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viernes, 24 de junio de 2016

La Misa de Siempre - Mons.Marcel Lefebvre


El Credo
(segunda parte)



Por nuestra salvación bajó de los cielos


¿Por qué Nuestro Señor se encarnó realmente? ¿Era necesario que Nuestro Señor se encarnara para salvamos? Santo Tomás responde resumidamente a esto que la Encarnación y la Pasión de Nuestro Señor eran el medio que convenía mejor: Per quod melius. No era un medio indispensable pero sí el mejor. De esa manera, se alcanzó el fin del modo más perfecto. Dios hubiera podido perdonarnos sin hacer nada en particular. Siendo omnipotente, incluso si ya había sido deshonrado por el hombre, Dios podía eliminar esa ofensa sin faltar por ello ni a su gloria, ni a su Majestad ni a sus derechos. El no debe nada a nadie... Sin embargo, Dios quiso encarnarse porque era el medio más adecuado para reparar la falta, para hacernos entrar en su gracia y para devolvemos la vida. Era también la mejor manera de manifestar su caridad y de incitarnos a un amor más grande hacia Él. El hecho de ver hasta dónde nos amó Dios nos impulsa a la vez a adorarlo con todo nuestro corazón. Si examinamos la vida pública de Nuestro Señor y escuchamos particularmente sus palabras sobre su sacrificio, nos damos cuenta del verdadero fin de su venida. Nuestro Señor siempre habla de lo que Él llama su hora: "Mi hora todavía no ha llegado; ha llegado la hora!" Habla de su Sacrificio. Está orientado hacia su Sacrificio. Anuncia a sus Apóstoles su Sacrificio, su Pasión y su Muerte. Pero los Apóstoles no lo comprenden y no quieren que se hable del tema. Recordemos las reprensiones que San Pedro dirigió a Nuestro Señor sobre ello. Nuestro Señor dijo a sus Apóstoles que tenía que ir a Jerusalén, sufrir mucho de parte de los Ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, ser conducido a la muerte y resucitar al tercer día!" Entonces San Pedro se enfadó y le dijo: "! No, no, eso no puede ser!" Inmediatamente Nuestro Señor se indignó con él, diciendo: "Tú no tienes el espíritu de Dios sino el espíritu de los hombres". San Pedro no podía entender que Nuestro Señor Jesucristo pudiera ser crucificado y sacrificado. Y sin embargo Nuestro Señor procura mostrar a los Apóstoles que todos los profetas y todo el Antiguo Testamento auguraban y preparaban su sacrificio. El cordero inmolado a la salida de Egipto prefiguraba el acontecimiento más grande que iba a producirse en la historia de la humanidad: la muerte de su Creador, la muerte corporal del Creador de todo el universo. Nuestro Señor Jesucristo siempre tuvo esta meta. ¿Por qué esta insistencia? Porque era a través de su Sacrificio, su Pasión, su Sangre y su Cruz que nos iba a redimir y abrimos las puertas del Cielo. Si la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo no hubiera intervenido, las puertas del Cielo hubieran permanecido cerradas para nosotros. La Providencia de Dios ha querido que haya una Víctima divina para abrir otra vez las puertas del Cielo, porque el pecado es algo infinito: es una oposición a Dios. Dios es infinito y por lo tanto el pecado es algo muy malo, porque se opone a quien ha creado todo y a quien es infinito. Por eso, hacía falta una reparación equitativa. ¿Quién la iba a hacer? Ningún hombre es infinito ni puede hacer un acto infinito. Sólo Dios puede hacerla. Por eso Dios resolvió tomar una naturaleza humana y ofrecerla, muriendo, para hacer un acto infinito que pudiera abrir el Cielo. Éste es el plan extraordinario de Dios.

4. Fue crucificado, padeció y fue sepultado.

Quisiera leeros algunas líneas del catecismo del concilio de Trento sobre el cuarto artículo del Símbolo de los Apóstoles: "Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado". Oigamos bien esta frase muy importante: "Pues la religión y la fe cristianas se apoyan en este artículo como en fundamento seguro". Repito: "En este artículo [Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado la religión y la fe cristianas se apoyan como en fundamento seguro y, fijo éste, fácilmente se establecen todos los demás. Porque si alguna cosa causa repugnancia al espíritu y a la razón humana, y no hay duda que el misterio de la Cruz se debe considerar como vi más difícil de creer de todos, y apenas podemos concebir que nuestra salvación esté pendiente de una cruz y del que por nosotros fue colgado de aquel madero. Mas en esto, como enseña el Apóstol, se debe admirar la suma Providencia de Dios. 'Porque ya que el mundo, a vista de las obras de la sabiduría divino, no conoció a Dios por medio de la ciencia humana, plugó a Dios salvar a los que creyesen por medio de la locura de la predicación' (1 Cor 1, 21) de un Dios crucificado. No es, pues, de extrañar que los profetas antes de la venida de Cristo, y los Apóstoles después de su muerte y resurrección, trabajasen tanto en persuadir a los hombres que Él era el Redentor del mundo y en  someterlos a la potestad y obediencia al Crucificado".

