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jueves, 23 de junio de 2016

El Peregrino Ruso

San Issac, el Sírio
«Si ponemos sobre un platillo de la balanza todas las acciones de esta vida y sobre el otro el silencio, encontraremos
que es este último el que hace inclinar la balanza».
(San issac, el sírio)

El silencioso ermitaño enseña con su propio silencio, socorre con su propia vida, edifica y persuade a la búsqueda de Dios.

3. Tales beneficios tienen su manantial en el auténtico silencio, iluminado y santificado por la luz de la gracia. Incluso en el caso de que el ermitaño que vive en el silencio no tuviese estos dones de gracia que hacen de él una luz para el mundo, que hubiese elegido el camino del silencio con el fin de esconderse a los ojos de la sociedad por pura pereza e indiferencia, incluso entonces prestaría una gran ayuda a la comunidad en que vivía.

Como el jardinero que corta las ramas secas y arranca la grama para que no impidan el crecimiento de las plantas buenas y útiles, y esto es ya mucho. Es un beneficio para la sociedad que el ermitaño, con su aislamiento, elimine las tentaciones que seguramente habría aportado al mundo con una vida no precisamente edificante, sino perniciosa para la moral del prójimo.

Sobre la importancia del silencio exclama san Isaac el Sirio: «si ponemos sobre un platillo de la balanza todas las acciones de esta vida y sobre el otro el silencio, encontraremos que es este último el que hace inclinar la balanza». «No pueden compararse quienes hacen en el mundo signos y prodigios con quienes viven conscientemente en el silencio. Prefiere la inactividad del silencio a saciar a los hambrientos del mundo, o a la conversión de muchas personas a Dios. Es mejor para ti librarte de los lazos del pecado, que librar esclavos de la esclavitud.» Incluso los sabios más elementales han reconocido el valor del silencio. La escuela neoplatónica, que tuvo muchos adeptos bajo la guía del filósofo Platino, desarrolló en alto grado la vida contemplativa, que es alcanzable sólo con el silencio. Un escritor espiritual decía que incluso si el estado evolucionase al máximo grado de cultura y de moral, incluso entonces sería necesario proveer al pueblo de contemplativo sumándolos a quienes llevan la común actividad civil, a fin de mantener vivo el espíritu de la verdad y, recogiéndolo de los siglos pasados, conservarlo para los futuros y transmitirlo a la posteridad. En la Iglesia, estas personas son los ermitaños, los anacoretas y los reclusos.

 Peregrino

Parece que nadie ha sabido apreciar la excelencia del silencio como san Juan Clímaco. «El silencio», dice, «es la madre de la oración, la liberación de la cárcel del pecado, el éxito, aunque en muchos no consciente, en la virtud, y una incesante escalada al cielo». Jesucristo mismo, para mostrarnos los beneficios y necesidad del silencio y de la soledad, interrumpía con frecuencia la predicación pública y se retiraba a lugares aislados para orar y tener tranquilidad. Los silenciosos contemplativos son como pilastras que sostienen la devoción de la Iglesia con su orar secreto e incesante. En la antigüedad vemos a muchos laicos devotos, incluidos emperadores y cortesanos, irse a los desiertos de estos callados anacoretas a suplicar oraciones que les diesen fuerza y la salvación. Es claro, pues, que también el silencio puede servir al prójimo y contribuir al bien de la sociedad con su oración solitaria.

Profesor

Sí, pero este modo de pensar no me resulta fácil entenderlo. Es costumbre entre nosotros cristianos, pedirse mutuamente oraciones, desear que otros oren por nosotros, y poner especial confianza en algunos miembros de la Iglesia. ¿No es ésta, pura Y simplemente, una pretensión egoísta? ¿No será, quizá, una costumbre recibida, un capricho de la mente, no apoyado en consideración alguna seria? ¿Es que, quizá, necesita Dios intercesión humana alguna cuando todo lo prevé y obra según su misericordiosa providencia, no según nuestro deseo, conociéndolo y determinándolo todo antes de que se lo hayamos pedido, como dice el Evangelio? ¿Puede ser más eficaz la oración de muchos para influir en sus determinaciones que la oración de uno solo? ¿Se mostraría Dios parcial en este caso? ¿Es posible que pueda salvarme la oración de otro, si cada uno de nosotros se salvará o condenará por sus propias acciones? Por eso, la oración de petición no es, según mi opinión, más que una piadosa expresión de delicadeza espiritual, que manifiesta humildad y deseo de complacer a una persona prefiriéndola a otra; pero nada más.

