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viernes, 1 de julio de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”


-¡Creo en Dios!

-¡Amo a Dios!

-¡Espero en Dios!




LA OFENSIVA CALLISTA, HECHA CON DERROCHE de fuerza y elementos, no modificó la situación. A costa de centenares de bajas en sus filas, sólo lograron hacemos cambiar la posición de dos de nuestros campamentos, los cuales quedaron firmemente establecidos en otros puntos, hasta los cuales no nos persiguieron, escarmentados por las terribles pérdidas sufridas. Un pequeño grupo de cristeros se estableció en Cedillo a veinte kilómetros de Colima. Las pérdidas nuestras fueron mucho menores, como regularmente sucedía, pues, salvo contadas excepciones, los lugares de combate los determinábamos nosotros. Con las tropas de línea nos manteníamos en actitud defensiva; sólo atacábamos cuando las condiciones nos eran propicias.

Los partes oficiales exageraban siempre nuestras pérdidas. En más de una ocasión algún jefecillo exhibió sus bajas como cuerpos de cristeros muertos en combate, con lo que no sólo pretendía cubrirse de gloria, sino seguir percibiendo los haberes de los muertos, pues mientras durara la campaña resultaba posible continuar considerándolos en la nómina de los vivos. La defensa de las poblaciones está en manos de agraristas armados, lo que nos favorece, pues éstos son elementos mal preparados y poco disciplinados, a los que podemos batir con facilidad. Sólo lamentamos que el pueblo pacífico tenga que sufrir muchas tropelías de estas milicias imitación soviet, mandadas por Comisarios Ejidales que se constituyen en amos de vidas y haciendas.

Se aproximaba el 28 de octubre de 1928, día de Cristo Rey, y decidimos celebrarlo dignamente en la cabecera de distrito a que corresponde nuestro cuartel. La gente del pueblo es favorable a nuestra causa y la guarnición la constituían unos cincuenta agraristas bien armados, los cuales ocupaban un fortín estratégico que domina la plaza principal y las entradas. Se planeó cuidadosamente un golpe de mano que fue coronado por el éxito. La víspera del ataque entraron subrepticiamente al pueblo treinta de los nuestros, perfectamente equipados; protegidos por los vecinos se distribuyeron en varios lugares; de madrugada cayeron de sorpresa en las casas del comisario ejidal y del presidente municipal, los secuestraron y pusieron a buen recaudo.

Al despuntar el día una pequeña partida se aproximó al pueblo disparando sus armas y a galope tendido cruzó varias calles de las protegidas contra el fuego del fortín, con lo que de éste salieron la mayor parte de los componentes de la guarnición. Los libertadores fingieron batirse en retirada y así lograron sacar del caserío a los agraristas. Entonces los que estaban ocultos en la población atacaron el fortín empleando granadas de mano que lanzaron con ondas, y lograron la rendición de los que en él quedaban. Los que salieron a perseguir a los cristeros cayeron en una emboscada que se les tendió en las goteras de la ciudad, con lo cual quedaron liquidados.

La población se volcó en las calles aclamando a Cristo Rey y al Ejército Libertador. Las mujeres, siguiéndonos en nuestra marcha, nos ofrecían jarritos con leche o café, quesos, pan y otras cosas. Una vez posesionados de la plaza, se apostaron guardias y el resto nos dedicamos a preparar la festividad. La población se engalanó. De los balcones colgaban cortinajes, banderas y moños de papel; todos, con gran entusiasmo, pusieron algo para dar brillantez a los festejos. Al caer la noche, yendo con Adalberto en busca de un anciano sacerdote que había permanecido oculto en una humilde casa de las orillas del pueblo, caminábamos por una calle sumida en tinieblas y cuya tranquilidad contrastaba con el bullicio de la calle principal, cuando Adalberto me dijo:

-¡Mira! y vi a un hombre que con su rifle amagaba a un comerciante, mientras otro saqueaba la caja y cargaba con objetos de valor.

-¡Eso sí que no! -gritó Adalberto, y de un salto entró en la tienda y se abalanzó sobre el que empuñaba el arma. Corrí a ayudarle, pues el bandido se defendía y su cómplice iba a usar su rifle. Los gritos del comerciante llenaron la calle y atrajeron una patrulla que acabó de someter a los ladrones, -ConsÍgnelos por asalto a mano armada y uso indebido de insignias del Ejército Libertador

-dijo Adalberto al jefe de la patrulla, Juzgados y convictos de su delito, fueron condenados, Con empeño se trabajó la noche entera para acondicionar la iglesia del lugar, que había sido saqueada e incendiada y de la cual sólo quedaban los ennegrecidos muros y restos chamuscados de altares.

En ella celebramos el día de Cristo Rey. Allí estaba Dios rodeado de su pueblo. Su cruz sobre el altar y su altar sobre escombros. En vez de cúpula, la bóveda del cielo; en lugar del reflejo de los emplomados, el sol caía de lleno sobre el altar.

