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sábado, 2 de abril de 2016

"Ite Missa Est"


SABADO DE PASCUA

EL DESCANSO DEL SEÑOR. — Ha llegado el día séptimo de la más alegre de las semanas trayéndonos el recuerdo del descanso del Señor, después= de sus seis días de trabajo. Nos recuerda al mismo tiempo el segundo descanso que el mismo Señor quiso tomar, como soldado seguro de la victoria, antes de dar el combate decisivo a su adversario. Descanso en un sepulcro, sueño de un Dios que no se había dejado vencer de la muerte sino para que su despertar fuera más funesto a este cruel enemigo. Hoy que este sepulcro no tiene más que devolver, que ha visto salir al vencedor a quien no podía retener, convenía que nos detuviésemos a contemplarle, a rendirle nuestros homenajes; pues este sepulcro es santo y su vista no puede más que acrecentar nuestro amor hacia aquel que se dignó dormir algunas horas a su sombra. Isaías había dicho: "El retoño de Jesé será como el estandarte a cuyo alrededor se congregarán los pueblos; las naciones le colmarán de honores; y su sepulcro será glorioso." (Isaías, XI, 10.) El oráculo se ha cumplido; ya no hay nación sobre la tierra que no posea adoradores de Jesús; y mientras las tumbas de los otros hombres, cuando el tiempo no las ha destruido o arrasado, son como trofeo de la muerte, el sepulcro de Jesús subsiste todavía y proclama la vida.

JOSÉ DE ARIMATEA. — ¡Qué tumba aquella que despierta pensamientos de gloria y cuyas grandezas habían sido predichas tantos siglos antes! Cuando los tiempos se cumplían, Dios suscitó en Jerusalén un hombre piadoso, José de Arimatea, que secretamente, pero con sincero corazón, se hace discípulo de Jesús. Este magistrado piensa hacerse cavar una tumba; y en las sombras de la muralla de la villa, sobre la vertiente de la colina del Calvario, en viva roca, labra dos cámaras sepulcrales, una de las cuales sirve de vestíbulo a la otra. José pensaba cavarla para sí mismo; mas preparaba para los despojos de un Dios este asilo; creía en el fin común de toda criatura humana después del pecado; mas los decretos divinos habían determinado que José no descansaría en aquella tumba y que ella llegaría a ser para los hombres prenda de la inmortalidad. Jesús expira en la cruz en medio de los insultos de su pueblo; toda la ciudad, que le había acogido pocos días antes al grito del Hosanna, está sublevada contra el Hijo de David; y en el mismo momento, desafiando las iras de la ciudad deicida, José se dirige a casa del gobernador romano para reclamar el honor de enterrar el cuerpo del ajusticiado. No tarda en llegar al Calvario con Nicodemus; y cuando ha desclavado de la cruz los miembros de la divina víctima, tiene la gloria de colocar aquel cuerpo sagrado sobre la mesa de piedra que había hecho preparar para sí mismo: dichoso de rendir homenaje al maestro por el que acababa de confesar su adhesión hasta en el Pretorio de Poncio Pilatos. ¡Oh hombre verdaderamente digno del respeto de todos los hombres, cuya representación llevas en estos augustos funerales, no dudamos que una mirada de reconocimiento de la Madre dolorosa te ha recompensado el sacrificio que hiciste tan voluntariamente por su Hijo!

