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lunes, 4 de julio de 2016

PROMETEO LA RELIGIÓN DEL HOMBRE


PROMETEO
LA RELIGIÓN
DEL HOMBRE
ENSAYO DE UNA HERMENÉUTICA
DEL CONCILIO VATICANO II
  PADRE ÁLVARO CALDERÓN



CAPÍTULO I
QUÉ FUE EL CONCILIO
VATICANO II





II. UN HUMANISMO CATÓLICO
(CAUSA MATERIAL)
1º Las supuestas raíces evangélicas del humanismo conciliar

Podemos considerar un hecho histórico que el humanismo, nuevo o viejo, tiene origen en el cristianismo, porque de él toma sus ideas y su fuerza. Gilson señala, en L’esprit de la philosophie médiévale, que si bien la teología cristiana no podría haberse constituido sin el aporte de la sabiduría griega, la estima de la dignidad del hombre aún en la individualidad de su persona, es consecuencia del Evangelio. Y Maritain no se equivoca cuando dice: “Considerando al humanismo occidental en sus formas contemporáneas aparentemente más emancipadas de toda metafísica de la trascendencia, salta a la vista que si en él subsiste un resto de concepción común de la dignidad humana, de la libertad, de los valores desinteresados, es la herencia de ideas antiguamente cristianas y de sentimientos antes cristianos, hoy secularizados”. Aunque en la valoración de este hecho y la explicación de sus causas mucho se difiere. En el hombre antiguo -aunque quizás habría más bien que decir en el hombre precristiano, porque le que diremos sigue valiendo para todos aquellos pueblos que han permanecido ajenos a la influencia del cristianismo- la persona individual no vale y como que ni existe sino en cuanto se integra en la «gran familia», esto es, en aquel orden social en el cual ingresa por nacimiento. Esto no se dio sólo en Grecia y Roma, sino también en los pueblos antiguos de Asia, África y América, así como en el mismo pueblo de Israel. Porque es natural que así sea, ya que el hombre es un animal político por naturaleza, que no puede subsistir, ni perfeccionarse, ni obrar, ni prolongarse en el tiempo sino como parte de la sociedad familiar, entendida ésta en sentido amplio. En un cierto sentido muy verdadero, todo en el hombre es bien común, porque si bien existe como sustancia individual, le debe su existencia a los patres, y esta deuda de piedad lo lleva a dar la vida por la patria de una manera tan espontánea como se expone la mano para proteger la cabeza. Ahora bien, lo natural al hombre, como la etimología de la palabra lo indica, es lo que le viene primeramente por nacimiento y no por libre elección.

La pertenencia del hombre a la familia es tan constitutiva, que Dios la había respetado al elevar al hombre al orden sobrenatural, asociando el don gratuito de la justicia original a la misma naturaleza humana, de manera que este don también debía transmitirse por el nacimiento. Por eso, al perderse este tesoro por el primer pecado, lo que se transmite por nacimiento no es la gracia sino el pecado original. En el pueblo que Dios se elige aparecen elementos que se salen del antiguo concepto del hombre. Su elección descansa en la vocación de Abraham y la fidelidad de su respuesta, y los títulos sobre su posesión territorial no vendrán del nacimiento sino de la divina promesa. Pero la pertenencia al pueblo elegido no deja de estar ligada al nacimiento, aunque deba sellarse con la circuncisión y quede marcada muchas veces por la libre vocación de Dios, como cuando elige a Jacob en lugar de Esaú. El régimen antiguo va a cambiar profundamente con la venida de Nuestro Señor Jesucristo y la institución de la Iglesia. Porque en esta Sociedad, ofrecida a todas las naciones como única Arca de salvación, no se ingresa por el nacimiento natural, sino por el Bautismo, que es un nacimiento espiritual al que se accede por una respuesta libre y personal a la vocación divina. Hoy nos cuesta imaginarnos la novedad que esto suponía para las sociedades antiguas. Una joven romana no tenía más nombre personal que el gentilicio de su familia, y pertenecía en cuerpo y alma a su gens hasta que era entregada, por el matrimonio, a otra familia. Una actitud como la de Santa Inés, que a sus trece años ha decidido ser en cuerpo y alma de Cristo, y se niega al matrimonio que se le había elegido, era impensable en el concepto antiguo. La Iglesia aparece como una Sociedad superior, que no suplanta sino incluye las sociedades civiles, cuya patria es el mundo entero, y a la que no se ingresa por nacimiento sino por libre elección personal. Este es el hecho que hace aparecer la persona y su libertad bajo una luz muy diferente que la que pudo tener en la antigüedad. Aunque esta manera de pertenecer a Cristo y a la Iglesia realza la persona y su responsabilidad ante Dios y los hombres, sin embargo seguimos en el polo opuesto al individualismo personalista. Porque la Iglesia se presenta, justamente, como la Familia universal (católica) -cuyo Pater es el mismo Dios y cuya Patria definitiva es el Reino de los cielos -, que sigue considerando al individuo como un desvalido que no se salva por sí mismo y al que, por lo mismo, no pretende arrancar de su contexto político. Y esta Sociedad familiar se presenta con un poder efectivo (sacramental) para curar a sus hijos de las heridas de ignorancia, malicia y demás miserias, y sostenerlos frente a los poderes mundanos y al poder satánico que está por detrás: “No temáis, Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Harán falta mil años para que el hijo pródigo se olvide de todo lo que le ha dado la Casa paterna y crea que puede dejarla para gozar individualmente de su restablecida libertad personal.
Lo que dará a la persona humana una dignidad que la fragilidad y miseria de su existencia concreta no podía fundar, será la revelación del amor misericordioso del Padre hacia nosotros, que nos dio a su Hijo para restablecernos por su Sacrificio en nuestra una necesidad en cierta manera metafísica, que se explica por lo que acabamos de decir: el hombre es animal social, y tiene su naturaleza herida tanto en el orden personal como en el político, y sólo el poder real y efectivo de la Sociedad eclesiástica es capaz de sanarlo en ambos órdenes. Cuando el hombre individual se aleja de los Sacramentos, es vuelto a atrapar por la avaricia, la lujuria y la soberbia, y pierde su dominio personal. Y cuando todo el orden político se aleja de la Iglesia, éste deja de orientarse al verdadero bien común, para ser dominado por los intereses abiertos u ocultos de aquellos que efectivamente lo gobiernan. Así el «humanismo» se transforma pronto en una hipócrita careta.

