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jueves, 9 de junio de 2016

Carta Abierta a los Fieles de Quebec y de las Provincias Marítimas - Padre Pierre Roy


Carta Abierta a los Fieles de Quebec y de las Provincias Marítimas
* Una traducción mejorada

Lakesville, 3 de Junio del 2016
Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

“La noche está avanzada, y el día se acerca. Dejemos pues, las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Andemos con decencia como de día…” Romanos, 13; 12-13

Queridos hermanos,

         Esta carta es para notificarles de mi decisión de dejar la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. A pesar de mi sermón del pasado 17 de Abril, muchos de ustedes estarán sorprendidos por mi partida, por lo tanto espero que estas líneas sirvan para mostrar más claramente mis razones.

         Primeramente quisiera decir que nunca fue mi deseo que el sermón del 17 de Abril fuese publicado urbi et orbi y que personalmente hice todo lo posible para prevenir su difusión. La homilía estaba dirigida únicamente para los fieles de la capilla de Montreal, esa pequeña parte del rebaño del Señor que me fue confiada por mi superior. Habiendo dicho esto, Nuestro Señor ha querido que fuese diferente. ¡Bendito sea su Santo Nombre!

         Nací y crecí en los brazos de la Fraternidad. Le debo todo al trabajo del Arzobispo Lefebvre. Es por esto que estoy más que consciente de la gravedad de la decisión que tomo ante Dios y ante ustedes, y consciente también del deber que tendré el día que comparezca ante el Tribunal del Juez Justo.

         Ya por varios años, las autoridades de la Fraternidad – ahora sin esconderse – han estado organizando una re-unificación con la Roma Apóstata. ¿Es legítimo colocarse bajo autoridades que no tienen nuestra Fe, o aceptar de ellas un reconocimiento mientras no exijan “ningún compromiso”?1 Les dejo a ustedes juzgar esto a partir de las palabras del papa Pío XI: “ Todos saben que el mismo Juan, el Apóstol del amor, que parece revelar en su Evangelio los secretos del Sagrado Corazón de Jesús, y quien nunca cesó de imprimir en la memoria de sus seguidores el nuevo mandamiento “Amaros los unos a los otros”, completamente prohibía cualquier trato con aquellos que profesaban una versión corrupta o mutilada de las enseñanzas de Cristo: “Si cualquier hombre viniese y no les trajera esta doctrina, no lo recibáis en tu casa ni le digáis Buena Suerte”. Por esta razón, debido a que la caridad se basa en una Fe completa y sincera, los discípulos de Cristo deben de estar unidos principalmente por el lazo de la Fe. ¿Quién puede entonces concebir una Federación Cristiana en donde cada uno de sus miembros mantiene su propia opinión y juicio personal, aún en cuestiones de Fe, aun cuando sean ofensivos a las opiniones de los demás miembros? Y nos preguntamos, ¿de qué manera pueden los hombres que siguen opiniones contrarias pertenecer a la misma Federación de fieles?” Mortalium Animos

         También saben, queridos fieles, que la Fraternidad siempre ha dicho que es ilegítimo alinearse con aquellos que se han excluido de la Tradición y no profesan más la Fe en su totalidad. ¿Por qué después de todo nos hemos permitido estos últimos 30 años criticar la Fraternidad de San Pedro? ¿Por qué más recientemente hemos criticado a los de Campos? ¿Por qué repudiamos el acuerdo al que llegó en el 2006 el Instituto del Buen Pastor? Habiéndole aseverado a un superior que por lo tanto sería necesario que no criticásemos más a estas comunidades, recibí la siguiente respuesta: “¡Ah, pero los seguiremos criticando!”, a lo que pregunte ¿por qué? ¿Bajo que principio? No recibí respuesta alguna.