EL SANTO SEPULCRO. — Los evangelistas insisten con marcada intención sobre las condiciones del sepulcro. San Mateo, San Lucas, San Juan, nos dicen que era nuevo y que no había aún acogido a ningún cadáver. Los Santos Padres nos han explicado posteriormente el misterio para gloria del Santo Sepulcro. Nos han enseñado la relación de este sepulcro con el seno virginal; y han sacado esta consecuencia, que Dios, nuestro Señor, cuando escoge un asilo en su criatura, quiere encontrarle libre y digno de su infinita santidad. Honor, pues, al sepulcro de nuestro Redentor, por haber presentado en su ser material, una misteriosa relación con la incomparable y viva pureza de la madre de Jesús. Durante las horas que conservó su precioso depósito, ¿qué gloria igualaba entonces la suya sobre la tierra? ¡Qué tesoro fué confiado a su custodia! Debajo de su bóveda silenciosa reposaba en los lienzos, mojados con las lágrimas de María, el cuerpo que había sido el rescate del mundo. En su estrecho recinto los ángeles se apiñaban, haciendo guardia a los despojos de su cadáver, adorando su divino descanso, y esperando la hora en que el cordero degollado se levantase como león temible. Pero qué inaudito prodigio resplandeció bajo de la bóveda de la humilde caverna cuando habiendo llegado el instante decretado desde toda la eternidad, Jesús perforó, lleno de vida, más rápido que el rayo, las venas de la roca y se lanzó al espacio. Al instante la mano del ángel viene a separar la piedra de la entrada para manifestar la salida del celestial prisionero; luego los otros ángeles esperan a Magdalena y a sus compañeras. Llegan ellas, y hacen resonar aquella bóveda con sus sollozos; Pedro y Juan penetran a su vez. Verdaderamente, este lugar es santo entre todos. El Hijo de Dios se ha dignado habitarle; su Madre ha llorado allí; ha sido el lugar de cita de los espíritus celestiales; las almas más santas de la tierra lo han consagrado con sus fervorosas visitas, le han ofrecido el homenaje de sus más devotos sentimientos. ¡Oh sepulcro del Hijo de Jesé, eres verdaderamente glorioso!

LA DESOLACIÓN DEL LUGAR SANTO. — El Infierno ve esta gloria y quisiera borrarla de la tierra. Este sepulcro humilla su orgullo; pues recuerda de una manera demasiado ruidosa la derrota que experimentó la muerte, hija del pecado. Satanás cree haber cumplido su odioso designio cuando, habiendo sucumbido Jerusalén a los golpes de los romanos, una nueva ciudad, completamente pagana, se levanta sobre sus ruinas con= el nombre de Elia. Pero el nombre de Jerusalén no perecerá, como tampoco la gloria del santo sepulcro. En vano órdenes impías prescriben amontonar la tierra alrededor del monumento, y erigir sobre este montículo un templo a Júpiter, al mismo tiempo que sobre el mismo Calvario un santuario a la impúdica Venus, y sobre la gruta de la Natividad un altar a Adonis; estas contrucciones sacrílegas no harán más que señalar de modo más preciso los lugares sagrados a la curiosidad de los cristianos. Se quiso tender un lazo y volver en provecho de los falsos dioses los homenajes con que los discípulos de Cristo tenían costumbre de rodear estos lugares: ¡vana esperanza! Los cristianos no los visitarán en tanto que estén manchados con la presencia de los ídolos; pero tendrán la vista fija sobre esas huellas de un Dios, huellas indelebles para ellos: y esperarán, pacientes, que el Padre se complazca en glorificar todavía a su Hijo.

LA RESTAURACIÓN. — Cuando sonó la hora, Dios envía a Jerusalén una emperatriz cristiana, madre de un emperador cristiano, para hacer visibles de nuevo las huellas del paso de nuestro Redentor. Emula de Magdalena y de sus compañeras, Elena avanza hacia el lugar en que estuvo el sepulcro. Era necesaria una mujer para continuar las escenas de la mañana de la Resurrección. Magdalena y sus compañeras buscaban a Jesús; Elena, que le adora resucitado, no busca más que su tumba; pero un mismo amor las anima. Por orden de la emperatriz, es derribado el santuario de Júpiter; se retira la tierra amontonada; y pronto el sol ilumina de nuevo el trofeo de la victoria de Jesús. La derrota de la muerte era proclamada segunda vez por esta reaparición del sepulcro glorioso. Pronto, a expensas del tesoro imperial, se levanta un templo que lleva el nombre de Basílica de la Resurrección. El mundo entero se conmueve con la noticia de tal triunfo; el paganismo, resquebrajado ya, se estremece incontenible; y las piadosas peregrinaciones de los cristianos hacia el sepulcro glorificado comienzan para no detenerse hasta el último día del mundo.

