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miércoles, 29 de junio de 2016

Breve relato sobre el Anticristo - Vladimir Soloviev

Breve relato sobre el Anticristo
(quinta parte)



El Emperador, pálido pero sereno, se dirigió a la asamblea: “Habéis visto el juicio de Dios. Nunca me sirvo de la muerte para vengarme, pero mi padre ha usado este medio en favor de su hijo predilecto. El caso está cerrado. ¿Quién osaría oponerse al todopoderoso? ¡Secretarios! Escribid: 'El Concilio Ecuménico de todos los cristianos ha visto caer fuego del cielo para demoler al absurdo opositor de la divina majestad; unánimemente reconoce al gran Emperador de Roma y del mundo como su supremo guía y jefe’”. Repentinamente, resonó una voz potente y con gran claridad se extendió por todo el templo: “Contradicitur”.

El Papa Pedro II, con el rostro encendido y temblando de cólera, alzó su báculo contra el Emperador diciendo: “Nuestro único Señor es Jesucristo, el Hijo de Dios vivo. Y en cuanto a quién eres tú, acabas de escucharlo. ¡Apártate de nosotros, oh Caín fratricida! ¡Apártate pronto, vaso diabólico! Por la autoridad de Cristo, yo, el siervo de los siervos de Cristo, por siempre te expulso de nuestra grey y como un vil perro te envío a tu padre Satanás. ¡Anatema, anatema, anatema!”. Mientras el Papa decía estas palabras, el gran mago se movía sin descanso bajo su manto. Retumbó un trueno más estrepitoso que el último “anatema”, y el último papa cayó por tierra, exánime. “¡Así mueren todos mis enemigos por el brazo de mi padre!”, exclamó el Emperador; “Pereant, pereant” gritaron temblorosamente los príncipes de la Iglesia. El Emperador, apoyado en el brazo del gran mago, salió lentamente por la puerta trasera de la plataforma seguido de toda su corte y una gran muchedumbre. En la sala yacían los dos cadáveres y permanecían media docena de cristianos temblando de miedo. El único que no perdió el control de sí mismo fue el Profesor Pauli; el pánico generalizado pareció enaltecer en él todas las cualidades de su espíritu. Incluso su apariencia cambió, asumiendo un aire majestuoso e inspirado. Con paso decidido subió al estrado y se sentó sobre uno de los escaños previamente ocupado por algún oficial del estado, y comenzó a escribir en una hoja de papel. Al terminar se levantó leyendo en alta voz: “¡A la gloria de nuestro único Salvador Jesucristo! El Concilio Ecuménico de las iglesias de Dios, reunido en Jerusalén, está convencido y reconoce: puesto que nuestro beatísimo hermano Juan, representante de la cristiandad oriental, ha denunciado al gran impostor y enemigo de Dios, señalándolo como el verdadero Anticristo, anunciado por las Sagradas Escrituras; y puesto que nuestro beatísimo padre Pedro, representante de la cristiandad occidental, con justa excomunión lo ha expulsado para siempre de la Iglesia de Dios, hoy, delante de los cuerpos de estos mártires, testigos de Cristo, este concilio resuelve: romper toda relación con el excomulgado y su asamblea abominable, y dispone marchar al desierto y esperar ahí la inminente venida de nuestro verdadero Señor Jesucristo.” Un gran entusiasmo se apoderó de la gente y se escuchaban voces potentes: "Adveniat, adveniat, cito! Komm, Herr Jesu, komm!". ¡El venidero Señor Jesús! El Profesor Pauli escribió de nuevo y leyó: “Aprobando por unanimidad este primer y último acto del último Concilio Ecuménico, firmamos” e invitó a la asamblea a hacerlo. Todos se apresuraron a subir al estrado a firmar. Por último, él mismo firmó con grandes caracteres góticos: Duorum defunctorum testium locum tenens Ernst Pauli  . “Ahora, vamos con nuestra arca de la última alianza”, dijo refiriéndose a los dos cadáveres. Los cuerpos fueron alzados en camillas. Lentamente, al canto de himnos en latín, alemán y eslavo-eclesiástico, los cristianos se encaminaron a la puerta de Jaram-esh-Sherif.


