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lunes, 11 de abril de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”


Estoy completamente tranquilo y espero, que resplandecerá la justicia.

La participación del ingeniero civil Luis Segura Vilchis es clara, pues él mismo con una valentía que pasmaba a los esbirros así lo confesó, declarándose autor intelectual y material del ataque a Obregón, asumiendo la responsabilidad del mismo.

En cambio es igualmente claro que el Padre Pro no sólo no confesó haber tenido participación alguna en el hecho o su preparación, sino que por lo contrario lo negó categóricamente. La única declaración pública que hizo fue a los reporteros de la prensa, en presencia de los agentes de policía, y la relata el Excélsior del 22 de noviembre de esta manera: Conducido y vigilado por otros agentes, nos fue presentado el Presbítero Miguel Agustín Pro... -¿Es usted sacerdote? -le preguntamos.

-Sí, señor: sacerdote jesuita.

-¿Quiere usted hacernos alguna declaración?... Ninguna declaración quiero hacer. Sólo diré que estoy agradecido de las atenciones por parte de las personas que me aprehendieron... Yo soy absolutamente ajeno a este asunto, pues soy persona de orden. Estoy completamente tranquilo y espero que resplandecerá la justicia. NIEGO terminantemente haber tomado alguna participación en el complot.

The New York Times narra la visita que hizo el 22 de noviembre a la Inspección de Policía el abogado Orcí en nombre del general Obregón. Roberto Cruz estaba ausente y su secretario, el Lic. Guerra Leal, le mostró un papel que dijo ser el proceso. Orcí lo devolvió diciéndole: Esto no es una investigación, sino una simple relación de policía que antecede a la investigación judicial Se le respondió que no había más detalles. Entonces Orcí preguntó:

-¿Qué piensa el jefe, del crimen de estos hombres?- y el secretario de Cruz responde:

-El Padre Pro Juárez no confesó, y no tenemos prueba ninguna contra él. Entregamos mañana el asunto a los jueces. Humberto Pro, hermano del Padre, también negó terminantemente su participación en la misma declaración pública, ante los reporteros de los diarios. Excélsior continúa:

Siguió el turno al joven Humberto Pro Juárez de 24 años. N o obstante su juventud y la terrible acusación que pesa sobre sus hombros, se muestra, como el ingeniero Segura, sumamente tranquilo. A la pregunta que le hicimos en presencia del General Cruz nos manifestó lo siguiente: La única declaración que les haría es la misma que ya di a la Policía, la que puede informar a ustedes: no tengo nada más que agregar. He hecho constar mis rotundas negativas de haber tomado parte en este asunto y también he proporcionado los medios para demostrar mis aseveraciones. El general Cruz nos manifestó que con toda libertad nos había dejado interrogar a los detenidos y aunque éstos trataban ahora de negar su participación, todos ellos habían declarado en su presencia y confesado responsabilidad.

El miércoles 23 culminó la infamia. El Excélsior de ese día publicó la información que la Policía dio a los reporteros: El Secretario de la Inspección, Lic. Benito Guerra Leal, está levantando una voluminosa acta. Formado el expediente policial, será consignado a las autoridades competentes, y los reos puestos a disposición de ellos para que se les juzgue de acuerdo con sus responsabilidades. Pocas horas más tarde nos encontrábamos reunidos en casa para la comida. Mamá tocaba el piano cuando entró mi padre demacrado y le dice: -¡Calla, mujer, estamos de duelo; estos bárbaros acaban de fusilar en la Inspección a los católicos detenidos! -y nos mostró la edición de El Universal Gráfico que con grandes caracteres decía: CUATRO FUSILAMIENTOS.

-Hoy en la mañana fueron fusilados en la Inspección General de Policía los señores Agustín Pro Juárez, Humberto de los mismos apellidos, Ingeniero Luis Segura Vilchis y Juan Tirado. Después amplía un poco la noticia informando que a las diez y media de la mañana habían sido fusilados en el jardín de la Inspección,  en el sitio que se destina para la práctica de tiro de pistola y dice: El Inspector, general Cruz, momentos después de la ejecución nos dijo:

-      Las investigaciones policíacas demostraron Lentamente la responsabilidad de estas personas, quienes terminaron de declarar anoche en el acta que fue levantada y por la que se ratifica su participación en el atentado dinamitero.

