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jueves, 21 de abril de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

¡México se hunde, oh pueblos civilizados del orbe!
(José de Jesús Manríquez y Zárate, Obispo de Huejutla)


Como consecuencia de las actividades de la Liga de Defensa Revolucionaria la persecución se incrementó hasta límites increíbles y cundió el pánico aun entre las filas de sus propios correligionarios, pues so pretexto de pretendidas campañas de depuración y salud pública, fueron sacrificados muchos revolucionarios que no eran incondicionales al régimen; y hubo emulación en barbarie, pues nadie quería pasar por moderado en aquella competencia de radicalismo. Se cometían actos cada vez más reprobables, de los cuales hacían público alarde sus autores para que se los tuvieran en cuenta en su hoja de méritos revolucionarios.

Entre los actos de mayor crueldad colectiva figuró en aquellos días la orden de reconcentración de los habitantes de la región denominada Los Altos de Jalisco. Por órdenes del general callista Figueroa, les obligaron a salir de sus poblaciones y rancherías, sin proporcionarles medios adecuados para el transporte de los objetos de su propiedad; tuvieron que hacer grandes recorridos llevando penosamente a los niños, enfermos y ancianos; todos cargados con las pertenencias que pudieron transportar. Esta disposición afectó a unas doscientas cuarenta mil personas. El pretexto para esta inhumana orden fue un plan de campaña aplicado por Figueroa, el cual pretendía privar a los cristeros de toda ayuda que pudieran darles los vecinos de la región, los cuales efectivamente les auxiliaban y protegían. Después procedieron los callistas a quemar las casas y jacales, y a destruir todo lo que pudiera servir para que los libertarios se refugiaran o proveyeran, y crearon una zona de muerte y desolación. Previamente la saquearon, y se llevaron cuanto de valor había, y “ejecutaron sumarísimamente" a cuanto individuo encontraron en ella. Los elementos propicios para la ejecución de esta y otras órdenes igualmente bárbaras, los reclutó el callismo entre los indios yaquis; tribu guerrera y salvaje de la región de Bacatete, Sonora, los cuales se insurreccionaron y fueron sometidos por la fuerza y sacados de sus enhiestas serranías para incorporarlos al ejército.


En la ciudad de México clausuraron el Seminario Conciliar procediendo con lujo de fuerza. La policía declaró a los reporteros de los diarios que Habiéndose sabido que los directores del mencionado seminario estaban haciendo labor sediciosa, como lo demuestran las fotografías recogidas por la Inspección -fotografías de los fusilados hace poco tiempo en la misma Inspección y a raíz del atentado dinamitero contra el general Obregón-fotografías que, nos dijeron los jefes de la policía, excitaban el sentimiento religioso de todas aquellas personas a quienes eran enviadas, por lo que habían procedido a la clausura del seminario y a la detención de sus directores, profesores y seminaristas.

Casi simultáneamente c1ausuraron las oficinas de la Confederación Nacional Católica del Trabajo, el Colegio Teresiano de las calles de Pino Suárez, el Colegio Josefino en San Juan de Letrán, las oficinas del Secretariado de Acción Católica l otros numerosos centros educativos o de actividades sociales benéficas. En todos los casos se incautaron los edificios y cuanto en ellos había, aprehendieron a las personas que los ocupaban, y las condujeron a los sótanos de la Inspección de Policía que se vieron pletóricos a su máximo, al grado de que las personas detenidas tuvieron que permanecer de pie, pues era imposible otra postura en aquel hacinamiento humano.

Con las veinte profesoras del Colegio Josefino siguieron un procedimiento desusado, aun cuando era el correcto e indicado por la Ley: el procurador General de la Nación las consignó al Juzgado Cuarto Supernumerario de Distrito como personas responsables de haber violado las leyes vigentes en materia de cultos, pue: del acta levantada en la Secretaría de Gobernación se desprende que hacían vida monástico e impartían instrucción.  El juez a cuya disposición quedaron ordenó fueran llevadas al Juzgado, a donde llegaron estrechamente custodiadas por agentes de las Comisiones de Seguridad y de Gobernación, y causó gran espectación su presencia, yendo todas ellas vestidas de negro y tocadas con grandes mantos del mismo color.

Ya en el Juzgado se les trató con atenciones. Trajeron sillas de todas las oficinas vecinas para que pudieran permanecer sentadas, mientras declaraban una a una. Todas coincidieron en su dicho, manifestando ante su juez que Habitaban la casa número siete de San Juan de Letrán, pero no en calidad de monjas sino como simples profesoras; que el colegio atendido por ellas si bien es cierto que en un tiempo se llamó Josefino, desde hace más de dos años está incorporado a la Secretaría de Educación Pública con el número 288 y sujeto a los planes de estudio e inspección oficial.  Añadieron que no se imparte enseñanza religiosa en el Plantel; que el colegio no está subvencionado por ninguna institución religiosa pues se sostiene por sí mismo con el pago de las colegiaturas.