Podemos, entonces, definir al «humanismo viejo» como aquel que se deja arrastrar por la tentación de separación, queriendo disfrutar de sus logros en paz, pero que pronto entra en agonía por decrepitud. El «humanismo nuevo», en cambio, es aquel que reacciona ante estos deslices y renueva los esfuerzos por permanecer católico. Es un «humanismo de línea media» que no tiene paz, porque su relación con el catolicismo es conflictiva pero necesaria, pues le conserva la vida.

No creemos que sea difícil hacer la historia de las reacciones del «humanismo nuevo» ante los desmanes del «viejo». Hay reacción de un renacentismo católico (Dante) ante la tendencia renacentista anticlerical y pagana, pero esta reacción no evita que, dos siglos después, se caiga en la tentación de la reforma protestante. Ante los desastres del humanismo reformado del siglo XVI se da una nueva reacción de humanismo católico (Vitoria). Pero este movimiento no hará sino inhibir la verdadera resistencia católica, permitiendo, dos siglos más adelante, la catástrofe de la revolución francesa, causada por el humanismo ilustrado.

Para paliar estos abusos, viene entonces el «humanismo nuevo» del catolicismo liberal (Rosmini32), cuyo eficaz remedio va a terminar, pasados otros dos siglos, en el humanismo marxista, envuelto en los espantos de las últimas guerras. Pues bien, como todas estas experiencias han sido suficientemente traumáticas como para que quede claro que no conviene que el humanismo se separe de la Iglesia, aparece ahora la gran reacción «católica» del humanismo conciliar. Lo «nuevo», entonces, del humanismo que triunfó en el Concilio - novedad que se renueva ante cada fracaso de la novedad anterior -, es su intención cada vez más inconmovible de permanecer católico. La intención de «catolicidad» es demasiado firme como para pensar que sea el resultado de diversos factores accidentalmente conjugados, pero no dejan de apreciarse en ella diversos aspectos:

• La ilusión humanista supone cierta ingenuidad que sólo parece posible en quienes se han formado en un ambiente de cristianismo superficial. “Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz” (Lc 16, 8), y más tontos son estos últimos mientras menos luz tienen en su interior. Apenas se aparta del ambiente católico, la ilusión humanista se transforma en maquiavélica (pero siempre estúpida) hipocresía.

• Las ideas cristianas que el humanismo desquicia, sólo tienen vigor real en la integridad del catolicismo, de allí que sea necesario conservar la mayor conexión posible con éste para que sigan operando. Como veremos en el próximo punto, su fuerza será máxima cuando tengan a su servicio no sólo el pensamiento católico, sino el poder mismo del orden eclesiástico.

• El enemigo mortal del «humanismo integral» es el catolicismo integral, en particular el tomismo, porque posee en verdad todas las bondades que aquel posee en apariencia, y está advertido de sus sofismas.

Ahora bien, como dice el refrán, si no puedes con tu enemigo, únetele. De allí que, habiendo podido comprobar su debilidad ante la restauración del tomismo que promovieron los Papas, el humanismo ha procurado evitar el choque directo con la teología tradicional y ha buscado especialmente cubrirse con la autoridad de Santo Tomás. En este punto tuvo especial importancia la defección de Maritain. La gran buena nueva del Concilio ha sido, entonces, la puesta a punto de una fórmula de más perfecto equilibrio para un humanismo supuestamente católico. Es un equilibrio de fuerzas opuestas, que en la medida que crecen, crece la tensión. Pero se equivoca quien cree que la intención de permanecer en la Iglesia no es sincera o no es eficaz. Lo es tanto que, a pesar de la crisis de autoridad que hoy sufre la Iglesia, esta intención llevó a la rápida elección de Benedicto XVI, el Papa de la «continuidad con la tradición».

3º Conclusión

 El humanismo del Vaticano II tiene en la Iglesia su sujeto propio porque, como en todo humanismo, sus ideas motrices son nociones cristianas desquiciadas, pero a diferencia de los humanismos viejos, tiene plena advertencia de que si quiere conservar su vida, no debe dejarse separar de la Iglesia. De allí su convencida intención de acomodarse a sus dogmas y a su disciplina. Y como todo humanismo, es esencialmente antropocéntrico, pero se distingue porque no sólo no niega a Dios (ya había humanismos que no son ateos), no sólo no niega a Jesucristo (ya había humanismos cristianos), sino que pretende poner al servicio del hombre a la misma Iglesia católica.

En conclusión, la nueva forma introducida en la Iglesia por el Concilio Vaticano II es católica en cuanto que vive de las fuerzas de la Iglesia, pero es anticatólica en cuanto a su finalidad. Es muy semejante a un cáncer, que vive y crece por las fuerzas vitales del organismo y tiende a matarlo. Así como al tumor que se da en el cerebro lo llamamos «cerebral», así también llamamos «católico» al humanismo conciliar.