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jueves, 26 de mayo de 2016

La Santa Rusia

JUSTIFICACION DEL ESLAVOFILISMO POR LA HISTORIA

La historia justifica el eslavofilismo y la misión de Rusia. Las Memorias sobre la Historia universal tienen esta finalidad. Para escribirlas, echó mano de todas las ciencias de su época. Pero la idea directriz sigue siendo la vida humana, que Khomiakov considera desde un triple punto de vista:

La religión, la raza y la lengua.

La Religión En la base de su estudio de las religiones, Khomiakov sienta el siguiente principio: "su carácter (el de cada religión) se determina no por el número de dioses ni por el rito de los cultos, ni tampoco por las categorías de la razón, sino por las categorías de la voluntad, la libertad o la necesidad: constituyen ese principio secreto en torno al cual, bajo diferentes formas, se concentran todos los pensamientos del hombre. En la lengua de la religión, que transporta al cielo invisible las leyes que dirigen el mundo visible y su señor, el hombre, la libertad se expresa por la creación, y la necesidad por la generación". Todas las religiones encierran en sí, de una forma u otra, ya el principio de libertad ya el principio de la necesidad, o, en diverso grado, una mezcla de ambos, con predominancia de uno o del otro. El principio de libertad, es el principio iránico; el principio de necesidad, es el principio cusita.

Irán y Cus son dos términos geográficos, y designan las regiones donde, según Khomiakov, han nacido los principios a los que atribuye dichos nombres. El Irán, transformación de Aryana, el país de los Aryanos, está "comprendido entre las pendientes del Himalaya y del Hindú-Khu de una parte, y las pendientes del Ararat, del Taurus y del Éufrates del otro". Cus, a su vez, es el nombre bíblico de Etiopía. En Génesis 10,6, este nombre es atribuido al primogénito de Cam Los otros hijos se llaman Mysraim (Egipto), Put y Canaán. Nemrod, hijo de Cus, es presentado como conquistador de Babel. La idea del Cusismo parece habérsela inspirado a Khorniakov, Diódoro de Sicilia, quien en el libro II de su historia, hace remontar la civilización egipcia a Etiopia, basándose en afirmaciones de los sacerdotes egipcios. Khomiakov esboza un seguimiento de los dos principios religiosos a través de la historia de las religiones antiguas, mostrando que ellos se mezclan en un sincretismo, en el cual el iranismo más pierde que gana, mientras que el cusismo triunfa con el panteísmo y con el escepticismo general, término fatal del pensamiento greca-romano. Sólo Israel conservó milagrosamente, la tradición de la verdadera fe, la creencia en el Dios libre y Creador.

El cristianismo lo recibió de sus manos, para expandirlo por el mundo. Pero el terreno donde se sembró la nueva semilla no era igual en todos los sitios. Las gentes habían conservado, de su pasado, restos, cuyo influjo se hizo sentir, dando a las diversas partes de la Iglesia, un espíritu y una fisonomía diferentes.

"Una fue para el griego, otra para el romano, la concepción de la fe y de la Iglesia. Para el griego, que había desarrollado la personalidad humana hasta el grado extremo de perfección intelectual accesible al hombre privado de la herencia de la tradición, la fe era una posesión del individuo, y el individuo el fundamento de la Iglesia... De la unidad viviente de todos los individuos que poseen la misma fe, se hacía la vida interior y exterior de la Iglesia, que contenía la plenitud de la comunidad cristiana terrestre y reflejaba la comunidad universal de los espíritus dotados de la gracia.

"Para el Romano, creador del más poderoso de los imperios, y de la ciencia del derecho llevada a la suprema perfección del encadenamiento lógico, la fe era una ley, y la Iglesia un hecho terrestre, social y político, sometido a la voluntad superior del Invisible, y de Cristo, su jefe, pero que reclamaba al mismo tiempo, una unidad convencional y símbolos visibles de esta unidad gubernamental. El símbolo de esta unidad, y la expresión permanente de su autoridad legal, debían encontrarse en el Obispo de Roma, en tanto que pastor de la capital del mundo". Según Khomiakov, esta concepción romana de un Estado espiritual, es contraria a la tradición iránica; es el principio convencional y utilitarista de Roma, substituto del principio de libertad y de amor; es la materialización de la religión; es un nuevo triunfo del cusismo, tan poderoso en la concepción política de los Romanos.

Una serie de consecuencias se siguió de esta concepción.

Separación del clero y los laicos; en lugar de fe, una religión; el cristianismo se convierte en un instituto, algo muerto; plegarias, ritos, sacramentos, obras, reciben el carácter de mérito, y una fuerza de encantamiento, análogo a la magia cusita. Paralelamente al formalismo administrativo de gobierno, se desarrolla el formalismo lógico del razonamiento. Es siempre el mismo espíritu cusita: inspira el silogismo de la escolástica, como inspiraba las deducciones del Derecho romano.

