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martes, 21 de junio de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta Pastoral n° 34
EL SACERDOTE Y NUESTRO SEÑOR


Esta tercera parte del Decreto, que tendría que ser objeto de meditación frecuente para todos los sacerdotes, subraya las razones profundas de la vocación sacerdotal, y, en consecuencia, de la vocación a la perfección. Luego insiste sobre algunas exigencias particulares necesarias para la obtención de esta perfección, y, por fin, termina con la ayuda que lleva a esta perfección por diversos medios eminentemente útiles. Que aquellos que tengan alguna duda sobre la grandeza y la importancia de su sacerdocio lean atentamente este texto, y en él encontrarán un alimento para su fe y para el celo por la santificación propia, que es prenda de la santificación del prójimo.

1. Vocación del sacerdote a la perfección

Desde la primera línea se afirma el principio fundamental: “Sacramento Ordinis Presbyte-ri Christo sacerdoti configurantur” (12). Siempre habría que volver a este principio para conformarlo todo a él. El Concilio invita a los sacerdotes a reflexionar, más quizás de lo que se hacía en otros tiempos, sobre la necesidad de adquirir la perfección, a fin de ser cada vez más “viva instrumenta Christi Æterni sacerdotes ut mirabile opus eiuspersequi valeant” (cap. III nº 1). Por eso el Sínodo exhorta con vehemencia “vehementer hortatur” a todos los sacerdotes, a fin de que se apliquen a la búsqueda de esta perfección, de esta santidad que los hará instrumentos más aptos para la santificación del pueblo de Dios. El Decreto pone de nuevo el acento sobre la necesidad que tiene el sacerdote de santificarse, lo que supone en la actividad y en la actitud habitual del sacerdote un sentido profundo de la fe por la lectura de las Escrituras que dispensa a los fieles; el Decreto retoma por su cuenta la fórmula de Santo Tomás “comtemplata, aliis tradere”, a fin de que, en el ejercicio mismo de la predicación y la palabra, los sacerdotes estén enseñando unidos a Jesucristo. Pero sobre todo el Concilio insiste en el sacrificio de la Misa, y de la Misa diaria “enixe comendata”, de lo cual dice explícitamente el Sínodo, “munus suum præcipuum sacerdotes adimplant”. Luego, como una consecuencia de la santidad, de esa caridad que resulta del sacrificio eucarístico, el Concilio señala al sacramento de la Penitencia que se dispensa a los fieles: benéfica consideración para aquellos que tienen que escuchar numerosas confesiones. Esta caridad se expresará también en la oración pública del breviario y, por fin, en el don total de sí mismos para el pueblo de Dios. Sin embargo, los Padres del Concilio han examinado las dificultades que tienen muchos sacerdotes para hacer la síntesis, la unidad de su vida en medio de las múltiples ocupaciones diversas que tienen que cumplir en el curso de su apostolado diario.

Indican entonces un principio fundamental: siempre la mirada se fija en el modelo de sacerdote que es Nuestro Señor: “Los sacerdotes, a imagen de Nuestro Señor, encontrarán la unidad de su vida en la realización de la voluntad del Padre y en el don de sí mismos para el rebaño que les está confiado”. ¿Cuál será la fuente de esta unidad? El sacrificio eucarístico quod ideo centrum et radix totius vitæ Presbyteri exstat… Pero eso no podrá obtenerse más que si los sacerdotes penetran de una manera cada vez más íntima en el misterio de Cristo por medio  de la oración. También encontrarán esa voluntad de Dios en la fidelidad a la Iglesia, en la comunión con sus obispos y con sus hermanos en el sacerdocio. Estas páginas son ricas en las luces de la fe, en la sublime y gran vocación del sacerdote, otro Cristo. Ojalá podamos volcar esta realidad al alma de nuestra vida sacerdotal.

2. Exigencias espirituales particulares en la vida del sacerdote

La primera disposición fundamental es la de no buscar su voluntad, sino la voluntad de aquel que los ha enviado. ¿Por qué? Porque la sabiduría de Dios trasciende las fuerzas y la sabiduría humana. De ahí la necesidad de la obediencia a todos los que tienen la carga de la autoridad. Esta obediencia, libremente abrazada y consentida, pide que los sacerdotes propongan sus sugestiones e iniciativas a sus superiores, permaneciendo siempre dispuestos a someterse a su juicio. La humildad y la obediencia los harán más conformes a Cristo, que se ha hecho obediente hasta la muerte. Otra exigencia para el sacerdote, conforme a la Tradición de la Iglesia y recomendada por el ejemplo y la palabra de Nuestro Señor, es la castidad por medio de la práctica del celibato. ¿Cómo entender de una manera general y tradicional esta exigencia de la Iglesia?Siempre por el principio enunciado al comienzo de ese capítulo. Las alusiones de Nuestro Señor a la perfección de esta continencia son numerosas y suficientemente claras, y Él mismo ha dado el ejemplo, que fue seguido por los que ha amado con su amor de predilección.

