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viernes, 1 de abril de 2016

"Presencia de Satan en el Mundo Moderno"

Giovanni Papini (1881-1956)
El Diablo de Papini

Lo que nos permite establecer una semejanza entre Léon Bloy y Papini es que ambos autores, en los cuales discernimos una idéntica inclinación hacia el iluminismo, son tanto el uno como los otros partidarios resueltos de la rehabilitación final de Satán. Se trata siempre de apelar "de la justicia a la gloria" de Dios. Si existen en Papini menos construcciones neognósticas, hay sin embargo en él la renovación extraña de una herejía muy vieja, la de los teopasistas ¡que atribuían el sufrimiento a Dios mismo! Pero si bien los teopasistas de la antigüedad pretendían explicar este "sufrimiento de Dios" por la muerte del Hijo de Dios sobre la cruz, lo cual comporta ciertas interpretaciones legítimas y otras netamente heréticas, Papini atribuye el sufrimiento de Dios a uno de los rasgos más esenciales de la naturaleza divina.

No teme escribir, en efecto:
"Si Dios es amor, debe, necesariamente, ser también dolor. Si el amor es una comunión perfecta entre el que ama y el que es amado, se desprende que toda pena, toda prueba del ser amado ensombrece y pone a prueba el alma del que ama. Si Dios ama a sus criaturas como un padre ama a sus hijos — las ama infinitamente más de lo que un padre terrestre ama a los hijos de su carne —, Dios debe sufrir, y sufre seguramente por el sufrimiento de los seres que su poder ha sacado de la nada. Y si Dios, por naturaleza, es infinito en todo, podemos creer que su dolor es infinito, como es infinito su amor"





No existe nada más afligente que la ignorancia teológica que estas líneas comprueban. Es menester no saber nada de Dios para hablar de él en términos tan impropios, y es hacer antropomorfismo en un grado insoportable, atribuir a Dios las deficiencias del amor tal como nosotros lo concebimos y lo practicamos.

Dios está por encima de nuestras categorías y de nuestras concepciones. Su amor infinito tiene su principio y su fin en sí mismo y sólo en él. El acto creador que llega a poner en un lugar a seres acabados, tales como los ángeles y los hombres, no puede ser sino un acto de amor, porque Dios no puede hacer otra cosa que esos actos. Pero el amor de las criaturas exigido por su libertad no puede ejercer ninguna influencia sobre la esencia divina, no puede causar en esta esencia inmutable ninguna alteración. Pensar de otra manera es confundir lo finito con lo infinito, la criatura con el Creador, ¡los seres con el SER! El amor tal cual es en Dios es Dios mismo. Nosotros lo personificamos en el Paráclito o el Espíritu Santo, al igual que personificamos la Sabiduría que es Dios en su Verbo. Pero este amor substancial e infinito no puede ser más que beatitud infinita y excluye infinitamente todo sufrimiento y todo dolor. Estamos, pues, con Papini en pleno absurdo teológico cuando prosigue:

"No pensamos bastante en este infinito sufrimiento de Dios. No tenemos ninguna piedad para este tormento de Dios. La mayoría de esos mismos que se reconocen sus hijos, no se preocupa de comprender ni de consolar la aflicción de Dios que no tiene medida. Pedimos al Padre regalos, intervenciones, perdones, pero no hay nadie que participe, con la ternura de un cariño filial esclarecido, en la eterna angustia de Dios."

Reconoce que los santos han meditado mucho sobre la Cruz de Cristo, que han querido asociarse a los sufrimientos de Cristo, en su calidad de hombre. Pero ¡reprocha a los santos de haberse limitado a una "epifanía física" —las palabras son de él— del sufrimiento de Dios! Si le creemos, "la Cruz no es más que un símbolo terminado, tangible, de una Crucifixión que la precede y la sigue".

