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viernes, 11 de marzo de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

 Al llegar a Querétaro


De Querétaro llegó un emisario en busca de parque para continuar la lucha. Narró las angustias de su grupo, que después del primer golpe andaba a salto de mata por falta absoluta de pertrechos. Era Braulio, campesino de nacimiento, el cual encendió en su región el fuego de la guerra santa, recorriéndola en todas direcciones; formó en las rancherías pequeños núcleos que el día convenido se reunieron llevando sus armas, casi todas de cacería: escopetas y carabinas de diversos calibres, e incluso de retrocarga o de taco, con diez o doce cartuchos cada una, y nadie un máuser.

Algunos llevaron pistolas en mal estado y peor dotadas y la mayor parte sólo tenía un cuchillo de monte; pero todos manifestaban entusiasmo por servir. El 22 de enero de 1927 dieron su primer golpe de sorpresa, atacando de improviso el pueblo de Braulio y el destacamento de la estación de ferrocarril. Se dio la consigna de no disparar hasta tener al enemigo a corta distancia para economizar las pocas balas disponibles, destacando por delante dos grupos de unos diez hombres cada uno, a quienes tocó iniciar la lucha con los soldados de línea, valientes en verdad, perfectamente adiestrados en la milicia, equipados con excelentes armas y bien pertrechados; pero los cogieron tan de sorpresa que sólo hicieron unas cuantas descargas y retrocedieron. El pueblo quedó en poder de los rancheros que llegaban por diversos lugares lanzando estentóreos gritos y vivas a Cristo Rey. Reorganizados los soldados callistas, contraatacaron enérgicamente empleando ametralladoras y máuseres a discreción; lanzaron ataque tras ataque sobre los cristeros parapetados en las bardas y casas del pueblo. Admirable fue que a pesar de su falta de preparación militar los nuestros infligieran serios descalabros a la tropa, lo que les permitió apoderarse de numerosos rifles y parque del enemigo; pero éste, cargando con rabia y tesón, logró emplazar sus ametralladoras en los lugares más estratégicos, e inmovilizó así a los cristeros. Se sucedieron instantes aflictivos en que llegaron a usar los rifles como cachiporras, asiéndolos por el cañón y golpeando con las culatas, hasta que quemado el último cartucho no fue posible presentar mayor resistencia y abandonaron las posiciones conquistadas, pero llevando como trofeo de guerra 26 rifles en magnífico estado, aunque sin dotación alguna. Se internaron en la serranía y allí estaban en espera de parque para reanudar la lucha.  Era tal el entusiasmo y la insistencia de Braulio, que logró se le cediera una parte de los cartuchos que mediante colecta se habían obtenido. El problema era su transporte. Solicitaron voluntarios y pedí permiso a mis padres, pues aun cuando ya tenía el consentimiento de ellos para cualquier actividad dentro del movimiento de resistencia, esta comisión era de gravedad excepcional. -Ofrecimos a Dios nuestras vidas, así es que se haga su voluntad -dijo mi padre con emoción-Nunca vaciles en dar la vida cuando la causa sea justa; si en la empresa mueres, muere como cristiano. Sólo quiero darte la bendición, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo -dijo haciendo sobre mí la señal ele la cruz. Conmovido lo estreché fuertemente y luego abracé a mi madre, que lloraba y en silencio repitió la bendición, con sus dedos en cruz.

