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martes, 17 de mayo de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”


 HACIA COLIMA


Luego, cambiando de tono continuaba:

-Mire, señora, ¿cómo quiere usted que creamos que su hijo, tan joven, sea el responsable de todo? Sabemos que tiene un jefe y no es justo que este pobre muchacho pague por él. Deme su nombre; le doy mi palabra de honor que nadie lo sabrá y pondré inmediatamente a su hijo en libertad.

Repetía y alternaba esos argumentos y las amenazas por horas enteras, mientras la madre de Milo aseguraba no saber de los asuntos en que andaba su hijo. Pensé que esto mismo podría ocurrir a mi madre si me apresaban y consentí en esperar el día en que pudiera salir. Raúl hacía gestiones para que fuera a la Universidad de Lovaina, Bélgica, aprovechando una beca que trataban de obtener para mí. Don Felipe pensó que yo podría formar parte de una comisión de mexicanos que iba a recorrer Europa dando conferencias sobre la situación religiosa, colectando dinero para la causa y viendo la forma de obtener armas y parque en Bélgica, Francia o Alemania. Llevaba más de un mes en el rancho y ya todo me empujaba fuera de allí. Un día, ante el azoro de Don Pepe y con la venia de Don Fortunato, me fui a campo traviesa, con la ropa de mezclilla que allí gastaba. Llegué a la calzada de Tacuba y de allí a casa de mi madrina, a la cual frecuentaba relativamente poco, y la consideré segura por esta circunstancia; pero no esperaba yo el pánico que mi presencia les causó. Por mi madre sabían que me buscaban activamente y me suponían muy lejos, en lugar seguro.

Trabajo me costó persuadirlos de que tomé toda clase de precauciones y nadie conocía mi paradero. Mayor dificultad tuve en que accedieran en ir a decirle a mi madre que con las debidas precauciones fuera a verme. Me hicieron prometer que mientras tanto no saldría de una pieza interior. La mañana siguiente desperté con la sensación de que alguien me miraba y pude ver, sentada junto a mí, a mi madre, la que de madrugada había salido a buscarme, cerciorándose en la soledad de las calles de que nadie la seguía. Pasamos juntos el día felizmente. Desde entonces no he vuelto a verla y temo no volver a estar con ella. Me dio noticias de los de casa, de mis amigos, de las muchachas que nos frecuentaban. Todos se habían portado bien con ellos, aun cuando muchos temían aproximárse les y algunos hasta saludarlos. Insistió en el peligro, diciéndome que la casa estaba constantemente vigilada, y que en varias de las partes que yo frecuentaba habían hecho pesquisas disimuladas o abiertas. Ella quería que me fuera lejos, donde estuviera seguro. Al oscurecer se despidió de mí, Yo regresé al rancho, satisfecho de mi escapatoria.

Don Pepe me recibió indignadísimo, pues según él, por mis imprudencias arriesgaba al mundo entero. Después supe que sus nervios se debían a que durante mi ausencia habían dicho a la esposa de don Fortunato por teléfono:

-Tía, habla tu sobrina, no vayan a hablar para la casa.

-Está bien -contestó la señora y colgó el audífono; pero después se preguntaban quién habría hablado y qué habrían querido decir. Que yo sepa, esto no se averiguó nunca.

Por la tarde llegó Don Felipe con el Doctor Blanco, alarmadísimos por mi salida. Me reprendieron enérgicamente, y me conminaron a no volver a intentarlo siquiera; repitieron lo que tantas veces había oído acerca del peligro inmediato que mi aprehensión significaba, no sólo para mí sino para un sinnúmero de personas que imaginaban quedarían descubiertas al "coger el hilo de una pista rica en tremendas revelaciones". Muy molesto me fui a dormir, y no pude conciliar el sueño, y entre los ronquidos de Don Pepe pensé en irme con los cristeros al cerro, donde pudiera moverme con libertad. Me contrariaba el que nunca hubiera disparado un arma, ni casi montado a caballo; pero para algo he de servir, me dije, y me consolé con esta idea.

