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sábado, 16 de abril de 2016

El Peregrino Ruso


"Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador"


No hay duda de que el deseo y la petición de un alma pobre, humilde y pecadora no podría ser expresado con palabras más sabias, más esenciales y más exactas que éstas: «Ten piedad de mí!» Ninguna otra expresión sería tan completa. Por ejemplo: si decimos «perdóname», «perdona mis pecados», «perdona mi desobediencia», «cancela mis culpas», sonaría como una invocación a Dios para ser liberados del castigo, manifestaría el miedo de un alma, temerosa y negligente. Pero decir: «ten piedad de mí», significa no sólo el deseo, provocado por el miedo, de obtener perdón, sino que es también un grito de amor filial, que espera en la misericordia de Dios y reconoce humildemente la propia impotencia. Es una invocación de misericordia -es decir, de gracia-, que obtendrá de Dios el don de la fortaleza. Con ella el hombre resistirá las tentaciones y superará la propia inclinación al pecado. Es como si un pobre deudor pidiese humildemente a su acreedor no sólo el perdón de la deuda, sino también le pidiese que, apiadado de su extrema pobreza, le diese una limosna. Esto es lo que expresan las profundas palabras: «ten piedad de mí». Es como decir: «Bondadoso Señor, perdona mis pecados y ayúdame a mejorar; infunde en mi alma un vigoroso impulso a seguir tus órdenes; concédeme tu gracia perdonando mis pecados actuales y cambiando mi mente distraída, mi voluntad y mi corazón hacia Ti solo.» Maravillado de estas palabras, le di las gracias por el consuelo aportado a mi alma de pecador y él continuó enseñándome otras cosas maravillosas:

-«Si quieres, dijo, puedo hablarte aún de la entonación que debe acompañar la oración a Jesús.»

Debía ser una persona docta, porque había estudiado en la Academia de Atenas.

-«Bien, he escuchado a muchos cristianos, temerosos de Dios, rezar con los labios la oración a Jesús según la palabra de Dios y la tradición de la santa Iglesia. Lo hacen no sólo en su casa, sino también en la iglesia. Escuchando con atención la tranquila recitación de la oración, se puede observar con gran provecho espiritual que el tono de la oración varía de persona a persona. Así, algunos subrayan la primera palabra: "Señor", y pronuncian las otras en un tono más igualado y uniforme. Otros, en cambio, comienzan la oración en tono uniforme y acentúan la palabra central: "Jesús", en una especie de exclamación, terminando con el mismo tono con que se había comenzado. Otros, por su parte, comienzan y prosiguen la oración quedamente hasta las últimas palabras: "ten piedad de mí", palabras que declaman como si estuvieran en éxtasis. Algunos, finalmente, pronuncian la oración entera: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador", acentuando las tres palabras: Hijo de Dios.

Ahora escucha: la oración es siempre la misma. Los cristianos ortodoxos profesan una sola fe. Todos saben que esta oración, la más alta y sublime, encierra dos cosas: el Señor Jesús y la súplica a El dirigida; esto es igual para todos. ¿Por qué, entonces, no la rezan todos de la misma forma, con la misma entonación? ¿Por qué el alma suplica y se expresa de una manera particular no acentuando todos los mismos puntos? Muchos dicen que esto depende quizá de la costumbre o de la imitación, de la interpretación de las palabras según los diversos puntos de vista, o de la espontaneidad de cada uno. Pero yo opino de una manera completamente distinta. Creo que la causa debe ser buscada en algo más elevado y desconocido no sólo a quien escucha, sino también a quien reza. ¿No podría ser una secreta moción del Espíritu Santo que "intercede por nosotros con gemidos inefables" (Rom. 8, 26), en aquellos que no saben cómo y por qué orar? Y si todos oran en el nombre de Jesucristo por medio del Espíritu Santo, como dice el Apóstol, el Espíritu Santo que obra en lo secreto y «da una oración al que ora», puede también conceder a todos, a pesar de su falta de fuerza, su benéfico don. A uno le puede dar reverente temor de Dios, a otro amor, a otra firmeza en la fe, a otra humildad, etc.  Si es así, el que ha recibido' el don de reverenciar y honrar la grandeza del Omnipotente; pronunciará en su oración con mayor fuerza la palabra "Señor», en la que siente el infinito poder del Creador del mundo. Aquel a quien fue dado el secreto manar del amor en el corazón, todo le será arrebatador y dulce al exclamar: "Jesucristo". Así, un Staretz no podría oír el Nombre de Jesús sin sentir una oleada de amor y de gozo, incluso en una simple conversación. El que tiene fe a toda prueba en la divinidad de Jesucristo, consustancial al Padre, se inflama y fortalece aún más en la fe pronunciando las palabras: "Hijo de Dios". El que ha recibido el don de la humildad y es profundamente consciente de la propia debilidad, expresa su penitencia y humildad con las palabras: "ten piedad de mí", y se encuentra sobre todo en estas últimas palabras de la oración.

