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miércoles, 4 de mayo de 2016

LA ASCENSION DEL SEÑOR - SANTO TOMÁS DE AQUINO

Justo Juez

DEL PODER JUDICIAL DE CRISTO.

Segundo, es la gracia de unión, que importa distinción de naturaleza, pero unidad de persona. Según esto Cristo en cuanto hombre, es Hijo de Dios, y por consiguiente está sentado a la diestra del Padre; pero notando que ese “en cuanto que” no designa la condición de la naturaleza, sino la unidad del supueststo, es decir de su unión al Verbo. Tercero, ese dicho acceso puede entenderse de la gracia habitual que en Cristo fue más abundante que en otra criatura, tanto cuanto que la misma naturaleza humana en Cristo aventaja en bienaventuranza a todas las demás criaturas y sobre ellas posee el poder regio y judicial.

Así pues, si el “en cuanto” designa la naturaleza, Cristo en cuanto Dios, está sentado a la diestra del Padre, pero en cuanto hombre, también está sentado a la diestra del Padre, es decir, goza de los mejores bienes del Padre por encima de las demás criaturas, esto es, “goza de mayor bienaventuranza y posee el poder judicial” pero si el “en cuanto” designa la unidad del supuesto, también Cristo en cuanto hombre está sentado a la diestra del Padre, porque tiene igualdad de honor puesto que con el mismo honor veneramos al Hijo de Dios con la naturaleza que Él tomo, según atrás quedo demostrado”. (3q. 58 a.3) Con estas últimas palabras damos por terminado este tercer artículo. Sé que es difícil entender, para nosotros las cosas abstractas y con mayor razón los conceptos espirituales que están más allá de lo abstracto. Si en algo ayuda a entender lo dicho por Santo Tomas es bueno escucharlo de nuevo en donde explica lo siguiente: “La humanidad de Cristo (no su naturaleza divina) atendiendo las condiciones de su naturaleza (humana) no POSEE LA GLORIA O EL HONOR DE LA DIVINIDAD que posee, sin embargo, en razón de la persona (divina) a la quien está unido es participe de la gloria de la divinidad y dignidad pues con una sola adoración es adorada la UNICA HIPOSTASIS por toda criatura. Que el Espíritu Santo ilumine vuestros entendimientos y encienda, en vuestros corazones, la caridad emanada de la Trinidad y les haga participes del conocimiento divino y del gozo divino para que lo adoréis tanto cuanto puedan en unión de la UNICA VERDAD ETERNA.

DEL PODER JUDICIAL DE CRISTO. (3q. 59)
El poder judicial de Jesucristo es el último punto que trata Santo Tomás y es también el último complemento de las anteriores cuestiones sobre la glorificación del Salvador. Una de las cosas que más distinguen al Dios de Israel de los dioses de las, naciones es su justicia. Desde el principio se nos revela como Dios que aborrece la iniquidad y el pecado, que vela por la observancia de la ley natural, impresa en el corazón del hombre, y de la ley dada por El mismo como complemento de la primera. La sangre de Abel clama a Dios pidiendo venganza (Gen. 4,ro), y de las mismas bestias dice Dios que la tomará si derramasen sangre humana, porque a imagen de Dios ha sido creado el hombre (Gen. 9,5). El diluvio es un acto de justicia contra la universal corrupción del linaje humano (Gen. 6,6s), y la destrucción de las ciudades de So doma lo es contra el vicio, que Dios aborrece (Gen. r8,20ss). El profeta Amós nos pinta la cólera vengadora de Dios contra los pueblos vecinos de Israel por sus infracciones de la justicia y de la misericordia (r,2-2,3). La justicia del Señor sobre Israel se revela, sobre todo, en su defensa de la alianza que con él tiene contraída desde el Sinaí (Am. 2,6<3-r5). El cautiverio de Sornaría, primero, y luego el de Judá no son otra cosa que las sanciones de la justicia de Yavé por - las infidelidades de su pueblo a la alianza sinaítica. No se muestra menos severo contra las naciones gentiles, que no por servir a los planes de Dios, sino por satisfacer sus ansias de conquistas y de botín, se mostraron crueles con su pueblo y se envalentonaron ponderando el poder de sus dioses sobre el Dios de Israel, Dios se muestra con frecuencia lento en irritarse, pero al fin llega su hora, el día de Yavé, en que hace brillar su justicia. Una frase reaparece de continuo en la Escritura para expresar la justicia divina, que «dará a cada uno según sus obras». El Nuevo Testamento insiste más en el amor y en la misericordia de Dios, pero no olvida del todo la justicia, sobre todo en el Apocalipsis. Pero en la sociedad humana, Dios delega en parte su autoridad para administrar justicia entre los hombres, exigiendo de los jueces la fidelidad en conformarse con la justicia de Dios (2 Par. r9,6ss). Por eso, si de una parte los ensalza llamando a los jueces dioses e hijos del Altísimo (Ps. 82,6), por otra los amenaza con severos castigos cuando conculcan la justicia (Ps. 58). Los justos vivían siempre coru6.ados en la justicia de Dios, y con frecuencia clamaban con vehemencia pidiendo a Yavé que la hiciese sentir sobre los malvados, (Ps, 94,rss). Pero el principal ministro de la justicia divina había de ser el Mesías.  De él se dice en el salmo 7:  «Da, oh Dios, al Rey tu justicia, Y tu juicio al Hijo del rey para que gobierne a tu pueblo con justicia y a tus oprimidos con juicio. Germinen los montes la paz, y los collados, la justicia. Haga justicia a los oprimidos, defienda. a los hijos del menesteroso y quebrante a los opresores» (7,1-4).

