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jueves, 5 de mayo de 2016

LE DESTRONARON - Del liberalismo a la apostasía La tragedia conciliar.

CAPITULO XXV
EL ESPIRITU DEL CONCILIO


¡Cuántos equívocos y orientaciones heterodoxas se hubieran podido evitar si el Vaticano II hubiera sido un Concilio dogmático y no un Concilio que se dijo pastoral! Ahora bien, cuando se examinan las sucesivas redacciones de los documentos conciliares, se ven las orientaciones que ellos expresan. Permitidme indicar algunas.

El Sacerdocio de los fieles
Por cierto, Lumen Gentium distingue entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial de los sacerdotes (N° 10). Pero, a continuación, el texto trae largas páginas que hablan del sacerdocio en general, confundiendo los dos, o haciendo del sacerdocio ministerial una función más del sacerdocio común (N° 11).

Exaltación de la conciencia por encima de la ley
De igual manera, se dice, por cierto, que el hombre debe someterse a la ley de Dios (Dignitatis Humanæ, N° 3). Pero, de in-mediato se exalta la libertad del hombre, la con-ciencia personal (N° 3), se llega a sostener la objeción de conciencia (ibid. N°3) de manera tan general, que es falsa: “El hombre no debe ser constreñido a obrar contra su conciencia.” Ahora bien, eso no es cierto más que para una conciencia verdadera o para una conciencia invenciblemente errónea. El resultado es una tendencia a poner la conciencia por encima de la ley, la subjetividad por encima del orden objetivo de las cosas; cuando es evidente que la conciencia debe conformarse a la ley.

Definición liberal de la verdad
De igual manera, continuamente, de modo especial en la Declaración sobre la Libertad Religiosa, se repite que no hay que forzar ni ejercer coacción (Gaudium et Spes, N° 59, Dignitatis Humanæ, N° 1, 2, 3, 10). La libertad se define como la ausencia de coacción. Ahora bien, es evidente, que no hay sociedad sin la coacción física de las penas, sin la coacción moral del temor de las penas que encierran las leyes. Si no, es la anarquía. Además, Nuestro Señor no es el último en usar la coacción. ¿Qué coacción moral más fuerte que la de esta frase: “Quien no crea será condenado” (Marc. 16, 16)? El Infierno pesa sobre las conciencias, eso es un bien, y es una coacción. De ahí que existen buenas y saludables coacciones.

Confusiones e incoherencias
Además, no se distingue en la Dignitatis Humanæ entre los actos religiosos exentos de coacción por parte del Estado; ¡sería preciso distinguir los actos internos y externos, privados y públicos y no atribuir a todos la misma libertad (Cf. N° 2)! ¡En un país católico, es evidente que se tiene el derecho de impedir la manifestación pública de los falsos cultos y poner límites a su propaganda! Si verdaderamente el Estado, no tiene el derecho de intervenir en materia religiosa, entonces los padres tampoco tienen el derecho de transmitir y de imponer una religión a sus hijos. Si se generaliza la libertad en materia religiosa, sin ninguna distinción, ¡se llega al absurdo!

Tendencia al indiferentismo religioso
Afirmar que todas las religiones son caminos hacia Dios, o que el Estado no está calificado para hacer un juicio acerca de la verdad de tal o cual religión, es decir necedades tales que confinan con la herejía llamada indiferentismo: indiferentismo del individuo o del Estado respecto a la verdadera Religión. Ahora bien, es innegable que el Concilio manifiesta este indiferentismo o una tendencia hacia él. Exaltando la conciencia individual, los valores espirituales y los valores salutíferos de las otras religiones (Nostra Aetate, N° 2; Unitatis Redintegratio, N° 3; Dignitatis Humanæ, N° 4) se fomenta el indiferentismo individual. Profiriendo incongruencias inauditas, como hizo Mons. de Smedt acerca de la incompetencia del Estado para juzgar la verdad religiosa, y, en definitiva para reconocer al Verdadero Dios, se propaga el indiferentismo y el ateísmo del Estado.

Se ven los frutos de este espíritu y de estas doctrinas deletéreas: entre los católicos, ya nadie sostiene que en los países católicos, el Estado deba reconocer la verdadera Religión, secundarla con sus leyes, e inclusive impedir la propagación de las falsas religiones. ¡Ya nadie lo hace! Ahora bien, si, por ejemplo, Colombia era en 1966 todavía un país al 95% católico, se debía a que el Estado en su Constitución prohibía la propagación de las sectas protestantes, lo cual significó una ayuda inapreciable para la Iglesia Católica. Al proteger la fe de los ciudadanos, estas leyes y estos jefes de Estado habrán contribuido a llevar al Cielo a millones de individuos, que tendrán la vida eterna gracias a esas leyes y únicamente gracias a ellas. Pero ahora en Colombia, se acabó. Esta ley fundamental fue suprimida a instancias del Vaticano. ¡En aplicación de la libertad religiosa del Vaticano II! Actualmente las sectas pululan, y esos pobres hombres simples están desarmados ante la propaganda de las sectas protestantes repletas de dinero y de medios que vienen una y otra vez sin cesar, para adoctrinar a los analfabetos. No invento nada. ¿Acaso eso no es una verdadera opresión protestante y masónica de las conciencias? A esto llega la pretendida libertad religiosa del Concilio.

Tendencia al naturalismo
En el capítulo V de la Gaudium et Spes acerca de las relaciones internacionales, las organizaciones internacionales, la paz y la guerra; encontramos allí casi ninguna preferencia a Nuestro Señor Jesucristo. ¿Acaso puede el mundo organizarse sin Nuestro Señor Jesucristo, tener la paz sin el Princeps pacifer? ¡Es imposible! En cambio, el mundo está sumergido en la guerra y en la subversión, ante todo, porque está hundido en el pecado. Es preciso primero darle la gracia de Jesucristo, convertirlo para Nuestro Señor. El es la única solución al problema de la paz en el mundo. Sin El, se habla en el vacío. Mons. Hauptmann, Rector del Instituto Católico de París, presidió la comisión de redacción de este texto. Esta comisión se reunió con protestantes, en Suiza, con el fin de que este capítulo pudiera agradar y conmover al mundo internacional. Con eso ¿cómo llegar a algo sobrenatural y impregnado por Nuestro Señor Jesucristo?


Limitaré a esto mi enumeración. No digo que todo sea malo en este Concilio, que no haya algunos bellos textos que merezcan ser meditados; pero afirmo, con las pruebas en la mano, que hay documentos peligrosos e incluso erróneos, que demuestran tendencias liberales y modernistas, que luego inspiraron las reformas que ahora echan por tierra a la Iglesia.