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jueves, 26 de mayo de 2016

Corpus Christi


LA PROCESION



¿Quién es ésta que viene embalsamando el desierto del mundo con una nube de incienso, de mirra y de toda suerte de perfumes? La Iglesia rodea la litera de oro en que aparece el Esposo en su gloria. Junto a El están ordenados los fuertes de Israel, sacerdotes y levitas del Señor poderosos ante Dios. Hijas de Sión, salid a su encuentro, contemplad al verdadero Salomón en el esplendor de la diadema que le puso su madre en el día de sus bodas y de la alegría de su corazón'. Esta diadema es la carne que recibió el Verbo de la purísima Virgen cuando tomó a la humanidad por Esposa. Por este cuerpo perfectísimo y por esta carne sagrada, se perpetúa todos los días, en el altar, el inefable misterio de las bodas del hombre y la Sabiduría eterna. Para el verdadero Salomón, pues, cada día es también el día de la alegría del corazón y de goces nupciales. ¿Qué más natural que, una vez al año, la Iglesia dé libre curso a sus transportes hacia el Esposo oculto bajo los velos del Sacramento? Por esta razón el sacerdote consagra hoy dos hostias y después de consumir una, coloca la otra en la custodia, que respetuosamente llevada en sus manos, atravesará bajo palio, al canto de himnos, las filas de la muchedumbre prosternada.


RESUMEN HISTÓRICO. — Este solemne homenaje hacia la Eucaristía, como hemos dicho más arriba, es de origen más reciente que la fiesta del Corpus. Urbano IV no habla aún en su bula de institución, en 1264. Por el contrario, Martín V y Eugenio IV, en sus Constituciones citadas anteriormente, (26 de mayo 1429 y 26 de mayo 1433), prueban que estaba en uso en su tiempo, pues conceden indulgencias a los que la siguen. El milanés Donato Bossius refiere en su crónica, que "el Jueves 29 de Mayo de 1404, se llevó solemnemente por vez primera el Cuerpo de Cristo por las calles de Pavía, como se ha usado después."" Algunos autores concluyeron que la procesión del Corpus no remontaba más allá de esta fecha y debía su primer origen a la Iglesia de Pavía. Pero esta conclusión va más allá del texto sobre el que se apoya, que acaso no expresa más que un hecho de la crónica local. En efecto, encontramos mencionada la Procesión en un título manuscrito de la Iglesia de Chartres 1330, en un acta del capítulo de Tournai 1325, en el concilio de París 1323, y en 1320 en el de Sens. Fueron concedidas indulgencias por estos dos concilios a la abstinencia y ayuno de la vigilia del Corpus, y se añade: "En cuanto a la Procesión solemne que se hace el Jueves de la fiesta llevando el Santísimo Sacramento, como parece que es por una inspiración divina por la que se ha introducido en nuestros días, no establecemos nada al presente, dejándolo todo a la devoción del clero y del pueblo'". La iniciativa popular, pues, parece que tuvo gran parte en esta institución. Y así como Dios había escogido un Papa francés para establecer la fiesta, así también de Francia se extendió poco a poco por todo el Occidente este glorioso complemento de la solemnidad del Misterio de la fe. Mas parece probable que, al principio, la Hostia no era en todos los lugares llevada al descubierto como hoy día en las procesiones, sino solamente velada o encerrada en una píxide o cajita preciosa. Así se llevaba desde el Siglo XI en algunas Iglesias, en la procesión de Ramos y aun en la de Resurrección. En otro lugar hemos hablado de esas manifestaciones solemnes que, por lo demás, tenían menos por objeto honrar directamente al Santísimo sacramento, que hacer más palpable el misterio del día. De cualquier modo que sea, el uso de las custodias u ostensorios, como las llama el concilio de Colonia, año 1452, siguió de cerca el establecimiento de la nueva procesión.


DOCTRINA DEL CONCILIO DE TRENTO. — Con todo eso, la herejía protestante trató pronto de novedad, de superstición, de idolatría odiosa, estos desenvolvimientos naturales del culto católico inspirados por la fe y el amor. El concilio de Trento castigó con el anatema las recriminaciones de los sectarios y en un capítulo especial, justificó a la Iglesia en términos que no podemos dejar de reproducir: "El santo Concilio declara piadosa y santísima la costumbre que se ha introducido en la Iglesia, de dedicar cada año una fiesta especial para celebrar, todo lo posible, el augusto Sacramento, así como llevarle en procesión por las calles y plazas públicas con pompa y honor. Es justo que se establezcan ciertos días en que los cristianos, con una manifestación solemne y particular, den testimonio de su gratitud y piadoso recuerdo hacia el Señor y Redentor, por el beneficio inefable y divino que pone ante nuestros ojos la victoria y triunfo de su muerte. Convenía además que la verdad victoriosa triunfase de la mentira y herejía, de tal suerte que sus adversarios, en medio de tal esplendor y tan grande alegría de toda la Iglesia, o pierdan ánimos, o, llenos de confusión, vengan, en fin, a arrepentimiento".


