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jueves, 30 de junio de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta Pastoral nº35
EL APOSTOLADO SEGÚN SAN PABLO
 
 
Por medio de los Hechos de los Apóstoles y por sus cartas, San Pablo se nos revela como ejemplar del apostolado inaugurado por los discípulos y Apóstoles de Nuestro Señor, inmediatamente después de su Ascensión y de Pentecostés.
Sin embargo, el caso de San Pablo es extraordinario, pues Nuestro Señor no lo ha formado de la misma manera que a los demás: San Pablo recibió milagrosamente la preparación para su apostolado. Su elección, su bautismo, su retiro en el desierto, todo contrasta con la elección de los Doce; y a pesar de esto San Pablo será el Apóstol modelo, en particular para los misioneros.
En un momento en el cual hasta los mismos fines del apostolado son cuestionados, cuando también parece que es un deber cambiar radicalmente de métodos, será útil volver a lo esencial en materia del apostolado, del cual Nuestro Señor es la fuente. Lo esencial será aquello que ha sido realizado por quienes todo lo han aprendido de Él.
Entonces, será soberanamente útil alistarse en la escuela de San Pablo. Antes de entrar en el ministerio emprendido por el Apóstol, es preciso marcar bien el punto de partida de San Pablo: ha sido, evidentemente, ese momento extraordinario en el cual fue derribado mientras se hallaba camino a Damasco. El mismo San Pablo relata este acontecimiento de una manera que completa lo que el autor de los Hechos de los Apóstoles ha expresado en el capítulo IX. Haciendo una síntesis de estas dos narraciones, no se puede más que admirar el poder de Nuestro Señor, quien de un alma de perseguidor forma al modelo de los Apóstoles.
“Vas electionis est mihi iste, ut portet nomen meum coram gentibus, et regibus, et filiis Israël” (Hechos, IX, 15). En esta frase, dirigida a Ananías, ya aparece netamente el fin esencial del apóstol: “llevar el nombre de Jesucristo a los paganos, reyes e hijos de Israel”.
Pronto agregará Nuestro Señor: “y le mostraré todo lo que tendrá que sufrir pro nomini meo”. He aquí siempre el fin: hacer conocer el nombre de Jesús; para este apostolado están ligados el sufrimiento, las persecuciones, las contradicciones.
A estas palabras les agregamos ahora las del mismo San Pablo, que son mucho más explícitas, pronunciadas frente a Agripa, donde se expresó con una elocuencia impresionante. Describe abundantemente su lucha contra los cristianos, su violencia, frequenter puniens eos, compellebam blasphemare (Hechos, XXVI, 11). Cuenta esa aparición fulgurante en pleno mediodía sobre el camino de Damasco: es el mismo Jesús quien le habla en idioma hebreo: “Ego sum Jesus, quem tu persequeris”. Así, en la persona de los cristianos perseguidos, es al mismo Jesús a quien se alcanza.
Pero llegamos al hecho: ¿qué desea exactamente Jesús de Pablo? “Ad hoc enim apparui tibi, ut constituam te ministrum, et testem eorum, quæ vidisti, et eorum quibus apparebo tibi” (Hechos, XXVI, 16). Fue entonces cuando Nuestro Señor lo constituyó su Apóstol, es decir, su representante, su testigo de las cosas que ha visto y por las cuales Él se le volvería a aparecer.
Así, es evidente que la ciencia de Pablo será una ciencia infusa, como la que los Apóstoles recibieron en Pentecostés, pero sin esa larga preparación que tuvieron los otros Apóstoles. Nuestro Señor se le volverá a aparecer para completarle sus conocimientos. San Pablo contará sus visiones extraordinarias que lo han llevado hasta el cielo y que son imposibles de expresar por un hombre. Las almas que se han acercado a Dios de una manera casi experimental han aprendido más en algunos instantes que durante toda una vida de estudios, y sobre todo, han adquirido una fe inquebrantable, pues su fe se ha transformado en un instante de visión directa a la manera de la visión beatífica: “Eorum quæ vidisti” (testigo de las cosas que has visto).  
¿Por qué Nuestro Señor dispensa estas gracias extraordinarias a San Pablo? “Eripiens te de populo, et gentibus, in quas nunc ego mitto te” (Hechos, XXVI, 17), frase curiosa que parece casi contradictoria y que define al apóstol de siempre. Nuestro Señor toma a Pablo de en medio del pueblo judío sin deuda y de los otros pueblos, lo saca de ese ambiente para enviarlo de nuevo. No se puede dejar de pensar en la luz puesta sobre el candelabro para esclarecer a todo su entorno. Aparecerá desde ahora a los pueblos, marcado por esta elección, por esa función divina.
