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sábado, 19 de marzo de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

"¡Yo muero, pero Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!"


Una vez consumados estos asesinatos dieron parte de haber alcanzado a los rebeldes, y de haberles hecho 32 muertos en combate. ¡Justamente el número de pacíficos vecinos sacrificados! El punto débil del movimiento armado es la carencia casi absoluta de parque. Todos los golpes fallaron por esta causa, aun en los casos en que inicialmente se obtuvo éxito y se quitaron armas y pertrechos al enemigo, pues nunca fueron en cantidad suficiente para resistirle cuando concentrando fuerzas atacaba con acopio de elementos. Igualmente quedó demostrado que la gente está pronta, y aun era un problema la multitud de hombres (se unían sin llevar arma alguna, como aconteció al acejotaemero Luis Navarro Origel) Al levantarse en armas arengó al pueblo y éste lo siguió en número de dos mil hombres, la inmensa mayoría inerme. Cuando trató de organizarlos y dotarlos con las armas quitadas al enemigo en el golpe inicial, se vio que sólo podía equipar a unos doscientos, con lo que el resto se sintió llamado a engaño, y esto provocó en ellos profundo resentimiento contra el general del Ejército Libertador que "les había sacado de su pueblo para dejarlos colgados". Bien pronto aparecieron traficantes sin escrúpulos, quienes ofrecían parque o armas fabricadas por el gobierno callista; pero exigían precios exorbitantes y pago por anticipado. Eran numerosos los casos en que cínicamente faltaban a sus compromisos, y sobre ello amenazaban a los intermediarios con denunciar sus actividades subversivas. Para hacer frente a los enormes gastos que exigía esta nueva actividad, la Liga Defensora de la Libertad emitió bonos cuyo valor iba desde veinte centavos hasta cien pesos, los cuales ostentaban elaborados dibujos y esta inscripción: "Contribución para la conquista de la libertad.-Año de 1927.-México", y al centro la figura de San Jorge abatiendo al dragón.

Por el reverso la siguiente leyenda: "¡México! El sacrificio de tus hijos muertos en Zamora, Chalchihuites, León y otros lugares, como mártires de la fe cristiana, es el toque de lucha por la libertad. Gravísimo deber nos apremia a reconquistarla con nuestro dinero o nuestra sangre. Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa". Los socios del Daniel O'Connell recibimos una porción de los Bonos de la Liga, como los llamó el pueblo. Humberto Pro nos dijo al dárnoslos:

-Aquí les traigo boletos para diversos viajes de recreo: los hay de veinte centavos que amparan un viaje de ida y vuelta a las Islas Marías en segunda, los hay de cinco pesos para viaje de primera sin regreso y de diez pesos para excursiones a la eternidad. De modo que vayan inscribiéndose. Entre bromas y risas nos entregamos a esta nueva actividad. Nos estimulaba a su venta el deseo de no dejamos sobrepasar por los otros compañeros que, también con entusiasmo, se esforzaban por colocar la mayor cantidad posible. En una ocasión quiso Luis lo acompañara a ver a uno de los católicos más ricos, con la esperanza de obtener de él una jugosa cooperación económica. Nos recibió con toda clase de atenciones; pero al saber el objeto de nuestra visita cambió por completo su actitud y el tono de su voz. Me impresionó la transformación, que por tan inesperada y rápida fue como si Don Miguel se hubiera quitado de pronto una careta, y apareciera el hombre mezquino y lleno de intereses que en realidad era.

-¡Lo creí más ponderado y razonable! -dijo don Miguel-. ¿Cómo es posible que sea usted de los irresponsables que juegan a la revolución arriesgando el dinero y la vida de los demás? ¿Cree usted posible que puedan tener éxito quienes se levantan en armas para pedir por amor de Dios algo de comer, como ocurrió en el asalto de la carretera a Cuernavaca?

-Conscientemente nos hemos lanzado por el único camino digno que nos han dejado -contestó con serenidad Luis--, y es usted injusto al afirmar que sólo arriesgamos la vida y el dinero de los demás.

-Retiro mi reproche -interrumpió don Miguel-; pero insisto en que este movimiento realizado por católicos es una locura que no prosperará.

-¡Prosperará! -afirmó enfáticamente Luis.

-Para hablar así es preciso que usted esté convencido de que les espera el triunfo y no lo juzgo tan infantil para creer en ello -exclamó don Miguel.

-El triunfo está en manos de Dios y no es nuestra única meta. Estamos obligados a luchar, pero no a triunfar.

-¿Lo ve usted? -replicó vivamente don Miguel-: usted no cree en el triunfo. Siendo así, ¿cómo puede fomentar este movimiento atroz que compromete la tranquilidad, la vida y el patrimonio de tantos?

