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lunes, 18 de abril de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"

Carta Pastoral Nº 25
FIDELIDAD A LA VIDA RELIGIOSA 


Sin hacerles ahora un balance o resumen de las entrevistas de la tan benéfica reunión de los superiores mayores, me parece oportuno animarlos, por medio del “Aviso del mes”, a hacer revivir la gracia de la vida religiosa que está en ustedes.  Si bien es verdad que los superiores mayores han tomado una conciencia más viva de la necesidad de favorecer y animar la vida de comunidad o comunitaria, que es el medio en el cual la vida religiosa encuentra su vigor y desarrollo, sin embargo, para nosotros es forzoso comprobar que lo que da existencia y eficacia a la vida de comunidad es más bien el verdadero y auténtico religioso.

La obligación de la vida religiosa auténtica no está reservada a los superiores. El joven religioso que recién sale del escolasticado puede y debe ser como el misionero asentado, un religioso convencido y decidido, cueste lo que le costare, a practicar su profesión religiosa según la regla y las constituciones conforme a los votos que pronunció delante de Dios y de la Iglesia.

No hay que acusar a la gracia de la vida religiosa de ser causa de inutilidad o ineficacia; lo que falla, desgraciadamente demasiado a menudo, es el mismo religioso. Por cierto, los superiores no deben descuidar nada de lo que pueda debilitar la vida religiosa, pero los que son fieles a sus votos encuentran la gracia y la obtienen de Nuestro Señor para perseverar en dicha fidelidad, cualesquiera que sean las circunstancias. La debilidad de la voluntad forma parte de las consecuencias del pecado original, pero todos nuestros años de formación se destinan a fortalecer nuestra voluntad y a procurarnos los medios sobrenaturales y naturales necesarios para mantener nuestra voluntad en la prosecución del bien, del deber, de la voluntad de Dios.  A menudo se quejan de no encontrar la fuente de su vida interior y de su celo apostólico en su vida religiosa; no han aceptado o asimilado suficientemente la formación que se les ha dado.

El buen religioso es el que hace la buena comunidad, y no siempre la buena comunidad hace al buen religioso. Nuestra vida apostólica exige de nosotros una vida interior que se renueve sin cesar en las verdaderas fuentes de la gracia. Nuestra formación religiosa debe facilitarnos esta renovación constante. A propósito, pongo ante sus ojos estas palabras de nuestro Santo Padre el Papa Paulo VI, que los ayudarán a entender mejor la necesidad de una vida religiosa personal, profunda y convencida:

“Los hombres llamados al honor de colaborar con el Salvador en la transmisión de esta vida divina a las almas, deben considerarse como modestos pero fieles instrumentos encargados de extraer de una única fuente: Jesucristo.

“Comportarse en el ejercicio del apostolado como si Jesús no fuese el único principio de vida, olvidar que el papel que se cumple es secundario y subordinado, esperar el buen éxito únicamente de su actividad personal y de sus propias capacidades, es caer en un error fatal que provoca una fuerte inversión de los valores. Ese comportamiento sustituye a la acción de Dios por una febril agitación natural; desconoce la fuerza de la gracia y pone prácticamente en el número de las abstracciones a la vida sobrenatural, al poder de la oración y a la economía de la redención.”

“Estén profunda e íntimamente convencidos de la preeminencia de la vida interior por sobre la vida activa. Están destinados a la conquista espiritual del mundo, tienen que edificar el reino de Dios que se llama la Iglesia, penetrar y salvar nuestro tiempo, dar nuevo sentido, armonía y alma cristiana a todas las manifestaciones de la vida dependiente de hoy. ¡Y bien! Deberán hacerlo todo sin asimilarse al mundo, sin confundirse con él, porque los sacerdotes (Jn. XVII, 16), guardando siempre intacta e inalterada su personalidad y su individualidad sacerdotal. No se dejarán maniobrar por el espíritu del mundo; antes bien, como hijos de Dios, por el espíritu de Dios (Rom. VIII, 14). Por eso la Iglesia los quiere despojados de todo apego terrenal, les encomienda el desinterés y la pobre sencillez de vida: (Mt. X, 9). Para este camino no fácil, la Iglesia, buena Madre, les da una verdadera riqueza, la de la gracia. Gracia para ustedes, esta posesión integral, plena y sobreabundante de Dios, que pueden comunicar a los otros porque se harán ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios: sic nos existimet homo ut ministros Christi et dispensatores mysteriorum Dei  (I Cor. IV, 1), ministros de gracia: (I Petr. IV, 10). “

“Si conservan la primacía absoluta de esta actividad y de esta vida sobrenatural en ustedes, les será más fácil, más seguro y más provechoso empezar el diálogo con las almas, y sabrán entender a todos los que no tienen más que un vago recuerdo de la vida cristiana, como bautizados que han recibido un carácter sagrado que les quedó inoperante.”

“San Bernardo de Claraval, para probar que el hombre apostólico debe renovarse continuamente en Cristo recuerda: sepis, concham te exhibebis non canalem” (Serm. 18 in cant.)

“Si eres sabio, serás un reservatorio y no un canal, porque el canal simplemente deja fluir el agua que recibe, sin conservar una sola gota; por el contrario, el reservatorio empieza por llenarse, y sin vaciarse va renovándose sin cesar, dejando desbordar su excedente para fertilizar los campos.”

“Alimentarán esta vida interior y la preservarán de la usura de la acción permaneciendo fieles a la meditación que tendrá encendido el fuego del amor divino; encontrarán una inagotable fuente de vida interior, y por consiguiente, del ministerio, en la vida litúrgica vivida tal como lo quiere la constitución conciliar de Sacra Liturgia~. Les será más fácil entonces permanecer a la espera de lo sobrenatural en todas sus acciones, y recibirán con eso una ayuda valedera para hacer sus vidas siempre más conformes a la de Cristo. La ardiente devoción a la Santísima Virgen será para ustedes una garantía segura de éxito y de fidelidad al ideal de la vocación”

(Pablo VI, Alocución al colegio Ep. brasileño, 28 de abril de 1964 / Oss. Rom., 8 de mayo de 1964).

Mons. Marcel Lefebvre

(“Aviso del mes”)