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jueves, 14 de abril de 2016

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"

CAPÍTULO 12
Encíclica Divini Redemptoris
del Papa Pío XI
sobre el comunismo
(19 de marzo de 1937) 
(PRIMERA PARTE)

Estudiemos ahora la importantísima encíclica Divini Redemptoris del Papa Pío XI, con fecha 19 de marzo de 1937, día de la fiesta de San José. Elegido en 6 de febrero de 1933, el Papa Pío XI murió el 10 de febrero de 1939. Esta encíclica es, pues, una de las primeras que hizo. Curiosa coincidencia: el Papa San Pío X murió justo antes de la guerra de 1914-1918, y el Papa Pío XI en la víspera de la guerra de 1939-1945. En primer lugar hay un prólogo, seguido de cinco partes principales. El Papa alude en primer lugar al combate que empezó después del pecado original (§ 1).

«La promesa de un Redentor ilumina la primera página de la historia de la humanidad; por eso la segura esperanza de tiempos mejores alivió el pesar del paraíso perdido y acompañó al género humano en su atribulado camino, hasta que, cuando vino “la plenitud de los tiempos” (Gal. 4, 4), el Salvador del mundo, viniendo a la tierra, colmó la expectación e inauguró para todos los pueblos una era nueva y más civilizada».

La civilización cristiana

Esta alusión: «Inauguró para todos los pueblos una era nueva y más civilizada», es muy importan-te, porque eso es lo que quieren siempre los progresistas y los modernistas: una nueva era. Los comunistas hablan igual. Unos y otros están de acuerdo en reclamar una nueva era, queriendo, por supuesto destruir la era que empezó con Nuestro Señor.

“...inauguró para todos los pueblos una era nueva y más civilizada, la civilización cristiana, inmensamente superior a la que hasta entonces trabajosamente había alcanzado el hombre en algunos pueblos más privilegiados” hemos visto cómo los modernistas, siguiendo en esto el espíritu de los sillonistas, rechazan en la práctica la idea de civilización cristiana y niegan sus beneficios. Dicen: “Vosotros los europeos, identificáis la civilización cristiana con la civilización europea, pero los pueblos que no son europeos siempre han dicho que esto era falso. Por consiguiente queréis imponerles vuestra civilización”.

Los Papas han dicho siempre que esto es mentira, porque no hay civilización europea —de una Europa imaginaria, por otra parte— sino que se trata de una civilización cristiana. La civilización antigua y pagana que existía antes de la era cristiana cuando fue conocido Nuestro Señor, se comparaba a la de otros pueblos todavía paganos que no Lo reconocían aún. Europa estaba en ese mismo estado.  Si Europa se civilizó fue bajo la influencia de Nuestro Señor Jesucristo, al llegar su doctrina, y bajo la influencia del Espíritu Santo, de los sacramentos y del sacrificio de la misa. Lo que transformó a Europa fue todo lo que le trajo Nuestro Señor. Estamos de acuerdo en que hubo algunos elementos completamente secundarios que fueron asumidos por la Iglesia, pero de ahí a condenar en cierto modo esa civilización: ¡es increíble! “Esta civilización no tendría que transportarse ni llevarse —dicen los modernistas— a los pueblos que no son europeos”. Es inevitable que hay que hacer cierta adaptación, aunque sólo fuera por el problema que plantean las diferentes lenguas; es evidente. Se hicieron muchas críticas: “¿Por qué introducir el latín en esos pueblos? Más valdría enseñarles su propia lengua”, refiriéndose sobre todo a los pueblos del extremo oriente, como China, Japón, etc. Se plantearon problemas y hubo dificultades. La Santa Sede  

habría podido juzgar si realmente era útil permitir el uso de chino para la liturgia, etc. Son problemas de orden secundario. Pero los principios mismos de la civilización cristiana siguen siendo los mismos: los de la familia, de la sociedad, de la personalidad humana, de la espiritualidad del alma, y todos los principios filosóficos que enseña la Iglesia. Esto vale para todos los pueblos. Es algo que no se puede cambiar. Los hombres son los mismos en todas partes.  Los Papas se han levantado siempre contra la idea de que no se tenía que transportar la civilización europea, como si ella no fuera sencillamente la civilización cristiana. «...la civilización cristiana, inmensamente superior a la que hasta entonces trabajosamente había alcanzado el hombre en algunos pueblos más privilegiados». El Papa hace alusión a las naciones griega, egipcia, etc. Nadie puede contestar que fue Nuestro Señor Jesucristo el que vino a traernos esta civilización.