LA INVASIÓN ISLÁMICA. — Durante tres siglos Jerusalén fue la ciudad santa y libre, iluminada por los esplendores del santo sepulcro; pero los decretos de la justicia divina habían acordado que el Oriente, hoguera inextinguible de todas las herejías, fuese castigado y sometido a esclavitud. El sarraceno invadió con sus hordas la tierra de los prodigios; y las aguas de este diluvio degradante no han retrocedido un momento sino para derramarse con nuevo ímpetu sobre esta tierra. Pero no temamos por el sagrado sepulcro; permanecerá siempre en pie. El sarraceno también lo reverencia; pues, a sus ojos, es el sepulcro de un gran profeta. Para acercarse a él, el cristiano tendrá que pagar un tributo; pero está en seguro; aún se verá a un califa ofrecer como homenaje a nuestro Carlomagno las llaves de este augusto santuario, demostrando con este acto de cortesía la veneración que a él mismo le infunde la gruta sagrada, asi como el respeto de que estaba penetrado hacia el más grande de los príncipes cristianos. Así el sepulcro continuaba pareciendo glorioso, aun a través de las tribulaciones que, humanamente pensando, debían haberle hecho desaparecer de la tierra.

LAS CRUZADAS. — La gloria del santo sepulcro brilló con más fulgor aún, a la voz del Padre común de los fieles, el Occidente se levantó de repente en armas y marchó, a la sombra del estandarte de la Cruz, a librar a Jerusalén. El amor al santo sepulcro bullía en todos los corazones y su nombre le pronunciaba todos los labios. El sarraceno tuvo que retroceder y entregar la plaza a los Cruzados. Entonces contempló se en la basílica de Santa Elena un espectáculo sublime: consagrado con el óleo santo, Godofredo de Bouillon, rey de Jerusalén, junto al sepulcro de Cristo, empezaron a celebrarse los divinos misterios debajo de aquellas bóvedas orientales de la basílica constantiniana, en la lengua y los ritos de Roma. Este reinado fué efímero: por un lado la política miope de nuestros príncipes occidentales no supo justipreciar tal conquista; por otro, la perfidia del imperio griego no cejó hasta que, por sus traiciones, volvió el sarraceno a cercar los muros indefensos de la ciudad santa. Este periodo fué, con todo, una de las glorias profetizadas por Isaías sobre el santo sepulcro y no será la postrera.



EL SANTO SEPULCRO ACTUALMENTE. — Hoy, profanado con los sacrificios ofrecidos en su recinto por las manos sacrilegas de los cismáticos y de los herejes, confiado breves y contadas horas para el culto legítimo de la única Esposa del que se dignó descansar en él, el santo sepulcro aguarda el día en que se vengue una vez más su honor ultrajado. ¿Será el Occidente, dócil ya a la fe, el que vaya a renovar en aquella tierra los grandes recuerdos que dejaron en ella sus caballeros? ¿Será el Oriente mismo el que, renunciando a una separación que sólo le ha valido la esclavitud, tienda la mano a la Madre y Señora de todas las Iglesias y selle en la roca inmortal de la Resurrección una reconciliación para ruina del islamismo? Sólo Dios lo sabe; pero sabemos nosotros por su boca divina e infalible, que antes de la consumación del mundo, Israel volverá a Dios, a quien despreció y crucificó, y que Jerusalén será levantada por el poder de los judíos convertidos a la fe cristiana. Entonces el glorioso sepulcro del Hijo de Jesé brillará por encima de todo; y el Hijo de Jesé no tardará en aparecer; será la hora en que la tierra devuelva los cuerpos a la Resurrección general; y cuando la Pascua se celebre por= última vez, entonces se tributará al santo sepulcro el honor supremo y último. Al despertarnos de nuestras tumbas, y al echarle la última mirada, nos será dulce contemplar nuestros sepulcros como el punto de partida y comienzo de la inmortalidad de la que ya disfrutaremos. Mientras esta hora llega y hasta que entremos en la morada transitoria, custodia de nuestros cuerpos, vivamos amando el sepulcro de Cristo. Sea su honor el nuestro, pues somos herederos de aquella fe sincera y ferviente que animó a nuestros padres y los armó para vengar su injuria. Cumplamos nuestro deber de Pascua, que consiste en comprender y gustar las magnificencias del sepulcro glorioso.