Una vez que hubieron declarado las veinte profesoras detenidas y dentro del término legal, el juez las declaró en libertad por falta de méritos. Los esbirros de Calles, sintiéndose burlados, manifestaron airadamente que "eso se sacaban por andar con licenciados", y agregaron que "definitivamente recusaban los ordenamientos legales, y se sujetarían a procedimientos ejecutivos". Día, después una riña a balazos, entre agentes confidenciales de la Secretaría de Gobernación, dejó al descubierto parte de lo que había detrás de estos cateos y órdenes de aprehensión. Excélsior, en forma muy llamativa publicó lo siguiente: EN UNA SANGRIENTA RIÑA AYER EL CORONEL PORFIRIO RODRÍGUEZ PERDIÓ LA VIDA su contrincante, el capitán Novaro Hernández, lo tendió sin vida. El colegio Josefino fue el origen de la tragedia.

En el llamado Palacio Cobián, ocupado por la Secretaria de Gobernación y situado en la Avenida Bucareli, se registró ayer en la mañana una tragedia entre dos militares que desempeñaban cargos de agentes de los Servicios Confidenciales de ese Ministerio. Con la muerte del coronel Rodríguez van a salir a luz muchas cosas vergonzosas, el misterio de muchos cateos por asuntos religiosos, porque... según aparece en la declaración del matador del mencionado coronel, hay mucho podrido en Dinamarca, cuando menos en lo que respecta a ciertos agentes de los Servicios Confidenciales de Gobernación, y muy principalmente en lo que se relaciona con el cateo registrado últimamente en el Colegio Josefino, de las calles de San Juan de Letrán, origen de este drama. Declaró que el día veintisiete del presente mes fue nombrado en servicio de guardia para el Colegio Josefino, situado en la calle de San Juan de Letrán número 7, en compañía de otros agentes, entre ellos el coronel Porfirio Rodríguez. Que estuvieron tomando, por la noche, copas de vino de consagrar, de unas botellas que encontraron en un departamento del Colegio, bebiendo hasta embriagarse, no habiendo él tomado nada porque su médico se lo tiene prohibido. A las nueve de la noche se disponía el declarante a acostarse, cuando notó el olor de un trapo que se quemaba, por lo que se asomó al jardín y vio que un colchón estaba ardiendo; bajó al patio y se encontró en la puerta de salida del colegio, al coronel Rodríguez, a Ponce y a un individuo de apellido García que es archivero confidencial de Gobernación, los que se dedicaban a cargar en un auto varios velices con objetos de valor.

Siguió manifestando Hernández Alderete, que Ponce, al verlo se dirigió a él y le dijo:

-¿Tú vienes a inspeccionar por parte del Ministro?

--A mí no me interesa lo que ustedes hagan -le contestó.

Después el mismo Rodríguez lo llamó a solas y le dijo que «estaban entre hombres y esperaba que todo quedara entre ellos y que él podía apoderarse de los objetos que gustara porque todos iban a robar". Consintió de un modo aparente, pues lo amenazaban con sus pistolas, en sacar algunos objetos a fin de dejarlos complacidos y, al efecto, cogió un biombo, un colchón, dos almohadas y una cobija. Esta pública vergüenza no amedrentó a los esbirros, quienes proceden con tal descaro que en cateos como el efectuado en las oficinas del Secretariado Social Mexicano, llevan carros-transportes para sacarse todo el mobiliario y los objetos de valor. Con igual impunidad se cometió el atentado dinamitero de mayor envergadura que se haya registrado en México. En el cerro del Cubilete, Guanajuato, considerado como centro geográfico de la República, se había levantado un templo a Cristo Rey. Sigilosamente depositaron grandes cargas de dinamita en diversos puntos de la montaña y se hicieron estallar simultáneamente. La explosión se oyó a varios kilómetros de distancia. La conmoción fue tal, que los habitantes de la comarca creyeron que se trataba de alguna actividad volcánica. Excélsior dijo: La dinamita voló en pequeños fragmentos el monumento levantado sobre la parte más alta del Cubilete, el que medía treinta metros de altura con todo y pedestal y era visible desde muy lejos; las obras sin terminar, de un templo que los católicos estaban levantando, todo de mármoles y canteras finas y una planta mecánica europea que servía para elevar el agua del río que corre por la falda del cerro.

Bajo la impresión de tan espantosa persecución el Ilustrísimo señor José de Jesús Manríquez y Zárate, Obispo de Huejutla, suscribió un mensaje Al Mundo civilizado, en el cual angustiosamente clama: ¡México se hunde, oh pueblos civilizados del orbe! De no cambiar súbitamente el curso de los acontecimientos, México será sustraído por completo de la civilización occidental y girará en torno de la barbarie moscovita; esto es, perderá por completo la te de sus padres, que es el más rico tesoro que ahora poseemos y retrogradará a las tinieblas del viejo paganismo.