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jueves, 12 de mayo de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS

El Episodio Leonés

Si alguna vez he deseado tener el estro del viejo Homero a mi disposición, es ahora, que comienzo a relatar este episodio de la Epopeya Católica, que escribieron con su sangre en honor y homenaje a Cristo Rey, los jóvenes mártires de la ciudad de León, en Guanajuato.

No creo que bastaran los rotundos endecasílabos y las octavas reales de nuestra lengua hermosísima de Castilla; eran necesarios los hexámetros heroicos del cantor de Eneas y sus dioses lares, para revelar a las páginas de la inmortal historia, la sencillez sublime de las almas de esa juventud, que a la voz del deber, sin otro interés que glorificar a Dios, a su Cristo y a la Inmaculada Virgen del Tepeyac, y oponerse como un dique de rosas perfumadas por la virtud y el honor, a la devastadora corriente del ateísmo comunista que avanzaba destrozando y ahogando en fango las ruinas de la patria mexicana, se ofrendaron heroicas al martirio.Doña Martina Gallardo viuda de Valencia, originaria de Cotija de Michoacán, era una de esas señoras chapadas a la antigua; una de aquellas madres mexicanas, a la que se le podía aplicar con toda verdad, la endecha que Gabriel y Galán cantaba de su propia madre y de su esposa: "¡El ama era una santa. . .! Me dicen todos, cuando me hablan de ella.

— ¡Santa, santa! —me ha dicho El viejo señor Cura de la aldea. Aquel que le pedía Las limosnas secretas, Que de tantos hogares ahuyentaban Las hambres y los fríos, y las penas".

A principios del siglo perdió a su esposo don Felipe, y con él. el fuerte apoyo de su vida, tanto en la parte económica como en la tarea de educar al único hijo José, pequeñín que comenzaba apenas a alegrar con sus balbuceos aquel hogar cristiano. Pero doña Martina era una valiente mujer y tenía un alma de apóstol, y supo encontrar el modo de satisfacer sus dos anhelos, educar a su hijo y hacer el bien a otros muy necesitados por cierto en aquellos días, estableciendo una escuelita de primeras letras en el poblado de Buenavista; con ella al mismo tiempo que sostenía en lo económico su modesta existencia, formaba los corazones tiernos de los niños, compañeros de su José, en los rudimentos de la cultura humana y principalmente en amor , y temor de Dios y el conocimiento de nuestra santa religión.


José aprendió al lado de su madre, principalmente a ser buen cristiano, y luego a leer, escribir y contar. La buena señora no podía darle más, aunque esto era suficiente para hacer de él un hombrecito cabal. Por los buenos auxilios de un amigo cariñoso de su familia, el padre D. Miguel de la Mora, sacerdote de Guadalajara, que llegó a ser el ilustre Obispo de Zacatecas y de San Luis Potosí, pudo doña Martina enviar a su hijo, a los nueve años de su edad, a la escuela del "Orfanatorio del Sagrado Corazón" de la capital de Jalisco, en calidad de interno. José llevaba de su casa materna dos recuerdos que nunca se borraron de su memoria: el primero, cuando a la edad de cuatro años su buena madre lo llevó a la iglesia parroquial y ambos de rodillas, ante las gradas del altar, la señora lo consagró a Dios y su Madre Santísima, con estas palabras que se han conservado: "Señor mío Jesucristo, os ofrezco así como a vuestra querida Madre María, este querido fruto de mi seno. Vedlo, Señor mío y Dios mío; os lo devuelvo con todo mi corazón, tal cual me lo habéis entregado...lo único que os suplico, la única gracia que me atrevo a pediros es que os dignéis recibir a este pequeñito, bañado con mis lágrimas y con vuestro santo bautismo, en el número de vuestros servidores y de vuestros amigos, y que le deis vuestra santa bendición".