-No he dicho que no crea en el triunfo -replicó más vivamente Luis-; he dicho que no peleamos sólo por el triunfo, al menos como usted lo entiende. Podremos ser vencidos; pero algo, a pesar de todo, saldrá victorioso de la lucha, y ese algo es el espíritu de México que de otro modo desaparecerá bajo la férula de los bolcheviques, quienes paso a paso irán ahogando toda manifestación de dignidad humana, todo resto de libertad, obligándonos a pensar y actuar como ellos. El tiempo de las contemporizaciones ha pasado, pues ya nos han llevado demasiado lejos. ¡Una claudicación más y estamos definitiva, irremediablemente atados al  yugo soviet!

-Siempre le he considerado sincero -comentó don Miguel-; pero no creo tengan razón usted y los suyos. El camino escogido es fatal, es la emboscada que el gobierno les ha tendido y ustedes han caído en ella, embriagados por un misticismo que en este mundo de realidades a nada conduce. 'Mucho más puede conseguirse por otros caminos, con mucho menos esfuerzo. La revolución lleva ya dentro de sí el germen de corrupción que la autodestruirá.

Su punto débil está en los hombres que la integran, los que de pronto se han encumbrado a los puestos donde se manejan grandes cantidades de dinero, el que administran sin control alguno, y pronto han aprendido a disfrutar de su poder, ellos que hasta ahora lo han odiado porque no lo tenían. Empiezan a establecer turbios contactos con los grandes negocios y mientras mayores consideran sus méritos revolucionarios más quieren ganar a su cuenta, "si no, pa' que peliamos", dicen ellos. Este es el momento de actuar. Podemos infiltrarnos en sus filas, enseñarlos a vivir, y en recompensa nos dejarán hacer; entonces veremos que no es tan fiero el león como lo pintan.

-Veo con pena que nuestros puntos de vista difieren radicalmente -dijo Luis-; usted habla de la corrupción que se advierte ya en las filas revolucionarias y de la intervención de sus hombres en turbios negocios, y yo me pregunto; ¿Esta corrupción no alcanzará a todas las fuerzas vivas del país, ya que según sus cálculos no sólo debemos dejar que siga su curso, sino que hay que fomentarla? Brevemente nos despedimos de don Miguel. Yo llevaba una nueva decepción que con el tiempo habría de confirmarse; la miseria de los mexicanos ricos, los que, salvo contadas excepciones, se han concretado a quejarse por los daños que dicen ellos les causó la revolución o se han aliado con ella a fuerza de bajezas, para sacar ventajas aún mayores de las que pretenden haber perdido. 130

A PRINCIPIOS DE ABRIL DE 1927 sufrimos un fuerte golpe con la muerte de Anacleto González Flores, prestigiado líder católico. Al verse rodeado, Anacleto avanzó solo hacia sus aprehensores diciéndoles:

-Si me buscan, aquí estoy; pero dejen en paz a los demás. Lejos de acceder a la petición del Maestro, amarraron a él y a sus tres jóvenes compañeros y los condujeron inmediatamente al Cuartel Colorado de Guadalajara. A la señora Vargas la llevaron a la Inspección de Policía, con sus tres pequeñas hijas, y las alojaron en el calabozo que ocupaban la madre y dos hermanas de Luis Padilla Gómez, presidente de la A.C.].M. en Guadalajara, quien junto con Anacleto y los hermanos Vargas fue internado en el cuartel Colorado. Encontraron al general Ferreira en estado de gran excitación, pues amonestado por su incapacidad para pacificar el Estado, quería víctimas que ofrecer a sus superiores para señalarlas como responsables del levantamiento de los cristeros. Sin darles algo de comer los tuvieron amarrados hasta las dos de la tarde, hora en que iniciaron su martirio. Acusaron al Maestro Cleto de tener comunicación con los alzados en armas, lo que negó enfáticamente. Le formularon interminables interrogatorios que pretendían les dieran detalles acerca, de la forma como estaba organizada la Unión Popular, transformada en Delegación Regional de la Liga Defensora de la Libertad. Querían los nombres de todos los jefes, así como saber cuáles eran sus planes, y de modo muy especial que les dijera dónde se escondía el viril arzobispo de Guadalajara, el ilustrísimo señor Francisco Orozco y Jiménez. Viendo que nada podían obtener de él, pues justamente se negó a traicionar al señor Arzobispo y a sus compañeros de la Unión Popular, recurrieron a la tortura física. Lo desnudaron, lo suspendieron de los dedos pulgares y lo flagelaron. Como insistiera en su negativa le cortaron los pies y el cuerpo con hojas de rasurar. Exclamó él entonces: Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Ustedes me matarán, pero sepan que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto, desde el Cielo, el triunfo de la Religión y de mi Patria.