A FINES DE ABRIL DE 1928 SALÍ HACIA COLIMA, abordando el tren en una pequeña estación, pues el temor de que fuera reconocido no abandonaba a los que eran mis jefes dentro del movimiento de resistencia. Llevaba la representación de la Liga Defensora de la Libertad para los asuntos relacionados con la coordinación de los diversos grupos que operaban aisladamente. Venían a bordo el Centavo, deseoso de ayudar a los que luchaban por tan justa causa, y Juan, un cristero que había ido a informar y recibir órdenes. Transbordamos en Guadalajara y entramos en la zona peligrosa por lo vigilada. En el tren nos interrogaron por separado acerca del objeto de nuestro viaje y destino del mismo. Especialmente minuciosos fueron con Juan, a quien ordenaron no abandonar el carro sin previo consentimiento del jefe de la escolta. Esto nos preocupó, pues ignorábamos qué podía motivar su desconfianza. Temíamos lo hubieran reconocido, pues tenía meses de andar levantado en armas, y con arrojo tomó parte en numerosos golpes de mano y combates con callistas, y había ocupado muchos pueblos y rancherías. Aparentamos habernos conocido a bordo y después del incidente nos separamos; pero era indudable que también estábamos en entredicho el Centavo y yo.

Por la noche pasó Juan junto a nosotros y nos ordenó saltar del tren cuando aminorara la velocidad. Nos fuimos al carro posterior y esperamos con ansiedad el momento oportuno. Temíamos quedar separados de Juan, por lo que nos colocamos en la plataforma para verlo a través de la puerta. Oímos el silbato repetido de la máquina, a la que aplicaban frenos. Juan se dirigió a los sanitarios, pero pasando de largo abrió rápidamente la puerta y salió hacia la plataforma anterior a la nuestra. En ese momento dije al Centavo: -¡ahora! -y nos lanzamos. Rodé cuesta abajo por el terraplén, y me detuve en seco contra el tronco de un árbol. Sosteniéndome de éste me puse en pie; tenía la boca llena de tierra que escupí con violencia, las rodillas doloridas y grandes escoriaciones en la cara y palma de las manos. Ya lejos se distinguían aún los fogonazos de la locomotora y una hilera de luces. Un momento después todo quedó en tinieblas y se escuchaban sólo los ruidos del campo. Con trabajos ascendí hasta la vía y me senté en los rieles. Un silbido me indicó la proximidad de Juan y momentos después estábamos reunidos los tres. El Centavo, menos afortunado, había caído en un zarzal y lo aquejaban las espinas enterradas, que fue sacándose en la oscuridad como pudo. Nos pusimos en camino siguiendo la vía del tren. A poco andar distinguimos las luces de la estación y el caserío. Rodeamos para no tocar ni una ni otro, y regresamos a la vía, que recorrimos por espacio de unas tres horas. Hicimos alto y esperamos el día hundidos en una zanja donde dormitamos, hasta que la claridad fue precisando el lugar donde nos encontrábamos.

Bajo la dirección de Juan volvimos a emprender la marcha, ahora alejándonos de la vía del tren. Estábamos en la zona de nadie, creadla por los callistas con sus bárbaras órdenes de reconcentración. Encontramos algunas rancherías incendiadas, sin alma viviente. En una de ellas nos detuvimos a tomar agua y nos tiramos a descansar. Reanudamos la marcha, pero el hambre hacía que las piernas me flaquearan. Más adelante pudimos comer tunas que nos reconfortaron bastante, aun cuando nos dejaron las manos doloridas por las espinas.