En este lugar el cortejo fue detenido por uno de los oficiales del Emperador, acompañado por una patrulla de la guardia. Los soldados se alinearon junto a la puerta mientras el oficial leyó lo siguiente: “Por orden de su divina majestad: para instruir al pueblo cristiano y para protegerlo contra hombres malintencionados que fomentan discordias y escándalos, hemos visto necesario disponer que los cuerpos de los dos agitadores, asesinados por el fuego divino, sean expuestos en público en la calle de los cristianos (Haret-en-Nasara) cerca de la entrada al templo principal de esta religión, llamado templo del Sepulcro o templo de la Resurrección, para que así todos puedan persuadirse de la verdad de su muerte. Sus seguidores obstinados, que con malicia rechazan todos nuestros beneficios e insensatamente cierran los ojos a los patentes signos de Dios mismo, quedan liberados de la merecida muerte, mediante el fuego del cielo, gracias a nuestra misericordia y a nuestra intercesión ante nuestro padre celestial, y reciben completa libertad con la única prohibición por el bien común, de vivir en las ciudades u otros lugares poblados, a fin de que no turben o seduzcan con sus malvadas invenciones a la gente simple e inocente.” Al terminar de leer, ocho soldados, a la señal del oficial, se acercaron a las camillas y alzaron los cuerpos. “Sí, hagamos como está escrito” dijo el Profesor Pauli y en silencio, los cristianos entregaron las camillas a los soldados, quienes se las llevaron cruzando la puerta del noroeste. Los cristianos en cambio, salieron por la puerta del noreste y rápidamente dejaron la ciudad pasando junto al monte de los Olivos en dirección a Jericó, por el sendero ya liberado de la multitud por los gendarmes y por dos regimientos de caballería. Decidieron esperar algunos días sobre las colinas desiertas vecinas a Jericó. A la mañana siguiente, de Israel vinieron cristianos conocidos y contaron lo sucedido en Sión. Después del banquete de la Corte, todos los miembros del Concilio fueron invitados a la gran sala del trono (cercana al lugar donde supuestamente se hallaba el trono de Salomón). El Emperador, volviéndose a los jerarcas católicos, dijo que el bien de la Iglesia requería que ellos eligieran prontamente un digno sucesor del Apóstol Pedro; que, dadas las circunstancias, la elección debía ser sumaria; que la presencia del Emperador, como jefe y representante de todo el mundo cristiano, supliría ampliamente las omisiones en el ritual; y que, a nombre de todos los cristianos, sugería al Sacro Colegio nombrar a su bien amado amigo y hermano Apolonio, de modo que los íntimos lazos que lo ligaban a él facilitarían la unión firme e indisoluble entre la Iglesia y el Estado para beneficio de ambos. El Sacro Colegio se retiró para el cónclave en un recinto especial y después de una hora y media regresó con el nuevo Papa Apolonio. Mientras la elección tenía lugar, el Emperador intentaba con palabras gentiles, sagaces y elocuentes, persuadir a los delegados de los Ortodoxos y de los Evangélicos para poner fin a sus viejas divergencias, considerando la nueva gran era que estaba abriéndose en la historia de la cristiandad. Dio su palabra de honor asegurando que Apolonio sabría poner fin para siempre a los abusos históricos del poder papal. Los delegados de los protestantes y ortodoxos, persuadidos por las palabras del emperador, redactaron un acta de unión de las Iglesias y cuando, entre aclamaciones gozosas, Apolonio apareció sobre la plataforma con los cardenales, un arzobispo griego y un pastor evangélico, le presentaron el pacto de unión. “Accipio et approbo et laetificatur cor meum”, dijo Apolonio firmando el documento.