La lucha empezó con el pecado original
«Pero, como triste herencia del pecado original, quedó en el mundo la lucha entre el bien y el mal...» (§ 2). Hoy ya no quieren oír hablar del pecado original. Con todo, el Papa recuerda que la lucha empezó con él. «...en el curso de los siglos se han ido sucediendo unas a otras las convulsiones hasta llegar a la revolución de nuestros días, desencadenada ya, o que amenaza, puede decirse, en todas partes y que supera en amplitud y violencia a cuanto hubo de sufrirse en las precedentes persecuciones contra la Iglesia. Pueblos enteros están en peligro de caer de nuevo en una barbarie peor que aquella en que aun yacía la mayor parte del mundo al aparecer el Redentor».

Una sola finalidad: aniquilar la civilización cristiana

Tales son las predicciones del Papa. No es algo tan antiguo y yo creo que si viviera hoy, repetiría lo mismo. Un poco más adelante, el Papa dice que las consecuencias de esos errores y de esa revolución eran previsibles, y termina su prólogo con esta frase: «Este peligro tan amenazador, ya lo habéis comprendido, Venerables Hermanos, es el comunismo bolchevique y ateo, que tiende a derrumbar radicalmente el orden social y a socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana» (§ 3). Así que para el Papa hay una civilización cristiana, que el comunismo ha propuesto aniquilar: «derrumbar radicalmente el orden social». Por eso Pío XI dirá en la penúltima parte de su encíclica que «el comunismo es intrínsecamente perverso». Para los progresistas de hoy, el comunismo puede ser condenado por su ateísmo, pero por lo de-más, las soluciones que ofrece para la vida social y de comunidad, son válidas. El Papa se opone totalmente a este punto de vista. El comunismo no sólo ciertamente ateo sino que su proyecto es el de «derrumbar radicalmente el orden social». El Papa va a mostrar cómo «derrumba radicalmente el orden social y socava los fundamentos mismos de la civilización cristiana».Vayamos a la primera parte de esta encíclica en que el Papa expone sus razones y finalidades.

«Frente a esta amenaza, la Iglesia católica no podía callar y no calló. No calló, sobre todo, esta Sede Apostólica, que sabe cómo su misión especialísima es la defensa de la verdad, y de la justicia y de todos aquellos bienes eternos que el comunismo ateo desconoce y combate (...). Por lo que hace al comunismo, ya desde 1846 Nuestro venerado Predecesor Pío IX pronunció una solemne condenación, confirmada después en el Syllabus ».

Es interesante ver que el Papa Pío XI hace referencia al Syllabus, ese famoso Syllabus que pone los pelos de punta a los progresistas.

El 9 de noviembre de 1846 el Papa Pío IX, en su carta Qui pluribus había condenado ya el comunismo. Escribe:
«Tal es la vil conspiración contra el sagrado celibato clerical, que apoyan, ¡oh dolor! algunas personas eclesiásticas, quienes, olvidadas lamentablemente de su propia dignidad, se dejan vencer y seducir por los halagos de la sensualidad; tal la enseñanza monstruosa, sobre todo en materias filosóficas, que a la incauta juventud engaña y corrompe lamentablemente, y le da a beber hiel de dragón en cáliz de Babilonia, tal la nefanda doctrina del comunismo, contraria al derecho natural...»
El Papa Pío XI repite casi con los mismos términos lo que decía el Papa Pío IX, a quien cita:

«Contra la nefanda doctrina del llamado comunismo, tan contraria al mismo derecho natural, la cual, una vez admitida, llevaría a la radical subversión de los derechos, bienes y propiedades de to-dos y aun de la misma sociedad humana».