Monje

Si miramos sólo a consideraciones exteriores siguiendo una filosofía elemental, se puede hablar así. Pero la razón espiritual, iluminada por El la luz de la religión y educada por la experiencia de la vida interior, penetra mucho más, contempla con mayor claridad y revela misteriosamente lo contrario de cuanto habéis afirmado. Para comprender esto pronto y claramente pondremos un ejemplo y lo verificaremos a la luz de la palabra de Dios. Un estudiante acude a un cierto maestro para instruirse. Su escasa capacidad, y más aún su pereza y distracción, le impiden progresar en el estudio y lo relegan a la categoría de los perezosos y mediocres. Entristecido y no sabiendo cómo combatir las propias deficiencias, encuentra a un compañero de clase, mucho más capaz y diligente que él, y le confía su amargura. Este se compadece y le invita a estudiar con él. «Trabajaremos juntos», le dice; «estaremos más atentos y animados, y así nos irá mejor». Comienzan, pues, a estudiar juntos, y el que lo ha comprendido mejor se lo explica al otro. ¿Y qué sucede después de unos días? El perezoso se convierte en diligente, comienza a estimar el estudio, su pereza deja lugar al celo, al ardor y a la inteligencia de las cosas, lo cual tiene un influjo benéfico sobre su carácter y su vida moral. Y el compañero inteligente, a su vez, aumenta aún más su bravura y laboriosidad. Los dos se han ayudado mutuamente. Y esto es perfectamente natural. Dado que el hombre nace entre los hombres, en contacto con ellos desarrolla su inteligencia, educación, costumbres de vida, emociones, voluntad..., en una palabra: lo recibe todo del ejemplo de sus semejantes. Y dado que la vida de los hombres se basa en relaciones muy estrechas y en un fortísimo influjo de unos sobre otros, cada uno imita a las personas entre las que vive, asume sus costumbres, conducta y moral. Consiguientemente, el que es frío puede apasionarse, el necio despertar, el perezoso pasar a la acción, gracias al interés que hay en sus semejantes. Espíritu puede transmitir se a espíritu e influir eficazmente uno sobre otro, atraerlo a la oración, a la atención, aliviarle en el desconsuelo, disuadirle en el vicio, estimularle a acciones santas. Y así, quienes se ayudan mutuamente, pueden hacerse más piadosos, espiritualmente más fuertes, más fervientes. He aquí el secreto de la oración por los demás, que explica la devota costumbre de los cristianos de orar unos por otros, de pedir oraciones fraternas. Por donde se ve que Dios no se complace, como los poderosos de la tierra, en las muchas súplicas e intercesiones. Lo que sucede es que el espíritu mismo, la misma fuerza de la oración, purifica y despierta al alma por la que se ha ofrecido, y la prepara a la unión con Dios. Si es tan eficaz la mutua oración de quienes viven en la tierra deduciremos que, de la misma manera, orar por quien ha dejado la tierra es recíprocamente benéfico, por la estrecha unión del mundo celestial con el nuestro. Así las almas de la Iglesia militante pueden ser atraídas a la unión con las almas de la Iglesia triunfante; o, lo que es lo mismo, los vivos con los muertos. Todo lo que he dicho es un razonamiento psicológico; pero si abrimos la sagrada Escritura podemos, también con ella, verificar lo dicho: 1. Jesucristo dice al apóstol Pedro: «yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca» (Lc. 22, 32). Aquí veis cómo el poder de la oración de Cristo fortalece el espíritu de Pedro y le alienta en Ia tentación contra la fe.

2. Cuando el apóstol Pedro estaba en prisión, de la Iglesia se levantaba una incesante oración a Dios por él (Act 12, 5). Aquí se nos revela la ayuda que puede dar la oración fraterna en las dolorosas circunstancias de la vida.

