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jueves, 7 de julio de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS

¡Y respeten las cosas de Dios y de nuestra religión sagrada!


Al fin Cedillo, despechado y vencido por esa constancia, dio la orden deseada de que los soldados se retiraran, incluso los centinelas del palacio, lo que significaba que el obispo quedaba en libertad. Y cuando esto vieron los sitiadores por su parte abandonaron el campo y se volvieron a sus casas, no sin gritar con toda su alma, que si volvían las arbitrariedades del gobierno, ellos también volverían a la defensa. Naturalmente los jefecillos, irritados por su derrota, hicieron al retirarse algunas aprehensiones entre los atacantes y acusándolos de ser los agitadores, los llevaron a la presencia de Cedillo. Entre los defensores del obispo, el coronel que mandaba a la tropa, había visto, y muy a su costa por cierto, a dos jóvenes, que armados de sendas pistolas, desde las azoteas de la casa episcopal, atrincherados y resguardándose detrás de los pretiles de la azotea, hacían fuego contra los soldados que disparaban sobre el pueblo. Digo que muy a su costa porque precisamente cuando el dicho coronel miraba a los atrincherados en la azotea, uno de ellos le disparó un tiro que por poco lo lleva a hacer contar los sucesos del día en el otro mundo.

La bala sólo le dio en el kepí, arrebatándoselo de la cabeza. Como se comprende, al terminar el zafarrancho el coronel dio la orden de que se buscara a los dos defensores de la azotea, y dieron con ellos, que tuvieron que rendirse porque se les había agotado el parque. Eran dos jóvenes de la A.C.J.M. Ernesto Montalvo, que fue precisamente el que con su certera bala le había quitado el kepí en la refriega al militar y otro que vivía en el obispado trabajando como carpintero y ebanista. Fidel Muro, que entra ahora como la figura principal de mí relato. Llevados a la presencia del jefe, ambos jóvenes repitieron lo que todos a gritos habían dicho en aquellas horas de lucha.

—No tenemos nada contra ustedes, soldados. . . nos defenderemos si nos atacan, ciertamente... pero lo que queremos es que dejen en libertad a nuestro obispe, que no ha hecho nunca ningún mal, y respeten las cosas de Dios y de nuestra religión sagrada.

Montalvo fue sentenciado por intento frustrado de asesinato; y Fidel Muro condenado a 5 días de cárcel previa una cintareada brutal, castigo que indebidamente sustituía al de los azotes, prohibido en las leyes penales del país.  Así comenzó Fidel su carrera de mártir.  Había nacido en Zacatecas, tercer hijo de una excelente señora de la clase humilde y de un carpintero honradísimo y cristiano a carta cabal, que supo infundir en sus tres hijos los sentimientos piadosos y virtuosos que lo caracterizaron toda su vida.

Era obispo de Zacatecas, el mismo que después ya hemos visto en San Luis Potosí, víctima de la insensatez callista, el Excmo. Sr. de la Mora, cuando se ofreció en el palacio episcopal algún trabajo de carpintería, y fue llamado para ejecutarlo el padre de Fidel, quien llevó de compañero y aprendiz a su hijo. El pobre muchacho, en la edad del hervor de las pasiones, había causado algún quebradero de cabeza a su padre. Los amigos, o mejor, los malos amigos le habían aficionado un tanto al vino, y entre los 16 y 18 años se había conquistado una novia, buena muchacha y previsora, como ya van faltando en nuestro pueblo humilde, que a tiempo cayó en la cuenta de que Fidel no iba por el buen camino, y justamente temerosa de un porvenir desgraciado, le dio un día las más rotundas calabazas.

Pero el señor Muro se propuso enderezar a su hijo y no permitía que se separara de su lado, a donde quiera que fuese a trabajar. Así entró en el obispado, y bastó la vista de la virtud y amabilidad del señor Obispo, para que Fidel entrara dentro de sí mismo, y reflexionara sobre las excelencias de la vida buena y cristiana. Llegó a tanto lo que diremos fue su conversión, que se creyó llamado por Dios a la vida religiosa, y protegido y estimulado por el mismo prelado, que le tomó mucho cariño, un buen día pidió su ingreso en la fervorosa Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo, recientemente fundada por el santo varón, tan conocido en México, el P. Rougier. Y así ingresó en el noviciado de dichos misioneros en la villa de Tlálpam del Distrito Federal. Fidel Muro pasó dos años y algunos días en el noviciado de los Misioneros del Espíritu Santo, de Tlálpam, pero reconociendo él y sus superiores que no tenía plena vocación religiosa, había vuelto a San Luis y con un préstamo que le hizo el Sr. Obispo había establecido un taller de ebanistería, en donde su trabajo tuvo tan buen éxito que a los pocos meses pudo pagar su deuda con el limo. Señor. Una hermana suya era religiosa de una congregación fundada en Zacatecas por el Sr. Canónigo D. Anastasio Díaz, pero los perseguidores habían expulsado a las religiosas de su convento, y éstas se refugiaron en San Luis Potosí, al amparo del mismo señor obispo de la Mora.