EL SÁBADO " IN ALBIS". — Este día lleva en la Liturgia el nombre de Sábado in albis, o mejor in albis deponendis, porque hoy los neófitos deponían as vestiduras blancas que habían llevado durante toda la octava. La octava, en efecto, había comenzado para ellos más pronto que para el resto de los fieles, pues en la noche del Sábado Santo habían sido regenerados y se los había cubierto en seguida con este vestido, símbolo de la pureza de sus almas. En la tarde del Sábado siguiente, después del oficio de Vísperas se le quitaban, como luego diremos. Hoy la Estación, en Roma, es en la Basílica de Letrán, Iglesia Madre y Maestra, contigua al Bautisterio constantiniano, donde los neófitos hace ocho días recibieron la gracia de la regeneración. El templo que los reúne hoy, es la misma iglesia de la que salieron en la penumbra de la noche, camino de la fuente de la salud, precedidos del misterioso cirio que alumbraba sus pasos; es el mismo en que, envueltos en sus hábitos blancos, asistieron por vez primera a toda la celebración del Sacrificio cristiano, en el que recibieron el Cuerpo y la Sangre del Redentor. Ningún otro lugar más apto que éste para la reunión litúrgica del presente dia, cuyas impresiones conservarían indelebles en el corazón los neófitos que estaban a punto de entrar en la vida ordinaria de los fieles. La santa Iglesia, en estas horas postreras, en que los recién nacidos se agrupan en derredor de una Madre, los considera complacida, posa con amor su mirada en estos frutos preciosos de su fecundidad que los días pasados la sugerían cantos melodiosos y conmovedores. Unas veces se los presentaba levantándose del Banquete divino, vivificados por la carne de aquel que es sabiduría y dulzura a la vez, y entonces cantaba este responso: La boca del sabio destila miel, aleluya; ¡cuan dulce es la miel en su lengua! aleluya; * Un panal de miel destilan sus labios. Aleluya. V. La sabiduría descansa en su corazón; y hay prudencia en las palabras de su boca. * Un panal de miel brota de sus labios. Aleluya. Otras veces se enternecía al contemplar transformados en tiernos corderitos a esos hombres que hasta entonces habían llevado la vida del siglo, pero que volvían a empezar su carrera con la inocencia de los niños; y la Iglesia los hablaba en este lenguaje paternal: He aquí los corderitos que nos han anunciado el Aleluya; acaban de salir de la fuente; * Están bañados de luz. Aleluya. T. Compañeros del Cordero, visten de blanco y llevan palmas en sus manos. * Están bañados de luz. Aleluya, aleluya. Se ponía otras veces a mirar con santo orgullo el resplandor de las virtudes que el santo Bautismo había infundido en sus almas, la pureza sin mancilla que los hacia brillar como la luz, y su voz, llena de gozo, cantaba así su belleza: ¡Cuán blancos son los nazarenos de mi Cristo! aleluya; su resplandor da gloria a Dios; aleluya; * Su blancura es como la leche más pura. Aleluya, aleluya. y. Más blancos que la nieve, más puros que la leche, más rubios que el marfil antiguo, más hermosos que el zafiro; * Su blancura es como la leche más pura. Aleluya, aleluya. Estos dos responsorios todavía forman parte de los Oficios del Tiempo Pascual.

M I S A
El Introito está compuesto con palabras del Salmo CIV; en él glorifica Israel al Señor por haber hecho volver a su pueblo del destierro. Este pueblo son para nosotros nuestros neófitos, que estaban desterrados del cielo a causa del pecado original y de sus pecados personales; el Bautismo les ha devuelto todos sus derechos a esta dichosa patria acogiéndoles en la Iglesia.

INTROITO
Sacó el Señor a su pueblo con regocijo, aleluya: y a sus elegidos con alegría, aleluya, aleluya. — Salmo: Confesad al Señor e invocad su nombre: anunciad entre las gentes sus obras. V. Gloria al Padre.

