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martes, 19 de julio de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS

MARTIR DE ZACATECAS (continuación)

Un año después de estos sucesos fue aprehendido y en compañía de otro muchacho, fusilado en San Luis de la Paz, del estado de Guanajuato. Fidel entre tanto permanecía oculto y desarmado entre los matorrales de las orillas del río. Llegada la noche, y habiéndose retirado los soldados, salió de su escondite y con toda clase de precauciones llegó al mismo patio de la hacienda, teatro de la tragedia. Aun estaban allí los cadáveres de sus dos compañeros. Fidel se arrodilló ante ellos para orar devotamente por sus almas, o más bien para encomendarse a ellos; mojó su pañuelo en la sangre de los dos, para conservarlo como una reliquia, y con las mismas precauciones volvió a salir para internarse en el bosque, y después tratar de encontrar en aquellos terrenos desconocidos algún camino o vereda que le llevara a San Luis.

Mientras tanto los soldados habían vuelto a Río Verde y allí se estacionaron, no sin antes fusilar, sin más trámites, a Humberto Hernández y a Castillo, que como siempre en estos casos murieron gritando "Viva Cristo Rey". Fidel, caminaba y caminaba, desorientado completamente, pero encontró al fin una choza en donde había un viejecito campesino, que le dio algo de comer, y cambió sus harapos con el uniforme del cristero, señalándole por fin, una vereda que le llevaría por el camino más corto hasta un punto de la carretera de San Luis. Emprendió luego la marcha y llegó al fin a la carretera, pero estaba agotado por la caminata, y no pudiendo más se tumbó, casi a la orilla del camino, quedándose profundamente dormido. La columna callista que había pernoctado en Río Verde salió muy de madrugada para San Luis, y Dios permitió que durante la marcha por la carretera descubrieran algunos soldados a aquel mendigo harapiento, que dormía a la orilla del camino. Llamóles la atención el contraste entre los harapos de aquel hombre y su rostro juvenil y simpático y la recia musculatura de su cuerpo, y despertáronle a puntapiés, y entre palabrotas y empellones lo registraron, encontrándole unas cartas y un retrato, por lo que lo identificaron plenamente como Fidel Muro, uno de los escapados de la hacienda de "Las Rosas". El capitancillo de la tropa mandó inmediatamente que le ataran a un árbol, y cuando ya lo tuvo así, inerme e indefenso, se acercó a él para abofetearle, sin peligro de que le respondiera como merecía.

El pobre Fidel se lo reprochó enérgicamente, afeando la conducta de un militar, que así atacaba a un hombre cuando éste no podía defenderse, lo que enfureció al capitán y por segunda vez volvió a abofetearle sin piedad. Los mismos soldados mostraron su disgusto por aquello y el jefe dio orden de que desataran al cautivo del árbol, y siempre amarrado lo llevaron en medio de la columna, a pie, y en calidad de prisionero. Veintidós leguas de una caminata así, casi arrastrado a cabeza de silla de uno de los caballos de los soldados, era para acabar con la vida del hombre más fuerte, pero Dios lo quería para actos más heroicos, y aunque pedía a veces cuando sentíase desfallecer, lo fusilaran luego, por piedad; el capitán se reía de sus imploraciones y le contestaba sólo con alguna palabrota de su indecente vocabulario. Así llegaron a las once de la noche del 15 de marzo de 1927 a la ciudad de San Luis, y sin quitar al pobre joven las ataduras de las manos, lo internaron en un calabozo infecto de la prisión.

Al día siguiente lo sujetaron al primer tormento. Atando unos alambres al techo de la prisión por el otro extremo los sujetaron fuertemente en torno de los pulgares de ambas manos del preso, de modo que quedara pendiente de ellos, sin apoyo en el suelo, y no contentos con eso lo balanceaban a golpes de machete, en sus desnudas espaldas. ¿Qué pretendían los inhumanos verdugos? Arrancar al maltratado joven la denuncia de las personas involucradas en la causa cristera y dónde se encontraban, en especial a los miembros de la familia Torres, por cuyas cartas lo habían identificado. Pero ni siquiera pudieron arrancarle un ¡ay! de dolor por el atroz tormento. Las extremidades de los pulgares se hincharon y deformaron para siempre, y cuando al cabo de casi una hora lo bajaron, cayó al suelo desvanecido.

Los días siguientes volvieron a repetir el tormento, los dedos le supuraban ya y sus dolores eran insoportables, pero no lograban vencer su denodado ánimo. Lo único que hacía al terminar aquel feroz martirio, era pedir le dejaran poner sus manos bajo un chorro de agua fría que le calmaba un tanto el agudo dolor. Los dedos ya no podían ser sujetados por el alambre, tan deformados y deshechos estaban, y entonces repetían sus verdugos la misma operación, pero suspendiéndolo de los alambres por las axilas. Y fue varias veces el mismo general Cedillo a presenciar aquel espectáculo atroz, para ver si él, con promesas o amenazas, lograba que en el tormento desatara su lengua. No lo consiguió, y sólo quedó en él una admiración profunda, mezclada con terror, de la resistencia de aquel hombre en defensa de la causa cristera.
No es, sino con mucha repugnancia, como refiero estos sucesos tratándose de mexicanos. . . Pero es preciso, es absolutamente preciso dar a conocer con los hechos, ya que se ofrece la ocasión, cómo deforman el corazón del hombre y su moral las perversas enseñanzas de las escuelas oficiales laicas, en las que se quita a los niños y jóvenes el temor de Dios y la creencia en la vida futura. Es allí, en esos antros de perversidad, en donde se educaron todos esos caciques y jefecillos, que se unieron a Calles, para  servirle en la ejecución de las consignas de la terrible "conspiración contra el orden cristiano", que ahora mismo en otras partes de este mundo continúa su perversa obra.

Aquella resistencia heroica cansó al fin a los verdugos, y optaron por dejarle en paz, tanto más cuanto que personas influyentes y muy respetadas en la población como don Ildefonso Azanza y su hija la señorita María no dejaban de interceder por el preso para que se le dejara en libertad. Llegaron por entonces a la misma prisión unos cristeros de Guanajuato capturados por el general Gallegos, e inmediatamente fueron fusilados, haciendo que Fidel presenciara la ejecución, con el ánimo de amedrentarlo diciéndole: "Mañana te toca a ti". Llegó el mañana, y el prisionero fue sacado en un truck entre soldados, como si lo llevaran a ejecutar. Era simplemente otra comedia, y después de pasearlo un rato lo volvieron a encerrar. Fidel durante todo el trayecto había ido rezando el rosario como preparación a la muerte. ¡Pero ni una palabra salió de sus labios! Cedillo en persona entró en la prisión para ofrecerle un alto puesto en el ejército, si consentía en denunciar a los cristeros. . . Fidel permaneció callado como un muerto.

Por fin, por uno de esos movimientos asquerosos de la política mexicana el general Cedillo pasó a ser de jefe de las armas gobernador del estado, y en la jefatura le sucedió el general Francisco Carrera Torres quien sintiéndose generoso al obtener aquel grado, cedió a las instancias de los Azanza, y a la garantía de su misma persona, que le ofreció don Ildefonso, como fianza, y dio orden de sacar de la prisión a Fidel dándole como cárcel misma ciudad de San Luis. Una etapa dolorosa del martirio de Fidel había terminado. Otras seguirían quizás más crueles para su corazón generoso.