Después, dejándolo así colgado, atormentaron frente a él a los hermanos Vargas González. Anacleto exclamó:

-¡No se ensañen con niños; si quieren sangre de hombre aquí estoy yo!
y dirigiéndose a Luis Padilla, que pedía confesión, le dijo:

-No, hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar. Es un Padre, no un Juez, el que nos espera. Tu misma sangre te purificará. Obedeciendo órdenes del general Ferreira, un soldado atravesó el costado izquierdo de Anacleto con su bayoneta, y como perdiera mucha sangre, el general ordenó formar el cuadro de ejecución.  Anacleto habló a los soldados en tales términos que éstos se negaron a disparar y hubo de substituirlos por otro pelotón; entonces el Maestro gritó con el resto de sus desfallecientes fuerzas:

-"¡Yo muero, pero Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!"

Una descarga cerrada de catorce balas ahogó sus últimas palabras.  En seguida fusilaron a Luis Padilla Gómez y a los dos hermanos Vargas. A Florentino lo perdonaron en vista de su corta edad, y fue él quien dio los detalles del martirio y ejecución de los mártires del Cuartel Colorado.

Por la noche entregaron los cadáveres a los familiares. La madre y hermanas de los Vargas fueron puestas en libertad, y al ver aquélla a su hijo Florentino junto al despojos de Jorge y Ramón, exclamó:

-¡"Ah querido hijo!, qué cerca has estado de la corona del martirio. Tal vez necesitas ser aún mejor para merecerla". Miles de personas de todas condiciones sociales desfilaron ante los cadáveres. Anacleto parecía sonreír. Tenía los ojos abiertos y ninguna contracción desfiguraba su rostro, lo cual causaba la admiración de todos los que lo veían, y tocaban a su cuerpo crucifijos, medallas, rosarios, flores y una infinidad de objetos. Cuando fue llevado a su casa la sangre fluía aún y con ella empaparon numerosos lienzos; después los cortaron en pequeños trozos que conservan como reliquias incontables personas. El sábado a las tres de la tarde fue el entierro. Formaba el cortejo una inmensa multitud encabezada por obreros, que llevaban ofrendas florales cruciformes. En el cementerio dos jóvenes y un obrero tomaron la palabra para hacer el elogio de Anacleto González Flores y su obra, poniendo en su oratoria el fuego del que clama justicia y el sentimiento del amigo que sufre el dolor de una gran pérdida y la indignación del crimen. Aquello no parecía un entierro, sino un día de triunfo. La multitud entusiasmada prorrumpía en gritos o coreaba los que otros lanzaban. Los ¡Viva Cristo Rey! y ¡Viva la Virgen de Guadalupe!, se repetían incesantemente. Los dos jóvenes que hablaron en el cementerio lo pagaron con sus vidas, pues fueron seguidos por agentes secretos, aprehendidos y fusilados. Sólo el obrero logró escabullirse entre la multitud. Después de tan sangrientos sucesos cobró mayor fuerza un artículo del Maestro Cleto que él tituló El Plebiscito de los Mártires, y el cual en su parte medular dice así:

Es necesario saber y querer escribir con sangre y deja? que sobre la propia carne, magullada, sangrante, quede el propio pensamiento fijo para siempre con las torceduras del potro, con la zarpa de los leones o la punta de la espada de los verdugos. Y porque lo que se escribe con sangre, según la frase de Nietszche, queda escrito para siempre, el voto de los mártires no perecerá jamás ... El mártir al acabar de teñir con su sangre la mano del verdugo ha dejado una señal y por encima de todos los olvidos queda escrito su voto. En la democracia y en los comicios, donde se vota con papeles y números, sabrá la tergiversación. El fraude, el soborno y la mentira podrán conjugarse para engañar y arrojar cómputos falsos y para encumbrar nulidades salidas de los estercoleros. Y la democracia vendrá a ser lo que ha sido entre nosotros: un infame escamoteo de números y de violencias donde se carga de escupitajos y de ignominia al pueblo. No sucederá esto con la democracia de los mártires... Hay no votaremos con hojas de papel marcadas con el sello de una oficina municipal; hoy votaremos con vidas. Debemos regocijarnos de que la revolución se empeñe en llegar hasta el estrangulamiento de la vida de las conciencias. Así se echa a su pesar en la corriente de una democracia en que los juegos de escamoteo y de prestidigitación electoral quedarán excluidos inevitablemente. Hoy votaremos con vidas porque aunque no habrá millones de mártires, pocos o muchos, los habrá.

No todos los mártires destacan tanto corno Anacleto González Flores, pero la masa anónima de ellos es de una fuerza y un valor incalculables. Mueren por centenares para dar testimonio de su fe, defendiendo sus derechos de hombres libres, de cristianos cabales. El callismo los mandó matar porque creyó acabaría junto con ellos el espíritu indomable del católico mexicano, pero se equivocó de extremo a extremo; entonces recurrió nuevamente a la calumnia, presentando a sus víctimas como malhechores a quienes se imponía sacrificar.