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miércoles, 4 de mayo de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

“En la Avenida Isabel la Católica.”

Hace mucho tiempo que en la Inspección General de Policía se trabaja por averiguar de dónde partían las innumerables cartas que a diario se recibían en muchas casas de esta capital y de varias ciudades de la República, y a las cuales se acompañaban proclamas de carácter sedicioso y completamente antigobiernista. La investigación desde un principio apareció como muy difícil, y por más esfuerzos que hacían las Comisiones de Seguridad, todo hacía suponer un completo fracaso, pues los propagandistas trabajaban con gran habilidad.  En las sucursales y en la administración principal de Correos se había establecido una vigilancia especial, pero hasta el sábado anterior nada anormal habían notado los agentes.  El sábado pasado, uno de los detectives situados en la oficina principal de Correos, notó que un joven bien vestido se aproximaba al buzón y sacaba un legajo de cartas de debajo del abrigo, las cuales depositó manifestando cierto temor.  Repitió la operación en otro buzón, después de convencerse aparentemente que nadie había observado su presencia ni podría darse cuenta de lo que iba a hacer.  El agente de las Comisiones de Seguridad se encontraba, al parecer muy distraído, leyendo unos avisos del Correo.  Salió a la calle el joven y fue seguido por el detective, que no le perdió de vista, y así fue como lo vio penetrar al edificio donde se halla el Banco Montreal, en la Avenida Isabel la Católica.

Subió el desconocido al cuarto piso y se detuvo frente al despacho número 20, pero probablemente en esos momentos se dio cuenta de la presencia del agente, o lo que era lo mismo del individuo a quien había visto en el Correo leyendo avisos.  Entró en sospechas y continuó avanzando por el pasillo y después regresó tratando de descender, pero en esos instantes el agente lo detuvo y le manifestó que se considerara preso.  Al registrar al joven le encontró unas llaves que correspondieron al despacho número 20 y allí se encontró un mimeógrafo, unas máquinas rotuladoras de sobres, dos multígrafos y miles de hojas impresas, todas ellas de propaganda sediciosa.  Esto sucedió por contravenir las órdenes precisas de depositar las cartas de una en una en los buzones situados en las calles o edificios A Milo y sus compañeros los mantuvieron incomunicados por más de quince días. La policía los hacía aparecer como jefes del movimiento de resistencia en la República, por lo que muchos temíamos les aplicaran la ley fuga, especialmente para que no se aclarara lo infundado del triunfo que la misma policía se atribuía.  Por conducto de nuestro sistema de contraespionaje recibí una nota de Milo para que me escondiera, pues la policía tenía empeño en capturarme.

El mismo día El Universal Gráfico dio la siguiente noticia: Como resultado de las actividades que se han seguido desarrollando por los agentes, se esperan nuevas aprehensiones en toda la República relacionadas con la cuestión religiosa. En este sentido -dijo el señor Mazcorro-- el asunto tiene mucha cola y de un momento a otro habrá capturas sensacionales, según aparece por el curso de la investigación... Efectivamente, y aunque no nos fue autorizada oficialmente la versión, supimos que algún presunto culpable que quedaba pendiente en cierto escandalosisimo caso de hace como cuatro meses, ha sido localizado en un engranaje complicado que se atribuye a los miembros de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa y el atentado dinamitero de que fueron víctimas recientemente varias personas que acompañaban a un prohombre de la política.

Coincidiendo con la información, supimos trataban de justificarse: los jefes de la policía ante Calles y los suyos, pues bien sabían éstos que los fusilados en la Inspección no eran los ocupantes del Essex 10101, a excepción de uno o tal vez dos. Necesitaban víctimas para saciar el odio de Obregón y sus partidarios, quienes recelaban que tras las precipitadas ejecuciones escondiera Calles a los verdaderos culpables y que éstos hubieran actuado por motivos políticos y no religiosos. Supuesto esto, creyeron todos que mi vida peligraba, pues era evidente que el único medio de lograr la policía su objeto era matarme en el momento de la aprehensión, o al conducirme detenido, pues así podrían atribuirme declaraciones y hechos que satisficieran sus planes y que yo no pudiera desmentir. Llegaron estos rumores a oídos de los altos dirigentes del movimiento de resistencia y dos de ellos, el Maestro Pacheco y Alcorta," se presentaron en casa de Raúl pidiendo hablar a solas conmigo. Arq. José González Pacheco e Ing. Luis G. Alcorta, que fueron bárbaramente atormentados y mutilados, y con las manos amarradas con alambres de púas, arrojados al Gran Canal del Desagüe, el 2 de noviembre de 1932. Más de tres mil católicos fueron asesinados después de firmados los "arreglos" y la amnistía. (Nota del autor).

