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miércoles, 6 de julio de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta Pastoral n° 36
LA VIDA RELIGIOSA Y APOSTÓLICA
Y NUESTRO NOVICIADO



“Cum autem placuit ei, qui me segregavit ex utero matris meæ,  et vocavit per gratiam suam,  ut revelant Filium suum in me, ut evangelizarem illum in Gentibus: continuo non acquievi carni et sanguini. Neque veni Ierosolymam ad antecesores meos Apostolos: sed abii in Arabiam
(Gal.,I, 15-17)



Esta frase bien paulina, rica en sentido sobrenatural, rica en el sentido profundo de la vocación de San Pablo, es para nosotros instructiva en todo lo que indica como etapas de la realización de nuestra propia vocación. Ahora bien, concluye en lo que menos se esperaba: “sed abii in Arabiam”. Se esperaba la partida hacia la evangelización, pero es en la partida hacia la soledad del desierto donde Nuestro Señor se le revelará, tal como le había prometido. Esta estadía en Arabia, ¿no evoca nuestro noviciado? ¿Pablo se destina a la vida eremítica o a la cenobítica? No… se prepara para la predicación en medio del mundo, en medio de las contradicciones, de las persecuciones, y también de los éxitos espectaculares. ¡Para prepararse a su ministerio va a Arabia! Mientras algunas iniciativas van demasiado lejos en la “puesta al día” del noviciado, sería bueno definirlo, pues hoy en día corresponde dar las definiciones, las ideas claras, la descripción esencial de las cosas. ¿No se dice, con un poco de apuro, del noviciado que todos hemos hecho hasta hoy, que es egocéntrico y que está enteramente dirigido hacia el mismo sujeto que lo está cumpliendo?

Se dice también que la vida religiosa no es más que un medio relativo para la vida apostólica. Esto tiene algo de verdad, pero corre el peligro de ser falaz y tramposo si no se lo explica y no se lo circunscribe exactamente. ¿Qué se entiende por vida religiosa, qué se entiende por vida apostólica? Bien definidas, estas realidades son perfectamente complementarias y están mucho más próximas la una de la otra de cuanto uno se imagina. Si se define a la vida religiosa como la simple observancia del silencio, la vida de comunidad, las prescripciones de los tres votos, entonces, sin duda se puede hablar de medios; pero, a decir verdad, de medios de adquirir, guardar y desarrollar la santidad en nuestras almas, más que de medios relativos a la vida apostólica. La santidad es, pues, el fin inmediato, una santidad que consiste en la oblación total y definitiva a Nuestro Señor Jesucristo y nos hace así más aptos para el apostolado.

¿No es esta verdad tan simple y evidente como para hacernos amar y desear nuestro noviciado, tal como San Pablo deseaba su estadía en Arabia? Pues tal es el alma de nuestro noviciado. Uno se da a Jesús porque lo conoce y lo ama. ¿El fin del noviciado no es un conocimiento y un amor de Nuestro Señor, no tanto especulativo como experimental? El religioso, si verdadera-mente quiere ser apostólico, debe encontrar personalmente a Aquel que es la fuente, el medio y el fin de todo apostolado: al mismo Jesús. Si no lo encuentra como Saulo en el camino de Damasco, tiene que encontrarlo en el silencio, en el retiro, en la oración como los apóstoles en el Cenáculo. Y para poder lograrlo, nada mejor que un noviciado.

