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miércoles, 6 de julio de 2016

La Misa de Siempre - Mons.Marcel Lefebvre

El Credo
(final)


9. Creo en la vida eterna

Creo en la vida eterna: es el último artículo del Credo. No hay que imaginarse la vida eterna como un tiempo que no termina. Si no, nos cansamos desde el principio. No se puede comparar el tiempo con la eternidad. La eternidad no es el tiempo, sino otra cosa: i menos mal para los elegidos! El tiempo es algo ficticio. El pasado ya no existe y el futuro todavía no existe. Sólo existe el momento presente, pero gracias a la memoria, nos acordamos del pasado y podemos prever el futuro. Por los astros que dan vueltas podemos contar las horas, los días, los meses y los años. Así es cómo llegamos a situamos en la tierra. Pero la eternidad es algo distinto. La eternidad está por encima del tiempo. No hay tiempo en la eternidad. La eternidad es como un punto o instante que dura siempre. Es un presente continuo. La eternidad, dice el padre Garrigou- Lagrange, es más fácil de entender que el tiempo. El tiempo es más misterioso. Podría decir que Dios abarca el tiempo, abarca el pasado y el futuro. Está por encima de todo esto. Por esto, el tiempo se relaciona con la eternidad y no al contrario."El catecismo del concilio de Trento describe en qué consiste la vida eterna.

Estos son algunos de sus párrafos:

"Por virtud de la frase vida eterna comprendemos que, una vez conseguida la bienaventuranza, jamás puede perderse, como falsamente supusieron algunos, porque la felicidad es el conjunto de todos los bienes sin mezcla alguna de mal (...) Pero cuán grande sea la felicidad de los bienaventurados que viven en la celestial y que sólo ellos y ningún otro pueden comprenderla, lo demuestran suficientemente estas mismas palabras."( ...) 

"La felicidad de la vida eterna se debe definir por la desaparición de todos los males y la consecución de todos los bienes. Acerca de los males, son clarísimos los testimonios de las Sagradas Letras, pues leemos en el Apocalipsis: tendrán más hambre ni sed, ni descargará sobre ellos el sol ni otro calor bochornoso.'" (Apoc 7,16).

Y más adelante:

"Dios enjugará de sus ojos todas las lágrimas, y no habrá ya muerte, ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor, porque todas estas cosas de antes ya desaparecieron." (Apoc 21, 4) Así, pues, u inmensa será la gloria de los bienaventurados e innumerables las clases de placer y gozo verdadero. "La verdadera felicidad, que podemos llamar comúnmente esencial, consiste en ver a Dios y en gozar de la hermosura de Aquel que es origen y principio de toda bondad y perfección. 'La vida eterna -dice Cristo Nuestro Señor- consiste en conocerte a Ti solo Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú enviaste.' (Jn 17,3) (...) La bienaventuranza consiste en dos cosas: la una en que veremos a Dios cual es en su naturaleza y sustancia, y la otra en que seremos transformados como dioses".

Por supuesto, no seremos dioses, es evidente. Esa transformación de nosotros se hará en el Cielo por medio de la luz de gloria. La luz de gloria, que será una participación a la luz de la gloria de Dios, nos hará, en cierta medida, conocer a Dios como realmente es. Veremos a Dios directamente, pero, por supuesto no lo conoceremos en toda su intimidad, pues de otro modo nosotros mismos tendríamos que ser Dios. Sólo el Verbo, precisamente, y las tres Personas de la Trinidad se conocen perfectamente porque son Dios. ¡Es algo extraordinario!

El catecismo de concilio de Trento prosigue:

"Esto lo conseguimos con la luz de gloria, cuando, iluminados con su resplandor, 'veamos a Dios, Luz verdadera, en su propia luz'." (Sal 35, 10) "Con cuyo don, ciertamente el mayor y más excelente de todos, [los bienaventurados] hechos partícipes de la naturaleza divina, gozan de la verdadera y eterna felicidad." ( ... ) "Sería interminable la relación de todas las delicias de que estará colmada la gloria de los bienaventurados, y ni siquiera podemos imaginarlas. 'Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman.'" (1 Cor 2, 9) Lo que veremos en Dios sobrepasará en belleza, en bondad y en esplendor todo lo que podemos imaginar. Admiraremos a la Iglesia triunfante y sobre todo a Nuestro Señor con todos sus privilegios reales y divinos, a la Virgen María, Reina del Cielo, adornada con todos sus dones, a las miríadas de arcángeles y ángeles, e igualmente a todos los elegidos con su diversidad de gloria, medida según su grado de caridad. Dios será realmente todo para todos, honrado y adorado como se debe, sin discordancia!" A la luz del Ser infinito de la Santísima Trinidad y de sus perfecciones, nuestras almas serán transportadas en la acción de gracias por todo lo que Dios se ha dignado padecer por nuestra salvación y nos sentiremos confundidos por la misericordia que Él ha tenido con nosotros.