3. Pero el mandamiento más claro que nos pide orar por el prójimo nos viene del santo apóstol Santiago: «confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder» (Sant 5, 16). Mi argumentación filosófica encuentra aquí una precisa confirmación. ¿Y qué decir del ejemplo que nos da el santo apóstol Pablo como modelo de la oración mutua? Un escritor observa que este ejemplo del apóstol Pablo debería enseñamos cuán necesaria es la mutua oración cuando en tan santo y grande podviznik como él, reconoce la necesidad de la ayuda espiritual de esta oración. En su carta a los Hebreos la encarece con estas palabras: «rogad por nosotros, pues estamos seguros de tener recta conciencia, deseosos de proceder en todo con rectitud» (Hebr 13, 18).Si prestamos atención a esto, aparece evidente que es irracional fiarse sólo de nuestras propias oraciones y de nuestro provecho, cuando vemos que un hombre tan santo y tan lleno de gracia pide humildemente que se una a su oración la del prójimo (los hebreos). Por eso, en humildad, simplicidad y amorosa unión, no rechacemos ni desdeñemos la ayuda de las oraciones, incluso las del más débil de los fieles, ya que el clarividente espíritu del apóstol Pablo no tuvo dudas a este respecto. El pidió oraciones a todos en general, sabiendo bien que la potencia divina se muestra perfecta en los débiles (2 Cor 12, 9); puede, pues, ser perfecta, a veces, en quienes parecen más débiles en la oración. Apoyados en la fuerza de este ejemplo añadamos que la oración mutua refuerza la unión cristiana en la caridad mandada por Dios, testimonia la humildad de quien pide la oración, y, por así decirlo, atrae el espíritu de quien ora. Así se alimenta la mutua intercesión.

Profesor

Vuestros análisis y testimonios son admirables, pero me gustaría aprender de vosotros el método y forma precisos de la oración en favor del prójimo. Pienso que si la eficacia y poder de atracción de la oración dependen de un vivo interés por nuestro prójimo y, más aún, del influjo constante del espíritu de quien ora sobre el espíritu de quien pide la oración, ¿no sucederá que con tal estado de ánimo desvíe al hombre del incesante sentimiento de la presencia invisible de Dios y de la efusión de su alma ante Dios en la necesidad? ¿No creéis que es suficiente para atraerla y fortalecerla acordarse sólo dos o tres veces al día pidiendo para ella la ayuda de Dios? Brevemente: querría saber cómo se debe orar por los otros.

Monje

La oración ofrecida a Dios, por cualquier motivo que sea, no debe, y no puede, distraer de la unión con Dios. Si es una oblación ofrecida a Dios, es evidente que deberá serlo en su presencia. En cuanto al método de la oración por los otros, es necesario observar que la fuerza de este tipo de oración consiste en la sincera compasión cristiana para con el prójimo, y según sea esta compasión, así influirá en el otro. Por lo tanto, en el momento en que te acuerdas de él -de tu prójimo-, o en el tiempo establecido para hacerlo, conviene evocar mentalmente su imagen ante la presencia de Dios y ofrecer la oración en la forma siguiente: «Señor misericordiosísimo, hágase tu voluntad, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad; salva y socorre a tu siervo N. Acoge este mi deseo como un grito de amor que tú mismo has mandado.» Ordinariamente debe repetirse esta oración siempre que el alma se vea inclinada a ello o bien utilizar las cuentas del rosario. Sé por experiencia cuán benéficamente obra esta oración sobre aquel por quien es ofrecida.


Profesor

Creo mi deber recordar siempre vuestra edificante conversación y los iluminados pensamientos que se deducen de vuestros argumentos, al tiempo que os confieso a todos vosotros la reverente gratitud de mi corazón.

Peregrino y profesor

Ha llegado el momento de irnos. Con gran fervor os pedimos que oréis por nosotros y por nuestro viaje.

Staretz


«El Dios de la paz que suscitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de las ovejas en virtud de la sangre de una Alianza eterna, os disponga con toda clase de bienes para cumplir su voluntad realizando El en nosotros lo que es agradable a sus ojos, por mediación de Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Hebr 13, 20-21).