El texto no es exactamente el mismo que se cita en la encíclica, pero tiene el mismo sentido.
Una doctrina monstruosa
«Monstruosa y nefanda doctrina del llamado comunismo, tan contraria al mismo derecho natural, la cual, una vez admitida, llevaría a la radical subversión de los derechos, bienes y propiedades de todos y aun de la misma sociedad humana».

El Papa Pío XI cita, pues, esta encíclica del Papa Pío IX y dice: “El Papa Pío IX también los había condenado”. Basta con remitirse al capítulo IV del Syllabus para encontrar todas las referencias que condenan el comunismo. Esas referencias al Syllabus y a la encíclica Qui pluribus publicada el 9 de noviembre de 1846 por el Papa Pío IX son muy interesantes y es muy útil revisarlas.A continuación Pío XI cita aún otros cuatro documentos —son cinco en total— del Papa Pío IX que condenan el comunismo.Aunque se puede volver a leer el texto del Syllabus, por desgracia ahora es difícil encontrar los documentos de Pío IX. Se encuentran los de León XIII y los de los Papas siguientes, pero los de Pío IX es imposible, a menos que se busquen en las librerías de libros antiguos.

Las encíclicas del Papa Pío IX son realmente extraordinarias y admirables, porque aún son muy actuales. Nos gustaría que se publicaran y se pusieran en circulación, de modo que la gente pudiera leer lo que escribió. Constituyen una especie de premonición excepcional. El Papa Pío XI cita la encíclica Quod Apostolici muneris, contra los errores del mundo moderno, publicada por el Papa León XIII el 18 de diciembre de 1878.

«...en la encíclica Quod Apostolici muneris definía la mortal pestilencia que serpentea por las más íntimas entrañas de la sociedad humana y conduce al peligro extremo de la ruina».

«Es fácil comprender, Venerables Hermanos, que Nos hablamos de aquella secta de hombres que, bajo diversos y casi bárbaros nombres de socialistas, comunistas o nihilistas, esparcidos por todo el orbe, y estrechamente coligados entre sí por inicua federación, ya no buscan su defensa en las tinieblas de sus ocultas reuniones, sino que, saliendo a pública luz, confiados y a cara descubierta, se empeñan en llevar a cabo el plan, que hace tiempo concibieron, de trastornar los fundamentos de toda sociedad civil. (...) Nada dejan intacto e íntegro de lo que por las leyes humanas y divinas está sabiamente determinado para la seguridad y decoro de la vida».
En el párrafo siguiente, Pío XI recuerda los discursos que él mismo había pronunciado en las condenaciones dadas contra el comunismo:

«También Nos, durante Nuestro Pontificado, hemos denunciado a menudo y con apremiante insistencia las corrientes ateas que crecían amenazadoras. Cuando, en 1924, Nuestra misión de socorro volvía de la Unión Soviética...»

En 1924 hubo un hambre terrible en Rusia. La Santa Sede envió una misión de ayuda que fue difícilmente aceptada; sus miembros no tenían que presentarse como religiosos. Tenían que secularizarse en apariencia para poder trabajar ahí y distribuir los víveres que la Santa Sede enviaba para tratar de aplacar el hambre.

«...condenamos Nos los errores y métodos de los comunistas, en una Alocución especial, dirigida al mundo entero (18 de diciembre de 1928). Y en Nuestras encíclicas Miserentissimus Redemptor, Quadragesimo anno, Caritate Christi, Acerba animi, Dilectissima Nobis, elevamos solemne protes-ta contra las persecuciones desencadenadas en Rusia, Méjico y España» (§ 5).

En España todavía no estallaba la guerra civil de 1936 (el último documento era de 1933), pero el comunismo ya empezaba a difundirse. En Méjico, el Papa fue engañado mucho. Había confiado en el gobierno y había pedido a los Cris-teros que depusiesen las armas. Después de haberlo hecho, obedeciendo a la Santa Sede, apenas de-jaron las armas, los otros las volvieron a tomar y los exterminaron a todos. Fueron matanzas horri-bles. El Papa había sido engañado.