Encontráronse, pues, de nuevo los dos hermanos, y Fidel dio cuenta a su hermana de sus nuevas resoluciones. Los sucesos que ya hemos referido acerca del motín provocado en San Luis por las arbitrariedades de Cedillo, que se repetían por toda la nación, habían tenido un eco doloroso en los corazones de los tantas veces nombrados en estos relatos, jóvenes entusiastas de la A.C.J.M. a la que pertenecía Fidel desde su salida del Seminario; y que acabaron por decidirlos, como he dicho, a la formación en la capital de México de la "Liga de Defensa de la Libertad Religiosa", que también se extendió muy pronto por todo el país. En San Luis era jefe de la Liga un tal Juan Pérez, del que pronto se tuvieron fundadas sospechas de estar en connivencia hipócrita con los perseguidores.

Si en aquella ciudad los católicos trabajaron muy bien en el boycot y demás actividades de la Liga, fue eso a pesar del jefe, y casi por iniciativas particulares de las señoritas Esther de Santiago y María Azanza, fervorosas y valientes católicas. Fidel Muro, con toda prudencia, aunque pertenecía a la A.C.J.M., y por cierto era de los más activos miembros de esa asociación, no acababa de decidirse por formar parte del grupo de la Liga de aquella ciudad. Pero un día de tantos, en una de las sesiones de los acejotaemeros, trabó amistad con el jovencito Edmundo de la Torre, que recientemente había ingresado en la asociación, y éste lo llevó a su casa para presentarlo a su familia, reducida en aquellos momentos a la señora María de la Torre y su hija María, una jovencita piadosa y hacendosa, en la que, sin saber quién era, ya había puesto los ojos y el corazón Fidel. El jefe de la familia, Don Ignacio de la Torre, estaba por entonces en Tampico. y allí trabajaba a las órdenes del grupo local de la Liga. Fidel vio el cielo abierto, porque por las conversaciones con sus nuevos amigos, cayó en la cuenta de que el grupo de Tampico era muy diferente en sus actividades del de San Luis, a causa de los jefes de ambos grupos. Y decidió apuntarse entre los miembros de la Liga, pero del grupo de Tampico, porque éste llenaba todas sus aspiraciones.


Fidel comunicó a su hermana Guadalupe, la religiosa, toda esta historia, y ella, que era una santa mujer, comprendió desde luego los grandes peligros que amenazaban a su hermano; a sus presentimientos de mujer, no se le ocultó, que muy probablemente Fidel perdería la vida en la empresa, porque lo conocía bien, y sabía que una vez embarcado en esa nave, no cedería ni volvería atrás, ante las tempestades que se opusieran á su llegada al puerto; pero la causa era noble, era grande, era nada menos que la de la gloria de Dios, por el triunfo de Jesucristo Rey, cuyo reinado total y completo sobre los hombres nos enseñó a pedir el mismo Divino Maestro, en el "Padre Nuestro"; y así, bendijo a Fidel, lo animó, y trató de entusiasmarlo más aún, si era posible, por trabajar con ardor en aquella causa, aunque en ella tuviera que sucumbir gloriosamente.

— ¡Ve, hermano, ve! y si mueres, tendrás la corona de los mártires.

Y Fidel, clausuró su taller, vendió todo lo que en él tenía, y el producto lo destinó a pertrecharse de lo necesario para unirse al grupo de Tampico que, perdida toda esperanza de conseguir la libertad religiosa por medios pacíficos, preparaba ya un levantamiento en armas.

Era el 19 de enero de 1927 el señalado para el grito libertador de los cristeros de Tampico. El jefe del movimiento era un antiguo revolucionario, el general Ignacio Galván, al que escogieron por tener experiencia en hechos de guerra. Fidel Muro, Humberto Hernández, Jesús Posada, Jesús Castillo, Ernesto Montalvo y otros jóvenes amigos y compañeros de  Muro, y armados por Fidel, aunque insuficientemente, con el producto de su taller, esperaban refugiados en la casa de un buen campesino de las cercanías de Río Verde en el Estado de San Luis, el momento de unirse con los levantados de Tampico.

¡Ay! el general Galván, no con malas intenciones, sino porque le faltaba la confianza en Dios, que animó a otros jefes cristeros, y dejándose llevar únicamente de la prudencia humanamente justa, en espera de mayores elementos de guerra, y para mayor seguridad en la victoria, retrasó la fecha del levantamiento.