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lunes, 16 de mayo de 2016

"Ite Missa Est"

"Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito: para que, todo el que crea en El, no perezca, sino que tenga vida eterna."

 
LUNES DE PENTECOSTES
EL ESPIRITU SANTO Y LA CONVERSION DEL MUNDO


M I S A

Hoy la estación es en la Basílica de San Pedro ad vincula. Esta iglesia, llamada también la Basílica de Eudoxia, del nombre de la emperatriz que la erigió, guarda precisamente las cadenas con que San Pedro fué atado en Jerusalén por orden de Herodes, y en Roma por orden de Nerón. La reunión del pueblo en su recinto recuerda la fuerza con el que el Espíritu Santo revistió a los Apóstoles el día de Pentecostés. Pedro se ha dejado atar para servir a su maestro Jesús, y se ha gloriado de sus ligaduras. Este apóstol, que había temblado a la voz de una criada, después de recibir el don del Espíritu Santo, marchó ante las cadenas. El Príncipe del mundo creyó que podría encadenar la palabra divina; pero esta palabra estaba libre hasta en los hierros.

El Introito hace alusión a los neófitos que acaban de ser bautizados y están allí presentes con sus vestiduras blancas. Al salir de la fuente han sido alimentados con el pan de vida que es la flor fina del manjar celestial. Se les ha dado a gustar la dulzura de la miel que sale de la piedra. La Piedra es Cristo, nos dice el Apóstol, y Cristo ha admitido a Simón, hijo de Jonás, en la participación de este noble símbolo. Le dijo: "Tú eres Piedra", y las sagradas cadenas que hay allí muestran bien con qué fidelidad Simón comprendió el unirse al seguimiento de su Maestro. El mismo Espíritu que le fortificó en la lucha descansa ahora sobre los neófitos de Pentecostés.

INTROITO
Les alimentó con grosura de trigo, aleluya: y les saturó de miel de roca, aleluya, aleluya. — Salmo: Ensalzad a Dios, nuestro ayudador: cantad jubilosos al Dios de Jacob. J. Gloria al Padre.

En la Colecta, la Iglesia recuerda el descendimiento del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, y dando gracias a Dios que se ha dignado infundir el don de la fe en los nuevos cristianos, pide para ellos el de la paz que Jesús resucitado aportó a sus discípulos.

COLECTA
Oh Dios, que diste a tus Apóstoles el Espíritu Santo: concede a tu pueblo el efecto de su piadosa petición; para que, a los que has dado la fe, les des también la paz. Por el Señor... en la unidad del mismo Espíritu Santo.

EPISTOLA
Lección de los Hechos de los Apóstoles.
(X, 34,42-48)
En aquellos días, abriendo Pedro su boca, dijo: Varones hermanos, a nosotros nos ordenó el Señor predicar al pueblo, y atestiguar que es El mismo el que ha sido constituido por Dios juez de vivos y muertos. De El dan testimonio todos los profetas, diciendo que, todos los que creen, reciben por su nombre el perdón de los pecados. Aún estaba Pedro diciendo estas palabras, cuando bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra. Y se pasmaron los fieles de la circuncisión, que habían venido con Pedro: porque la gracia del Espíritu Santo se derramaba también en las naciones. Pues les oían hablar en lenguas, y glorificar a Dios. Entonces respondió Pedro: ¿Acaso puede alguien negar el agua, para que no se bauticen éstos, que han recibido el Espíritu Santo como nosotros? Y mandó que fueran bautizados en el nombre del Señor Jesucristo.

EL BAUTISMO DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS. — Este pasaje del libro de los Actos de los Apóstoles tiene una subida elocuencia en tal día y en tal lugar. Pedro, el vicario de Cristo, está en presencia de los cristianos salidos de la Sinagoga; a sus ojos se reúnen muchos gentiles que la gracia condujo por la predicación de Pedro a reconocer a Jesús por el H i j o de Dios. El Apóstol llegó al momento solemne en que debe abrir la puerta de la Iglesia a los gentiles. Para tener miramientos con la susceptibilidad de los antiguos judíos apela a sus profetas. ¿Qué han dicho estos profetas? Han anunciado que todos los que, sin excepción, creyeren en Jesús recibirían la remisión de sus pecados por su Nombre. De repente, el Espíritu Santo interrumpe al Apóstol, decide al cuestión infundiéndose como el día de Pentecostés, sobre estos gentiles humildes y creyentes. Las señales de su presencia arranca un grito de admiración a los cristianos circuncisos: "¡Cómo! —exclaman—. ¡La gracia del Espíritu Santo es también para los gentiles!" Entonces Pedro, con toda la autoridad del Jefe de la Iglesia, decide la cuestión. "¿Osaríamos rehusar el bautismo a hombres que han recibido el Espíritu Santo como nosotros lo hemos recibido?" Y sin esperar respuesta, ordena conferir inmediatamente el bautismo a estos felices catecúmenos. Tal lectura, en el seno de Roma, centro de la gentilidad, en una basílica dedicada a San Pedro, en presencia de los neófitos, tan recientemente iniciados en los dones del Espíritu Santo por el Bautismo, ofrecía una oportunidad que nos es fácil percibir. Saquemos al mismo tiempo un profundo sentimiento de acción de gracias hacia el Señor nuestro Dios que se ha dignado llamar a nuestros padres del seno de la infidelidad asociarnos a los favores de su divino Espíritu.