-La cosa es grave -me dijo el Maestro-:-; no sólo porque la policía busca efectivamente en quien descargar el golpe que a ellos mismos amenaza. También es posible que sepan a estas alturas cuáles eran tus actividades en relación con el Boletín de Guerra. Esto me dejó perplejo, pues además de rotular sobres en mi casa y enviar cartas por correo, tenía una delicada comisión. Cada tres o cuatro días, cuando me saludaba por teléfono una señorita, recorría a pie el Paseo de la Reforma, entre las glorietas de Rhin y Mississippi. En el trayecto me cruzaba con un joven, siempre el mismo, quien me daba un sobre cerrado con documentos que entregaba a Milo.

-Estos documentos -me dijo Alcorta- son copias de los partes que recibe la Secretaría de Guerra y Marina de todas las jefaturas de operaciones militares. Así estamos al tanto de los combates que se libran en la República. Es el secreto del éxito de nuestro boletín y el quebradero de cabeza de la Secretaría, pues suponen un formidable sistema de información y a todo trance tratan de dar con él para destruirlo.

-Si éste es el motivo de que te busquen con tanto ahinco-prosiguió el Maestro-, harán lo imposible por localizarte, y si lo logran te harán hablar a como des lugar: recurrirán a los tormentos o las drogas. También estamos obligados a velar por quienes nos proporcionan las noticias de Guerra, pues descubriéndose cómo las obtenemos varios de ellos perderían la vida.

Para mí, que esperaba confiadamente poder volver en unos cuantos días a la escuela y en otros más a la casa, todo aquello me trastornó sobremanera. Dijeron tener datos suficientes para temer por mi vida; me pidieron saliera con ellos, para llevarme a lugar seguro, donde recibiría noticias de mis padres y hermanos. Convencido por sus argumentos me despedí de Raúl y su familia. Abordamos un carro de alquiler que nos llevó a determinada calle. Nos bajamos, caminamos unos pasos y tomamos otro coche y seguimos por la calzada de Camarones. Dejamos el carro en una desviación y continuamos a pie hasta el rancho de una familia italiana.  Al ladrido de los perros dominó una voz preguntando:

-¿Quién va?

-Mi tío me espera, está muy gordo -contestó Alcorta.

-Un momento, ahora abro -respondió la misma voz del interior, y se oyó correr el cerrojo.

En la casa nos recibió Don Fortunato, italiano gordo y bonachón, quien nos presentó a su esposa y a su hija, las dos guapas e igualmente bondadosas. Hablaron con él mis acompañantes pidiéndole refugio para mí por algunos días, "pues necesitaba disfrutar de la paz del campo", le dijeron. Aceptó gustoso y nos hizo pasar para que saludáramos a Don Pepe, otro huésped a quien también habían llevado Pacheco y Alcorta. Me presentaron con él, igual que lo habían hecho antes con los demás, como Jorge y con este nombre me trataron. Don Fortunato me decía porque, por su peculiar modo de hablar. Desayunaba yo abundantemente a las seis. A las doce comía como nunca lo había hecho, sin dejarlos satisfechos por estar acostumbrados a comer en demasía. Todo con vino tinto a pasto, por lo que apenas daba gracias me iba a la huerta a tirar en una zanja cubierta de hojas y me quedaba en ella como víbora enconejada, casi siempre hasta las seis de la tarde, en que nuevamente nos llamaban para la merienda. Después don Fortunato rezaba el rosario en italiano, latín y español, haciendo una mescolanza de lo más pintoresca. Terminando nos dábamos unos a otros las buenas noches y a dormir. Los días eran eternos en aquella tranquila soledad, sin más preocupación que comer y digerir, sin más distracción que jugarle algunas bromas a Don Pepe, quien, según pude darme cuenta, era figura de importancia en el movimiento armado; algo así como consejero técnico, pues hizo la carrera de las armas en el antiguo Colegio Militar. Lo visitaban con frecuencia el Maestro, a quien conocían como Don Felipe, el Doctor Blanco y otros personajes con quienes discutía largamente.