Espera en la ternura de Dios y aborrece las propias caídas. Esta es la explicación, según mi criterio, de las diversas entonaciones con que es recitada la oración del Nombre de Jesús. Por eso, escuchando la oración, para gloria de Dios y edificación tuya, puedes comprender qué sentimiento mueve a cada uno, qué don espiritual ha recibido. A este respecto me han dicho muchos:

"¿Por qué no se manifiestan juntos todos estos signos de los secretos dones espirituales? En este caso, no una palabra, sino todas manifestarían esa especie de éxtasis... “Mi respuesta era: "porque la gracia de Dios distribuye sus dones sabia y diversamente a cada uno según su voluntad. Así lo enseña la Escritura (1 Cor 12). ¿Quién puede, con su inteligencia limitada, penetrar en las disposiciones de la gracia? ¿No está quizá la arcilla en manos del alfarero, y no tiene éste libertad para hacer de aquélla el objeto que le plazca (Rom 9, 20-21)?".» Pasé cinco días con este Staretz, que iba mejorando poco a poco. Me era tan provechoso este tiempo que no me daba ni cuenta de lo aprisa que pasaban los días. En aquella habitacioncilla, como en un silencioso retiro, nos ocupábamos sólo de orar en secreto en el Nombre de Jesucristo, o de conversar sobre un único argumento: la oración interior.

En cierta ocasión se nos acercó un peregrino. Comenzó a quejarse amargamente de los hebreos y a injuriados, porque en algunos de sus pueblos por los que había pasado había encontrado enemistad y engaños. Estaba tan enfurecido contra ellos que los maldecía y consideraba incluso indignos de vivir por su obstinación e infidelidad. Nos dijo, finalmente, que su aversión hacia ellos era incontrolable. El Staretz le escuchó, y después le dijo:

-«No tienes razón, amigo, al injuriar y maldecir a los hebreos. Tanto ellos como nosotros somos creaturas de Dios, y es preciso tener piedad de ellos y por ellos orar, pero no maldecirlos.

Créeme, tu desprecio hacia ellos deriva de que no estás asentado en el verdadero amor de Dios, no tienes la seguridad que deriva de la oración interior, no tienes la paz interior. Te leeré algo de los santos Padres a este respecto. Escucha lo que dice Marcos el Asceta: "El alma unida íntimamente a Dios, por el inmenso gozo que le embarga, es como un niño bueno y de corazón sencillo; no condena a nadie: ni al griego, ni al pagano, ni al hebreo, ni al pecador. Mira a todos sin distinción con una mirada limpia, y desea que todos: griegos, paganos y hebreos glorifiquen a Dios." Y Macario el Grande, de Egipto, dice que "el contemplativo se inflama con un amor tal que, si fuese posible, acogería en sí a todo hombre, sin distinguir al malo del bueno". Esta es, querido hermano, la opinión de los santos Padres. Por eso, te aconsejo deponer la cólera y mirarlo todo a la luz de la Providencia de Dios; y cuando recibas alguna injuria acúsate sobre todo a ti mismo, especialmente por tu escasa paciencia y humildad.» Había ya pasado más de una semana. El Staret:

Se encontraba ya bien; le agradecí, de corazón, todas sus preciosas enseñanzas y nos separamos. El volvió a su país y yo continué el camino que me había propuesto. Estaba ya cerca de Pocaev. No había recorrido aún cien kilómetros cuando me alcanzó un soldado. Le pregunté a dónde iba. Me respondió que volvía a su casa, en la provincia de Kamenets Podolsk. Caminando en silencio junto a él unos diez kilómetros, me di cuenta de que suspiraba con ansiedad, como si algo le oprimiese.

-¿Por qué estás triste? -le pregunté.

-Buen' amigo -dijo-o Si has notado mi dolor y me juras por Dios que no lo dirás a nadie, te contaré mi historia: me aguarda la muerte y no tengo a quién confiarme.

Le aseguré, como cristiano, que no tenía motivo alguno para hablar de ello a nadie, y que por amor fraterno me alegraría poder aconsejarle lo mejor que supiese.

-Bien; verás -dijo-o Después de haber estado en el ejército cinco años, la vida militar comenzó a parecerme insoportable. Con frecuencia me castigaban por negligencia y borracheras. Por eso, decidí huir. Hace ya quince años que he desertado. Durante seis años logré pasar desapercibido: robaba en las tabernas, en los almacenes y en los graneros. Robaba caballos y me arreglaba como podía. Vendía lo robado y lo que sacaba me lo gastaba en bebida. Llevaba una vida depravada, cayendo en toda clase de pecados. Todo me iba bien hasta que terminé en la cárcel, por vagabundo e indocumentado. Me escapé de allí en cuanto se me presentó la primera ocasión. Después, por casualidad, encontré a un soldado que había sido exonerado del servicio. Vivía en una provincia muy apartada, y, como apenas podía caminar, me pidió que le acompañase hasta la provincia más cercana, donde se alojaría. Le acompañé. Nos permitieron pernoctar en un henil y allí nos acostamos. Cuando me desperté, pude comprobar que mi compañero estaba muerto. Le rebusqué en seguida para quedarme con su pasaporte. Le encontré también dinero, y se lo quité.


Me precipité hacia afuera mientras los demás aún dormían, y me escapé al bosque. En el pasaporte del muerto vi que la edad y otros muchos datos de identificación coincidían con los míos. Me alegré y me dirigí a la provincia de Astrakhan. Allí comencé a asentar la cabeza y a trabajar. Caí con un señor, propietario de una casa y comerciante en animales, que vivía solo con una hija viuda. Viví en la casa un año y me casé con la hija. Después murió el viejo. Pero no estábamos en condiciones de continuar con el negocio. Comencé de nuevo a beber, y mi mujer también. Así en un año disipamos todo lo que el viejo nos había dejado. Además, mi mujer enfermó y murió. Vendí la casa y lo poco que me quedaba, y en poco tiempo me quedé sin nada. No tenía de qué vivir. Volví a la actividad anterior: traficar con cosas robadas. Ahora era más audaz, porque tenía documentación. Fue otro año de vida disipada. Continuó un período de desdichas: robé a un pobre hombre su viejo y delgado caballo, vendiéndolo por medio rublo a unos usureros. Cogí el dinero, me fui a una taberna y comencé a beber. Mi idea era ir a un pueblo donde se iba a celebrar una boda. Después del banquete todos dormirían, y yo aprovecharía para robar lo que hubiera caído en mis manos. Como aún no se había puesto el sol, me fui al bosque esperando la noche. Me acosté y, profundamente dormido, soñé que me encontraba en un prado inmenso y bello. En un momento, comenzó a levantarse en el cielo una terrible nube y tronó tan fuerte que la tierra se abrió debajo de mí y me tragó como si alguno me hubiese empujado. La tierra me cubrió.