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miércoles, 22 de junio de 2016

PROMETEO LA RELIGIÓN DEL HOMBRE

PROMETEO
LA RELIGIÓN
DEL HOMBRE

ENSAYO DE UNA HERMENÉUTICA
DEL CONCILIO VATICANO II
  PADRE ÁLVARO CALDERÓN

CAPÍTULO I
QUÉ FUE EL CONCILIO
VATICANO II
Segunda parte


2 - Tres notas teológicas.
Acerca del fin último del hombre


Podría pensarse que en la exposición del punto anterior no hay más que un cambio de lenguaje por el que se traducen los conceptos tradicionales con la intención apologética de que los comprenda el hombre de hoy, finalidad que Juan XXIII le habría señalado al Concilio en el discurso inaugural. Tradicionalmente decíamos que la doble finalidad de la Iglesia en general es la gloria de Dios y la santificación de las almas, y que el amor al prójimo - según enseña San Juan en su primera carta - es el camino más cierto al amor de Dios. El Concilio sólo señalaría que buscar la santificación de las almas no es otra cosa que promover la dignidad humana, lo que es ciertamente verdadero. Pero cualquiera que tenga experiencia de la vida espiritual y de las cosas humanas, sabe cuán fácil y sutilmente pueden trasponerse estos dos fines últimos, ciertamente ordenados pero íntimamente ligados. Entre el fraile humilde que trabaja en su propia perfección por amor a la voluntad de Dios, y el orgulloso que cumple con lo que Dios manda por amor a su perfección propia, puede haber una gran semejanza en actos y palabras -tanto que se esconda la diferencia a los ojos de un celoso superior-, pero hay un abismo entre los dos. El primero está al servicio de Dios y el segundo tiene a Dios a su servicio.

La cuestión del fin último no es difícil de entender, pero exige unas precisas y oportunas distinciones, sin las cuales se llega a enormes errores, porque allí se plantea -como dice San Ignacio-el principio y fundamento del orden interior del hombre, de la sociedad y de la Iglesia, y un pequeño error en los principios se hace grande en las conclusiones. Quizás la explicación más simple y completa del asunto es la que da Santo Tomás al explicar, en la Suma Teológica, las dos primeras peticiones del Padrenuestro: “Es cosa manifiesta que lo primero que deseamos es el fin, y en segundo lugar, los medios para alcanzarlo. Pero nuestro fin es Dios. Y nuestra voluntad tiende hacia El de dos maneras: en cuanto que deseamos su gloria y en cuanto que queremos gozar de ella. La primera de estas dos maneras se refiere al amor con que amamos a Dios en sí mismo; la segunda, al amor con que nos amamos a nosotros en Dios. Por esta razón decimos en la primera de las peticiones: santificado sea tu nombre, con lo que pedimos la gloria de Dios. La segunda de las peticiones es: Venga a nosotros tu reino. Con ella pedimos llegar a la gloria de su reino”. La principal distinción que hay que comprender bien es la que se da entre aquello que es «fin» y lo que es «alcanzar el fin». El fin de la voluntad es siempre un bien, y el fin último de la voluntad del hombre no es otro que Dios mismo, Bien increado. Por eso dice Santo Tomás: “Nuestro fin es Dios”. Pero otra cosa es alcanzar este fin y Bien, esto es, poseerlo y gozarlo, lo que se hace por cierta acción. Y de esta acción también puede decirse en cierto sentido que es último fin. El fin del avaro es el dinero, o también la posesión y gozo del dinero. En cierta manera son lo mismo, porque querer el dinero significa querer poseerlo, pero vistos en su misma realidad no son lo mismo, porque una cosa es el dinero y otra la acción de poseerlo. El bien que se quiere como fin es algo absoluto v se dice fin sin más (simpliciter), mientras que la acción por la que se alcanza el fin es algo relativo a dicho bien, pues lo toma como objeto, y se dice fin sólo en cierto sentido (secundum quid). Santo Tomás llama al primero «finis cuius» y al segundo «finis quo».