Al obscurece r distinguimos las luces de un caserío y a él nos dirigimos con precauciones, pues no hubiéramos podido justificar nuestra presencia ni nuestro destino, en un interrogatorio de la policía callista. Afortunadamente eran ya terrenos recorridos por Juan, quien nos llevó a la casa de uno de los contactos de los cristeros. Comimos gordas de maíz, con chile y arroz, y nos acostamos a dormir en petates sobre el suelo. Al día siguiente desperté temprano; Juan y el dueño del jacalito charlaban en voz baja. Poco después llegó un ranchero alto y enjuto de carnes. Informó a Juan de los contingentes callistas que había en las cercanías y le dio noticias del campamento cristero. Una muchacha campesina, fresca y sana, nos trajo de almorzar. De su canasta, cuidadosamente cubierta con un paño, extrajo sus provisiones, que comimos con deleite. Al atardecer nos dispusimos a partir. Allí se nos unieron dos hombres más. Debíamos llevar cada uno un fardo; a mí me dieron uno con medicamentos que pesaba menos. Llevábamos además unos chalecos tapizados de balas de máuser. A poco andar uno de los rancheros se dirigió a un promontorio de rocas y extrajo tres pistolas españolas y una escuadra; como no había para todos, el Centavo prefirió ser él quien permaneciera desarmado. Seguimos a campo traviesa por mucho tiempo, descansando los fardos a ratos.

-Si se anima podemos seguir un tramo de carretera -dijo uno de los peones a Juan.

- ¡Pos pa luego!

A poco estábamos en un camino de herradura muy accidentado, pero a pesar de todo más cómodo que el campo abierto. 
Pasábamos por un bosquecillo cuando nos cruzaron dos hombres que se iluminaban con sendas linternas.

-¿A dónde van?

-¿Y a ti qué te importa? -contestó Juan.

-Soy el secretario del Comité Ejidal.

-Descansado oficio; pero ahora déjanos en paz. Intentamos seguir, pero el secretario se interpuso y Juan le dio un empellón y lo arrojó al suelo. Todos sacamos las pistolas; desarmaron a los dos ejidatarios y nos hicimos de dos magníficas Para Bellum con su dotación. Los colocaron espalda contra espalda; les amarraron manos y pies con sus propios cintos, y los arrojaron al fondo de una zanja y proseguimos la marcha. Entramos en un bosque y seguimos una veredita que clareaba en la noche. Vadeamos un arroyo y comenzamos a ascender, entre árboles. El terreno cubierto de hojas de pino era resbaladizo y la subida fatigosa.

Llegamos a un acantilado y mientras buscábamos la salida oímos pasos que se acercaban rápidamente. Juan sacó su pistola en los momentos en que lo iluminaban con una linterna y una voz gritó:

-¡Alto, muchachos! Es gente nuestra.

Inmediatamente nos rodearon; cambiamos saludos con los recién llegados. Era un grupo numeroso, bien armado. Juan se identificó como el mayor Filiberto Ramírez y ellos nos invitaron a pernoctar en su campamento. Hacia las cuatro de la mañana llegamos a una ranchería fortificada. Los perros ladraban furiosamente. Los centinelas nos seguían con la vista. Tocaron una puerta. Poco después una voz de mujer preguntó:

-¿Quién es?

-Abre, Chepa.

-Voy, nomás me tapo. 

La puerta se abrió y entramos. Era la cocina.

-¿Está Efrén en el campamento? -preguntó el mayor.

-Al clarear lo tendremos aquí.

Dejamos los bultos, nos quitamos los chalecos con parque y nos sentamos a comer un taco. Después nos fuimos a dormir sobre el heno del pajar. Entrada la mañana vino el asistente a despertamos y nos llevó ante el mayor Efrén Tejeda, jefe del cuartel. Su nombre me era familiar, pues a fines de 1926 había estado en México a solicitar elementos para la resistencia armada. Alto, delgado, de movimientos seguros, llenos de dignidad y gracia varonil. Afectuosamente saludó al mayor Ramírez, quien me presentó con él y le habló de la misión que yo llevaba, la cual le pareció oportuna, pues aisladamente ya los grupos libertarios eran fuertes, estaban bien armados y la disciplina se observaba marcialmente, pero era necesario coordinar las operaciones. Por la noche nos reunimos en la cocina que resultaba la pieza más agradable por el calor del fogón; allí comían cuando estaban en el campamento. Recordé al mayor Tejeda su estancia en la ciudad de México.