En el momento de acabar la semana pascual, la Iglesia pide al Señor, en la Colecta, que las alegrías que sus hijos han gustado en estos días les abran el camino a las alegrías todavía mayores de la Pascua eterna.

COLECTA
Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que. Los que hemos celebrado con veneración las fiestas pascuales, merezcamos alcanzar por ellas los gozas eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


EPISTOLA
Lección de la Epístola del Ap. S. Pedro (1 Pe. II 1 - 10).
Carísimos: Dejando, pues, toda malicia y todo dolo, y los fingimientos y las envidias y toda detracción, como niños recién nacidos, ansiad la leche espiritual, sin engaño, para que con ella crezcáis en salud si es que gustáis cuán dulce es el Señor. Acercaos a él, piedra viva, reprobada por los hombres, pero elegida y honrada por Dios, y edificaos también vosotros sobre ella, cual piedras vivas, como una casa espiritual, como un sacerdocio santo, para ofrecer por Jesucristo hostias espirituales, gratas a Dios. Por eso dice la Escritura: He aquí que pongo en Sión una piedra principal, angular, escogida, preciosa: y, el que creyere en ella, no será confundido. Para vosotros, los que creéis, es honor; mas, para los que no creen, la piedra que reprobaron los constructores, se ha hecho cabeza angular, y piedra de tropiezo, y piedra de escándalo para los que tropiezan en la palabra y no creen en aquello para lo que han sido destinados. Mas vosotros sois una raza escogida, un sacerdocio real, una gente santa, un pueblo de conquista: para que anunciéis las maravillas del que os llamó de las tinieblas a su admirable luz. Los que antes no erais pueblo, ahora sois el pueblo de Dios: los que no habíais conseguido misericordia. Ahora la habéis conseguido.

CONSEJOS DE SAN PEDRO A LOS NEÓFITOS. — Los neófitos no podían escuchar, en este día, una exhortación mejor apropiada a su situación que la del príncipe de los Apóstoles, en este pasaje de su primera Epístola. San Pedro dirigió esta carta a nuevos bautizados; por eso ¡con qué dulce paternidad explayaba también los sentimientos de su corazón sobre estos "hijos recién nacidos"! La virtud que él les recomienda, es la sencillez, que tan bien cuadra en esta primera edad; la doctrina con la que han sido instruidos, es leche que los alimentará y los hará crecer; al Señor es a quien hay que saborear; y el Señor está lleno de dulzura. El Apóstol insiste en seguida sobre uno de los principales caracteres de Cristo: es la piedra fundamental y angular del edificio de Dios. Sobre él solo deben establecerse los fieles, que son las piedras vivas del templo eterno. El solo les da la solidez y la resistencia; y por eso, antes de volver a su Padre, ha recogido y establecido sobre la tierra otra Piedra, una Piedra siempre visible que está unida a él mismo y a la cual ha comunicado su propia solidez. La modestia del Apóstol le impide insistir sobre lo que el santo Evangelio encierra de glorioso para él a este propósito; pero quién conoce las palabras de Cristo a Pedro, comprende toda la doctrina. Si el Apóstol no se glorifica a sí mismo, ¡qué títulos magníficos nos da en cambio a nosotros los bautizados! Nosotros somos "la raza escogida y santa, el pueblo que Dios ha conquistado, un pueblo de Reyes y de sacerdotes". En efecto, ¡qué diferencia del bautizado con el que no lo está! El cielo, abierto para uno, está cerrado para el otro; uno es esclavo del demonio, y el otro, rey en Jesucristo Rey, de quien ha llegado a ser hermano; el uno, tristemente aislado de Dios, y el otro, ofreciéndole el sacrificio supremo por las manos de Jesucristo Sacerdote. Y todos esos dones nos han sido conferidos por una misericordia enteramente gratuita; no han sido en modo alguno, merecidos por nosotros. Ofrezcamos, pues, a nuestro Padre adoptivo humildes acciones de gracias; trasladándonos al día en que también nosotros fuimos neófitos, renovemos las promesas hechas en nuestro nombre, como la condición absoluta con la cual nos eran concedidos tan grandes bienes. A partir de este día, la Iglesia deja de emplear hasta el fin del Tiempo Pascual, entre la Epístola y el Evangelio, el Responso llamado Gradual. Le sustituye por el canto repetido del "Alleluiá", que presenta menos gravedad pero expresa un sentimiento más vivo de alegría. En los seis primeros días de la solemnidad pascual, no ha querido aminorar la majestad de sus cantos; ahora se entrega más de lleno a la santa libertad que la transporta.