“Soy un ortodoxo y un verdadero evangélico, como soy también un auténtico católico”, añadió intercambiando besos amistosos con el griego y el alemán. Luego, se acercó al Emperador, el cual lo estrechó por algunos minutos entre sus brazos. Mientras tanto, lenguas de fuego revoloteaban en todas las direcciones por el templo y el palacio; se hicieron más grandes y se transformaron en extraños seres luminosos. Flores nunca antes vistas en la tierra caían de lo alto llenando el aire de un perfume desconocido. Seductores sonidos, nunca antes escuchados, que tocaban las profundidades del alma, fluían de lo alto provenientes de instrumentos musicales desconocidos hasta ahora, mientras voces angelicales de cantores invisibles glorificaban al nuevo señor del cielo y de la tierra.

Entretanto se oyó un espantoso estruendo subterráneo en la esquina noroccidental del palacio, bajo el kubbet-el-aruaj, esto es, la cúpula de las almas, donde, según la tradición musulmana, se encontraba el ingreso al infierno. A la invitación del Emperador, la asamblea se movió en aquella dirección, y todos pudieron escuchar claramente innumerables voces, estridentes y penetrantes —seminfantiles, semidiabólicas— que gritaban con fuerza: "¡el tiempo ha llegado, liberadnos!". Pero cuando Apolonio, de rodillas en el suelo, gritó en una lengua desconocida hacia aquellos que estaban bajo tierra, las voces se silenciaron y el estrépito cesó. Mientras todo esto acaecía, una inmensa multitud del pueblo, que venía de todas direcciones, rodeó Jaram-esh-Sherif. Al anochecer, el Emperador junto con el nuevo Papa se asomaron desde el balcón oriental, suscitando “una tormenta de entusiasmo”. El primero, saludó inclinándose graciosamente hacia todas direcciones mientras Apolonio, de unas grandes canastas traídas por los cardenales y diáconos, tomaba y lanzaba al aire espléndidas luces de bengala, cohetes y fuentes de fuego que, encendiéndose al tocar su mano, brillaban como perlas fosforescentes y centelleaban con los colores del arco iris. Al contacto con el suelo se transformaban en hojas de papel de variados colores, con indulgencias plenarias sin condiciones para todos los pecados pasados, presentes y futuros. El entusiasmo popular rebasó todo límite. Es cierto que algunos dijeron haber visto con sus propios ojos las indulgencias transformarse en sapos y serpientes, pero la grandísima mayoría estaba entusiasmada. Las festividades públicas continuaron por algunos días y el nuevo Papa obraba grandes prodigios, tan maravillosos e increíbles que sería inútil enumerarlos.


Durante este tiempo los cristianos, en las colinas desiertas de Jericó, se consagraron a ayunos y oraciones. Al atardecer del cuarto día, el Profesor Pauli y nueve compañeros, se encaminaron hacia Jerusalén cabalgando sobre asnos y tirando de una carreta. Pasando a través de las calles de Jaram-esh-Sheriff hacia Jaret-en-Nasara, llegaron a la entrada del templo de la Resurrección, donde los cuerpos del Papa Pedro y del Anciano Juan yacían sobre el pavimento. Las calles estaban a aquella hora desiertas, puesto que toda la ciudad se había marchado a Jaram-esh-Sherif. Los centinelas estaban profundamente dormidos. El Profesos Pauli y su grupo hallaron los cuerpos incorruptos; aún no se encontraban ni rígidos ni pesados. Los colocaron en camillas y los cubrieron con mantas traídas con este fin, y regresaron por los mismos caminos tortuosos hacia los suyos. Tan pronto depositaron las camillas en tierra, el espíritu de vida retornó a los muertos. Se agitaron, buscando liberarse de las mantas que los cubrían. Con exclamaciones de alegría, todos se apresuraron a ayudarlos, y al instante, los dos resucitados estaban de pie, sanos y salvos.