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lunes, 4 de abril de 2016

"Ite Missa Est"

LUNES

DE LA SEGUNDA SEMANA DESPUES DE PASCUA

MIRAR Y ESCUCHAR. — La primera semana ha sido dedicada toda entera a las alegrías del regreso del Emmanuel. Se nos ha aparecido, por decirlo así, a cada hora, a fin de asegurarnos de su resurrección. "Ved, tocad; soy yo mismo". (San Luc., XXIV, 39) nos ha dicho; pero sabemos que debe él prolongar más allá de cuarenta días su presencia visible en medio de nosotros. Este período avanza poco a poco, las horas corren, y pronto habrá desaparecido a nuestras miradas, aquel por el que la tierra tanto ha suspirado. "Oh tú, esperanza de Israel y su Salvador, exclama el Profeta, ¿por qué te muestras aquí abajo como viajero que rehúsa establecer su morada? ¿Por qué tu carrera se asemeja a la del hombre que nunca hace alto?" (Jeremías, XIV, 8). Pero los momentos son preciosos. Rodeémosle durante estas horas fugaces; sigámosle con la mirada, al dejar de oír su voz; recojamos sobre todo sus palabras, al llegar a nuestros oídos; son el testamento de nuestro Jefe.

LA ORGANIZACIÓN DE LA IGLESIA. — Durante estos cuarenta días no cesa de aparecerse a sus discípulos, no ya con el fin de hacer cierta a sus ojos su resurrección, de la cual no pueden dudar; sino, como nos lo enseña San Lucas, para "hablarles del Reino de Dios". (Act., 1, 3). Por su sangre y por su victoria los hombres están ya rescatados, el cielo y la tierra se han pacificado; lo que queda por terminar ahora, es la organización de la Iglesia. La Iglesia es el reino de Dios; pues en ella y por ella Dios reinará sobre la tierra. Es la Esposa del divino resucitado a quien ha levantado del polvo; es hora de que la dote, de que la adorne para el día en que el Espíritu Santo, descendiendo sobre ella, la proclame ante todas las naciones Esposa del Verbo encarnado y Madre de los elegidos. Tres cosas son necesarias a la Iglesia para el ejercicio de su misión: " una constitución establecida por la mano del mismo Hijo de Dios y por la cual va a llegar a ser una sociedad visible y permanente: 2." el depósito colocado en sus manos de todas las verdades que su Esposo celestial ha venido a revelar o confirmar aquí abajo, lo cual incluye el derecho de enseñar y de enseñar con infalibilidad; 3.° en fin, los medios eficaces por los cuales los fieles de Cristo serán llamados a participar de las gracias de salud y de santificación que son el fruto del sacrificio ofrecido sobre la cruz. Jerarquía, doctrina, sacramentos: tales son los graves asuntos sobre los que Jesús da a sus discípulos, durante cuarenta días, sus últimas y solemnes instrucciones. Antes de seguirle en este sublime trabajo por el que dispone y perfecciona su obra, considerémosle aún, toda esta semana, en el estado de Hijo de Dios resucitado, habitando entre los hombres y presentando a su admiración y a su amor tantos rasgos que nos importa recoger. Lo hemos contemplado ya en pañales y en la cruz; considerémosle ahora en su gloria,

LA HUMANIDAD DEL SEÑOR RESUCITADO. — Ante nosotros es "el más bello de los hijos de los hombres" (Ps., XLIV). Pero, si merecía ser llamado así desde el momento en que cubría el esplendor de sus rasgos con la debilidad de una carne mortal, ¡cuál será el esplendor de su belleza hoy que ha vencido a la muerte y que no oculta más como en otro tiempo los rayos de su gloria! Helo fijo ya por toda la eternidad en la edad de su victoria, en la edad en que el hombre ha logrado su desarrollo completo en fuerza y belleza, donde nada anuncia en él la futura decadencia. A esta edad los justos tomarán sus cuerpos en la resurrección general y entrarán para siempre en la gloria, fijos ya como dice el Apóstol, "en la medida de la edad completa de Cristo". (Eph., I V ) . Pero no sólo por la armonía de sus facciones el cuerpo del Señor resucitado enajena las miradas de los mortales de que se deja contemplar; las perfecciones que los ojos de los tres Apóstoles habían entrevisto un instante en el Tabor, parecían en él acrecentadas con toda la magnificencia de su triunfo. En la Transfiguración, la humanidad unida al Verbo divino resplandecía como el sol; ahora, todo el esplendor de la victoria y de la majestad real viene a unirse al que irradiaba sobre el cuerpo no glorificado aún del Redentor la persona divina a la cual le había unido la Encarnación. Hoy, los astros del firmamento no son ya dignos de ponerse en comparación con el esplendor de este divino sol, del que San Juan nos dice que él solo alumbra la Jerusalén celestial. (Apoc., XXI, 23). A este don, que el Apóstol de las gentes designa con el nombre de "claridad", se une el de la "impasibilidad", por la cual su cuerpo cesa de ser accesible al dolor y a la muerte. En él reina la vida; la inmortalidad brilla con todos sus rayos; entra en las condiciones de la eternidad. El cuerpo sigue siendo materia, pero ninguna disminución, ningún debilitamiento podrá dañarle; siente que goza de la posesión de la vida y para siempre. La tercera cualidad del cuerpo glorioso de nuestro Redentor es la "agilidad", con la cual se traslada de un lugar a otro sin esfuerzo y en un instante. La carne ha perdido el peso que, en nuestro estado actual, impide ai cuerpo seguir los movimientos y quereres del alma. Desde Jerusalén hasta Galilea franquea el espacio con la rapidez del relámpago, y la Esposa exclama dichosa: "Ya oigo la voz de mi amado; viene traspasando las montañas, dejando trás de sí las colinas." (Cant., II). En fin, por una cuarta maravilla, el cuerpo del Emmanuel se ha vestido de la cualidad que el Apóstol llama "espiritualidad", es decir que, sin cambiar de naturaleza, su sutileza se ha hecho tal, que penetra todos los obstáculos con más fuerza que la luz al atravesar el cristal. Le hemos visto, en el momento en que el alma se unía a él, franquear la piedra sellada del sepulcro; ahora entra en el Cenáculo, cuyas puertas están cerradas, y se aparece de repente a las miradas de los discípulos deslumbrados. Tal es nuestro libertador, libre de las condiciones de la mortalidad. No nos asombremos de que la Iglesia, esta pequeña familia que le rodea y de la cual somos los descendientes, esté maravillada ante su vista, que le diga sobrecogida de admiración y amor: "¡Hermoso eres, mi amado"! (Cant., II). Repitámoslo a nuestra vez: ¡Sí, eres bello por encima de todo, Jesús! Nuestros ojos tan afligidos por el espectáculo de tus dolores cuando no ha mucho te veían cubierto de llagas, semejante a un leproso, no pueden cansarse hoy de contemplar el resplandor con el que brillas, y deleitarse en tus encantos divinos. ¡Gloria a ti en tu triunfo! pero también gloria a ti en tu magnificencia hacia tus rescatados, pues has decretado que un día nuestros cuerpos, purificados por la humillación del sepulcro, compartan con el tuyo las prerrogativas que celebramos en él.