Esta misión, semejante a la misión de los demás Apóstoles, “Ego mitte vos, Ego mitto te”, tendrá por finalidad “aperire oculos eorum, ut convertantur a tenebris ad lucem, et de potestate Satanæ ad Deum, ut accipiant remissionem peccatorum, et sortem inter sanctos per fidem, quæ est in me” (Hechos, XXVI, 18). Tal es el fin magnífico que Pablo deberá esforzarse por alcanzar. Aquí se trata de una conversión, de un pasaje de la muerte a la vida. Las tinieblas se oponen a la luz, el poder del demonio al de Dios, las obras de pecado a las obras de la fe en Nuestro Señor.
He aquí el fin indicado por Jesús mismo al apostolado de San Pablo: ¿quién se atrevería a negar esta descripción y definición de su tarea?
Si San Pablo tiene otras cosas que aprender en las futuras apariciones de Nuestro Señor, estos conocimientos no harán más que completar ese programa esencial, pero no pueden paralizarlo ni minimizarlo. Para convencernos bastará con seguir a San Pablo en la práctica para ver que ha realizado perfectamente la obra que le fue confiada.
Sin embargo, antes de realizar su mandato apostólico, San Pablo —como todos los fieles— deberá recibir el bautismo de agua y del Espíritu. Jesús mismo designa a Ananías para que lo bautice, y hará venir sobre él al Espíritu Santo, y entonces se abrirán sus ojos a la luz del día tal como su alma se abra a la luz del Verbo de Dios, de quien será un testigo extraordinario.
Es indispensable recordar también, en este momento, lo que el mismo San Pablo le escribió a los Gálatas: “Cuando agradó al Señor revelarse a mí, inmediatamente salí a Arabia y volví luego a Damasco. Después de tres años me fui a Jerusalén, donde vi a Pedro y me quedé con él quince días”.
Así hablaba el gran Apóstol para afirmar que su Evangelio no lo aprendió de ningún hombre, sino de Nuestro Señor mismo, por revelación.
Esto confirma perfectamente lo que Nuestro Señor le había anunciado. Es verosímil que haya sido en el desierto de Arabia, como Moisés, donde Pablo haya tenido esta extraordinaria visión de Dios, que lo marcó para siempre.
Así, vuelto a Damasco, lleno del Espíritu Santo, Pablo predicó que Jesús es el Hijo de Dios. Como consecuencia inmediata, los judíos se concertaron para matarlo… Salió hacia Jerusalén, donde les habló a los gentiles y discutió con los griegos, actuando en la confianza del nombre del Señor. El mismo resultado: trataron de matarlo. Entonces, salió a Cesarea y Tarso. Luego volverá a Jerusalén, pero desde ahora su ministerio se realizaría según las visiones del Espíritu Santo, a quien Pablo se siente enteramente sometido en todo lugar.
No dejará de vincularse a Pedro y a los Apóstoles en toda su predicación. No olvidará la comunidad pobre de Jerusalén. Además es el mismo único Espíritu Santo que lo guía y guiará a todos los Apóstoles, de una manera visible en ese período de fundación de la Iglesia.
Lo previo es, entonces, de una importancia capital: estar unido a Pedro y a los Apóstoles, como debemos estar unidos hoy a Pedro y a la Iglesia de Roma. No puede haber duda sobre este punto; cuando los judíos convertidos funden acusaciones sobre él a propósito de la necesidad de la circuncisión para ser salvos (Hechos, XV), irá a las cercanías de la Iglesia de Jerusalén a fin de someter el litigio y retener el juicio.
Estando asegurada esta unión con la cabeza de la Iglesia, Pablo seguirá las imposiciones del Espíritu Santo, que lo guiará en su vida y su ministerio cotidiano. Es el mismo Espíritu del Señor que guarda la Iglesia en su fe y que se encuentra presente en el alma de Pablo por la gracia del Santísimo, por la imposición de las manos de Ananías.
Esta profunda y absoluta unidad en su vida es lo que le implicará los reproches a Pedro, al parecerle que iba en contra de lo que decidió como jefe de la Iglesia de Jerusalén, cuando en Antioquía evite a los incircuncisos (Gálatas, II, 11).
Así convertido y transformado por el Espíritu Santo, Pablo se puso en camino y, en todo lugar, predicó primero a los judíos, a quienes gracias particulares de preparación tendrían que disponer a la conversión, luego a los gentiles, a pesar de la arisca oposición de los judíos, que a menudo sublevaron a las poblaciones contra él: “cuando llegaron a Salamina, predicaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos”.
Ya en Antioquía de Pisidia se notaron los resultados: “El sábado siguiente, casi toda la mitad se juntó para escuchar la palabra de Dios. Los judíos, viendo las muchedumbres se llenaron de furor y contradijeron a Pablo y blasfemaban. Entonces, Pablo y Bernabé les dijeron: debíamos predicarles en primer lugar la palabra de Dios, pero puesto que la rechazan, se juzgan indignos de la vida eterna, por eso nos dirigimos hacia los gentiles”.
Sin embargo, importa remarcar que un buen número de judíos se convertían, pero un grupo cada vez más importante sublevaba las poblaciones contra ellos: “Creyeron todos los que estaban predestinados a la vida eterna” (Hechos, XIII, 48).