Y así como los apóstoles salieron transformados de su estadía en el Cenáculo, que les obtuvo la efusión del Espíritu Santo, así debe haber una diferencia profunda entre el novicio que empieza y ese mismo novicio cuando termina su tiempo de retiro y de acercamiento de Dios. Parece, entonces, contrario al fin mismo del noviciado, transformarlo en un año de estudios y de experiencias apostólicas. Como en la oración, los razonamientos y la búsqueda puramente científica perjudican la unión con Dios, lo mismo sucedería con un noviciado que no tuviera más como fin primordial el encuentro personal, íntimo, constante de su alma con el único Señor y Maestro. La meditación de la Sagrada Escritura, la lectura de los Padres, de buenos autores espirituales, debe ayudar y orientar hacia el conocimiento de Nuestro Señor y producir en el alma un apego irreversible fundado sobre una fe semejante a la de los apóstoles, a la de Pablo, a la de la Virgen María, capaz de soportarlo todo, de sufrirlo todo, de desapegarse de todo por el amor de Nuestro Señor. ¿No vemos que es un peligro el hacer de nuestra vida religiosa un simple medio en relación a nuestra vida apostólica? Tal peligro es el que consiste en evadirse de ese medio si parece molestar un poco para la obtención del fin. Rápidamente se llegará a eso si se tiene una idea muy limitada de la vida apostólica. De ahí la necesidad de precisar en qué consiste nuestra vida apostólica. He aquí la cuestión que tenemos que resolver para encontrar la solución de nuestras dificultades.

¿Nuestra vida apostólica es el resultado de una ciencia humana, es una psicología aplicada, una metodología, es la resultante del conocimiento y de la experimentación de los medios y métodos más modernos de acción sobre las inteligencias y las voluntades, esta ciencia en la cual sobresalen actualmente los que manejan los formidables medios de comunicación social tales como las sociedades de publicidad, de prensa, de información, de televisión, etc…

¿Nuestra vida apostólica se mide por el número de catecúmenos o de cristianos alcanzados por nuestra predicación, por el número de bautismos, de comuniones o de casamientos? ¿Nuestra vida apostólica corresponde al número de kilómetros recorridos, al número de días de visita en los pueblos vecinos, etc.? ¿Nuestra vida apostólica es tanto más auténtica cuanto mayor es el número de iglesias, de presbiterios, de dispensarios, de escuelas, de casas religiosas que hemos construido? ¿Nuestra vida apostólica consistirá sobre todo en vernos sobrevivir en numerosas vocaciones sacerdotales o religiosas? Por fin, ¿se medirá sobre nuestro agotamiento al fin de nuestras jornadas terminadas a medianoche y aún más allá de ella, a causa de las sesiones y reuniones que es imposible realizar durante el día? ¿No es tiempo de distinguir aquí también entre el fin y los medios? ¿No es éste el peligro de nuestra civilización moderna, que pone a nuestra disposición un número siempre crecido de medios para decuplicar nuestra actividad humana, oscureciendo el fin y atrayendo nuestra atención y nuestro interés sobre los medios? Para juzgar bien de todos los medios debemos entonces definir el fin del apostolado, lo que fundamentalmente lo constituye.

Si se toma como referencia el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, fácilmente se puede definir lo que realmente constituye a un apóstol.

El apóstol es, primero, el objeto de una elección, de una vocación, y luego es enviado, después de haber sido santificado por el Espíritu Santo.

El apóstol se destina a predicar el nombre de Jesús y todo su Evangelio.

El apóstol se destina a santificar por el bautismo, la confirmación, la Eucaristía, el orden.

El apóstol lleva a Cristo en él y con él en su persona, en sus hechos y palabras. El apóstol entonces se identifica con Cristo, ut dilectione qua dilexisti me, diliges eos. Que el amor del Padre que se identifica al Hijo identifique a los apóstoles al Hijo y al Padre. El amor del Padre es un amor que engendra al Hijo, que transforma los corazones. Todo lo que ha sido enunciado como susceptible de medir nuestro apostolado, nuestra vida apostólica, no es más que medio en cuanto a este fin: amar a Cristo para llevarlo a los otros a fin de que ese amor se difunda y cante la gloria de Dios. Así considerado, ese problema de la dualidad de los fines de nuestra vida religiosa y de nuestra vida apostólica se encuentra como la exacta relación del amor de Dios y del amor del prójimo. No se puede decir que el amor de Dios sea un medio para amar al prójimo, sino más bien que es la fuente del amor del prójimo, de tal manera que los dos estén ligados como la causa y el efecto. Cessante causa, cessat effectum.