Comprobada esa responsabilidad se ordenó el fusilamiento que acaba de llevarse a cabo. En las afueras de la Inspección y buscando la forma de penetrar, suplicando a los gendarmes montados y tratando de burlar su vigilancia, vimos a la señorita Anita Pro Juárez, hermana de los detenidos. Se movieron gestiones a favor de su petición, pero todo fue inútil. La orden era terminante en el sentido de que los detenidos fueran sacados de los sótanos directamente al paredón, sin comunicarse con nadie. Fue el sacerdote el primero que salió de los sótanos para ser fusilado. Caminó serenamente en medio de sus custodios hasta quedar de pie a espaldas de la escolta. El Mayor de la gendarmería montada Manuel V. Torres, le llamó por su nombre y a la respuesta afirmativa lo acompañó hasta colocarlo entre dos de las siluetas de hierro que sirven para el tiro al blanco. Le preguntó si quería pedir algo y el sacerdote repuso secamente: "que me permitan rezar". El comandante de la ejecución lo dejó solo, retirándose algunos pasos, y entonces el sacerdote se arrodilló y, tomando entre sus manos un escapulario que sacó del pecho, movió los labios, seguramente pronunciando una oración y así permaneció unos segundos.

Se levantó y, colocándose nuevamente en el sitio que le había sido indicado, esperó las órdenes. Cuando el comandante ordenó a la policía montada: "posición de tiradores", el sacerdote abrió los brazos en cruz y cerró los ojos, permaneciendo así hasta el momento en que cayó al suelo moribundo. Oyó las demás órdenes previas a la de «¡fuego!" sin cambiar para nada de postura, sin que su rostro reflejara la menor emoción, y solamente pudimos observar el incesante movimiento de sus labios, pronunciando su plegaria. Eran las diez y treinta y seis minutos. Cayó suavemente, sobre su lado derecho. El doctor Horacio Casale, del Servicio Médico de la Policía, se acercó a dar fe de su muerte, pero indicó que aún vivía. El sargento de la escolta le dio el tiro de gracia con la carabina.

Terminada esta ejecución fue sacado de los sótanos el ingeniero Luis Segura Vilchis. Durante todos los días que estuvo en la Inspección el ingeniero Segura se mostró con hombría al contestar las preguntas que se le hicieron. En todos sus actos mostró serenidad inigualable y siguió en tal aspecto cuando le vimos en el trayecto de la puerta del sótano al jardín. Llegado al tiro de pistola vio el cadáver del sacerdote Pro y se colocó en el lado contrario. No quiso hacer ningún encargo y esperó con las manos colocadas en su espalda la descarga que le privó de la vida.

En idénticas condiciones al ingeniero Segura, fue el fusilamiento del joven Humberto Pro. Llegó y se colocó junto a los cadáveres de su hermano y Segura y Se negó a hacer cualquier encargo. Con los brazos sueltos, sin alardes, pero sin visible temor, oyó las órdenes previas a su ejecución. Recibió la descarga y cayó como el ingeniero sobre el lado derecho, rápidamente como electrizado por el efecto de las balas. Juan Tirado Arias resistió cuanta tentativa se hizo para  que hablara, y con todo esto cobró fama de valiente en la Inspección. Sin embargo la idea de la muerte le hizo perder un poco su carácter, ya que cuando era llevado al cuadro del fusilamiento, se resistía un poco; caminaba despacio como para retardar un momento su muerte... Lo que no podía decir la prensa era que había sido atrozmente atormentado en la Inspección. Lo golpearon en partes vitales y en tal forma, que le provocaron una seria congestión pulmonar; pero indudablemente el reportero se refería a estos tormentos cuando dijo: "resistió cuanta tentativa se hizo para que hablara, y con todo esto cobró fama de valiente en la Inspección". Iba cubierto completamente con un sarape y dada su gravedad no pudo mantenerse erguido como sus compañeros de martirio. Como a ellos, le dieron el tiro de gracia; pero cuando la policía montada desfilaba al mando de su jefe, el general Palomera López, vieron que aún vivía y le dieron otro tiro en la cabeza.