Esta conclusión muestra la acción de la gracia todopoderosa de Dios. Esto no suprime el mérito de los creyentes. Los neófitos están instruidos, pues Pablo prolonga sus estadías por semanas y meses; en Corinto, por ejemplo, permanece un año y medio: “Permanece aquí un año y seis meses, enseñándoles la palabra de Dios” (Hechos, XVIII, 11). También son bautizados: “Muchos de los corintios escucharon, creyeron y fueron bautizados” (Hechos, XVIII, 8).
A veces, Pablo vuelve a los mismos lugares a fin de confirmar la fe de los fieles: “Volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, fortaleciendo los ánimos de los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe y cómo es menester que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hechos, XIV, 21-22).
Pero una cristiandad no podrá estar verdaderamente constituida sin sacerdotes: “Y habiéndoles constituido presbíteros en cada una de las Iglesias, orando con ayunos los encomendaron al Señor en quien habían creído” (Hechos, XIV, 23).
Este magnífico ejemplo de apostolado dado por San Pablo será seguido por los misioneros de todos los tiempos.
Sin embargo, debemos volver sobre los detalles dados por los Hechos sobre los primeros discípulos. Hay observaciones instructivas. Pablo no solamente las dirige a los gentiles y a los judíos, sino también a los ricos y a los pobres sin distinción. Esto se nota a menudo: personas de todo rango, como por ejemplo el procónsul Sergio Pablo en Chipre; en Macedonia, Lidia, mujer de un magistrado de Tiatira; en Tesalónica, una gran muchedumbre cree y muchas mujeres de noble condición; en Berea, los Hechos anotan que los judíos de esta ciudad eran más educados que los de Tesalónica: escrutaban con avidez las Escrituras. Allí también, entre los gentiles, muchas mujeres y hombres de condición noble creyeron (Hechos, XVII). Cómo no notar a Aquila y Priscila, que lo siguieron en todo lugar.
Así, la evangelización no está reservada a los pobres, sino a toda la sociedad, que debe convertirse a Dios. Es el medio más seguro de darle asiento sólido y durable. La Iglesia no está vinculada a una clase, a un partido, a un grupo.
Otra particularidad interesante para remarcar a menudo: los Hechos dicen explícitamente que aquel que se convirtió arrastró a toda su casa en la conversión. Este hecho ya se nota en el Evangelio varias veces: “Crispo, jefe de la sinagoga, creyó en el Señor, con toda su casa, et cum omni domo sua(Hechos, XVIII, 8). “Como Lidia fue bautizada, todos los suyos lo fueron también” (Hechos, XVI, 15).
De ahí el interés de convertir a los jefes de familia que transmiten los beneficios de la gracia recibida a todos aquellos que dependen de ellos.
¡Cuántos detalles son significativos y apasionadamente interesantes! Un judío alejandrino, Apolo, es un ardiente convertido, versado en las Escrituras, pero sus conocimientos de las verdades cristianas eran insuficientes. Intervienen entonces Aquila y Priscila, y los Hechos lo notan: “le llevaron consigo y le expusieron más exactamente el camino de Dios” (Hechos, XVIII, 26).
¿No son las premisas de la Acción Católica? ¿No son las primeras catequistas? Es la pareja, entonces, los dos que reciben y enseñan. ¡Qué ejemplo admirable!
Pero Pablo quiso formar de una manera particular a los que destina para participar de su cargo y para sucederlo en la predicación del Evangelio. Se nota en Timoteo y en Tito, a quienes después de haberlos llevado con él en sus desplazamientos, los fija a cada uno en una iglesia particular: Timoteo en Éfeso, Tito en Creta.
Terminando su apostolado a través de todas esas comarcas, despidiéndose de todos, pronunció estas palabras a los “mayores natu Ecclesiæen Éfeso: “Tened cuidado de todo el rebaño que os es confiado sobre el cual el Espíritu Santo os ha colocado para conducir la Iglesia de Dios que adquirió con su sangre”.
Sí, Pablo puede dirigirse a Jerusalén donde lo esperan los sufrimientos, el cautiverio, el viaje a Roma, plantó la Iglesia con todo el ardor de su alma, perseguido, lapidado, encarcelado, golpeado. Poco le importa, pues el Señor lo reconfortaba diciéndole en la noche de Corinto: “No temas, habla, no te calles pues estoy contigo”.
Ojalá estas palabras se graben en nuestros corazones, a fin de darnos un coraje indomable para predicar la palabra de Dios como San Pablo y así darle a Dios las almas que se ha predestinado, a través de nuestro apostolado.
Para completar esta visión, tenemos que leer las ardientes cartas que dirigió San Pablo a sus jóvenes cristiandades, a Tito y a Timoteo, para tener una noción exacta de lo que pensaba San Pablo de la predicación del Evangelio.
Monseñor Marcel Lefebvre
(“Aviso del mes”, enero-febrero de 1967)