Este nacionalismo debía desembocar en el Protestantismo, en el que ya no queda sino una máscara de religión. Frente a este triunfo del principio cusista, Alexis muestra el principio iránico mantenido en la Hélade y en las comarcas eslavas, en donde se expresa la unidad del espíritu oriental. Pedían símbolos, pero sin ser esclavos de ellos; no entran en el formalismo jurídico de Roma, pero desarrollan el pensamiento cristiano, y no lo-encadenan a un silogismo puramente lógico. Dado este estado de cosas, no debe sorprender, aunque sea doloroso, el que se haya producido la separación de las Iglesias. La división se manifestó, primero, "en la diversidad de tendencias y de ritos; y se expresó luego, de una manera más tajante y más definida, después de la adición hecha al símbolo: la del Filioque".

La Iglesia, organismo de Amor, no puede subsistir más que por el amor. Cambiar el símbolo Niceno-Constantinopolitano, decisión de toda la Iglesia, "fue un crimen delante de Dios y de la Santa lglesia. ¿Y cómo puede la fe, la verdad, subsistir intacta cuando ha desaparecido el amor?" Después de la separación, el Occidente cristiano se orientará hacia la encarnación política en la idea de la Cristiandad, en la que el poder temporal estará subordinado al espiritual; es el papa quien hace a los emperadores y los reyes. Frente al Occidente politizado, Khomiakov presenta el Oriente siempre interesado en las cuestiones intelectuales, en los problemas y disputas teológicas, cuya necesidad es, a menudo, desconocida, lo mismo que su mérito intrínseco. Bizancio "reconocía la virtud civilizadora del cristianismo, pero no tuvo conciencia de su fuerza constructiva". Se produjo entonces el dualismo entre el hombre y el ciudadano, que condujo a la ruina de las virtudes cívicas lo mismo que a la de las virtudes religiosas.

"A la vida del espíritu Y del pensamiento no le quedó sino el huir de una sociedad a la que no quería someterse, y a la que no podía vencer. Se retiraron a los monasterios, abandonando el Estado al capricho de la corrupción, de la avidez, víctima de una descomposición inevitable e incurable". Bizancio estaba condenada; pero antes de su caída, había conquistado el mundo eslavo, En las humillaciones y en las torturas de la esclavitud, "en el heroísmo del amor, de la paciencia y de la plegaria", el Oriente inmutable espera la hora de Dios. Será la hora del triunfo del principie iranio, sobre las ruinas de todos los fracasos del pensamiento occidental. "En adelante, el hombre no puede comprender la eterna verdad del cristianismo primitivo, de otra manera que en su plenitud, es decir, en la identidad de la unidad y de la libertad, manifestada en la ley del amor espiritual". Tal es la última palabra de la filosofía eslavófila sobre la historia religiosa. Las razas y los pueblos. Las razas, el mismo que las religiones, no se presentan en el estado primitivo Khomiakov parece reducirlas a los principales: la raza negra, meridional, y la raza blanca, nórdica. Pareciera que existe una relación secreta entre la raza y la religión. El principio cusista, el de la civilización convencional y de la religión basada en la necesidad, es la herencia de les negros y de les meridionales: el principie iránico, que mantiene a la vida humana en una línea más conforme a la naturaleza, y a la religión en la tradición de la libertad, fue el patrimonio de los hombres blancos del norte. Bajo el influjo de los factores materiales y de las fuerzas espirituales, los elementos raciales, obrando y reaccionando, descomponiéndose y combinándose, han fijado el tipo de los pueblos y naciones históricas. Alexis pasa revista a la histeria universal, para hallar las trazas de los Eslavos.


Con una gran dosis de poesía, hace el retrato más simpático de los eslavos: “son dulces, apacibles, hospitalarios, aman la tierra y el comercio; construyen ciudades; son demócratas por temperamento, afectos a la vida familiar y social. Son los pueblos de la palabra. El alma eslava es naturalmente religiosa y cristiana”. Khomiakov ubica la cuna de los Eslavos en el Irán oriental, en Bactriana, de donde se dispersan unos en la India, los otros hasta las extremidades de Europa. Khomiakov busca por todas partes las trazas de la primera civilización eslava: en Troya, desde donde emigra a Italia; Tracia, de donde penetra en Grecia; al pie de les Cárpatos y die les Alpes" a lo largo de las riberas Vendas y Vénetas; y alaba, la "ciudad blanca", la abuela de Roma, le parece ser una ciudad eslava. El influjo eslavo se ejerce sobre los otros pueblos, y Khorniakov lo encuentra en los Escandinavos, los Anglosajones y los Godos.

Los Eslavos están luego en relación con Bizancio, ya como conquistadores ya como vencidos. Repueblan el Peloponeso, dan al Imperio no sólo habitantes, sino jefes: los nombres indígenas de Justiniano y sus antepasados, son auténticos nombres eslavos, La conversión de los Eslavos al cristianismo, provocó en ellos un segundo movimiento de civilización que fue, como el primero, destinado al fracaso. La razón de éste fue, según Alexis, la dualidad de los principios religiosos que se los disputaban. Sólo el cristianismo oriental conviene a su mentalidad. El cristianismo occidental les permanece ajeno. Es por eso que la Gran Moravia, el primer reino eslavo, debilitado por sus divisiones, no pudo resistir a los Magiares. Fue también lo que trabó a los checos, y "lo que más tarde perdió a Polonia como en otros tiempos a Moravia".

Le estaba reservado a Rusia, fundar un gran imperio, capaz "de conservar, para el mundo, el elemento eslavo", En ella debía expandirse el alto ideal espiritual confiado a esta raza para el bien de la humanidad entera.