         No, o hemos estado equivocados desde 1988 e inclusive desde 1975, o hemos estado equivocados desde el 2012. A menos que nosotros también adoptemos una concepción subjetiva de la verdad y que lo que fue verdad en 1988 ya no es verdad hoy en día. Una última solución – a través de la cual pareciera que cualquier cosa puede justificarse: la situación ha cambiado. Somos testigos, dice nuestro Superior General, de un momento crucial en la historia de la Iglesia: ellos ya no buscan imponernos el Concilio; el Papa Francisco “parece ser alguien que quiere ver a todo el mundo salvo, que todos tengan acceso a Dios,”2 continúa. ¿Acaso no dijo Jesús, “Si me amas, guarda mis mandamientos” (Juan 14:15)? Uno puede seriamente preguntarle si el Papa Francisco, que prácticamente niega los mandamientos ante todo el mundo, en verdad busca la salvación de las almas. Por otro lado, ¿acaso Mons. Lefebvre no escribió en su testamento a sus sacerdotes en su libro ´Viaje Espiritual´ (Spiritual Journey), como nos lo hizo recordar Monseñor Tissier de Mallerais hace no mucho tiempo, que “Es el deber estricto de cada sacerdote y fiel que quiera permanecer Católico el separarse claramente de la Iglesia Conciliar, mientras tanto esta no profese la tradición del Magisterio de la Iglesia y de la Fe Católica?”3?

         Algunos dirán, “Aún no sucede. ¡Espera hasta que esté hecho!” Esto es lo que yo mismo les dije por algunos años a muchos entre ustedes, mis queridos fieles, esperando y creyendo sinceramente que las autoridades de nuestra Fraternidad darían marcha atrás. Pero debo de afrontar la evidencia de que no ha sido así. Día tras día, declaración tras declaración, continúan inoculando en las almas de los fieles y de los sacerdotes por igual, un error pernicioso que mantiene que es legítimo buscar de la autoridad Conciliar un reconocimiento y una jurisdicción que se hace más que dudosa por la traición diaria de la Fe por estas autoridades. Este error, que se insinúa en sus espíritus, causa aún en los sacerdotes que han sido conocidos por su intransigencia doctrinal (siendo esto una virtud), que se vuelvan cada vez menos combativos hasta el punto en que pronto estarán listos para traicionarlo todo.

Esto se logra gradualmente y sin que nosotros nos demos cuenta de las ambigüedades introducidas. Empezaron por convencernos de que el Motu Proprio, que pone el Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo en el mismo nivel o inclusive por debajo de lo que lo que Monseñor Lefebvre denominó la “misa de Lutero”, era bienvenido y benéfico. Le dimos las gracias a las autoridades conciliares por este gesto, aunque tímidamente mantuvimos la postura de que únicamente la misa de San Pio V es legítima. Este fue el primer paso, o mejor dicho el primer traspié. Nos dicen, ¿“Acaso el Motu Propio no produce resultados maravillosos?” ¿Desde cuándo han sido los resultados prácticos más importante que la pureza de la doctrina de Cristo? ¿Desde cuándo se ha beneficiado la verdad a partir del compromiso humano? El Apóstol nos dice (Romanos 3:8) “- no hemos de hacer vosotros un mal, a fin de que de él resulte un bien”.

Enseguida nos convencieron de que era aceptable cantar un Te Deum solemne por la publicación del documento que, al levantar las “excomuniones” de los cuatro obispos consagrados por Monseñor Lefebvre, re-enfatizaba en principio que nuestros obispos habían de hecho estado verdaderamente excomulgados. Este decreto que levantaba la sentencia falsa que pesaba sobre nuestros obispos no es sino una fresca condena de las acciones de Mons. Lefebvre, a quien todavía tenemos la osadía de llamar “nuestro reverendo fundador”.