The New York Times publicó las siguientes declaraciones que a su corresponsal hizo al respecto el ya nombrado licenciado Orcí, amigo personal del general Obregón. Con gran sorpresa mía a la mañana siguiente del día en que me habían ofrecido consignar el asunto a los jueces, estando en mi oficina, me informaron que los cuatro presos habían sido ejecutados. Por teléfono hablé con el jefe de la Policía, Cruz, preguntando por más pormenores, por cuanto que la investigación aún no estaba completa y no había nada que pudiera llamarse auto judicial. El General Cruz me explicó diciendo: -Antes que visitara usted la Inspección y a pesar de las recomendaciones del general Obregón, tuve orden positiva de hacer lo que hice. La conmoción en la. República entera fue tremenda. Seguramente Calles nunca pensó que la reacción popular unánime fuera a favor de las víctimas. Es un hecho que no trató de averiguar la verdad, sino aprovechar la ocasión para hacer recaer sobre los católicos, y en particular sobre un sacerdote, la culpabilidad, y así urdieron cuanta mentira creyeron necesaria, quitando en absoluto a los detenidos toda posibilidad de defensa.

El mismo día del crimen, por la tarde, entregaron en el Hospital Militar los cadáveres a sus familiares. En Pánuco 58, casa de la familia Pro, se velaron los cadáveres del Padre y Humberto, habiéndose instalado la sencilla capilla ardiente en la sala. Inmediatamente empezó a congregarse en la calle una gran multitud compuesta por personas de todas clases sociales, que crecía por momentos en forma extraordinaria. Como todos deseaban ver los cadáveres fue necesario organizar la circulación continua de los visitantes, quienes desfilaban compungidos frente a las cajas y con gran devoción tocaban a ellas rosarios, medallas, crucifijos y flores. Todos se santiguaban al pasar frente a los mártires y la mayor parte hincaba una rodilla en señal de profunda veneración. Los ventanillos de los ataúdes estaban abiertos y a través de sus cristales podían verse los rostros. Durante toda la noche siguió afluyendo la gente. Pudieron organizarse los rezos cuando disminuyó el número de visitantes.

A Roberto Pro no lo fusilaron. Continuaba preso en los sótanos de la Inspección e insistentemente se rumoró que le permitirían ir a la casa para ver a sus hermanos por última vez, por lo que un sacerdote llevó al Santísimo Sacramento para darle la Sagrada Comunión. No sucedió así, como era de esperarse; pero dio ocasión a una escena muy parecida a las que tuvieron lugar en las catacumbas en los orígenes del cristianismo: puesto el relicario sobre el féretro del mártir, se rindió adoración a la Hostia consagrada. (Quizá, en la actualidad no se vean estos actos tan hermosos de demostración de adoración, ojala me equivoque, dado que el catolicismo está sufriendo una de sus peores pruebas gracias al aberrante modernismo herético que la invade todo como un cáncer de lo mas maligno intentando destruir todo lo que es SANTO y, si le fuera posible, desterrar o borrar de la faz de la tierra al catolicismo y poder gritarle a Dios, “¡DIOS TE HE DERROTADO!”. Pero creo y tengo firme confianza que Dios con su omnipotencia divina vencerá, como antaño, venció a todos sus oponentes incluyendo a su jefe SATANAS. Quiera la infinita bondad de Dios permitirnos cuando menos de lejos ver su triunfo si no nos encuentra dignos de presenciar ese TRIUNFO de su amada Iglesia y de ser sus indignos instrumentos para levantar las Catedrales e Iglesias que aun queden y volverlas a dedicar al verdadero culto divino del cual ahora se ven privada en todo el mundo pues lo que vemos en nuestras Iglesias no es el CULTO DIVINO sino el CULTO A SATANAS por medio de la religión del hombre. Opinión de quien corrige esta obra) De once a doce de la noche tuvo lugar una Hora Santa con sermón. Entre cuatro y cinco se celebraron dos misas de Requiem con comunión general de los que velábamos; a las seis de la mañana volvió a aumentar el número de visitantes. A esa hora eran en su mayor parte obreros y sirvientas. La multitud aumentó en forma no imaginada a medida que avanzaba la mañana, y a las tres de la tarde, hora fijada para el sepelio, el gentío había bloqueado la casa y las calles vecinas, y era tal la aglomeración de automóviles que el tránsito se suspendió en vasta zona.

Al iniciarse el cortejo seis sacerdotes llevaron en hombros al Padre. A mí me cupo la suerte de cargar entre los primeros el ataúd de Humberto y una vez más volví a hacerlo durante el trayecto hacia el panteón....

Continuara