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miércoles, 27 de julio de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta pastoral
nº 40
LA HUMILDAD

En este último “Aviso del mes” que les dirijo, siento el secreto deseo de redactarlo sobre la virtud que hoy uno se arriesga a olvidar más fácilmente: la humildad. Temo, en efecto, que el espíritu que orienta hoy a muchos reformistas vaya en contra de esta 110 virtud fundamental de la espiritualidad evangélica. La concepción de la obediencia, de la vida de comunidad, del apostolado, de la santidad misma, pone hoy en primer lugar a la vocación personal, al carisma, a la dignidad de la persona humana, exigiendo respeto para las ideas personales, para las orientaciones personales. ¿Cómo conciliar esta concepción con la humildad? “El alma humilde, dice nuestro venerable Padre François Libermann, es dulce en la obediencia, obedece sin pena y sin contestar porque no está atada a su propia voluntad. La humildad es la madre de la regularidad, el sostén de la unión fraternal y la más sólida garantía de la subordinación” (“Dirección Espiritual”, pág. 220). Es evidente que Nuestro Señor nos ha enseñado la misma doctrina: “Discite a me, quia mitis sum et humilis corde” (San Mateo, XI, 29). “Omnis qui se exaltat, humiliabitur: et qui se humiliat exaltabitur” (San Lucas, XVIII, 14).

Y cuántos textos se podrían citar de parte de los Apóstoles, y en particular el ejemplo de Nuestro Señor, del cual habla San Pablo en la segunda Epístola a los Filipenses: “Semetipsum exinanivit (…) humiliavit semetipsum factus obediens (…) propter quod et Deus exaltavit illumEs, por lo demás, la lección de la Virgen María, cuando canta las bondades de Dios para con Ella: “Respexit humilitatem ancillæ suæTodos los santos han dado un ejemplo vivo de esta virtud, que es la condición sine qua non de la presencia de Dios en un alma. Santo Tomás de Aquino dice que esta virtud “indirectamente es la primera, descarta los obstáculos; en efecto, la humildad destruye el orgullo y convierte así al hombre en dócil y abierto a las influencias de la gracia de Dios, que resiste a los soberbios y da la gracia a los humildes” (IIª IIæ., q. 161, a 3 y 5).

Está claro entonces que toda reforma, todo aggiornamento que no vaya en el sentido de una humildad muy grande, en el sentido de una gran abnegación de nuestra voluntad propia, de nuestro amor propio, arruina la virtud de la obediencia y, por ese mismo hecho, arruina el verdadero espíritu de comunidad y el espíritu de oración, contribuyendo así a la ruina de toda sociedad religiosa, esencialmente fundada sobre la búsqueda de la santidad, condición indispensable para un apostolado eficaz. Tal era el verdadero espíritu de nuestro venerable Padre: sencillo y luminoso como el Evangelio mismo.

Cuán fructífero sería el Capítulo General que insistiera fuertemente sobre estas virtudes, que reencontrase así las fuentes fervientes de nuestros orígenes. Bastaría con citar los pasajes fundamen-tales de nuestro venerable Padre sobre estos temas para encontrar nuevamente los verdaderos caminos hacia la santidad y el verdadero apostolado. Tengamos cuidado de no dejarnos llevar por estas tendencias modernas que “contestan” aún a la autoridad más legítima, que tienen horror de toda Jerarquía, que instintivamente se levantan contra la fe entera hecha de autoridad. Todo eso viene del Espíritu malo y no del Espíritu Santo.

Para nosotros, que somos misioneros, nos es muy útil recordar que la virtud de la humildad es el secreto del verdadero apostolado. En efecto, el misionero humilde ve y juzga todas las cosas según el espíritu de la fe y la visión de Dios. Frente al trabajo de la gracia de Dios se pone en su justo lugar, de instrumento, de ministro. Considera toda persona humana en sus relaciones con el Espíritu de Dios, con la gracia de Nuestro Señor. Por eso permanece paciente, comprensivo y misericordioso ante los corazones que parecen cerrarse a la gracia, pero no es menos perseverante en la acción, siempre optimista en el éxito y en el fracaso.

El apóstol humilde descubrirá como por instinto sobrenatural los caminos y los métodos apostólicos que llevan en sí la gracia del Espíritu Santo. Evitará todo lo que otorga una parte demasiado grande a la actividad humana, que hace resaltar al instrumento a expensas del verdadero y único apóstol. Estará más inclinado a la oración que a la discusión, tenderá más al ejercicio de la virtud que a hacer exposiciones didácticas.

“Traten entonces de establecerse sólidamente en esta hermosa e importante virtud. Con 111 ella, todas las demás serán fáciles” (“Directorio Espiritual”, pág. 221).


Monseñor Marcel Lefebvre

(“Aviso del mes”, mayo-junio de 1968)