De él nos dice Isaías que «consolidará su' trono con el derecho y la justicia» (9,7), '«que pronunciará sus decretos en el temor de Yavé; que lo juzgará por oídas de oídos, sino que juzgará en justicia al pobre y en equidad a los humildes de la tierra; que la justicia será el cinturón de sus lomos, y Ia fidelidad el ceñidor de su cintura» (II,3-5). Jeremías predice que Dios «suscitará a David un renuevo de justicia, que hará derecho y justicia sobre la tierra»... Jerusalén habitará en paz y se la llamará «Yavé es nuestra justicia» (33,1505). Daniel nos hace ver a uno como Hijo de.de Hombre que viene sobre las nubes del cielo y recibe del Anciano de muchos días «el señorío, la gloria y el imperio».

Todo esto tiene una declaración plena en el Nuevo Testamento. Inspirándose en el lenguaje de los profetas, el Precursor dice que el que viene en pos de él, el Mesías, hará un juicio antes de la inauguración de su reino, Iimpiará su era y cortará el árbol infructuoso (Mi. 3,1OSS). El evangelio de San Juan nos dice cosas que, al parecer, no están entre sí concordes, Dice, de 'una parte, que «el Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar, para que todos honren al Hijo como 'honran al Padre». Y añade luego que «le dio el poder de juzgar, por cuanto El es el Hijo del hombre» (5,22.27). Asimismo, dice San Pablo a los atenienses que Dios «tiene fijado el día en que juzgará a la tierra con justicia por medio del Hombre a quien ha constituido juez acreditándole ante todos por la resurrección de entre los muer tos» (Act. 17,31).

Pero conviene precisar bien el sentido de la palabra juicio, que en el Antiguo Testamento no significa sólo el poder de sentenciar, sino, como vemos por los pasajes arriba citados, tiene el amplio sentido de gobernar, de ejercer las funciones de rey, que juzga, rige y gobierna a su pueblo. Y Jesucristo gobierna administrando la gracia que nos mereció con su pasión. Subió a los cielos, dice San Pablo, para repartir dones a los hombres (Eph. 4,8). Estos dones no son otra cosa que los comprendidos en el don, en el Espíritu Santo, que es el don mesiánico por excelencia (Act, 2,38). En este gobierno, Jesucristo se vale, como de ministros suyos además de los hombres que reparten la gracia a otros, a la vez que la reciben ellos, de los ángeles, como protectores y custodios de -las almas, y de los demonios, como instrumentos suyos para probar y ejercitar a las almas. El fin de este gobierno de Jesucristo es la salud de las almas, la realización de aquellos soberanos decretos del Padre de que nos habla San Pablo: «(A los que de antes conoció, a ésos predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también llamó, y a los que llamó, a ésos los justificó, y a los que justificó, ésos también glorificó» (Rom. 8,29SS). La predestinación es obra exclusivamente divina, pero en las de la vocación y justificación se vale, como de ministro, de Jesucristo. Hasta en la 'misma glorificación tiene la humanidad del Salvador su parte ministerial, en la resurrección de los cuerpos. Conforme a esto, dice San Juan que «Dios lo ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El». Pero luego añade a continuación: «El que cree en El no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del unigénito Hijo de Dios», El juicio consiste en que «vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (3,17.19). Estas palabras del evangelista quedan confirmadas con las otras de Jesús: "Yo he venido al mundo para un juicio, para que los que no ven, vean, 'y Ios que ven se vuelvan ciegos» (9,79), La obra de Jesucristo se ordena a la salvación; pero los hombres la rechazan, y con esto, ellos a sí mismos se condenan. El misericordioso gobierno del Hijo del hombre se convierte en causa de perdición para los que se resisten a someterse a Él. De aquí procederá la condenación de los rebeldes.