Al Evangelio el sacerdote dijo: ¡Cristo Rey está aquí, y no tenemos campanas que canten a gloria! No al órgano, lo han destruido, Los muros sin cortinajes. La pompa se ha ido, no hay oro, no hay plata: se lo han llevado las uñas rapaces; pero está tu pueblo ioh Cristo! Este pueblo predestinado que has armado a través de los siglos, al que diste una inteligencia clara como nuestro cielo; refractario a las nebulosidades, enemigo de caóticos, sistemas, inquieto, volador, libre, a veces hasta el libertinaje; de voluntad altiva, independiente, amiga de lo grande y noble; valiente hasta la temeridad, amante de los peligros. Viviendo en un suelo de tesoros fabulosos no se materializa; no quiere recargar sus alas con polvo de oro y plata. Caritativo, dadivoso, manirroto; satisfecho con la medianía y acostumbrado a la pobreza; vive de ideas y de ideal. Pueblo artista... soñador, sentimental, volcánico, impasible en el dolor, confiado hasta la presunción; con una fe robusta, inconmovible, que puede desviarse hasta la superstición. Con una esperanza inextinguible, en ocasiones hasta la ilusión.

Tu pueblo despierta gozoso y alborozado en los días felices para la familia, la Patria o la Religión. Canta, aplaude, ríe y enronquece lanzando vivas. Otros días, cuando la catástrofe ha tocado a sus puertas; cuando el furor inhumano de la persecución lo hiere, tu pueblo, que vive de espíritu Más que de materia, que cree y ama lo de acá abajo y lo eterno, siente vibrar su alma y bullir el corazón. Fuerte, inquebrantable, sin armas, sin esperanzas tal vez, corre a la trinchera, al sacrificio. Sabe morir lanzando el grito vencedor de iViva Cristo Rey! ¿Cómo surgió este pueblo admirable de una amalgama heterogénea de tribus y países distintos, donde étnicamente no hubiera podido ser realidad una nación? ¿Cómo fue posible que de la conquista, el odio y la barbarie surgiera este pueblo pletórico de virtudes cristianas? Dios lo quiso y mandó para cumplir esta misión a su propia Madre, haciéndola mexicana. Tomó las facciones y los vestidos de nuestro pueblo; la Virgen de Guadalupe bajó del cielo a nuestra tierra Habló en su lengua al indio Juan Diego, a los mexicanos: Hijitos míos, muy amados, soy vuestra madre, quiero quedar entre vosotros.

Han pasado cuatro siglos y con los siglos las tempestades, la racha demoledora, y sin embargo aquí está tu pueblo con su fe vigorosa, lozana, inmortal. Tu amor tiene tan profundas raíces en nuestros pechos, que nadie lo arrancará. La gente escuchó sobrecogida de emoción. Destacábanse los cristeros con sus armas y cananas en cruz. Al frente de ellos ondeaba la bandera tricolor, ostentando sobre el campo blanco la imagen de la Virgen india y la leyenda Guardia Nacional. A la hora de la Consagración vibró el clarín, los libertadores presentaron armas y la bandera se inclinó respetuosa. Al terminar la Misa surgieron las bélicas cadencias de nuestro himno nacional, que entonamos todos, conmovidos hasta las lágrimas. Después se organizó un desfile en que tomó parte todo el pueblo. Encabezados por sus respectivos jefes, marcharon los vecinos de ocho cuarteles en que está dividida la jurisdicción parroquial, llevando banderas y estandartes; después siguieron muchas personas de los pueblitos y rancherías vecinas. En la plaza se proclamó solemnemente la Realeza de Jesucristo y juramos serie fieles. Al terminar hubo veintiún descargas de fusilería. El pueblo vibraba de entusiasmo y no se saciaba. Por la noche organizaron los vecinos imponente ceremonia. Del incendiado Templo Parroquial sacaron una enorme cruz medio quemada. La cargaba un hombre, que se doblaba bajo su peso. Los demás le seguían detrás, en compacto grupo. Las mujeres, de rodillas, hacían valla.

Subiendo lentamente la empinada calle que conduce al fortín, rezaban un misterio del rosario, hacían un alto y mientras otros sustituían al que cargaba la Cruz, cantaban:

-"Aclárote, Santa Cruz, puesta en el Monte Calvario: en ti murió mi. Jesús para dar eterna luz y salvamos del pecado".

Frente a cada casa, a lo largo de todo el trayecto, se habían prendido grandes fogatas que daban a la escena tonos y sombras que la hacían impresionante.

En la cima del monte se plantó la Cruz y toda la gente, como una sola, exclamó:

-¡Creo en Dios!

-¡Amo a Dios!

-¡Espero en Dios!

Al día siguiente se nombraron autoridades, y éstas procuraron que todo volviera a la normalidad. Los vecinos pudientes cedieron muebles a la destartalada escuela Municipal y acudieron los niños, que la habían abandonado como protesta por las enseñanzas desmoralizadoras que en ella pretendió impartir un maestro rural, enviado exprofeso y en substitución de la antigua maestra del pueblo. Se fundó un dispensario médico, como primer paso para un hospital, del que carecía la población.

