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viernes, 10 de junio de 2016

El Peregrino Ruso

San Serafín de Vyritsa


Después de cualquier caída o herida en el corazón, debes ponerte inmediatamente en presencia de Dios, para que te cure y purifique.


Ermitaño

La guía de un maestro o Staretz, experto y seguro en la actividad espiritual, a quien se pueda acudir diariamente para abrirle el corazón y confiarle los pensamientos y experiencias del proceso interior, es la primera condición para practicar la oración interior una vez hecha la elección de la vía del silencio. Sin embargo, cuando no es posible encontrarlo, los mismos santos Padres hablan de excepción. Prescribe claramente Nicéforo el Monje: «en el ejercicio de la actividad interior del corazón es necesario un guía auténtico y sabio. Si no existe, hay que buscarlo con diligencia. Si no se encuentra, hay que invocar la ayuda de Dios con corazón contrito y aprovechar la enseñanza y guía que proporcionan los santos Padres verificándola con la palabra de Dios revelada en la Escritura. Es necesario considerar también que quien busca con celo y buena voluntad puede aprender cosas útiles también de personas sencillas. Los santos Padres aseguran que incluso un moro, si te acercas a él con fe y recta intención, puede decirte una palabra preciosa. Y en cambio, si te acercas sin fe y recta intención a un profeta, ni siquiera él podrá contentarte. Encontramos un ejemplo en Macario el Grande, quien en cierta ocasión logró vencer una tentación con el sabio razonamiento de un campesino. En cuanto a la ausencia de formas, es decir, la abstención del uso de la imaginación y el rechazo de cualquier visión durante la contemplación -sea una luz, sea un ángel, Cristo o cualquier santo-, nos lo imponen los santos Padres, porque la creatividad de la imaginación puede encarnar fácilmente o dar vida a representaciones de la mente. El inexperto puede dejarse seducir con facilidad por estas fantasías, creer que son visiones de gracia, y caer en la ilusión, a pesar de que la misma Escritura advierta que el mismo  Satanás pueda disfrazarse de ángel de luz (2 Cor 11, 14). Que la mente pueda estar sin formas con toda naturalidad, incluso mientras recuerda la presencia de Dios, se prueba por el hecho de que el poder de la imaginación puede presentar perceptiblemente una cosa sin formas, permaneciendo fija en aquella presentación. Así, por ejemplo, la representación o la sensación de nuestra alma, o del aire, o del calor, o del frío. Cuando se tiene frío, el calor puede ser representado con toda viveza, aunque no tenga forma, ni sea visible, ni se lo mida con la sensación física de quien siente frío. De la misma manera, la presencia de la esencia de Dios, espiritual e inasible, puede hacerse presente a la mente, y ser advertida por el corazón en la más absoluta ausencia de imágenes.

Peregrino

También a mí me ha sucedido en mis peregrinaciones oír decir a la gente devota, ansiosa de la salvación, que tenía miedo de empeñarse en la vida interior, por temor a las ilusiones. A algunos les he leído yo mismo, con buenos resultados, las enseñanzas de Gregario el Sinaíta, en la Filocalía. Dice este autor que «la actividad del corazón no puede ser ilusoria, como puede serlo la de la mente, porque si el enemigo quisiese transformar el calor del corazón en un fuego incontrolado, o cambiar la alegría del corazón en un oscuro placer de los sentidos, sucedería que el tiempo, la experiencia y la sensibilidad misma revelarían su perfidia incluso a los ignorantes». También he encontrado a otros que, desgraciadamente, después de haber conocido el camino del silencio y la oración del corazón, encontrando alguna dificultad, causada por su culpable debilidad, caen en el desconsuelo y abandonan la actividad interior del corazón, que habían vivido

Profesor

Sí, ¡y es muy natural! Yo mismo lo he experimentado en mí mismo cuando me he distraído internamente o he cometido cualquier falta. Dado que la oración del corazón es cosa santa, y es unión con Dios, ¿no es quizá inconveniente y temerario introducir lo santo en un corazón pecador sin haberlo purificado antes con el silencio y la contrición y con una digna preparación para el encuentro con Dios? Es preferible enmudecer ante Dios que ofrecerle «palabras insensatas», nacidas de un corazón oscuro y distraído.

Monje.