BELLEZAS DEL CORPUS. — Mas nosotros católicos, fieles adoradores del Santísimo Sacramento, ¡"con qué alegría" exclama el elocuente Padre Fáber, "debemos contemplar esta resplandeciente e inmensa nube de gloria que la Iglesia hace hoy subir hacia Dios! ¡Sí, se diría que el mundo está aún en su estado de fervor e inocencia, primitivas! Mirad estas gloriosas procesiones que con sus estandartes resplandecientes por el sol, se desarrollan en las plazas de las opulentas ciudades, por las calles de los pueblos cristianos cubiertas de flores, bajo las bóvedas venerables de las antiguas basílicas y a lo largo de los jardines de los Seminarios, asilos de piedad. En esta aglomeración de pueblos, el color del rostro y la diversidad de lenguas no son sino nuevas pruebas de la unidad de esta fe que todos se regocijan de profesar por la voz del magnífico ritual Romano. ¡En cuántos altares de distinta arquitectura, adornados con las flores más suaves y resplandecientes, en medio de nubes de incienso, al son de cantos sagrados y en presencia de una multitud prosternada y recogida, el Santísimo Sacramento es elevado sucesivamente para recibir las adoraciones de los fieles, y descendido para bendecirlos! ¡Cuántos actos inefables de fe y de amor, de triunfo y reparación, cada una de estas cosas nos representan! El mundo entero y el aire de la primavera se llenan de cantos de alegría. Los jardines se despojan de las bellas flores, que manos piadosas arrojan al paso de Dios, oculto en el Santísimo Sacramento. Las campanas tocan a lo lejos sus graciosos carrillones. El Papa en su trono y la doncella de su aldea, las religiosas claustradas y los ermitaños solitarios, los obispos, los dignatarios y predicadores, los emperadores, los reyes y los príncipes, todos piensan hoy en el Santísimo Sacramento. Las ciudades se ven iluminadas, las moradas de los hombres se animan con trasportes de alegría. Es tal el gozo universal, que los hombres se entregan a él sin saber por qué, y que se comunica de rechazo a todos los corazones donde reina la tristeza, a los pobres, a todos los que lloran su libertad, su familia o su patria. Todos estos millones de almas que pertenecen al pueblo regio y al linaje espiritual de San Pedro, están hoy más o menos preocupados con la idea del Santísimo Sacramento; de suerte que la Iglesia militante entera salta de un gozo y de una emoción semejante al oleaje del mar agitado. El pecado parece olvidado; las lágrimas mismas parecen arrancadas más bien por la abundancia dé felicidad que por la penitencia. Es una embriaguez semejante a la que transporta al alma a su entrada en el cielo; o bien se diría que la tierra se convierte en cielo, como podría suceder por efecto de la alegría de que la inunda el Santísimo Sacramento'". Durante la procesión se cantan los himnos del oficio del día, el Lauda Sion, el Te Deum, y según la duración del trayecto, el Benedictus, el Magníficat u otras piezas litúrgicas, que tienen alguna relación con la fiesta, como los himnos de la Ascensión indicados en el Ritual. De vuelta a la Iglesia, la función se acaba como las exposiciones ordinarias, con el canto del Tantum ergo, del verso y la oración del Santísimo Sacramento. Mas después de la Bendición solemne, el Diácono expone la Sagrada Hostia sobre el trono, donde los fieles la formarán, durante ocho días, una guardia amorosa y solícita.


No debemos concluir esta festividad sin mencionar, aunque sea brevemente la gran devoción que en España se viene teniendo, ya de antiguo, al Santísimo Sacramento, y el esplendor con que en siglos pasados se celebró y sigue celebrándose hoy día la gran fiesta del Corpus y su Procesión. Esta veneración hacia Jesús Sacramentado la testimoniaron de consuno el arte y la literatura. El arte nos ha legado un tesoro inmenso de custodias que son verdaderas joyas, cuajadas de primores artísticos no menos que de materias preciosas. La literatura nos ofrece una riquísima copia de Autos Sacramentales en que el ingenio y la doctrina de nuestros dramaturgos clásicos, derrochó galanuras de elocuencia y poesía e hizo de nuestro pueblo un pueblo que podríamos llamar teólogo. Esta devoción al Santísimo, junto con la de la Inmaculada Madre del Verbo hecho Hombre, la supieron inocular nuestros misioneros en toda la América Española, que, si tenía a gala en competir antiguamente con la Madre Patria en rendir honores al Dios de la Hostia, hoy conserva todavía esa singular veneración al más augusto de los misterios del cristianismo. ¡Gloria a la España Católica, y gloria a las naciones por ella cristianizadas!