Al hablar de este modo, Papini no se imagina que va mucho más lejos que los teopasistas antiguos, quienes fueron condenados como herejes. Eran ante todo monofisitas o cutiquianos, y desde el momento que admitían que en Jesucristo la naturaleza humana está sumergida y perdida en la naturaleza divina, al punto de no hacer con ella más que una sola naturaleza, se creían autorizados a decir que es la naturaleza divina la que ha sufrido en la cruz. Pero Papini atribuye el sufrimiento a la esencia misma de Dios. Con la herejía de los teopasistas renueva la de los patripasianos o sabelianos que en nombre de la unicidad de la substancia divina ¡enseñaban que el Padre había muerto en la cruz tanto como el Hijo! Con Papini nos encontramos en plena imaginación romántica. No quiere que creamos solamente en Dios, ¡quiere que tengamos lástima de Dios! Es dar vuelta los papeles extrañamente y por una blasfemia inesperada. Dios, beatitud infinita, porque es amor infinito, no tiene qué hacer con nuestra compasión. La desea de nuestra parte para su Hijo muerto en la cruz. La desea no vana y estéril, sino acompañada del arrepentimiento que exigen nuestros pecados, puesto que son estos pecados y no sólo la ira de Satán, ni la traición de Judas, ni el odio de los fariseos, las causas de sus sufrimientos. Pero todo esto ocurre en los dominios de lo finito, en los dominios de lo creado. Nada de lo que es finito y creado puede alterar lo que es infinito y no creado. ¡Papini nos pide, pues, una cosa absurda cuando nos invita a tener piedad de Dios!

Papini y Lucifer

No nos pide un absurdo menor, haciéndonos una especie de deber de rezar por Satán, ¡de implorar su perdón ante Dios, de recordar que Satán no es solamente un grande culpable sino también un profundo desgraciado! Ahora bien, esta idea sola basta para dar vuelta el problema, para cambiar toda la situación, Satán culpable! Es nuestro derecho y nuestro deber culparlo. Pero a Satán desgraciado, ¡es nuestro deber tenerle lástima y rogarle a Dios que lo perdone! En efecto, según Papini, si Dios amaba inmensamente a Satán antes de su caída — lo cual debemos considerar como evidente puesto que era su criatura más bella — "¿no lo amaría más aún, ahora que se ha tornado, entre los desgraciados, desesperadamente desgraciado?" Vemos el sofisma. Dios ama a los desgraciados. Lucifer es el más desgraciado, ¡por lo tanto Dios lo ama más que a todos los otros! A lo cual el simple buen sentido contestará: Dios ama a los desgraciados que no han merecido su desgracia, que saben hacer de su infortunio un acto de amor, y de amor supremo, ¡como lo hizo Cristo en la Cruz! ¡Sí! ¡Dios ama infinitamente a su Cristo en la Cruz! Pero que pueda amar al que ha elegido el odio en lugar del amor, la rebelión en lugar de la obediencia, el orgullo en lugar de la humildad, es una cosa imposible e impensable. ¿La desgracia de Satán es curable? Papini nos pide que tengamos piedad de Satán, en razón del castigo que sufre. Supone que nosotros, los hijos de la ortodoxia teológica, enseñamos que frente a un Dios irritado e imposible de apaciguar, de un Dios intratable en su justicia, hay un pobre Lucifer muy desgraciado que desearía mucho que lo perdonaran, pero al cual Dios niega el perdón, a menos que nosotros intercedamos en su favor. Repitamos la palabra: se trata, como en el caso de Léon Bloy, con menos fantasía neo gnóstica, de fantasmagoría. Todo es mucho más simple. Y Papini mismo lo sabe puesto que describe así la desgracia de Satán:

"El castigo de Lucifer es lo más horrible que un espíritu divino y humano pueda concebir: no ama más, no es ya capaz de amar, está hundido y clavado en las tinieblas sin fin de la ausencia y del odio. . .No existe sobre la tierra ningún malhechor maldito hasta el punto de no tener, por mementos, un golpe de sentimiento, un resplandor confuso de esperanza. Estos relámpagos tan pobres pero inestimables le son negados a Lucifer." (1) (1 Obra citada, pág. 77. Los pasajes subrayados, lo son por nosotros.)

