acrecienta el amor. Pero ¿a qué clase de unión tiende? Es verdad que es el hombre el que ama, y que ama por la voluntad; pero la voluntad del hombre es espiritual; luego también lo es la unión que su amor pretende, tanto más, cuanto que el corazón, sede y manantial del amor, no sólo no se perfecciona sino que se envilece cuando se une a las cosas corporales. Ocurre raras veces que los que saben mucho, saben bien lo que saben; porque la virtud o la fuerza del entendimiento, cuando se derrama en el conocimiento de muchas cosas, es menos enérgica y vigorosa que cuando se concentra en la consideración de un solo objeto. Luego, cuando el alma emplea su virtud activa en diversas suertes de operaciones amorosas, fuerza es que su acción, así dividida, sea menos vigorosa y perfecta. Tres son, en nosotros, las clases de operaciones amorosas: las espirituales, las racionales y las sensuales. Cuando el amor esparce su fuerza por estas tres operaciones es, sin duda, más extenso, pero es menos intenso. ¿No vemos cómo el fuego, símbolo del amor, forzado a salir por la única boca del cañón, produce una explosión prodigiosa, la cual sería mucho más floja si el cañón poseyese dos o tres aberturas? Siendo, pues, el amor, un acto de nuestra voluntad, el que quiera tener un amor, no solamente noble y generoso, sino fuerte, vigoroso y activo, ha de procurar retener su virtud y su fuerza dentro de los limites de las operaciones espirituales, porque, quien quisiera aplicarlo a las operaciones de la parte sensitiva o sensible de nuestra alma, debilitaría proporcionalmente las operaciones de la parte intelectual, en las cuales consiste precisamente la esencia del amor. Cuando el alma practica el amor sensual, que la coloca en un plano inferior a sí misma, es imposible que no afloje otro tanto en el ejercicio del amor superior; de suerte que tan lejos está el amor verdadero y esencial de ser ayudado y conservado por la unión a la cual el amor sensual tiende, que, al contrario, debido a ella, se debilita, se disipa y perece. “Los bueyes de Job araban la tierra; mientras que los asnos inútiles pacían en torne de ellos”, Y comían de los pastos debidos a los bueyes que trabajaban. Acontece, con frecuencia, que, mientras la parte intelectual de nuestra alma trabaja, con un amor honesto y virtuoso, sobre un objeto digno de él, los sentidos y las facultades de la parte interior tienden a la unión que les es propia y que les sirve de pasto, aunque la unión no sea debida más que al corazón y al espíritu, que son los únicos que pueden producir el verdadero y substancial amor.

El amor intelectual y cordial, que ha de ser el dueño en nuestra alma, rehúsa toda suerte de uniones sensuales, y se contenta con la simple benevolencia.

El amor puede encontrarse en las uniones de las potencias sensuales mezcladas con las uniones de las potencias intelectuales, pero de una manera tan excelente como ocurre cuando los espíritus y los ánimos, separados de todos los afectos corporales y unidos entre sí, producen el amor puro y espiritual.

El amor es como el fuego, cuyas llamas son tanto más claras y delicadas cuanto más delicada es la materia, y no se pueden extinguir si no es ahogándolas y cubriéndolas de tierra.

Cuanto más elevado y espiritual es su sujeto más vivos, más duraderos y más permanentes son sus afectos, hasta el punto de que no es posible arruinar este amor si no es rebajándolo a las uniones viles y rastreras. Como dice San Gregorio, entre los placeres espirituales y los corporales, hay esta diferencia, a saber, que éstos producen el deseo antes de que se posean, Y el hastío cuando ya se tienen; mas las espirituales causan disgustos cuando no se tienen, y placer cuando se alcanzan.

Que hay en el alma dos porciones y de qué manera

Tenemos una sola alma, Teótimo, y ésta es indivisibles; pero en esta alma hay diversos grados de perfección, porque es viviente, sensible y racional, y, según son diversos estos grados, también ella tiene diversidad de propiedades Y de Inclinaciones, por las cuales se siente movida a huir o a unirse con las cosas. El apetito sensitivo, nos lleva a buscar Y a huir de muchas cosas por el conocimiento sensible que de ellas tenemos; lo mismo que a los animales, los cuales unos apetecen una, cosa y otros otra, según conocen que es o no conveniente; y en este apetito reside o de él procede el amor que llamamos sensual o simplemente apetito.

En cuanto somos racionales, tenemos una voluntad que nos inclina en pos del bien, según lo conocemos o juzgamos como tal por el discurso. Ahora bien, en nuestra alma en cuanto es racional, advertimos claramente dos grados de perfección, que el gran San Agustín y con él todos los doctores, ha llamado porcianes del alma, una inferior y otra superior, llamadas así porque la primera discurre y saca sus consecuencias según lo que percibe y experimenta por los sentidos, y la segunda discurre y saca sus consecuencias según el conocimiento intelectual, que no se funda en la experiencia de los sentidos, sino en el discernimiento Y en el juicio del espíritu; por esta causa, la parte superior se llama también comúnmente espíritu o parte mental del alma, y la inferior se llama ordinariamente sentido o sentimiento Y razón humana.

