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lunes, 11 de julio de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”


ANTES DE MARCHAR


La pasión por el ideal ha muerto. Se le ha dejado desfallecer primero, se le ha abandonado, después y ha acabado por morirse. Esto explica el desdén con que por todas partes se ve lo grande y lo noble y el encogimiento de hombros con que todos saludan programas y banderas. Pero lo más grave es que nuestra juventud carece de ideal desde hace mucho tiempo, no ha habido quien la arroje en la hoguera donde se encienden las altas y recias pasiones y donde se recibe dentro del puño de la diestra, crispada por el juramento hecho bajo la tienda ideal, el cayado fuerte y nudoso para ponerse en marcha hacia las alturas.

Nuestra juventud no ha tenido, no tiene desde hace mucho tiempo ni maestro ni abanderado. Se alzó y sigue alzándose delante de la vida como barca sin timón y sin brújula y, fatigada a los pocos pasos que ha dado e su peregrinación, ha acabado por dejar la vanguardia y por quedarse a formar legión con todos los rezagados.

Y es que el alma –como el cuerpo– tiene necesidades apremiantes y puede también sentir las angustias del hambre, de la soledad y del desierto. Todo viajero lleva sus alforjas llenas para atravesar el mar o el desierto. Sabe que solamente saciando su hambre y apagando su sed puede conservar encendida la llama de la vida y la plenitud de vigor de todo su cuerpo. A nuestra juventud no hay ni ha habido quien le llene sus alforjas el día de emprender el viaje. Ni siquiera ha habido quien le haga sospechar que necesita provisiones. Cuando mucho se le ha enseñado a que arrebate del torbellino del tiempo el pan para el cuerpo; pero nadie le ha dicho que no empiece su jornada hasta no ir bien provista de pan en abundancia para el espíritu. Y a los pocos pasos ha desfallecido. Y aunque alguna vez se le haya visto con la frente radiante, con el beso del ideal y del ensueño, también se le ha podido encontrar al día siguiente con la cabeza encorvada y triste, porque, como todos los demás peregrinos, ha acabado por entregarse a la vieja idolatría del becerro de oro y a gritar en todas las orgías.

Si cuando abría por vez primera sus ojos asombrados delante de todas las barcas que echaban sus velas al viento y ante el hechizo distante –pero siempre contagioso– de todas las lejanías, una mano amiga o paternal hubiera depositado siquiera un mendrugo de pan para el espíritu, en la alforja de nuestra juventud, no serían tan pocos los que habrían resistido tenaz y victoriosamente a todas las seducciones de la carne y de la tierra y todavía las veríamos de cara hacia la bandera del ideal. Y es necesario empezar por echar en la mano de cada joven que parte o que ya se ha incorporado a la caravana de los que marchan, el pan con que se nutre, se fortalece y se alimenta la vida del espíritu –ideal, ensueño, ilusión alta y noble, gallardía, generosidad, arroja, audacia, osadía ante los fuertes– para que sigan adelante sin desfallecimientos y sin titubeos. Por ahora habrá que acercarse a la juventud para decirle al oído que antes de emprender su jornada o aunque ya se haya dado a la vela, necesita proveerse y poner al lado del pan para el cuerpo, el pan del espíritu y que entre otras cosas busque ansiosamente, como medio suficientemente eficaz para nutrirse y saciarse de ideal, el libro.

Esto lo han hecho todos los que se han dado a la vela hacia la realización de altas empresas. Alejandro el Grande[1] no habría llegado a ser grande si –como él mismo lo decía– no hubiera llevado siempre y a todas partes y no hubiera llevado siempre y a todas partes y no hubiera colocado debajo de su almohada para leerlo con avidez un libro de Homero: La Ilíada. Cada página de este libro lo fortalecía reciamente en medio de todas las fatigas y Aquiles –el héroe central de esa epopeya– mantenía perpetuamente encendida la hoguera del entusiasmo. El libro es uno de los más fuertes y ricos alimentos del espíritu. Si desde hoy empieza nuestra juventud por rechazar la vieja costumbre de echarse a andar por el camino de la vida sin más provisiones que el pan para el cuerpo y logra sentir vivamente la preocupación de proveerse de pan para el espíritu y acude al libro –se entiende al libro de exuberante vitalidad que despierta, que eleva, purifica y llena de oxígeno el ánima–, habrá en la vanguardia de todas las caravanas una crecida legión de juventud que, a pesar de todas las deserciones, de todos los descalabros y de todos los desastres, lleve siempre vuelta la cara hacia el porvenir y logre clavar en las alturas la bandera de la victoria de su gallardía y de su atrevimiento.

Giouse Borsi, a los quince años de edad había llegado a ser uno de los poetas más altos de Italia, pocos habían levantado con más brío el acento de sus blasfemias. Pero el dolor clavó en la mitad del alma de Borsi su dardo acerado, lo hizo hojear La Divina Comedia del Dante y se volvió con toda su juventud de Dios. Dos años después, al frente de un grupo del ejército italiano, tomaba parte en la guerra de 1914 y en los instantes que arengaba a sus soldados cayó mortalmente herido por las balas enemigas. Al recoger su cadáver se le encontró –al lado del corazón–, cuidadosamente guardado, un ejemplar de La Divina Comedia de Dante. Aquel libro había nutrido plenamente a Giosue Borsi –con el pan del espíritu– para seguir y terminar gallardamente la jornada. Este libro fue bueno para la vida y para la muerte, fuertemente, reciamente nutritivo para la vida del ideal y del espíritu. Que al quedar con la frente hacia donde flamea el ideal –a través del polvo de la guerra y de la lucha por la libertad– en cada alforja se encuentre un libro, permanente e inagotable, proveedor que sacie el hambre del espíritu, con hartura, con ebriedad de ideal.

Julio, 1926.



[1] ALEJANDRO MAGNO (356-323 a.C.). rey de Macedonia, educado por Aristóteles, sometió a toda Grecia a su cetro, y se apoderó del Asia Menor y del norte de Africa.