Para mí era simplemente Don Pepe. Muy miedoso y neurasténico. Vivía en continuo sobresalto y me reía de él porque contaba los coches que pasaban durante la noche frente al rancho. Le preocupaba la existencia de una sociedad secreta denominada la U, la cual, con origen y sede en Morelia, trataba de apoderarse de la dirección de toda actividad de los católicos. Una vez se enfermó porque a eso de las nueve de la noche llamaron estrepitosamente con el aldabón. El pobre no sabía dónde meterse, y en camisón recorría los sitios en que pensó esconderse en caso de emergencia, sin decidirse por ninguno de ellos. Yo muy divertido lo veía ir y venir, mientras don Fortunato tranquilamente preguntó por un balcón:

-¿Quién va?

-¿Vive aquí el Sr. Pedroza? -preguntó el que llamaba.

-Anda y búscalo en el calendario -contestó Don Fortunato, y volvió a acostarse tan tranquilo; pero Don Pepe ya no durmió aquella noche.  Otra vez me despertó un ruido extraño y, bruscos movimientos en mi cama. Se trataba de un fuerte temblor de tierra. Busqué el apagador para encender la luz, pero habían cortado la corriente.  Llamé a Don Pepe y le dije: -"Despierte: está temblando"; pero el hombre no dio señales de vida y el temblor pasó. Volví a acostarme y de pronto Don Pepe empezó a exclamar angustiado:

-¡Jesús, Dios mío, misericordia!

-¿Qué pasa, Don Pepe?

-No tiente a Dios de paciencia -me respondió-: usted que podía hablar, en vez de encomendarnos a su Poderosa Majestad, tan sólo dijo sandeces. Entonces me di cuenta de que el miedo le trabó la boca durante el temblor, por lo que no chistó, ni hizo movimiento alguno.

Las visitas de Don Pepe y sus cosas no bastaban para quitarme la preocupación que tenía por los míos, por Milo, por los asuntos de la Confederación de Estudiantes Católicos, por mis estudios. Me desesperaba la respuesta de Don Felipe: "Todo va bien, no hay cuidado". Un día decidí salir del rancho y así lo manifesté al Doctor Blanco. Entonces cambiaron de actitud. Me trajeron noticias de mi casa. Me dijeron que la policía continuaba buscándome con tesón, y que a Milo lo sacaron tres veces por la noche de los sótanos; lo pararon junto a las siluetas del tiro al blanco donde fusilaron a los Pro e hicieron simulacro de fusilamiento instándole a que revelara como obtenía las noticias para el Boletín de Guerra, y cuál era mi participación.

La noche de su aprehensión lo golpearon bárbaramente, con rabia. Lo registraron minuciosamente. Voltearon dedo por dedo sus guantes de trabajo y revisaron minuciosamente su calzado; pero no obstante esto, y sólo como milagro podíamos considerarlo, no tocaron su cartera que llevaba en la bolsa, de lo que ni él mismo se dio cuenta, hasta que por la madrugada, cuando todo maltrecho pudo tirarse al suelo, sintió que algo duro lo molestaba sobre las carnes golpeadas. Era su cartera con todas las cosas que en ella tenía. Pidió ir al sanitario, y allí, con guardia de vista, fue arrojando a la taza, pedazo a pedazo, su directorio de imprentas y colaboradores, y varias otras cosas que en manos de la policía hubieran sido fatales para el movimiento.  Mazcorro dijo:

-"Este se parece al ingeniero Segura en lo macho, pero hablará" --cosa que no logró a pesar de las infamias que con él hicieron.  Mucho disgusto me dio saber que Álvaro Basail -el agente más encarnizado en la persecución de los católicos- se instaló en casa de Milo, a la cual entraba sin previo aviso, haciendo uso de su llave, y por días se dedicó a mortificar a la madre de Milo.



-Ya que matemos a su hijo verá cómo vienen las viejas beatas por la sangrita -le decía Basail-. ¿No sabe usted que Anita Pro me está muy agradecida porque yo hice santos a sus hermanos? Fíjese que el Padre viene todas las mañanas y le deja en el buró un altero de pesos para el gasto.