Ahora bien, la parte superior puede discurrir según dos clases de luces, a saber, según la luz natural, como lo hacen todos los filósofos y todos los que discurren científicamente, o según la luz sobrenatural, como lo hacen los teólogos y los cristianos, en cuanto fundan sus discursos sobre la fe y la palabra de Dios revelada; y todavía de una manera más particular aquellos cuyo espíritu es conducido por especiales ilustraciones, inspiraciones y mociones celestiales, por lo que la porción superior del alma es aquella por la cual nos adherimos Y nos aplicamos a la obediencia de la ley eterna. Abrahán, según la parte inferior de su alma pronunció aquellas palabras, que revelan cierta desconfianza, cuando el ángel le anunció que tendría un hijo: ¿Crees tú que a un hombre de cien años puede nacer le un hijo? Pero según la parte superior, creyó en Dios y le fue imputado a justicia; según la parte inferior, sintió se muy turbado cuando le fue impuesta la obligación de sacrificar a su hijo Isaac; pero según la parte superior se resolvió animosamente a sacrificarlo. También nosotros sentimos tajos los días dos voluntades contrarias. Un padre, al enviar a su hijo a la corte o a los estudios, no deja de llorar al despedirse de él, dando a entender con ello, que, si bien, según la parte superior, quiere la partida de su hijo, para su aprovechamiento en la virtud, con todo, según la parte inferior, le repugna la separación, y, aunque una hija se case a gusto de su padre y de su madre, les hace empero, derramar lágrimas, cuando les pide su bendición, de suerte que, mientras la parte superior se conforma con la separación, la inferior muestra su resistencia. Sin embargo, no se puede decir que, en el hombre, haya dos almas o dos naturalezas, sino que atraída el alma por diversos incentivos y movida por diversas razones, parece que está dividida, mientras se siente movida hacia dos extremos opuestos, hasta que, resolviéndose, en uso de su libertad, toma partido por el uno o por el otro; porque entonces la voluntad, más poderosa, vence, y se sobrepone, y sólo deja en el alma un resabio del malestar que esta lucha le ha causado, resabio que nosotros llamamos repugnancia.

Es admirable, en este punto, el ejemplo de nuestro Salvador, después de cuya consideración no cabe ya dudar de la distinción entre la parte inferior y la superior de nuestra alma; porque ¿qué teólogo ignora que fue perfectamente glorioso desde el primer instante de su concepción en el seno de la Virgen? Y sin embargo, estuvo sujeto al mismo tiempo a las tristezas, a los pesares y a las aflicciones del corazón, y no cabe decir que sólo padeció en su cuerpo, y en su alma, en cuanto ésta era sensible, o, lo que es lo mismo, según los sentidos, porque antes de sufrir ningún tormento exterior, y aun antes de ver a los verdugos junio a sí, ya dijo que su alma estaba triste hasta la muerte. En seguida rogó que pasase de Él el cáliz de su pasión, es decir, que se le dispensase de beberlo, con lo que expresó manifiestamente el querer de la parte inferior de su alma, la cual, al discurrir sobre los tristes y angustiosos trances de su pasión, que le aguardaban, y cuya viva imagen se le representaba en su imaginación, sacó.: como consecuencia muy razonable, el deseo de huir de ellos y de verlos alejados de sí, cosa que pidió al Padre; de donde se desprende claramente que la parte inferior del alma no es lo mismo que el grado sensitivo de ella, ni la voluntad inferior no es lo mismo que el apetito sensual; porque ni el apetito sensual, ni el alma, en su grado sensitivo, son capaces de hacer un ruego o una oración, que son actos de la facultad racional, y particularmente no son capaces de hablar a Dios, objeto que los sentidos no pueden alcanzar para darlos a conocer al apetito; pero el mismo Salvador, después de esta actividad de la parte inferior y de haber dado testimonio de que, según las consideraciones de la misma, su voluntad se inclinaba a huir de los dolores y de las penas, dio pruebas de que poseía la parte superior, por la cual se adhería absolutamente a la voluntad eterna y a los decretos del Padre celestial y aceptaba voluntariamente la muerte, a pesar de la repugnancia de la parte inferior de la razón, y así dijo: Padre mío que no se haga mi voluntad sino la tuya. Cuando dice mi voluntad, se refiere a su voluntad según la parte inferior, y, precisamente porque dice esto voluntariamente, demuestra que posee una voluntad superior. Que en estas dos porciones del alma hay cuatro  diferentes grados de razón.