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jueves, 16 de junio de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS

CONTINUACION AL PROLOGO DEL LIBRO DE LOS MARTIRES CRISTEROS
(Final)




Imposible pasar en silencio un testimonio de la Sagrada Escritura, que es al mismo tiempo un ejemplo propuesto por el Espíritu de Dios inspirador de la Biblia, acerca de la licitud y obligatoriedad, en ciertos casos, de una defensa armada contra una agresión injusta. Ciento cincuenta años hacía que los judíos estaban sometidos a los Seléucidas, cuando la tiranía de Antíoco Epífanes, les obligó a tomar las armas para defender su fe. Refugiados en el desierto, en donde se creían seguros de todo ataque, Judas y los suyos, supieron que millares de sus conciudadanos, sorprendidos durante el descanso sabatino, acababan de dejarse matar heroicamente, sin lanzar siquiera una piedra. El libro I de los Macabeos (cap. II), dice: Y cada uno de ellos dijo a su prójimo: si todos obramos como han procedido nuestros hermanos y no luchamos contra los gentiles para defender nuestras vidas y nuestra ley; en poco tiempo nos borrarán los enemigos de sobre el haz de la tierra. Y tomaron ese día esta resolución: luchemos contra cualquiera que venga a hacernos guerra el sábado, y no muramos todos como murieron nuestros hermanos sin combatir... Y Judas Macabeo dijo (cap. III): Combatiremos pues, para salvar nuestras vidas y nuestra ley; y el pueblo exclamó: Reconstruyamos las ruinas de nuestro pueblo y luchemos por nuestro pueblo y nuestro santuario. Y todos clamaron al cielo con voz potente diciendo... Tu santuario ha sido pisoteado y profanado y tus sacerdotes están agobiados por el duelo y la humillación... Y Judas Macabeo dijo: Armaos y sed valientes y estad todos dispuestos para luchar mañana, contra estas naciones que se han juntado para arruinarnos y destruir nuestro santuario; porque es mucho mejor que muramos en el campo de batalla, que el que veamos las desgracias de nuestro pueblo y la ruina de nuestras cosas santas. Que se cumpla la voluntad del cielo. A mi humilde parecer, con estas palabras del libro Sagrado, se justifica por el mismo Dios, la resistencia cristera de nuestros mexicanos. Pero no basta para merecer el nombre de mártires coram Deo el morir por un fin bueno o con las armas en la mano, en una empresa bélica lícita absolutamente. Es preciso que ese fin bueno no sea de carácter meramente humano como lo es por ejemplo, el libertar a la patria de una invasión extranjera; no; es preciso que sea de orden sobrenatural: los derechos de Dios, el reinado de Jesucristo, la libertad de la Iglesia, la salvación de las almas de nuestros prójimos, la preservación de la fe y de la religión.

Todo esto lo encontramos en la epopeya cristera de nuestra patria. Los mexicanos cristeros, que murieron en los combates, fueron a elegidos no por ningún interés terreno, sino por la causa de Dios, de la fe y de la religión. Todo ello está como sintetizado en el grito de guerra, que por primera vez, como lo reconoce todo el mundo, resonó en los campos de batalla de México: ¡Viva Cristo Rey! Acaso, y yo soy el primero en reconocerlo, algunos de aquellos soldados desvirtuaron con otros sentimientos humanos y aún viciosos, aquel primero, que los llevara a la lucha. Pero esto es el abuso, que lo hubo en algunos casos. No por ser soldados de una causa justa y santa, dejaban de ser hombres, y acaso en algunos (pocos ciertamente) un espíritu de venganza, una crueldad en el abatimiento del enemigo, ¡qué sé yo!, pudo sustituir, aún en los mismos momentos de su muerte, al noble y santo fin de defender los derechos de Dios únicamente.

Por esta razón el martirio de los cristeros que murieron con las armas en las manos, no será nunca martirio coram Ecclesia. La Iglesia no elevará al honor de los altares a los que, mártires coram Deo, que sí conoce hasta el último sentimiento del corazón del hombre, murieron con las armas en la mano, aún en caso de defensa legítima. Y por eso, en el estudio preparatorio para la declaración de un verdadero martirio, la Iglesia se fija en las virtudes de que dio muestra en los momentos del martirio, aquel a quien juzga que debe elevar al honor de los altares. Ni la Iglesia ni ninguno de nosotros en particular y en privado, puede suponer, a menos de pruebas en contrario, que hubo en cualquiera de ellos esa sustitución de sentimientos. Pero de cierto la Iglesia no lo puede saber, y para declarar a uno, verdadero mártir de Cristo, es preciso que esté cierta de que hasta el último instante permaneció fiel y puro su sentimiento sobrenatural de amor a Dios, a Jesucristo y a su fe cristiana. Y esa es la razón por qué en estas semblanzas de nuestros mártires, no voy a incluir ninguna de los que murieron en los combates, o con las armas en la mano tratando de defenderse aun legítimamente como acabo de decir.

Dios les habrá dado la corona de los mártires; nosotros sólo bendeciremos su memoria y los consideramos como héroes cristianos.

Comprenderán mis lectores que no me es posible en estos artículos estampar todos y cada uno de tantos nombres gloriosos sobre todo los de los que murieron en los combates, parte porque muchísimos me son desconocidos y parte porque sería interminable. Este trabajo, lo más completo posible, está ya hecho en el libro que recomendé a todos los mexicanos: El Clamor de la Sangre. Allí los encontrarán y aún por orden alfabético. Vuelvo a decir que es un libro que no debe faltar en ninguna biblioteca mexicana.

Tendré, pues, que espigar en esa abundante literatura acerca de nuestros mártires y en mis propios recuerdos de aquellos terribles días, algunas, las más que me sea posible, de aquellas gestas inmortales de las víctimas generosas del comunismo en nuestra patria.