Lo que decimos del hombre puede decirse en cierto modo (por analogía) de toda criatura y también de Dios. Todas y cada una de las criaturas tiene como fin último a Dios, aunque cada una de ellas tiende a Él de una manera distinta - tendencia que se puede llamar «apetito natural» - y lo alcanza por una diferente acción. Por eso, si hablamos del fin sin más (simpliciter o «cuius»), el hombre y todas las demás criaturas tienen el mismo fin, Dios; pero si hablamos del fin en cuanto al acto de alcanzarlo (fin secundum quid o «quo»), entonces las diversas criaturas tienen diversos fines últimos: el hombre contemplar a Dios, y el canario cantarlo. Ahora bien, realizar esta acción por la que se alcanza el fin último supone para cada cosa haber alcanzado la perfección de su ser y de sus potencias operativas, por donde cabe hacer otra distinción - levemente diferente a la anterior- entre fin intrínseco y extrínseco. Porque, dijimos, el hombre y toda criatura tiene como fin último extrínseco a Dios, al que alcanza por su operación, pero para ello debe alcanzar la última perfección que le haga posible producir esta acción; por lo tanto, también cabe decir que el fin último intrínseco de cada criatura es lograr la perfección última de su propia naturaleza, que la hace apta para alcanzar a Dios. El fin último intrínseco del hombre es su perfección como imagen de Dios, que es virtualmente perfecta por las virtudes teologales, y es actual y últimamente perfecta en el acto de la contemplación de Dios (1). Por eso decimos que el fin último (intrínseco) del hombre es la santidad, donde se mira más la perfección de las virtudes, y decimos mejor que su fin último es la gloria, en la que se alcanza la perfección última por los actos de visión y gozo de Dios. Como se ve, considerados según lo que son en sí (secundum rem), el fin último intrínseco es lo mismo que el fin «quo», pero considerados según su razón formal (secundum rationem) no son lo mismo, porque el fin intrínseco es una consideración absoluta del bien de la criatura, mientras que el fin «quo» es una consideración relativa al fin último extrínseco, Dios. ¡Ay, no se asuste el Lector con tanta distinción! El bien particular de la creatura no es tan absoluto como se dice, sino que es participación del Bien común que es Dios, Bien absoluto por excelencia. Podemos hablar, entonces, del fin último del hombre de cuatro maneras:

• Fin último sin más (simpliciter) es Dios, Bien absoluto trascendente, esto es, extrínseco al hombre.

• Fin último en cierto aspecto (secundum quid) puede decirse:

- La santidad, entendida como perfección de las virtudes (fin intrínseco último en cuanto al ser).

- La gloria, entendida como estado último de contemplación de Dios (fin intrínseco último sin más).

- La beatitud, entendida como posesión del Bien infinito (finís quo).
Muchas veces la santidad, la gloria y la beatitud se toman por lo mismo, sin distinción.

3º Acerca de los fines de Dios

Todas estas cosas pueden verse también en Dios. Si consideramos a Dios en sí mismo, es claro que todas estas distinciones no hablan de cosas realmente distintas, porque Dios no tiene ningún fin fuera de Sí mismo y se ama a Sí mismo por una acción que se identifica con su propio ser y esencia divinos. En Él, la bondad, la santidad, la gloria y la beatitud se identifican con la esencia divina secundum rem et rationern. Pero si lo consideramos en cuanto Creador, las distinciones ya son reales, porque si bien Dios al crear no puede tener otro fin que su misma bondad increada, sin embargo lo alcanza por la perfección de su obra, como a través de una acción realizada por medio de un instrumento, que es justamente el universo creado. Al mirar las cosas, entonces, del lado de Dios, las denominaciones de intrínseco y extrínseco se invierten, porque ahora el fin simpliciter último es el Bien intrínseco (increado), mientras que la gloria y santificación que Dios alcanza por la creación es un bien extrínseco (creado), fin secundum quid último. Por lo tanto, cuando habíanlos de los fines por los cuales Dios creó, debemos decir que el fin sin más (simpliciter) es el mismo Dios, como Bien increado. Pero también puede decirse fin en cierto aspecto (secundum quid) la gloria extrínseca de Dios, bien creado. Pero la gloria extrínseca de Dios no debe considerarse fin a la manera como dijimos que se considera en el hombre, esto es, como un último perfeccionamiento (consideración absoluta), pues en nada se perfecciona Dios por la creación, ya que no ha hecho más que manifestar ad extra una partecita de su infinita perfección. Sino que debe considerarse exclusivamente bajo la razón formal de fin «quo» (consideración relativa), como se dice fin la acción por la que se alcanza el fin: Dios quiso manifestar ad extra su infinita bondad, y esta manifestación se alcanza por la acción conjunta del universo creado, entendida, como dijimos, a la manera de una acción que Dios mismo realiza por medio de un instrumento.

