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martes, 14 de junio de 2016

Breve relato sobre el Anticristo - Vladimir Soloviev

Breve relato sobre el Anticristo
(primera parte)

Vladimir Soloviev


¡Pan-mongolismo! Aunque es un nombre salvaje, Su sonido me acaricia, Como si presagiara un gran destino Pleno de lo divino.


La Dama: ¿De dónde proviene este epígrafe?

El Señor Z: Creo que ha sido compuesto por el mismo autor del relato.

La Dama: Pues bien, léalo.

El Señor Z: (lee) - El siglo XX después de Cristo fue la época de las últimas grandes guerras internacionales y decisivas revoluciones. La más grande de estas guerras exteriores tuvo como causa remota el movimiento intelectual surgido en Japón hacia fines del siglo XIX con el nombre de pan-mongolismo. Los japoneses, buenos imitadores, asimilaron con sorprendente rapidez y éxito las formas sustanciales de la cultura europea, apropiándose también de algunas ideas europeas de orden inferior.

Habiendo conocido a través de periódicos y manuales de historia la existencia en Occidente del pan-helenismo, pan-germanismo, pan-eslavismo, pan-islamismo, proclamaron la gran idea del pan-mongolismo —unificación de todos los pueblos del Asia oriental bajo su liderazgo, con el objetivo de llevar adelante una guerra decisiva contra los extranjeros, es decir, contra los europeos—. Aprovechando que a comienzos del siglo XX Europa se encontraba ocupada en la última y decisiva batalla contra el mundo musulmán, se aprestaron a realizar su gran plan: primero la ocupación de Corea, luego Pekín, donde, con la ayuda del partido progresista chino, depusieron a la antigua dinastía Manchú, sustituyéndola por la japonesa. A esta última los conservadores chinos también se adaptaron fácilmente, comprendiendo que entre dos males es mejor escoger el menor, pues después de todo, los japoneses eran sus hermanos. Por lo demás, la independencia estatal de la antigua China no tenía la fuerza para sostenerse por sí misma y la sumisión a los europeos o a los japoneses se tornaba inevitable.

Posteriormente se vio con claridad que el dominio de los japoneses, aunque suprimiera las estructuras externas del gobierno chino —que para entonces se mostraban absolutamente inútiles— no interferiría en los asuntos internos de la vida nacional. En cambio, la ocupación de potencias europeas con gusto habría apoyado por razones políticas a los misioneros cristianos, amenazando los profundos principios espirituales de China. El antiguo odio nacional entre chinos y japoneses surgió cuando ni unos ni otros conocían a los europeos. Sin embargo frente a estos últimos la mutua enemistad entre dos naciones similares se tornaba una guerra civil sin sentido. Los europeos aparecían como extranjeros, enemigos radicales, y su predominio no prometía en lo absoluto algo que pudiera incrementar el amor a la propia raza, mientras que en manos de los japoneses, los chinos veían más atractivo el pan-mongolismo, que al mismo tiempo se tornaba más justificable ante sus ojos que la triste e inevitable realidad de la europeización.

“Comprendan, obstinados hermanos” —terqueaban los japoneses— “que de estos perros occidentales buscamos solamente sus armas, no por simpatía hacia ellos, sino tan sólo para golpearlos con ellas. Si os unís a nosotros y aceptáis nuestra orientación práctica, seremos capaces no sólo de expulsar a los demonios blancos de nuestra Asia, sino también de conquistar sus propios países y establecer un verdadero Imperio Medio sobre todo el mundo. Es legítimo vuestro orgullo nacional y el desprecio hacia los europeos, pero estos sentimientos deben ser nutridos no sólo con sueños ilusorios, sino con una acción apropiada. En esto os hemos superado y debemos mostraros los caminos de nuestros intereses comunes. Como podéis ver, son pocas las ganancias obtenidas a través de una política autosuficiente y desconfiada hacia nosotros, vuestros amigos naturales y protectores. Poco faltó para que Rusia e Inglaterra, Alemania y Francia nos dividiesen sin dejarnos ni los restos de nuestro territorio. Todas vuestras empresas de tigres solamente han mostrado la impotencia del último coletazo de la serpiente”. La sensatez china encontró este argumento razonable, estableciéndose así firmemente la dinastía japonesa. Su primer cometido fue evidentemente la creación de una flota y un poderoso ejército. Gran parte de las fuerzas militares japonesas fueron trasladadas a China, donde sirvieron de núcleo al nuevo y colosal ejército. Los oficiales japoneses que dominaban el idioma chino, demostraron tener mayor eficiencia como instructores que los europeos, mientras que la inmensa población de China con Manchuria, Mongolia y Tibet, proveyó un beneficioso potencial de guerra.

Ya el primer Bogdijan (1) de la dinastía japonesa probó exitosamente el poder del nuevo imperio expulsando a los franceses de Tonkín y Siam, a los ingleses de Burma y anexando toda Indochina al Imperio Medio. Su sucesor, el segundo emperador, de origen chino por parte de madre, unía en sí la astucia y la determinación china con la energía, agilidad e iniciativa japonesas. Éste movilizó hasta el Turquestán chino un ejército de cuatro millones de hombres y mientras que Tzun-Li-Jamin comunicaba confidencialmente al embajador ruso que este ejército estaba destinado a la ocupación de la India, el Bogdijan invadía nuestra Asia central. Aquí, sublevando a toda la población, cruzó rápidamente los Urales, ocupando con sus soldados la Rusia oriental y central. Entre tanto, las tropas rusas se movilizaron rápidamente, con contingentes venidos de Polonia y Lituania, Kiev y Volinia, Petersburgo y Finlandia. Ante la ausencia de una estrategia militar y la superioridad numérica de los enemigos, las fuerzas rusas tan sólo pudieron replegarse con honor. La rapidez de la agresión no les dio tiempo para la necesaria concentración de fuerzas y así numerosas tropas, una tras otra, fueron aniquiladas en desesperadas y encarnizadas batallas. Los mongoles lograron esta victoria a un precio muy alto, pero con la ocupación de todas las líneas ferroviarias del Asia recuperaron fácilmente sus pérdidas. Mientras tanto, dos cuerpos del ejército ruso compuestos por doscientos mil hombres, concentrados desde tiempo atrás en la frontera con Manchuria, hicieron un fallido intento invadiendo el bien defendido territorio chino.