-¡Qué tiempos aquéllos! -exclamó el mayor-: los recuerdo como pesadilla. Me levanté en armas, no sólo por combatir la tiranía callista, sino como único medio de salvar la vida, pues echaron ojo a mi huerta de naranjos y mis animalitos, y me acusaron de hacer labor subversiva. La hacían consistir en que en mi casa rezábamos diariamente el rosario todos los que para ella trabajábamos. Del rancho nos fuimos cinco, yo con dos pistolas y mi escopeta de caza y no más de diez cartuchos para cada arma. Quien ahora nos ve, no puede imaginarse por las que pasamos. En los primeros encuentros con los pelones (soldados), nosotros, sin armas ni pertrechos, corríamos a refugiarnos entre los árboles, mientras ellos disparaban ininterrumpidamente, sobre todo lo que veían moverse, y aun al aire para infundirnos temor. Después entraban a nuestras rancherías, allanando los hogares, cometiendo tropelía y media con las mujeres que en ellos quedaban; al partir prendían fuego a las chozas; se llevaban el ganado y todo cuanto encontraban. En los templos apuñalaban las imágenes, cargaban con ornamentos y vasos sagrados. Las llamadas defensas rurales pronto extendieron los incendios hasta rancherías alejadas de nuestro campo de actividad; quemaron los pastos y prendieron bosques. El humo y las llamas se veían desde muy lejos, en todas direcciones. Parecía que los callistas no tenían más ley que la crueldad, el robo y la lujuria. Fueron desapareciendo las florecientes rancherías y las familias sin hogar huyeron al monte, en busca del amparo incierto de los libertadores.

Los hombres mayores cavaban trincheras y peleaban con rabia contra los callistas. Se ingeniaban en tenderles celadas y hacerles el mayor daño posible, arriesgándose hasta la temeridad, pues en ocasiones grupos de ocho o diez hombres atacaban columnas de más de doscientos guachos, y lograban arrebatarles pertrechos y provisiones, Los muchachos nos proveían de agua y comestibles y llevaban alimento a los que peleaban; las mujeres se alojaban en los lugares más inaccesibles, fuera de la zona de posibles combates y vivían en cuevas de los montes o diminutas chozas en los bosques. En ocasiones los callistas tomaban la ofensiva organizando batidas en gran escala, con lujo de fuerza. Entonces las mujeres, ancianos y niños iniciaban el repliegue hacia lo más espeso de los bosques o lo intrincado de las montañas o en las partes más hondas de las barrancas.

-Pero también entonces les sonábamos -dijo Adalberto, Platíqueles, jefe, cómo en Montitlán se volvieron caminando como perico en empedrado.

-Así es -repuso Efrén-. A tiempo supo Norberto Cárdenas que de Colima salía el general Talamantes al frente de las tropas disponibles en el Estado, además de los agraristas que componían las defensas rurales y los gendarmes de la capital. Mandó pedir refuerzos a los cristeros de otros campamentos; pero sin esperarnos, salió al encuentro de los callistas que acamparon en la ranchería de Montitlán, donde en un tiempo estuvo nuestro cuartel. Tomó ventajosas posiciones, pese a la densa oscuridad, pues conocía al dedillo el lugar. Al amanecer los tenía sitiados. Un j Viva Cristo Rey! fue la señal de ataque y rompieron fuego al unísono.

Los callistas tomaban providencias para reanudar la marcha, sin sospechar su presencia, pues los hacían lejos, cerro arriba. El desconcierto en sus filas fue tan tremendo, que los agraristas y gendarmes huyeron en todas direcciones llenos de confusión, abandonando su impedimenta. Los soldados, aullando de rabia, organizaron la defensa, sin más protección que los surcos de un cañaveral. Tenían dos horas de pelear, sin que la suerte se definiera, cuando llegamos los del campamento de Caucentla. Los callistas se replegaron para hacer frente al nuevo enemigo, por 10 que pudimos aproximarnos e incendiamos el cañaveral que les protegía. En un desesperado esfuerzo los soldados rompieron el sitio y emprendieron la retirada. Se reorganizaron en Higuerillas, donde aprovechando las buenas condiciones del lugar se hicieron fuertes. Los atacamos de nuevo allí, mientras otros levantaban el campo de Montitlán, y nos hicimos de gran cantidad de cartuchos, rifles y hasta de ametralladoras, así como animales, provisiones y vestimenta.