La Tradición nos enseña que las vírgenes, los mártires y los doctores tendrán aureolas particulares que aumentarán su gloria. Ante estas expectativas que son el objeto de nuestra fe y la finalidad de nuestra existencia, i cómo no gemir, como Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos, pensando en todas las almas alejadas de Él que lo desprecian por la indiferencia, el olvido y el pecado, y se encaminan al Infierno" Es muy importante que conozcamos bien todo lo que expresa el Credo y vivir de él. Cada vez que recemos o cantemos el Credo, procuremos tener realmente conciencia de que las palabras que pronunciamos constituyen un resumen de todo lo que tenemos que creer y amar. Es lo más profundo que hay y lo que más que- remos a lo largo de nuestra vida temporal, porque expresa todo lo que Nuestro Señor, todo lo que Dios, ha hecho para amamos. Es la realización, el canto de amor de Dios por nosotros. El verdadero Credo es esto: el resumen de la caridad de Dios por nosotros. Es maravilloso."¿Cómo no amaríamos nosotros a quien tanto nos ha amado?", dice la liturgia en el Adeste fideles de Navidad, siguiendo a San Agustín. Cada vez que recemos o cantemos el Credo, recordemos este llamamiento al amor y caridad que debemos a Dios. Procuremos sentir este llamamiento y orientamos cada vez más profunda- mente a amar verdaderamente a Dios, a darle gracias y a hacer todo para que su amor por nosotros no sea en vano."

Si no nos conmovemos al ver de qué manera Dios ha resuelto el problema de nuestra Redención haciéndose hombre, tomando una carne como la nuestra y derramando toda su Sangre por nosotros, es porque no conocemos a Dios. No nos damos cuenta de lo que es Dios. Si nos diéramos cuenta, nos quedaríamos atónitos al pensar que ha podido hacerse uno de nosotros. Lógicamente, sí se puede decir, i es impensable, impensable, que Dios se haya hecho una débil criatura, que haya tomado un cuerpo débil y mortal, sensible, sujeto al sufrimiento, al hambre y al cansancio! ¿Dios? !No puede ser! Los misterios de la Encarnación y de la Redención son grandes misterios, por supuesto: misterios de nuestra fe! Dios ha hecho todo esto por amor a nosotros. ( ... ) ¿No es acaso esto para nosotros un motivo de continua acción de gracias a Dios?

Procuremos hacer entrar en nuestros corazones y en nuestras almas el sentimiento de profundo agradecimiento a Nuestro Señor por el amor que nos ha manifestado, puesto que hemos salido del Corazón de Jesús. Hemos nacido con la Iglesia, al nacer ella del Corazón de Jesús. El agua que brotó de su corazón representa la gracia que sana'" y la sangre representa la gracia que eleva!" Hemos salido también del Corazón de Jesús por el bautismo. ¡Qué agradecimiento no deberíamos tener con Nuestro Señor!  


¡Ah, si pudiéramos entender el inmenso amor con que Dios nos ha amado! No solamente nos ha creado sino que nos ha redimido, nos ha dado la vida divina que habíamos perdido por el pecado original y, a partir de ahora, si vivimos realmente como cristianos, podemos estar seguros de que Nuestro Señor Jesucristo y su Espíritu Santo están en nuestros corazones y en nuestras almas. i Qué alegría, qué esperanza y qué consuelo en medio de las pruebas y de las dificultades! Tenemos que saber que Nuestro Señor está presente en nosotros y que nosotros somos partícipes de su naturaleza divina. Esto es lo que Dios ha querido hacer por nosotros. ¡Qué ingratos seríamos si viviéramos como si no lo supiéramos!