¡Dios le tomó la palabra a aquella madre cristiana! El segundo recuerdo fue el del día de su primera comunión, en que ya el mismo José renovó con pleno conocimiento esa consagración que había hecho de él su madre a Jesús Sacramentado. José desde aquel día se consideró siempre vasallo de Cristo Rey y de su Reina y Madre. A los quince años volvió de Guadalajara a Buenavista, con el intento de substituir a su buena y vieja madre, en el cargo de profesor de escuela, para poder ya sostenerla él por su propio trabajo. Pero obtuvo ese puesto en una escuelita del pueblo cercano de Los Reyes. Era demasiado joven para poder durar mucho en el cargo difícil de adiestrar muchachos y a los dos años, alguna persona amiga le consiguió un puesto de secretario de un juzgado. Tampoco aquí duró mucho, porque su honradez y rectitud le granjeó no pocos enemigos en medio de aquella administración de justicia, llena de tantas lacras. Se hizo entonces agente viajero, mas las continuas y largas ausencias que, en virtud de su oficio, le apartaban de su ancianita madre, le pesaban en el alma, y logró establecer una tienda de comestibles. Un alma tan suave y caritativa como la de José, no estaba hecha para las lides del comercio, y poco a poco sus continuas dádivas y préstamos, nunca recobrados, a los pobres y hambrientos, lo pusieron al borde de la ruina. Su madre le convenció que debía traspasar la tienda antes de perderlo todo, y buscó en los campos petroleros de Tampico un acomodo, que tampoco encontró y nuevamente por algunos meses se puso a servir al Gobierno, que ya comenzaba a dar los primeros pasos en la senda roja de la conspiración comunista.


Los numerosos ratos de ocio, que deja siempre a los burócratas del gobierno su fácil trabajo, José los dedicaba con ahinco a la acción católica. No podía olvidar que su misión en la tierra era servir a Cristo Rey. Enseñaba el Catecismo a los niños, se hizo miembro de la Adoración Nocturna y reanudó con nuevo ardor y empeño sus labores en la A.C.J.M., entrando por primera vez en la liza del periodismo católico, con un periodiquito Lumen, órgano de los acejotaemeros de Tampico. Ofreciéronle por entonces la dirección de la escuela oficial de Ébano, pueblo un poco retirado de Tampico, en los confines de San Luis Potosí, y la aceptó con gusto porque algo que le llegaba al fondo mismo de su corazón, era el contemplar el estrago que causa en el alma de los hijos de nuestro pueblo humilde, la escuela laica; y él, en aquel puesto, podía contrarrestar de algún modo aquellos males. Como el sueldo era bueno, pudo llamar a su lado a la anciana madre, de la que era el único sostén. El porvenir parecía sonreír a ambos. José tenía un trabajo ímprobo como profesor, pues regenteaba de día la escuela para los chicos y de noche la de obreros y adultos.

Sin embargo, todavía se daba maña para ocuparse de lo que era su ideal de siempre, el apostolado social cristiano, tan necesario en aquella aldea en que por la falta de sacerdote, las ideas comunistas habían encontrado campo propicio donde florecer, entre los obreros de una fábrica de la localidad. Con los más jóvenes de entre ellos, todavía no envenenados con el mortífero virus rojo, fundó un grupo de su querida A. C. J. M. El día de su inauguración, en una sencilla velada, José Valencia Gallardo expuso en un vibrante discursillo los bellos ideales de la asociación, consistentes en la restauración social de la patria mexicana, por el Cristianismo. Aquello fue una puñalada en medio del pecho para las autoridades de Ébano y el líder rojo de la fábrica, quienes juraron detener aquel ímpetu restaurador. Y pocos días después, los obreros rojos se dirigieron al profesor, con la complicidad del Alcalde, para pedirle los salones de la escuela, en donde celebrarían un mitin rojo seguido de un baile. José, naturalmente, se rehusó a concederlo, y los rojos, que ya preveían esto, se lanzaron sobre el "fanático profesor", y lo sacaron entre golpes y denuestos a las afueras del pueblo, para saciar en él su venganza. Tuvieron lápida noticia de lo que pasaba los buenos vecinos de Ébano, que estimaban al joven maestro, y reuniéndose un buen número, salieron también armados de palos y piedras para rescatarlo. Los cobardes rojos al  ver venir sobre ellos a los católicos, se pusieron en vergonzosa fuga y abandonaron a José, todo maltrecho y ensangrentado por los golpes que le dieran.