ALELUYA
Aleluya, aleluya. X. Este es el día que hizo el Señor: gocémonos y alegrémonos en él. Aleluya. V. Alabad, niños, al Señor, alabad el nombre del Señor.

Se canta en seguida la Secuencia de la Misa del día de Pascua, Victimae pascJiali.



EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según San Juan «XX, 1-9).
En aquel tiempo, pasado el Sábado, María Magdalena fué al sepulcro por la mañana, cuando todavía reinaban las tinieblas: y vió la piedra quitada del sepulcro. Corrió entonces, y fué a Simón Pedro y al otro discípulo a quien amaba Jesús, y díjoles: Han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto. Salió entonces Simón, y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Y corrían los dos juntos, y el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó antes al sepulcro. Y, habiéndose inclinado, vió los lienzos puestos, pero no entró. Llegó entonces Simón Pedro siguiéndole, y entró en el sepulcro, y vió los lienzos puestos, y el sudario que había cubierto su cabeza no estaba puesto con los lienzos, sino doblado en otro sitio. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro: y vió y creyó: porque aún no habían entendido la Escritura, según la cual era necesario que él resucitara de entre los muertos.

EL RESPETO DEBIDO A PEDRO. — Este episodio de la mañana del día de Pascua le ha reservado para hoy la Santa Iglesia, porque en él figura San Pedro, cuya voz se ha dejado oír ya en la Epístola. Este es el último día en que asisten los neófitos al Sacrificio revestidos de blanco; mañana su exterior no les distinguirá en nada de los otros fieles. Importa, pues, insistir con ellos sobre el fundamento de la Iglesia, fundamento sin el que la Iglesia no podría subsistir y sobre el que deben ellos establecerse, si quieren conservar la fe en la que han sido bautizados y que han de guardar pura hasta el fin para obtener la salud eterna. Ahora bien, esta fe se mantiene firme en todos aquellos que son dóciles a las enseñanzas de Pedro y veneran la dignidad de este Apóstol. Aprendamos de otro Apóstol, en este pasaje del santo Evangelio, el respeto y la deferencia que son debidas al que Jesús encargó de apacentar todo el rebaño, corderos y ovejas. Pedro y Juan corren juntos a la tumba de su maestro; Juan, más joven, llega el primero. Contempla el sepulcro: pero no entra. ¿Por qué esta humilde reserva en el que es el discípulo amado del Maestro? ¿Qué espera? Espera al que Jesús ha antepuesto a todos ellos, al que es su Jefe, y a quien pertenece obrar como jefe. Pedro llega; entra en el sepulcro; comprueba todo y en seguida Juan penetra, a su vez, en la gruta. Admirable enseñanza que Juan mismo quiso darnos, escribiendo con su propia mano este relato misterioso. Toca a Pedro el preceder, el juzgar, el obrar como maestro; y toca al cristiano seguirle, escucharle, rendirle honor y obediencia. Y ¿cómo no iba a ser así cuando vemos incluso a un Apóstol y tal Apóstol, obrar de este modo con Pedro, y cuando éste no había aún recibido más que la promesa de las llaves del Reino de los Cielos, que no le fueron dadas de hecho, sino en los días siguientes? Las palabras del Ofertorio están sacadas del Salmo CXVII, que es por excelencia el Salmo de la Resurrección. Saludan al divino triunfador que se eleva como un astro luminoso, y viene a derramar sobre nosotros sus bendiciones.