En verdad, la noción de «gloria» corresponde más a algo relativo que a algo absoluto, porque “la gloria se define como una «notoriedad laudatoria» (clara notitia cum laude)”, esto es, como actos de reconocimiento y alabanza referidos a la bondad de otro. Por eso, aunque al hablar del estado de gloria del hombre entendemos la perfección última que alcanza en sí, sin embargo corresponde mejor con la noción de gloria cuando entendemos la gloria extrínseca de Dios, que consiste en el reconocimiento y alabanza que le rinden juntamente todos los Ángeles y Santos, y a través de ellos todo el universo creado. También se da esta noción de manera suprema y perfectísima al referirla a la Gloria intrínseca de Dios, que aunque se identifica con la esencia divina, significa la clarísima y amorosísima noticia que cada Persona divina tiene de las otras dos en el seno de la Santísima Trinidad.

4º Del amor a las cosas y la amistad con las personas

Esto que decimos nos lleva a la última distinción que debemos hacer para explicar las dos primeras peticiones del Padrenuestro. La gloria de Dios tiene íntima relación con las criaturas espirituales, pues son las únicas que pueden conocer y amar el bien en cuanto tal. Podemos decir que la belleza del mundo material canta la gloria del Creador pues la pone de manifiesto, pero no lo glorifica formalmente, pues no lo reconoce como Fuente de todo bien y por lo mismo no lo alaba. Sólo las criaturas espirituales son capaces de hacerlo. Y esta misma aptitud para reconocer el bien en cuanto tal, hace que sólo las criaturas espirituales sean capaces de entrar en verdadera posesión y gozo de Dios, y que puedan ser también objeto del amor de la divina amistad, esto es, de la caridad. Porque la amistad es un amor con benevolencia mutua, que podemos tener con las personas pero no con las cosas. A las personas y a las cosas podemos amarlas porque son un bien para nosotros, y este es un amor -dice Santo Tomás- como de cierta concupiscencia. Pero al amor a las personas se le puede agregar también la benevolencia, es decir, que no sólo las amemos porque sean un bien para nosotros, sino también porque queremos el bien para ellas, lo que es amarlas como nos amamos a nosotros mismos. Y no se puede tener este amor con las cosas, porque si bien podemos hacerle el bien a nuestro caballo, alimentarlo y curarlo, no cabe decir que queremos el bien para él cuando él no entiende qué es el bien. La amistad, además, es un amor con benevolencia mutua, y sólo las personas pueden correspondemos con el mismo modo de amor. De allí que las criaturas irracionales no puedan ser objeto de amor de caridad:

- porque no podemos querer el bien para quien no es capaz de reconocerlo como tal y propiamente poseerlo;

- porque no son capaces de correspondemos con esta divina amistad;

- porque, muy en especial, no son capaces de gozar de Dios por la beatitud eterna, que es el Bien cuya comunicación funda la amistad caritativa.


Dios en sí mismo es objeto de amor sin más, pues es el Bien universal, infinitamente amable por sí mismo. Pero su misericordia lo llevó a ofrecernos un amor de amistad, ofreciéndose a sí mismo para ser poseído por la bienaventuranza sobrenatural. La caridad, entonces, nos pide corresponder al amor de amistad que nos ofrece Dios, amándolo por sí mismo sobre todas las cosas y queriendo el bien para Él. Pero no hay otro bien fuera de Él mismo que podamos querer para Él, que no sea su gloria extrínseca. Y así como el amor al Amigo lleva a amar a los amigos del Amigo, pues se da entre todos una comunidad de bien y de vida, así también el amor a Dios nos pide amar a todos aquellos a los que se comunica o puede comunicar la divina bondad, esto es, a las personas capaces de la beatitud eterna. Y el bien que debemos querer para todas las criaturas espirituales es su común santificación en el Reino de Dios.