Sin poner en práctica el consejo de San Juan ni el de Nuestro Señor Jesucristo “Guardaos de los falsos profetas,” (Mateo 7:15), discusión tras discusión, y reunión tras reunión, eventualmente silenciamos nuestras sospechas, que son más que legítimas y saludables a la luz de las personas que niegan la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo. Es así como nuestro superior se ha convertido, de acuerdo al Papa Francisco, en un hombre “con el que uno puede dialogar,” con quien aquel que actualmente dirige la subversión y destrucción de la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo piensa que se puede hacer un “buen trabajo”4. ¿A quién le asombra entonces que estén felices de otorgarnos jurisdicción para confesar (que nunca nos hizo falta)? ¿Cómo podemos decir que nosotros no estamos pidiendo nada, y que Roma está dando todo? ¿Acaso no solicitamos recientemente que nos otorgara la jurisdicción dudosa de la Roma conciliar con respecto a los demás sacramentos? ¡No, verdaderamente, nosotros no pedimos nada! ¡Roma, que flagela a Nuestro Señor Jesucristo, nos desea el bien! Esto es realmente para preocuparse, ¿de qué lado estamos entonces? La nueva dirección de la Fraternidad se impone sobre sacerdotes, sobre muchos sacerdotes que no la han deseado nunca.

Silencios forzosos, transferencias, promociones, juicios, promesas, exclusiones, todo esto justificable cuando trabajan para defender la “posición de la Fraternidad”, que es de hecho – como siempre en una revolución – la posición de una minoría que ha tomado el poder y que hábilmente manipula a la mayoría pasiva. Después de mi sermón del 17 de abril, además de las reacciones desesperadas de ciertos colegas, me ordenaron guardar silencio. Querían que jurara sobre mi sacerdocio de que no hablaría más desde el púlpito acerca de los acuerdos con la Roma apóstata. “Usted tiene muchos otros temas para predicar,” me dijeron. Naturalmente estoy consciente de que el tema de mi predicación no debe basarse principalmente en discutir la unión de la Fraternidad con Roma, sino en los Evangelios de Nuestro Señor Jesucristo. Pero quiero hacer notar, y ustedes son mis testigos queridos hermanos, que esa fue la primera vez en cinco años de ministerio que hablé acerca de esta cuestión desde el púlpito. Me rehusé a ser silenciado. Sin embargo, prometí a mis superiores ponerlos al tanto antes de volver a hablar de este tema desde el púlpito. Me dijeron: “Si usted tiene la intención de volver a hablar de esto, entonces tendrá derecho de confesar y de decir misa, pero no podrá predicar. De otra manera, deje la Fraternidad y diga lo que quiera.” Eso es lo que estoy haciendo, hermanos, porque un sacerdote debe de predicar y alertar a su rebaño de los lobos que amenazan con devorarlos.

No tengo certeza absoluta de que la Fraternidad se adherirá a Roma. Sin embargo tengo la certeza moral de que si lo harán, dada la clara, expresa y reiterada voluntad tanto de Roma como de la Fraternidad de llegar a un arreglo, y debido también a la absorción en estos últimos meses de las últimas voces episcopales que firmemente se oponían. Que Dios nos guarde de esta tragedia – ¡esta continuará siendo mi ferviente oración, a pesar de mi partida!

         Mientras tanto, habiendo renunciado el día de mi bautismo no solo a Satanás y a sus obras, sino también a sus seducciones, no puedo aceptar que mi alma inmortal sea vendida a la secta conciliar, ni aceptar tampoco que sea puesta en venta. Por consiguiente, el hecho de que los superiores de la Fraternidad han mostrado en varias ocasiones su disposición de llegar a un acuerdo práctico (sin que Roma se haya convertido) me es suficiente para tomar este paso, prudentemente, no sin antes haber rezado mucho y tomado el consejo de sabios sacerdotes. No tengo duda alguna acerca de mantenerme en silencio acerca de lo que se está haciendo. He guardado silencio por demasiado tiempo, esperando y garantizándoles a ustedes, hermanos, que los superiores de la Fraternidad eventualmente abrirían los ojos. Sin embargo, entre más pasaba el tiempo, más me veía forzado a aceptar la evidencia de que aquellos que nos dirigen no tienen la intención de dar marcha atrás.

         Debo confesar que el hablar abiertamente de la traición que estamos viviendo es un asunto muy delicado si uno permanece dentro de la Fraternidad. Es por esto que me voy: para tener la libertad de predicar la verdad íntegramente, ya que algún día tendré que responder por cada una de las almas que me fueron confiadas. Mantener silencio ya no era posible sin que esto me hiciera culpable ante Dios.