OFERTORIO
Bendito el que viene en nombre del Señor: os bendecimos desde la casa del Señor: el Señor es Dios y nos ha iluminado. Aleluya, aleluya.



En la Secreta la Iglesia nos enseña que la acción de los divinos misterios celebrados en el curso del año, es continua sobre los fieles. Llevan consigo ora una nueva vida, ora una nueva alegría, y por su sucesión anual en la santa Liturgia la Iglesia mantiene en sí la vitalidad que ellos la confieren cumpliéndose a su tiempo.

SECRETA
Suplicámoste, Señor, hagas que nos felicitemos siempre de estos misterios pascuales: para que, la continua obra de nuestra reparación, sea para nosotros causa de perpetua alegría. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Los neófitos deben, en este mismo día, deponer sus hábitos blancos; ¿cuál será, pues, en adelante su vestido? El mismo Cristo, que se ha incorporado a ellos por el Bautismo. El Doctor de los gentiles les da esta esperanza en la Antífona de la Comunión.

COMUNION
Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis vestido de Cristo. Aleluya.

En la Poscomunión, la Iglesia insiste aún sobre el don de la fe. Sin la fe, el cristianismo deja de existir; pero la Eucaristía, que es el misterio de la fe, tiene la virtud de alimentarla y desarrollarla en las almas.

POSCOMUNION
Sustentados con el don de nuestra redención, suplicámoste, Señor, hagas que, con este auxilio de la perpetua salud, crezca siempre la verdadera fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

DEPOSICION DE LOS HABITOS BLANCOS
Cada uno de los días de esta semana, el Oficio de Vísperas se tenía con la misma solemnidad de que hemos sido testigos el Domingo. El pueblo fiel llenaba la Basílica, y acompañaba con sus miradas y con su interés fraternal al grupo blanco de neófitos que avanzaba, cada tarde, en pos del Pontífice, para volver a ver la fuente que da nueva, vida a los que son sumergidos en ella. Hoy la concurrencia es mayor aún; pues se va a cumplir un nuevo rito. Los neófitos, quitándose el hábito que recuerda al exterior la pureza de sus almas, van a aceptar el compromiso, de conservar interiormente esta inocencia cuyo símbolo no les es ya necesario. Por este cambio que se opera a los ojos de los fieles, se da a entender que la Iglesia devuelve estos nuevos hijos a sus familias, a la solicitud y deberes de la vida ordinaria, a ellos les toca ahora mostrar en adelante lo que son para siempre: cristianos, discípulos de Cristo.  Al regreso del Baptisterio, y después de haber terminado el Oficio de Vísperas por la estación ante la Cruz del arco triunfal, los neófitos son conducidos a una de las salas contiguas de la Basílica; allí se ha preparado un amplio recipiente lleno de agua. El Obispo, sentado en silla de honor y viendo a su alrededor a esos corderos de Cristo, les dirige un discurso en el que expresa la alegría del Pastor, al ver el feliz aumento del rebaño que le está confiado. Los felicita por su dicha y, viniendo en seguida al objeto de su reunión en este lugar, es decir a la deposición de las vestiduras que recibieron de sus manos al salir de la fuente de la salud, les advierte paternalmente la obligación de velar- sobre sí mismos y de no manchar nunca la blancura del alma de que la de los vestidos no ha sido más que una débil imagen.  Los vestidos blancos de los neófitos fueron suministrados por la Iglesia, como lo vimos en el Sábado santo: Por esta razón deben ponerse en manos de la Iglesia. El agua de la pila está destinada a lavarlos. Después de la alocución, el Pontífice bendice el agua, recitando sobre ella una Oración en la cual recuerda la virtud que el Espíritu Santo ha dado a este elemento para purificar las manchas mismas del alma. Volviéndose luego hacia los neófitos, después de haber expresado a Dios sus acciones de gracias recitando el Salmo CXVI, pronuncia esta bella plegaria: "Visita. Señor, con tus propósitos salvadores, a tu pueblo, resplandeciente en medio de la alegrías pascuales; pero dígnate conservar en vuestros neófitos, para que sean salvados, lo que tú mismo has obrado en ellos. Haz que, al deponer sus vestidos blancos, el cambio en ellos no sea sino exterior; que esté siempre adherida a sus almas la blancura invisible de Cristo; que no la pierdan nunca: y que tu gracia los ayude a alcanzar mediante el ejercicio de las buenas obras, la vida inmortal a la que nos invita el misterio de Pascua." Después de esta oración, los neófitos ayudados, los hombres por sus padrinos, y las mujeres por sus madrinas, se despojaban de las vestiduras blancas y las entregaban a los servidores de la Iglesia encargados de lavarlas y de conservarlas. Se revestían en seguida con sus hábitos ordinarios, ayudados siempre por sus padrinos y madrinas; y por fin, vueltos a los pies del Pontífice, recibían de su mano el símbolo pascual, la imagen de cera del Cordero divino. El último vestigio de esta función conmovedora es la distribución de los "Agnus Dei" que el Papa hace en este día, en Roma, el primero y cada siete años de su pontificado. Vimos cómo fueron bendecidos por el Pontífice el miércoles precedente, y cómo los ritos que el Papa emplea en esta ocasión, recuerdan el Bautismo por inmersión de los neófitos. El Sábado siguiente, en los años de que acabamos de hablar, hay Capilla papal en el palacio. Después de la Misa solemne, estando el Sumo Pontífice en el trono, se traen en cestillas los "Agnus Dei" en gran número. El Prelado que los presenta canta estas palabras tomadas de uno de los Responsos que hemos citado: "Padre Santo, he aquí estos nuevos corderos que nos han anunciado el Aleluya; salen al instante de la fuente; están todos brillantes de luz." El Papa responde: "Deo gratias." El pensa195 miento se traslada entonces a los tiempos en que, en ese mismo día, los nuevos bautizados eran conducidos a los pies del Pontífice como tiernos corderos de blanco vellón, objeto de las complacencias del pastor. El Papa hace él mismo, desde su trono, la distribución de los "Agnus Dei" a los Cardenales, a les Prelados y a los otros asistentes; y así termina esta ceremonia tan interesante por los recuerdos que suscita y por su objeto actual.