Fueron días felices en que vislumbramos el triunfo. De los municipios próximos vinieron comisiones de vecinos, varias de ellas encabezadas por sus funcionarios, reconociendo gustosos la autoridad de nuestros jefes. Las tropas federales no daban señales de actividad y numerosos agraristas entregaron sus armas o solicitaron ser dados de alta en el Ejército Libertador. Efrén me envió al municipio de Corralillo para tomar la protesta de las nuevas autoridades elegidas por el pueblo. La ceremonia fue sencilla, pero conmovedora. La gente, aunque inculta, tenía un gran sentido de la Patria. Estando allí, llegaron noticias de que en el casco de la ex hacienda de La Escoba había un cristero gravemente herido que necesitaba auxilio. A falta de médico mandé por Marta, que era excelente enfermera, y con dos hombres más de escolta partimos en seguida, tomando algunas precauciones, pues el lugar a donde íbamos estaba fuera de la zona que podíamos considerar como nuestra. Atravesamos un bosque pisando blanda alfombra de hojas secas y verde musgo. A la cabeza iba Juan, caminando despacio, escrutando el terreno delante de nosotros. Después seguía Marta, su hermana. Llevaba un sencillo vestido oscuro. Estaba muy guapa y de buen humor. Parecía bailar, tan ligero era su paso. Enseguida iba yo y más atrás Usebio, un muchacho muy joven y simpático que me sonreía cuando me volvía a verlo. Otras veces sonreía para sí, como recordando algo placentero. Pasamos la noche bajo un cobertizo. Uno montaba guardia, mientras les demás dormían. Al llegar a la zona peligrosa redoblamos nuestras precauciones. Juan miraba constantemente a izquierda y derecha y hacía frecuentes altos para escuchar.

Por la tarde del segundo día avistamos el casco de La Escoba. Antes de cruzar la explanada que nos separaba, nos detuvimos en un pinar. La calma era absoluta. Sólo se oía el rumor de un arroyuelo que pasa frente a las derruidas construcciones. El edificio había sido abandonado años atrás, a causa de los revolucionarios. No tenía puertas ni ventanas, y las plantas que crecían en su interior asomaban su verde follaje a través de los claros. Grandes sauces se alzaban a la orilla del riachuelo, ocultando partes de la construcción. Juan ordenó me despojara del rifle y las cananas y avanzara solo con Marta. Mientras caminábamos, acariciaba la cacha de la pistola que llevaba en mi bolsillo. Recorrimos la planta baja sin novedad. Una escalera de piedra nos condujo a la parte alta. De los pisos sólo quedaban las vigas de madera que los soportaban. Dimos voces que retumbaron, en la soledad de las piezas interiores, y figurábasenos que alguien contestaba a nuestro llamado. Me abrí de piernas sobre las dos primeras vigas y di la mano a Marta, quien avanzó. Ella hizo otro tanto en las siguientes y así, apoyándonos uno en otro, caminamos cautelosamente. Estábamos a punto de alcanzar la puerta del cuarto próximo, cuando escuchamos pasos precipitados bajo nosotros. Dos hombres entraron corriendo y apuntaron sus rifles, gritando:

-¡Alto ay, jijos de tal, o los "quebro"!

Logramos penetrar violentamente a la pieza vecina. En el rincón formado por el muro y la mocheta de la puerta nos refugiamos apretados uno contra otro. Saqué mi revólver y disparé contra ellos. Creo haber herido a alguno. Soltaron una maldición y salieron corriendo por donde habían llegado. Después escuchamos algunos tiros. Supusimos que Juan y Eusebio les habían disparado al verlos salir. Marta se había abrazado a mí y quietos nos quedamos a la expectativa. Próximo a mí sentí latir su corazón. Sus grandes ojos negros brillaban extraordinariamente y un vivo color rojo tiñó su apiñonada tez. Se repuso, y separándose me dijo:

-Vaya, auxilie a Juan.

Salí al claro de un balcón y lo vi avanzar corriendo. En el linde del bosque estaba Eusebio, con el ojo avizor y el rifle preparado. Los agresores no volvieron. En una de las piezas interiores encontramos el lecho de paja sobre el cual reposó el cristero herido. Unas huellas de sangre así lo indicaban. Junto a unos trapos que le sirvieron de cabecera estaba un rosario, que Marta alzó y besó con fervor. Emprendimos el regreso lamentando haber llegado tarde. Marta me observaba a hurtadillas. Al hablar veía a todos, pero me saltaba a mí. Tenía un gesto tan reservado, que no podía yo creer que momentos antes me hubiera sonreído. Sus ojos parecían más negros y más grandes, pero no tenían ya el fuego que en ellos vi a la hora del peligro. Me sentí triste e inquieto. Temía haberla ofendido y sin ganas de conversar, no despegué los labios en todo el camino.