La vida religiosa, en el sentido canónico de la palabra, no es por cierto la única vía del amor de Dios, pero conduce al tutius, securius, velocius. Los consejos evangélicos no son más que instrumentos de perfección, medios destinados a la perfecta observancia de los preceptos. En ese sentido, se puede decir que la vida religiosa, es decir, las observancias de la vida religiosa, son medios en cuanto al fin, que es la perfecta unión con Dios; pero sería una inversión del orden que subordina la perfección, que consiste en darse enteramente a Dios, al amor del prójimo que es un efecto del amor de Dios. Por otra parte, ¿no es notoriamente evidente que éstos son eficaces en la conversión de las almas que están profundamente unidas a Dios? La experiencia nos muestra que no necesariamente los misioneros o los apóstoles son los más eficaces, los más activos, los más ocupados, sino más bien los que lo atraen todo y a todos a Nuestro Señor Jesucristo, teniendo una fe inquebrantable en su gracia todopoderosa, mucho más que en sus esfuerzos personales: hombres de oración, de vida interior, de acción ordenada y perseverante, hombres de fe y de confianza en Dios.

Estos misioneros alcanzan con un mismo impulso los dos amores de Dios y del prójimo, éste en dependencia de aquél. El objeto formal de estos dos amores es único: “Ratio autem diligendi proximum Deus est: hoc enim debemus in proximo diligere, ut in Deo sit (…) Et similiter reprehensibile esset si quis proximum diligeret tanquam principalem finem: non autem si quis proximum diligat propter Deum, quod pertinet ad caritatem” (Santo Tomás, IIª IIæ., q. 25, ad 1). También sabemos por experiencia que nuestro amor de Dios no es una constante absoluta que nos ha sido dada definitivamente por medio del bautismo o por nuestra profesión religiosa: es una vida que puede crecer y que puede debilitarse, y hasta desgraciadamente puede desaparecer, de ahí la inmensa utilidad de las prescripciones de la vida religiosa para mantenernos y hacernos crecer en ese camino del Espíritu Santo.

Aparece así que, al querer simplificar demasiado en la descripción de la relación de la vida religiosa con la vida apostólica sin definirlas, sin dar ninguna precisión, uno se arriesga simplemente a hacer poco caso de las observancias de la vida religiosa y aún del noviciado. Se dice fácilmente que el método y las formas eran egocéntricas, que uno estaba más preocupado de sí mismo que del apostolado por el cual estamos hechos. Basta, en verdad, con cambiar de palabra y decir que el noviciado es cristocéntrico, y se deberá concluir que es soberanamente apostólico, pues es de Cristo y por Cristo que vive el apóstol. ¡Bienaventurado aquel que acercó su inteligencia, su corazón y su alma a Jesús durante su noviciado! Quien lo haya hecho así, no habrá decuplicado, sino que habrá centuplicado sus posibilidades apostólicas.

El Venerable Padre Libermann no cesa de insistir sobre estas verdades. En la nueva edición de la Regla provisoria hecha por el R. P. Francisco Nicolás, los admirables comentarios del Venerable Padre transcriptos por el P. Lannurien abundan de esa doctrina. Cuán deseable sería que tengamos todos ese tesoro en las manos para hacer nuestra lectura diaria; cuánto felicitamos al P. Francisco Nicolás por haber puesto al día nuevamente estos documentos de primer orden para nuestra Congregación.

De estas reflexiones podemos concluir que antes de modificar el noviciado, debemos reflexionar seriamente y considerar si no estamos tocando lo más precioso, lo más esencial para su apostolado y su vida interior que tiene el religioso-apóstol: el conocimiento, digamos cuasi experimental, de Nuestro Señor Jesucristo, más todavía que teórico, conocimiento vital que crea una unión de las voluntades y de los corazones.

Lo que aparece como esencial es que, al salir de nuestro noviciado, podamos contestarle a Nuestro Señor con las mismas palabras con que San Pedro respondió a la pregunta que Jesús nos hace: “¿Me amas? Domine, tu scis quia amo te(Jn., XXI, 15).

Monseñor Marcel Lefebvre

(“Aviso del mes”, mayo-junio de 1967)