ALELUYA
Aleluya, aleluya. J. Hablaban los Apóstoles en varias lenguas las maravillas de Dios. Aleluya. (Aquí se arrolilla.) . Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles: y enciende en ellos el fuego de tu amor.
La Secuencia Veni, Sánete Spirttus, arriba,

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Juan.
(San Juan III,16-21)
En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito: para que, todo el que crea en El, no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo se salve por El. El que cree en El, no es juzgado; pero, el que no cree, ya está juzgado: porque no cree en el nombre del Hijo unigénito de Dios. Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz: porque eran malas sus obras. Pues, todo el que obra mal, odia la luz, y no va a la luz, para que no sean reprochadas sus obras: más el que obra la verdad, va a la luz, para que se manifiesten sus obras, porque han sido hechas en Dios.


LA VIRTUD DE LA FE. — El Espíritu Santo crear la f e en nuestras almas, y por la fe conseguimos la vida eterna; porque la fe no es la adhesión a una tesis razonablemente demostrada, sino una virtud que procede de la voluntad fecundada por la gracia. En el tiempo en que vivimos, la fe es rara. El orgullo del espíritu ha llegado al colmo, y la docilidad de la razón a las enseñanzas de la Iglesia falta en un gran número. Se cree cristiano y católico, y a la vez no está dispuesto a renunciar a sus ideas con toda sencillez, si fuesen desaprobadas por la autoridad, que sólo tiene el derecho de dirigirnos en la creencia. Se permiten lecturas imprudentes, a veces malas, sin intranquilizarse si se contraviene a sagradas prohibiciones. Se hace poco por trabajar en una instrucción seria y completa en cosas de religión, de suerte que se conserva en su espíritu, como un veneno oculto, muchas ideas heterodoxas, que tienen curso en la atmósfera que se respira. Con frecuencia ocurre que un hombre se cuenta entre los católicos, y cumple los deberes exteriores de la fe por principio de educación, por tradición de familia, por cierta disposición natural del corazón o de la imaginación. Es triste decirlo, muchos juzgan tener fe, pero está extinguida en ellos. Con todo, la fe es el primer lazo con Dios; por la fe, nos dice el Apóstol, se acerca uno a Dios y se queda unido a El. Tal es la importancia de la fe, que el Señor nos dice que "el que cree no es juzgado". En efecto, el que cree en el sentido de nuestro Evangelio, no sólo se adhiere a una doctrina; cree, porque se somete de corazón y de espíritu, porque quiere amar lo que cree. La fe obra por la caridad que la completa, pero es un gusto anticipado de la caridad. Y por eso el Señor promete ya la salvación al que cree. Esta fe sufre obstáculos de parte de nuestra naturaleza caída. Acabamos de oírlo: "La luz ha venido al mundo, pero los hombres han preferido las tinieblas a la luz" En nuestro siglo, las tinieblas reinan y se hacen más densas; también se ve levantarse falsas luces; espejismos falsos extravían a los viajeros, y lo repetimos, la fe se ha hecho más rara, esta fé que une con Dios y salva de sus juicios. Espíritu divino, líbranos de las tinieblas, corrige el orgullo de nuestro espíritu, rescátanos de esta vana libertad que se la propone como el único fin de todo, y que es tan estéril para el bien de las almas. Amamos la luz, deseamos poseerla, conservarla y merecer por la docilidad y la sencillez de niños la dicha de verla abierta en el día eterno.

El Ofertorio está sacado de uno de los mejores cánticos de David. En él se anuncia el ruido de la tempestad que anuncia la llegada del Espíritu. Pronto las fuentes de agua viva se derraman y fertilizan la tierra; es el viento impetuoso de Pentecostés y el bautismo que sucede a la emisión de los fuegos.

OFERTORIO
Tronó desde el cielo el Señor, y el Altísimo dió su voz: y aparecieron las fuentes de las aguas, aleluya.

En la Secreta, la Iglesia pide que no haya más que una ofrenda sobre el altar, y que por obra del Espíritu Santo esté formada a la vez de los elementos sagrados y de los corazones de los fieles.

SECRETA
Suplicárnoste, Señor, santifiques propicio estos dones: y, aceptada la oblación de esta hostia espiritual, haz que nosotros mismos seamos para ti un don eterno. Por el Señor.
La Antífona de la Comunión está formada de las palabras de Cristo al anunciar a sus discípulos el ministerio que va a realizar el Espíritu Santo sobre la tierra. Presidirá las enseñanzas de las verdades que Jesús mismo ha revelado.

COMUNION
El Espíritu Santo os enseñará, aleluya: cuanto yo os he dicho, aleluya, aleluya.
En la Poscomunión, la Santa Iglesia se preocupa de la suerte de sus neófitos. Acaban de participar del Misterio celestial, pero además de graves pruebas les aguardan: Satanás, el mundo, los perseguidores. La Madre común Interviene cerca de Dios, para obtener que sus nuevos hijos sean tratados con los miramientos proporcionados a su edad aún tierna.

POSCOMUNION

Suplicamos te, Señor, asistas a tu pueblo: y, al que has imbuido de tus celestiales Misterios, defiéndele del furor de los enemigos. Por el Señor.