         En el pasado había criticado severamente a aquellos que llamamos la “Resistencia,” pero que otros llaman la “Subversión” o inclusive algunos otros la “Fidelidad”. Debo decir que aparte de que en ese entonces no veía las cosas tan claramente como hoy en día (por la gracia de Dios), estaba reaccionando al mal comportamiento de algunos colegas que visitaban nuestra provincia y que, aunque astutos, despreocupados por lo que sucedía, desacreditaban la postura valerosa tomada por aquellos que se negaron a la traición que nos estaba siendo impuesta. Intentaré con la gracia de Dios evitar las actitudes que he denunciado y encausar mi energía a reconstruir en lugar de importunar a aquellos que intentan ponernos en las manos de Roma. Dicho lo anterior, el denunciar errores y engaños queda en mí como un deber necesario que con la ayuda de Dios podré cumplir.

         Muchos sacerdotes que ven claramente la situación no se atreven por el momento a reaccionar en contra de esa imposición. Creo que la razón principal que les impide dar este paso es el miedo de romper la unidad de las instituciones que con tanta dificultad se ha construido. ¿Cómo aceptar que al dividir a los fieles corramos el riesgo de contribuir a que se cierre una capilla? La respuesta es que los sacerdotes fieles  no son el origen de la división que se cocina en nuestras filas, sino las autoridades de la Fraternidad quienes nos hacen creer que estamos participando en un momento crucial en la situación de la Iglesia, cuando en realidad no es la situación la que ha cambiado, sino sólo sus mentes. Queridos hermanos, si los directivos de la Fraternidad continúan sembrando desconfianza y confusión por sus ideas erróneas, la división aumentará, y podrá inclusive ser necesario hacerla explotar en nuestra región por el bien común.

         Por mi parte, espero que el Señor me evite el tener que romper prematuramente la unidad de unas pocas capillas que tenemos en el Canadá francés. Es por eso que he decidido quedarme por el momento en las Marítimas. Los fieles en esta región no tienen acceso frecuente a la misa verdadera y a los verdaderos sacramentos. Ellos se encuentran casi sin ayuda espiritual. Educan a sus niños sin la ayuda de la Iglesia. Por lo tanto pensé que será mejor quedarme en esta región y concentrar mis esfuerzos en desarrollar estos pequeños grupos que tienen tan limitado acceso a los sacramentos, en la esperanza de que algún día puedan regresar estas comunidades a la Fraternidad, esperando que haya crecido en tamaño y fervor por la gracia de Dios y de mi ministerio. Ese es mi mayor anhelo: que la Fraternidad dé vuelta atrás clara e inequívocamente, y que pueda yo regresar a su seno estas misiones y volver a reintegrarme en sus filas, beneficiándome nuevamente de la fraternidad sacerdotal que ahí se ofrece. No me aferro a ilusiones, pero los milagros siempre son posibles.

         Sin embargo, es evidente que entre más se deteriore la situación, más será necesario ocuparse de las almas en Quebec que se sienten engañadas y traicionadas. Mi esperanza es que más sacerdotes se levanten y estén dispuestos a llevar la verdad a aquellos que la desean para ellos y sus hijos. Mientras es obvio que la Fraternidad continúa dando la ayuda de los sacramentos, siendo ilegítimo privarse de estos sin que haya razón grave, no es poca cosa en esta crisis de la Iglesia el poder tener acceso a una predicación sana y continuar viendo claramente a través de los eventos tan dolorosos que estamos experimentando.

Queridos hermanos, les suplico recen por mí y les aseguro mis oraciones en el altar y mi bendición.

“¡Servid al Señor con alegría!” - Salmo 99

Padre Pierre Roy
Mission Notre-Dame-de-Joie
1974 Route 134
Lakeville, E1H 1A6
New Brunswick


*Traducción fiel de la carta en idioma inglés encontrada en este sitio: https://drive.google.com/file/d/0Bzh_vH6q4dmIZ3hMR0VCeVloYmc/view?pref=2&pli=1  * Traducción: Rosa Assad

Carta original en idioma francés aquí: http://www.francefidele.org/