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miércoles, 20 de julio de 2016

Ite Missa Est

20 DE JULIO

SAN JERONIMO EMILIANO, CONFESOR

Misa – JUSTUS
Epístola – I Cor. IV, 9-14
Evangelio – San Lucas. X, 1-9


LECCIÓN DE CARIDAD. — Hemos admirado la caridad para con los enfermos y de los moribundos en San Camilo de Lellis; para con campesinos, encarcelados y niños abandonados en San Vicente de Paúl; la consideraremos hoy en San Jerónimo Emiliano para con los huérfanos. ¿No quiere darnos con ello la Iglesia una gran lección de caridad y de abnegación para con nuestros hermanos, por los ejemplos que pone ante nuestros ojos en estos tres días seguidos? Es más: en San Jerónimo Emiliano nos recuerda la dignidad del niño cuya inocencia atrae las miradas del Señor y hace habitar en su alma a la Santísima Trinidad. La Iglesia nos recuerda todo el encanto al hacernos leer en el oficio de maitines la Homilía 62 de San Juan Crisóstomo. Nos invita también a seguir el consejo de Jesús que nos insiste que nos volvamos niños para poder entrar en el reino de los cielos.

HOMILÍA DE SAN JUAN CRISÓSTOMO. — "Si queremos ser herederos de los cielos, busquemos la sencillez de la infancia con mucho empeño. La cumbre de la filosofía es ser sencillo con prudencia, es la vida angelical. El alma del niño no tiene ningún vicio en el alma; no se le quedan grabadas en la memoria las injurias, sino que, como si no hubiese sucedido nada, olvidándose se junta de nuevo con los amigos. Y aunque sea castigado por su madre, siempre la busca y la antepone a todos. Si le muestras una reina adornada con piedras preciosas, no la prefiere a su madre vestida de harapos; y prefiere verla a ella, sencilla en su pobreza, más que a la reina magníficamente compuesta. Pues acostumbra a juzgar lo que le interesa o no le importa, no sobre la pobreza o las riquezas, sino sobre el amor. Toda su preocupación es lo necesario y nada más; así harto de la leche que saborea, suelta el pecho de la madre. No sufre las mismas tristezas que nosotros: ni la pérdida de los bienes, ni cosas parecidas; la pérdida de los bienes ni cosa igual le turban, sus gustos no son los nuestros, ni la hermosura corporal le atrae. Por esto decía el Señor: "De tales es el reino de los cielos", para que nosotros por virtud hagamos lo que los niños hacen naturalmente Sus ángeles custodios aun cuando pongan sus miradas en seres tan puros, como dice nuestro Señor, no se distraen de la contemplación del Padre Celestial. Benditos sean San Jerónimo Emiliano y los que como él se dedican a la educación cristiana de los niños, por haber sido elegidos por Dios para participar de los cuidados de los ángeles terrenos, en espera de ser asociados a felicidad en el cielo.

VIDA. — San Jerónimo nació en Venecia en 1481, de familia noble. Como soldado tomó parte en la toma de Castelnovo donde fue hecho prisionero por los Imperiales y aherrojado en un calabozo. Al verse privado de todo auxilio humano acudió a la Santísima Virgen, que se le apareció y le puso en libertad. En agradecimiento fué a Treviso a presentarla sus cadenas como homenaje y a consagrarse por entero al servicio de Dios. Vuelto a Venecia, su patria, se preparó a recibir el sacerdocio y se empleó en obras de caridad. Le dio ocasión para ello la epidemia de 1528, vendió todos sus muebles para socorrer a los pobres y acudió a remediar todas las miserias. Ocupó se después, en 1531, en el cuidado de los niños que recogía para curarlos, alimentarlos, enseñarlos el catecismo y formarlos en las costumbres cristianas. Allegó colaboradores y puso los fundamentos de una Congregación cuyo centro estuvo en Samasca (Junto a Bérgamo) y de ahí el apelativo de Somascos que se dió a sus religiosos. Murió en esta ciudad en 1537, víctima del mal que contrajo a la cabecera de los apestados. Al no dejar sucesor alguno de su obra, los Somascos se unieron a los Teatinos, fundados por San Cayetano de Tiena, pero recobraron su independencia en 1568. Ahora no poseen más que una docena de casas en Italia. Fué canonizado por Clemente XIII en 1767 y proclamado por Pío XI, en 1928, Patrono de los huérfanos y jóvenes abandonados.

LA VERDADERA CARIDAD. — Oh Jerónimo, formas en estos días con Vicente de Paúl, y Camilo de Lellis el triunvirato de la caridad. De este modo el Espíritu divino, cuyo reino avanza, encuentra sus complacencias en poner la impronta de la Santísima Trinidad sobre los tiempos; quiere manifestar que el amor de Dios, que trae al mundo no va unido sino con el de los hermanos. A la vez que nos daba por ti esta prueba en la tierra, el espíritu malo daba la suya, haciéndonos ver que el amor verdadero a nuestros semejantes se desvanece donde no está el del Señor, el cual a su vez se apaga donde no hay fe: la humanidad puede escoger entre las ruinas de la falsa reforma y la fecundidad siempre nueva del Espíritu de santidad. Su elección, por desgracia, no fué siempre y en todas partes conforme a sus verdaderos intereses del tiempo y de la eternidad. Con cuánto mayor motivo deberíamos repetir nosotros la oración que enseñaste a tu huerfanitos: "Jesucristo Señor nuestro, y amado Padre, te suplicamos por tu bondad infinita, que resucites la cristiandad y vuélvela a la rectitud santa de los tiempos apostólicos".


PLEGARIA. — Trabajaste mucho y bien en la obra grande de restauración. La Madre de la divina gracia, al romper tus cadenas en la cárcel, devolvía a tu alma, más presa aún, el vigor del bautismo y de tus primeros años; tu juventud como la del águila se renovó; el valor que te hizo célebre en las milicias terrenas, multiplicó tus conquistas sobre la muerte y el demonio. Jesús, Rey del ejército cristiano, te comunicó sus preferencias por los pequeñuelos: quién podrá contar los que inocentes reservasteis a sus cariños divinos, los que estaban ya perdidos y te deberán la corona en el cielo. Aumenta el número de tus hijos desde el trono en que te ves rodeado de esas simpáticas falanges infantiles, fortifica a los que continúan tu obra sobre la tierra; ojalá tu espíritu se difunda más y más en esta malhadada época en que la envidia nefasta de Satanás disputa la juventud a Dios. Felices los que en su postrer aliento hayan cumplido la obra de misericordia por excelencia en nuestros días, la de conservar la fe de los niños y su bautismo intacto. Aunque hubiesen merecido como tú en otro tiempo la cólera divina, podrán decir con confianza estas palabras para ti tan queridas: "Oh mi dulce Jesús, sé mi Salvador y mi juez."