Dios, en su inmensa misericordia, en lugar de abandonar los hombres a su suerte -como dice San Agustín, esa massa damnata: esa masa condenada- quiso traerles la salvación. ¿Pero como traerles la salvación? ¡De un modo increíble! Quiso expiar Él mismo para reparar lo que la ofensa de los hombres tenía, en cierto modo, de infinito; fue en cierta medida necesaria que Dios mismo viniera a encarnarse, tomando un alma y un cuerpo de hombre para ofrecer la debida reparación, una reparación infinita, y para restablecer la unión entre la humanidad y Dios. ¿Y cómo lo hizo? ¿Cómo lo efectuó? Hubiera podido hacerla con una simple palabra humana dicha en cuanto Dios, o hubiera podido dar una simple gota de sangre: una stilla, como dice el cántico. Una sola gota de Sangre de Nuestro Señor bastaba para redimir a todos los hombres. Pues bien, ¡no!, Quiso dar toda su Sangre y manifestar su misericordia hasta morir en la Cruz por nosotros!" Nuestro Señor Jesucristo no murió a causa de la lanzada que recibió en el corazón. Murió de amor. El Alma de Nuestro Señor se separó de su Cuerpo porque Él lo quiso. Murió, en primer lugar, por amor a su Padre y luego por amor a nosotros, para restablecer el vínculo entre la humanidad y su Padre!"

Nuestro Señor, Sacerdote, se ofreció a Sí mismo en la Cruz. Dijo realmente: "Ofrezco mi vida. Nadie puede quitármela, ni siquiera los que me hacen subir al patíbulo de la Cruz. No son ellos los que ofrecen mi vida sino Yo" "Yo pongo -había dicho- mi alma voluntariamente".  Nadie hubiera podido quitarle su Alma si Él no lo hubiese querido, porque es Dios. Quiso como Hombre-Dios morir en este mundo para salvamos. Cuanto más se reflexiona y se medita sobre este método extraordinario que empleó Dios para salvamos por medio de su Cruz, más se percibe que para las almas bien nacidas, para las sencillas y para las que no buscan hacer prevalecer su razón por encima de la fe, era el medio ideal para acercarse, del mejor modo posible, a todos los misterios: el misterio de Dios, el misterio de la Encarnación, el misterio de la Redención, el misterio de la Trinidad, el misterio del pecado, el misterio del amor de Dios, el 'misterio de la gracia, de la vida que Dios vino a traer- nos, y todas las virtudes de Nuestro Señor: todo esto se expresa en la Cruz de Nuestro Señor.'" Nuestro Señor mismo dijo antes de expirar: "Todo está consumado". (Jn 19,30) Todo se ha acabado, todo está consumado. Entonces Nuestro Señor puso el punto final a la Redención.

Las consecuencias se seguirían: la Resurrección, la Ascensión y su glorificación. Luego empezó el trabajo de aplicación de los méritos de la Cruz y de la Redención a las almas por medio del sacrificio de la santa misa y de los sacramentos.

5. Resucitó al tercer día


Nuestro Señor Jesucristo quiso por medio de su muerte libramos de nuestros pecados, y por su Resurrección resucitar nuestras almas a la gracia de Dios. Toda la ceremonia de la vigilia Pascual lo expresa. Es admirable la ceremonia de la bendición el cirio pascual, que simboliza a Nuestro Señor mismo iluminando otra vez al mundo, e igualmente la bendición del agua bautismal, que significa la resurrección de nuestras almas al con- tacto con el Alma de Nuestro Señor Jesucristo. Como dice San Juan: "De su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia". (jn 1, 16) El Alma de Jesús estaba llena de gracia y de verdad."! La gracia en nuestras almas es una participación de la gracia que hay en el Alma de Nuestro Señor. Se nos da en el bautismo. El bautismo, por el cual morimos a nuestros pecados y resucitamos a la vida divina, queda significado con la muerte de Jesús en la Cruz y con su Resurrección. Por esto nos alegramos hoy. Cantamos el Aleluya y el Gloria porque Él nos ha hecho revivir. Hemos resucitado, como dice San Pablo, de una manera admirable: "Hemos sido sepultados en el agua del bautismo y hemos muerto como Jesucristo en la Cruz, y a través de este agua resucitamos a la vida de Dios". Este es el gran misterio de nuestra vida cristiana. Pero, ¿podemos decir que desde ahora hemos resucitado para siempre como Nuestro Señor? Pues no, nuestro cuerpo todavía no ha resucitado y sabemos bien que tendremos que morir. Todavía no hemos llegado al término de esta resurrección. Aunque hay una prenda y una semilla de esta resurrección por la gracia que se nos da en el bautismo, esta gracia tiene que germinar, desarrollarse y crecer hasta nuestra muerte. Nuestra alma es como una barquita sobre las olas agitadas que representa nuestra carne, esta carne pecadora que tiene que morir porque lleva todavía en sí el pecado. Sí, a pesar de la gracia del bautismo, tenemos en nosotros una tendencia al pecado, un desorden fundamental. La mejor prueba de ello es que los padres bautizados y que viven en plena conformidad con la Ley de Dios, transmiten sin embargo el pecado original a sus hijos. Esto significa que esta carne está todavía manchada por las consecuencias del pecado, razón por la cual tiene que morir y resucitar un día al contacto precisamente de nuestras almas santificadas y resucitadas con la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Pero desde ahora, si Jesús está realmente presente en nosotros y si nuestras almas están purificadas del pecado, nuestras almas han resucitado. Por eso tenemos que tomar firmes resoluciones para evitar todo pecado, con el fin de guardar la vida sobrenatural, la vida de la gracia y la vida de Nuestro Señor Jesucristo en nuestras almas, y alcanzar el puerto de la salvación llenos de esta gracia y con la seguridad de que un día nuestros cuerpos resucitarán al contacto con nuestras almas resucitadas. Este es el gran misterio de la vida cristiana.'?