La castidad sacerdotal por amor de Nuestro Señor y de las almas será una de las palancas más eficaces del apostolado. Así manifiestan su fe en el origen de su sacerdocio en Dios que no extrae su origen de la carne, su amor sin divisiones por Cristo, y por este amor su disponibilidad para el servicio de Dios y de los hombres. Son también el signo de la vida futura, en donde los hijos de la resurrección tampoco se casarán. El Concilio renueva solemnemente su deseo de mantener esta exigencia por la santidad del sacerdote y su perfección, por el honor de la Iglesia y la salvación de las almas. Pide a los sacerdotes y hasta a los fieles que tengan en gran estima a esta castidad sacerdotal. En fin, la tercera exigencia para la perfección del sacerdote es su libertad hacia las cosas de este mundo. Tiene que permanecer libre a fin de ser dócil a la voz de Dios y debe conducirse hacia los bienes de este mundo con una real prudencia esclarecida por la fe. Sin duda tendría que emplear los medios necesarios para su subsistencia y su apostolado, pero el Concilio insiste en la necesidad del desapego, de la pobreza, sobre la utilidad de una cierta puesta en común de los bienes de los cuales uno dispone. Esta virtud nos ayudará a ser nuevamente imitadores de Nuestro Señor, quien por nosotros se ha hecho pobre. Estas consideraciones son eminentemente benéficas para nosotros, religiosos que hemos hecho el juramento de practicar estas virtudes con toda nuestra alma y todas nuestras fuerzas delante de Dios y de la Iglesia.

3. Auxilios para la vida sacerdotal

Fuera el ejercicio consciente de su santo ministerio, los sacerdotes gozan también de otros medios para santificarse, medios que la Iglesia aconseja y a veces impone.

El Decreto enumera, entonces, estos medios recomendados:

- el alimento de la Sagrada Escritura y de la Eucaristía;

- la recepción frecuente del sacramento de la Penitencia, preparada con un examen diario de conciencia;

- la lectura espiritual, que aumentará el espíritu de fe;

- la devoción a la Virgen María;

- el coloquio diario con Jesús presente en la Eucaristía;

- el retiro y la dirección espiritual;

- la oración mental y las oraciones vocales que ellos elijan, a fin de unir sus almas con las de los que les son confiados en Nuestro Señor. Luego el Concilio recomienda a los sacerdotes el estudio, particularmente el de la Sagrada Escritura, de la Patrología, de los documentos del Magisterio de la Iglesia, y las obras de los teólogos óptimos et probatos scientiæ.

Que el sacerdote tampoco descuide su cultura, a fin de que pueda cumplir bien su apostolado. Que se instruya con las reuniones pastorales, donde las experiencias son puestas en común. Por fin, el capítulo termina con la manera de proveer a la subsistencia normal de los sacerdotes diocesanos. Pero no podemos omitir la exhortación final, tan emocionante y reconfortante. En medio de las dificultades de los tiempos actuales para la vida sacerdotal, Dios continúa queriendo a sus sacerdotes, como ha querido a su Hijo. La Iglesia encuentra aún en este mundo pecador, piedras vivas para la edificación del templo de Dios. El Espíritu Santo continúa inspirando caminos nuevos a la Iglesia.

Que los sacerdotes recuerden que no están solos, sino que están sostenidos por el poder de Dios. Que vivan de la fe, necesaria para los que conducen al pueblo de Dios, a ejemplo de Abraham. Que crean en la virtud divina, que hace levantar la mies. Que crean en Aquel que ha vencido al mundo. Nos es muy saludable y reconfortante ponernos a escuchar a la Iglesia que sostiene nuestros abatidos ánimos, agotados por una labor aplastante, y encontrar en esas directivas, esos consejos de nuestra Madre, el camino de la paz, de la serenidad, en el alegre cumplimiento de nuestra sublime vocación.
Mons. Marcel Lefebvre

(“Avisos del mes”, sept.-oct. de 1966)