La conducta de los hombres en recibir o rechazar la gracia del Salvador lleva consigo un juicio, digamos administrativo, que viene en recaer sobre los hombres mismos. Después de esto, al fin de la carrera de cada hombre se sigue el juicio sobre su vida. A este juicio parece que deben referirse las palabras del Apóstol a los hebreos: «Por cuanto a los hombres les está establecido morir una vez, y después de esto, el juicio» (Hebr. 9,27). Santo Tomás invoca también Ias palabras de 2 Cor. 5, 6s: "y así estamos siempre confiados, persuadidos de que, mientras moramos en este cuerpo, estamos ausentes del Señor, porque caminamos en fe y no en visión, pero confiamos y quisiéramos más partir del cuerpo y estar presentes al Señor». Con toda razón saca el Angélico de aquí que sólo mientras moramos en el cuerpo vivimos en fe y estamos ausentes del Señor, y que, salidos del cuerpo, gozamos o podemos gozar de la visión y estar presentes al Señor. Todo esto supone un juicio sobre el curso de la vida en el cuerpo, y este juicio será obra de Jesucristo, ante cuyo tribunal todos hemos de comparecer «para dar cuenta de lo que hubiéremos hecho en el cuerpo, bueno o malo» (2 Cor. 5,10). En fin de cuentas, es un juicio sobre el uso que hayamos hecho de su gracia de Cristo.


Pero la Sagrada Escritura insiste más sobre la gran manifestación de la justicia divina al fin de los tiempos. San Pedro decía a los oyentes de la casa de Cornelio que Jesucristo les había ordenado «predicar al pueblo y atestiguar que por Dios ha sido constituido juez de vivos y muertos» (Act. 10,42). Y en su epístola habla de los que insultan a los fieles porque abandonaron su vida desordenada, pero que tendrán que dar cuenta al que está pronto para juzgar' a los vivos y a los muertos» (1 Petr. 4,5). Lo mismo 'habla San Pablo describiendo a los tesalonicenses «la manifestación del Señor Jesús desde el cielo, con sus milicias angélicas, tomando venganza, en llamas de fuego, sobre los que desconocen a Dios y no obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesús» (2 Thes. I,7S). Estaba esta idea de 1a venida del Señor a juzgar vivos y muertos tan grabada en la mente del Apóstol, que' escribiendo a Timoteo le conjura «delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos por su aparición y por su reino», (2' Tim. 4,1). Qué se deba entender por los vivos y los muertos, que el Señor vendrá a juzgar, es hoy claro para los exegetas, que han venido a convenir en que, según la sentencia de San Pablo-que no hemos de suponer sea solamente suya-, «no todos dormiremos, pero todos seremos inmutados... En un instante, en un abrir y cerrar de ojos..., los muertos resucitarán incorruptos, y nosotros (los vivos) seremos inmutados» (1 Coro I5,518S).

No todos, pues, morirán. Al fin de los tiempos, el Señor concederá un indulto que eximirá de la pena de muerte a los que vivieren en los últimos días, como un premio por las luchas que habrán tenido que sostener contra el anticristo, según la sentencia de algunos Padres. El mismo Salvador nos dejó en el evangelio de San Mateo (25,3I-48) la dramática descripción del juicio final y de la definitiva sentencia que pronunciará. Los hombres son los princípales súbditos de este poder judicial de Jesús, como lo son de su poder administrativo; pero también a los ángeles buenos y malos les alcanzará parte del juicio en aquella parte que tuvieron en el gobierno de Jesucristo, cooperando a la salvación de los elegidos o de la perdición de los réprobos.

Los santos tendrán también su parte en este juicio. El Señor promete a los apóstoles y a cuantos dejen todas las cosas para seguirle que juzgarán a las doce tribus de Israel (Mt. I9,28). Juzgar significa en este lugar lo que en hebreo el verbo correspondiente, gobernar. Los que sigan al Señor tendrán su parte en ese gobierno que Jesucristo ejerce sobre la Iglesia y sobre los hombres todos. Ese gobierno es e!' ejercicio del poder que al Salvador corresponde sobre su reino. Tal es el sentido que tiene en el Apocalipsis cuando dice que los vencedores de la Bestia que tuvieren parte en la primera resurrección, durante los mil años-que es la duración de la Iglesia-, y a quienes fue dado .poder de juzgar, serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinará con El por mil años (20,4-6). El culto que a los santos rinde la Iglesia y la confianza en su valimiento es la señal de su poder de juzgar, de su reinar con Cristo.

Pero San Pablo añade todavía: « ¿No sabéis que los santos han de Juzgar al mundo?... No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? (1 Cor. 6,2S). ¿Qué significa este juicio del mundo y de los ángeles? Aquí, San Pablo mira, sin duda, al juicio final, al acto propio de juzgar. De dos maneras pueden juzgar al mundo los santos: primero, como asesores que aprueban la sentencia del Juez; segundo, en cuanto que la conducta de los santos condena la del mundo. Cuanto al juicio de los ángeles, buenos o malos, no puede significar sino la aprobación de Ia sentencia de Jesús, el aplauso y la gratitud ¡para los ángeles buenos, a la vista del premio que les concede el Juez soberano por los servicios que le prestaron en la obra de la salud de los elegidos, y para los demonios, la aprobación de la sentencia dada contra ellos y la alegría de ver resplandecer la justicia de Dios. En el Apocalipsis, a las lamentaciones del mundo por la ruina de Babilonia corresponde la alegría de los santos: «Regocíjate por ello, cielo, y los santos, y los apóstoles, y los pro fetas, porque Dios ha juzgado nuestra causa contra ella» (18,21).