LA PASCUA "ANNOTINA".—No acabaremos los relatos que se relacionan con este último día de la Octava de los nuevos bautizados, sin decir una palabra de la Pascua "annotina". Se llamaba así al día del aniversario de la Pascua del año precedente; y ese día era como la fiesta de los que contaban un año completo después de su bautismo. La Iglesia celebraba solemnemente el Sacrificio en favor de esos nuevos cristianos, a los cuales recordaba el inmenso beneficio con que Dios les había favorecido ese día; y era ocasión de festines y regocijos en las familias cuyos miembros habían sido, el año precedente, del número de los neófitos. Si por la irregularidad de la Pascua, este aniversario caía, el año siguiente, en alguna de las semanas de Cuaresma, debía abstenerse este año de celebrar la Pascua "annotina", o trasladarla después del día de la Resurrección. Parece que, en ciertas Iglesias, para evitar esas continuas variaciones, se había fijado el aniversario del Bautismo en el Sábado de Pascua. La interrupción de la costumbre de administrar el Bautismo en la fiesta de la Resurrección trajo poco a poco la supresión de la Pascua "annotina"; con todo, se encuentran huellas en algunos lugares hasta el siglo XIII, o quizás más allá. Esta costumbre de festejar el aniversario del Bautismo, fundada en la grandeza del beneficio que cada uno de nosotros recibimos ese día, no debió desaparecer nunca de las costumbres cristianas; y en nuestros tiempos, como en la antigüedad, todos los que han sido regenerados en Jesucristo, deben tener al día en que recibieron la vida sobrenatural, siquiera el respeto que los paganos tenían a aquel que los había puesto en posesión de la vida natural. San Luis solía firmar "Louis de Poissy", porque fué en las fuentes de la humilde iglesia de Poissy donde recibió el bautismo; nosotros podemos aprender de tan gran cristiano a recordar el día y el lugar en que fuimos hechos hijos de Dios y de su Iglesia.