Es muy triste que penséis así. Esto equivale a desánimo, que es el peor de los pecados y la principal arma usada por el mundo de las tinieblas contra nosotros. Los sabios, y los santos Padres, en un caso como éste, dan un consejo totalmente distinto. Nicetas Stethatos asegura que ni siquiera si hubieras caído en lo más profundo del infierno deberías desesperar, sino dirigirte inmediatamente a Dios, quien elevará en seguida tu corazón caído y te dará más fuerza que antes. Por eso, después de cualquier caída o herida en el corazón, debes ponerte inmediatamente en presencia de Dios, para que te cure y purifique. Te sucederá como a las cosas infectas, que, puestas a los rayos del sol, pierden su fuerza dañosa. Muchos maestros espirituales hablan positivamente de esta lucha interna con los enemigos de la salvación, con nuestras pasiones. Incluso si estuviésemos heridos mil veces, no deberíamos renunciar a la acción vivificante, es decir, a la invocación de Jesucristo presente en nuestros corazones. Nuestras acciones no deben desviarnos de nuestro modo de presencia de Dios y de la oración interior, despertando en nosotros el ansia, el desánimo y la melancolía. Deben, más bien, avivar nuestra vinculación a Dios. Un niño pequeño, ayudado por la madre cuando comienza a andar, se vuelve en seguida a ella y se agarra a ella con más fuerza precisamente cuando se ha caído.

Ermitaño

Lo que yo pienso es lo siguiente: el espíritu de desánimo y los pensamientos ansiosos y de duda se elevan más fácilmente cuando la mente, distraída, falta a la guarda silenciosa del propio corazón. Los Padres antiguos, en su divina sabiduría, consiguieron la victoria sobre el desánimo y lograron la iluminación y la fuerza interior gracias a la esperanza en Dios, al silencio y a la soledad. Nos dejaron este útil y prudente consejo: «permanece en silencio en tu celda, y lo aprenderás todo».

Profesor

Por la confianza que tengo en vosotros he escuchado con gozo vuestra crítica a mi modo de pensar acerca del silencio que tanto alabáis y a los beneficios de la vida solitaria que llevan los ermitaños. Yo creo que, dado que todos los hombres, por una ley natural que viene del Creador, dependen necesariamente unos de otros, y por eso están obligados a ayudarse mutuamente en la vida y a trabajar unos para otros, el bienestar del género humano y el amor al prójimo está y se manifiesta en la sociabilidad. Y por eso me pregunto: ¿cómo puede un silencioso ermitaño, que se ha sustraído a la relación humana, sin trabajar, ser útil a su prójimo; o en qué manera contribuir al bienestar de la sociedad humana? Destruye plenamente en sí la ley del Creador, por la que los hombres deben estar unidos en el amor y trabajar para el bien de los hermanos.
Ermitaño

Al no ser exacto tu punto de vista sobre el silencio, son también erradas las consecuencias que deduces. Veamos el problema en sus particularidades:

1. El solitario que vive en el silencio no sólo no se encuentra en una condición de inactividad y de ocio, sino que es activo en su más alto grado, más que el que participa en la vida social. Trabaja incansablemente según la parte más elevada de su naturaleza racional; se guarda a sí mismo; medita, vigila sobre el estado y progreso de su existencia moral. Esta es la verdadera finalidad del silencio. Y en la medida en que es útil a su perfeccionamiento, lo es también al del prójimo, privado de la posibilidad de concentrarse en sí mismo sin distracciones para dedicarse a la propia edificación moral. Quién vigila en el silencio, comunicando sus experiencias interiores, sea a voces (en casos excepcionales), sea confiándolas al papel, contribuye eficazmente al beneficio espiritual y a la salvación de los hermanos. Su aportación es mayor y de más alta calidad que la del hombre caritativo, porque la caridad privada y emotiva de la gente del mundo es algo siempre limitado a un pequeño número de beneficiados. En cambio, quien ofrece beneficios divulgando convenientes y experimentados métodos de perfeccionamiento espiritual, se convierte en benefactor de pueblos enteros. Su experiencia y enseñanzas se transmiten de generación en generación, como podemos constatar nosotros mismos, que nos servimos de las enseñanzas aparecidas desde tiempos antiguos hasta hoy. Y esto no difiere para nada del amor cristiano; más aún, lo supera en sus consecuencias.

2. El beneficio y utilísimo influjo sobre el prójimo de quien guarda el silencio se revela no sólo en la comunicación de sus instructivas observaciones sobre la vida interior, sino también en el ejemplo de su vida separada, que ayuda al seglar atento, guiándole al conocimiento de sí mismo y despertando en él el sentido de devoción. El hombre del mundo, yendo hablar del devoto solitario, experimenta un impulso hacia la vida devota, recuerda su vocación en este mundo y la posibilidad de volver al antiguo estado contemplativo en el que estaba al salir de las manos del Creador. El silencioso ermitaño enseña con su propio silencio, socorre con su propia vida, edifica y persuade a la búsqueda de Dios.