Después de dejar parte de sus fuerzas restantes en Rusia con el objetivo de impedir la formación de un nuevo ejército en el país y también para expulsar las numerosas guerrillas, el Bogdijan cruzó las fronteras alemanas con tres divisiones del ejército. Por su parte, los alemanes tuvieron suficiente tiempo para prepararse y las tropas mongolas se encontraron con una poderosa defensa. Paralelamente en Francia el partido nacionalista tomó el poder y prontamente movilizó millones de bayonetas al lugar del conflicto. Puesto entre la espada y la pared, el ejército alemán se vio obligado a aceptar los términos de paz ofrecidos por el Bogdijan. Los entusiastas franceses, que simpatizaban con la raza amarilla, se expandieron por Alemania perdiendo pronto todo sentido de disciplina militar. El Bogdijan ordenó a su ejército eliminar a los aliados considerados inútiles, orden que fue ejecutada con el esmero y la precisión propia de los chinos. Simultáneamente, en París se dio la insurrección de los trabajadores sans patrie (2) y la capital universal de la cultura occidental abrió sus puertas con júbilo al Señor del Oriente. El Bogdijan se dirigió hacia Boloña, donde escoltado por una flota venida del Pacífico, preparó rápidamente las naves que llevarían a su ejército hasta Gran Bretaña. Como el emperador estaba necesitado de fondos, los ingleses lograron comprar su libertad con un millón de libras esterlinas. En el transcurso de un año todas las potencias europeas reconocían su vasallaje al Bogdijan, el cual, dejando en Europa suficientes fuerzas de ocupación, regresó al Oriente para emprender campañas navales contra América y Australia.

Por medio siglo pesa sobre Europa el nuevo yugo mongol. En el aspecto interno, esta época se caracteriza por la mezcla y el intercambio profundo de ideas europeas y orientales, repitiendo en grand (3) el antiguo sincretismo alejandrino. En la vida práctica se evidencian tres aspectos como los más representativos: la vasta afluencia en Europa de obreros chinos y japoneses y como consecuencia la agudización del problema económico-social; la prolongación por parte de la clase dirigente de una serie de paliativos para resolver este problema; y, finalmente, la creciente actividad de sociedades internacionales secretas, organizando una gran conspiración pan-europea con el fin de expulsar a los mongoles y restablecer la independencia de Europa. Esta colosal conspiración, apoyada por los gobiernos nacionales, —en la medida en que podían evadir el control de los funcionarios del Bogdijan—, fue preparada hábilmente logrando admirables resultados. En el momento fijado, se dio inicio al exterminio de los soldados mongoles, el exilio y expulsión de los obreros asiáticos. Unidades secretas de tropas europeas aparecieron repentinamente en diversos lugares, llevándose a cabo una movilización general de acuerdo a una estrategia previamente planificada. El nuevo Bogdijan, nieto del gran conquistador, se trasladó de China a Rusia, donde encontró su numerosa tropa completamente derrotada por el ejército europeo. Las fracciones dispersas regresaron al Asia, y Europa quedó liberada. Si la sumisión de medio siglo a los bárbaros asiáticos fue causada por la desunión de los estados europeos —ocupados tan sólo en sus propios intereses nacionales— la gran y gloriosa liberación se debió a la organización internacional de las fuerzas unidas de la población europea. Como consecuencia natural de este hecho, la antigua estructura del mundo constituida por estados individuales perdió su vigencia y trascendencia y los últimos restos de las antiguas monarquías desaparecieron poco a poco.


La Europa del siglo XXI aparece como la unión de mayor o menor número de estados democráticos: “La Unión de los Estados de Europa”. El exitoso avance de la cultura, algunas veces interrumpido por la invasión mogólica y la lucha de liberación, retomó nuevamente su curso con rapidez. Los problemas internos de la conciencia, como las preguntas sobre la vida y la muerte o el destino final del mundo y del hombre, se tornaron más complejos y confusos ante la multiplicidad de investigaciones y descubrimientos fisiológicos y psicológicos, permaneciendo como antes, sin solución. Se hizo patente un importante resultado, aunque de índole negativa: la decisiva caída de la teoría materialista. La concepción del universo como un sistema de átomos en movimiento o de la vida como resultado de la suma mecánica de pequeñísimas y móviles partículas de materia, eran ya totalmente insatisfactorias. La humanidad había superado para siempre este estadio de infancia filosófica. Se evidenció claramente que había quedado atrás la pueril credulidad de una fe ingenua e inconsciente. Aquellas ideas como “Dios ha creado el mundo de la nada”, dejaron de ser enseñadas en las escuelas primarias. En su lugar, se elaboró un nivel superior común, una visión de estas ideas, ante las cuales no se concede ningún tipo de dogmatismo. Y aunque la mayor parte de las personas pensantes permanecían totalmente incrédulas, los pocos creyentes —por necesidad—, se convirtieron en hombres pensantes, cumpliendo el mandato del apóstol: Sean niños en el corazón, más no en la mente (4).