Papini ha puesto, pues, el dedo sobre la razón esencial de la eternidad del infierno. Se dice a veces: "¿Cómo admitir que un pecado de un instante pueda ser la causa de un castigo sin fin? Pero es no comprender nada de la doctrina de la Iglesia sobre el infierno. El pecado de un instante nunca es castigado con un infierno eterno, porque es el pecado inmediatamente lamentado y borrado por la contrición del que lo ha cometido, o mejor dicho por la infinita misericordia de Dios. El pecado eterno es el causante de la eterna condenación. Lucifer ¿sólo puede odiar, dicen ustedes? No solamente no puede, sino que no quiere sino odiar. Por consiguiente, este odio que constituye su pecado sin fin es la causa de su condenación sin fin. Más aún, la condenación sin fin es el mismo odio sin fin. El, infierno no está sobre agregado, por decirlo así, a la falta, está ligado a ella intrínsecamente y por la fuerza de las cosas. Le es tan imposible a Lucifer no ser "desgraciado" como no odiar. Y al no poder amar ya, se ha cerrado para siempre el camino del retorno. En Léon Bloy hemos hallado el mismo error. Nos hemos preguntado: ¿Cómo el que es, según usted, el No-Amor puede tornarse en el Amor esencial, el Paráclito que no es otro que el Espíritu Santo? Hay ahí una tergiversación de las cosas que sólo una imaginación descentrada puede admitir. En Papini, la monstruosidad es menor. No llega hasta identificar a Lucifer con el Paráclito, lo cual constituye una blasfemia abominable, pero quiere que el castigo del odio, en Lucifer, sea sentido tanto por el Amor infinito como por el mismo culpable. Con lo cual nos conmina a tener piedad de Dios al tener piedad de Lucifer.

Entre los demonios que nuestros exorcistas interrogaron, uno por lo menos gritó: "¡Sobre todo no quiero que me tengan lástima!" No; Satán no quiere nuestra piedad. Papini con su libro le ha infligido el peor de los tormentos: ¡el de ser objeto de compasión por parte de mortales como nosotros, tan inferiores a él! La solución propuesta por Papini no tiene, pues, el menor fundamento. No reposa más que sobre una falsa idea de la naturaleza angélica. Lo mismo que tiene una idea radicalmente errónea de la naturaleza divina, puesto que no teme considerarla accesible al sufrimiento, se equivoca por completo sobre la naturaleza angélica, y por consiguiente diabólica, puesto que la supone, como la naturaleza humana, sujeta a cambios, ¡a la variación en sus decisiones y elecciones! Para terminar con esta cuestión del apocatástasis o restauración final de los condenados, que se halla tan a menudo sobre el tapete en nuestros días y en la cual los teólogos protestantes, en su mayoría, se han pronunciado a favor de la duración limitada del infierno, citaremos una página muy justa y muy reciente de Jean Guitton:

"La idea que inspira y que funda, con razón, la fe cristiana sobre la eternidad de la pena — escribe —, es que el fracaso del malo debe ser total. Llamo aquí malo al hombre que ha elegido lúcidamente y libremente el mal radical, con perseverancia y hasta último momento.”

Ahora bien, toda vergüenza y toda pena, por grandes que sean, cuando son temporarias, se aniquilan. Si el hombre del mal no estuviese eternizado en el mal que ha elegido, sería él el verdadero triunfador.
Finalmente tendría el derecho de decirle a Dios:

“ya vez como me las he sabido arreglar. Yo soy el más valiente, el más paciente. La grandeza, la poesía del dolor, soy yo, yo solo, quien las ha presentado en mi larga Pasión que no ha sido la de un solo día. En el fondo he tenido razón en elegir el mal que me ha reportado tantos instantes de infinitud. Soy yo el más hábil y el más elevado. Mi expiación ha terminado. ¡He tenido, pues, razón sobre la eternidad que nos iguala a todos ante Tí!”

¡Todo cuanto se dice aquí del "hombre del mal", es con mayor razón aplicable a Satán! Nos falta echar una ojeada, en un último capítulo, a su carácter e intentar hacer una apreciación sumaria, salga como salga, de lo que llamaremos la Psicología de Satán.



NOTA. — Las páginas dedicadas más arriba a Léon Bloy suscitaron una violenta protesta de los señores van del Meer de Walcheren, ahora R. P. dom Pierre Matthias, y M. Bisson, pintor religioso estimado, el uno y el otro convertidos por Léon Bloy. Consideran que los párrafos incriminados de Léon Bloy han sido mal interpretados por R. Barbeau en el libro que hemos citado. De hecho, sabemos de fuente romana altamente autorizada, que obras de Léon Bloy fueron denunciadas al Santo Oficio y que el cardenal Billot consiguió que no fueran condenadas por esta razón: poetice loquihir (habla como poeta). Sabemos que por la misma razón el libro de Papini sobre El Diablo no fué condenado. ¡No seamos más severos que el Santo Oficio!