El dueño de la fábrica, un norteamericano protestante, pero honrado y comprensivo, indignado por aquel motín de sus obreros, no paró, hasta saber el nombre de los que de entre ellos habían tomado parte y los despidió vergonzosamente, lo que añadió leña al fuego. Desde aquel entonces la vida se hizo imposible para José y su buena madre, en Ébano. Los obreros rojos no perdían la ocasión de apedrear pollas noches su pobre morada, y cierto día en que José regresaba de Tampico a donde había ido a dejar a doña Martinita, quebrantada su salud seriamente por tantos sustos y alarmas, esperaron en la estación al maestro los rojos y volvieron a golpearlo tan seriamente, que desde entonces quedó lastimado de la vista, y se vio obligado a usar anteojos para el resto de su ya corta vida. Recobrada un poco la salud de la anciana, ésta sin consultar a nadie, se dirigió a San Luis Potosí para exponer la terrible situación de su hijo a aquel antiguo y dignísimo amigo de la familia, el ya entonces Obispo de San Luis, Monseñor de la Mora, quien no tardó en encontrar para el adalid cristiano de Ébano, el cargo de Director del "Colegio Católico" en la Ciudad de León, de Guanajuato.

Allá lo esperaba Dios para coronarlo de gloria. Tantas peripecias, tantas luchas, tantos cambios de localidad y de profesión, no eran sino los caminos inescrutables de la Providencia Divina para llevar a José Valencia Gallardo, ya fogueado en la lucha por Cristo Rey, al lugar de su martirio y la exaltación de su verdadera gloria. Valencia Gallardo ya encontró en León, establecido y vigente, un grupo de su querida A.C.J.M.: ni era menos de esperar en una ciudad, que como ella, se ha distinguido siempre por la piedad y fervor católico de sus habitantes. Y desde luego dio su nombre y adhesión al grupo, que le recibió contentísimo y satisfecho no como a un novato, sino como a un acejotaemero veterano en las lides del catolicismo social. Pronto al compañerismo que unía a todos aquellos jóvenes, se agregó una íntima amistad con dos de ellos, de tan relevantes cualidades y  carácter tan semejante al de José, que forzosamente tendrían que unirse en las mismas empresas, como en sus mismos ideales: Ezequiel Gómez y Salvador Vargas. Gómez era un emigrado mexicano que pasó su niñez al lado de su familia en Indian Harbor, E. U., a donde llegaron en busca de mejores condiciones de vida el año de 1919, cuando la revolución carrancista y sus consecuencias habían hecho tan dura y difícil la existencia de los trabajadores honrados en nuestro suelo. Lejos de la patria, ensombrecidos sus días por la nostalgia de aquel tan lejano rinconcito de la tierra mexicana que los vio nacer, en medio de hombres de otra lengua y otro credo religioso, que Ezequiel Gómez. viven entregados con ardor y habilidad innegable a la conquista de los bienes materiales de este mundo, los Gómez procuraron defender y conservar su fe católica y el amor a la Madre Excelsa de los mexicanos, Santa María de Guadalupe, y al mismo tiempo trabajar en busca del sustento de su vida corporal. Ezequiel contaba diez y nueve años de edad y encontró trabajo como aprendiz en un taller de fundición, en donde con la habilidad innata de los hijos de nuestro pueblo, pronto estuvo al corriente de todo el mecanismo de las labores, y unido esto a su seriedad, honradez y constancia en el trabajo le granjearon la confianza y admiración de los jefes norteamericanos del taller y lo hicieron mayordomo de él.