Comunicada mi aceptación me ordenaron partir inmediatamente en compañía del Niño García, acejotaemero del Centro de Estudiantes Católicos. Nos entregaron dos maletas con los cartuchos envueltos en papel, para amortiguar el peculiar sonido que podían producir chocando unos contra otros. Aquellas pequeñas maletas resultaron extremadamente peligrosas, pues su peso hacía que con trabajo maniobráramos con ellas y se notaba al caminar el esfuerzo que hacíamos. Así las llevamos a través de la estación, hasta el carro de ferrocarril de segunda clase que nos llevaría a Querétaro. Insistentemente se nos recomendó colocáramos las maletas en la repisa destinada a los bultos, lo más lejos posible de nosotros, con el objeto de que en el caso de que fueran cateadas negáramos terminantemente nos pertenecieran; pero dos circunstancias impidieron cumplir esa orden: el tren se encontraba lleno al llegar nosotros, y los portabultos abarrotados, además de que su peso no permitía izarlas fácilmente para buscarles acomodo en algún pequeño hueco, así que tuvimos que dejarlas bajo el asiento, entre nuestras piernas. Nos instalamos lo mejor posible. En la banca de enfrente, una mujer del pueblo cargada de hijos, durante todo el camino estuvo en constante actividad amamantando al más pequeño, limpiando narices o enjugando lágrimas y sobre todo comprando y comiendo en cuanta estación nos deteníamos. El niño llevaba un organillo de boca que tocó hábilmente. Yo llevé las poesías de Gabriel y Galán, que en ocasiones leía en voz alta.¡Cualquiera se figuraba a lo que íbamos! En el mismo carro viajaban los soldados de la escolta del tren, tumbados sobre los duros bancos, dormitando unos tan a gusto como si en la vida no hubieran hecho otra cosa, y charlando otros animadamente; de su plática sólo alcanzábamos a oír las gruesas interjecciones y sus groseras carcajadas. Íbamos ya lejos de la ciudad de México cuando el capitán de la escolta con dos soldados inició el registro del carro revisando los bultos que le parecieron sospechosos. Al llegar a nosotros, sin decir palabra, separó con sus manos nuestras piernas para echar una ojeada bajo el asiento, se conformó con ver nuestras maletas y prosiguió su registro hasta salir del carro para dirigirse a otros. Al llegar a Querétaro bajamos con nuestras petacas, pero temiendo llamar demasiado la atención por la dificultad con que las llevábamos, decidimos encomendarlas a un cargador, que tomando las dos se las echó en la espalda de golpe y se produjo al choque el ruido característico de las balas.

-¡Ah chirrión! -exclamó el cargador, sin hacer mayor comentario, y nos dejó preocupados, pues ignorábamos si lo había dicho por el peso, que seguramente era inesperado para él, o porque hubiera reconocido el ruido de los cartuchos. Caminando llegamos al hotel que se nos había indicado, notable por sus muebles de diversos estilos, su hermoso edificio colonial y unos grandes cuadros que representaban paisajes campestres mexicanos, hechos con popotes de colores. Nos detuvimos en el centro del salón que servía de comedor y oficina y se nos acercó un señor de aspecto bonachón, regordete  y bajo de estatura, quien con gran afabilidad preguntó en qué podía sernos útil. Por toda respuesta saqué una tarjeta de visita rasgada por la  mitad, y se la entregué. Algo sorprendido la tomó y buscando en  todas sus bolsas extrajo otra mitad que coincidió con la que a mí me habían dado.  ¡Ah ! Luego ustedes son sí, sí, ya sé, pasen; pero... ¡caramba! si son unos niños Permítanme manifestarles mi más grande admiración, y el honor de presentarles a mi esposa y mis  hijas; pero antes, si ustedes no tienen a bien disponer otra cosa,  guardaremos en lugar seguro sus petacas. -Diciendo y haciendo,  las puso en la caja fuerte del hotel. -¡Vaya, vaya!... ¡Qué hermoso es todo esto! -volvió a exclamar don Luciano, que desempeñaba el cargo de administrador del hotel- Si algo les hace falta con franqueza díganlo -prosiguió-, que en pudiendo nos será muy grato complacerlos; les ruego que, sin ofender a nadie, vean esta humilde familia como la suya propia.

Seguimos a don Luciano, quien nos presentó a su esposa y tres hijas, que calificamos de archisimpáticas. En conversación fácil y amena nos narraron alegremente "sus aventuras" con motivo del "tan mentado boycot". De cómo se habían formado grupos de señoritas que se estacionaban en las afueras de los cines y tiendas comerciales, para suplicar a las personas se abstuvieran de entrar, hasta que eran conducidas a prisión. Las substituían otros nuevos grupos de inquietas y simpáticas compañeras. Nos contaron igualmente entre las tres, arrebatándose la palabra constantemente, cómo, durante la persecución religiosa en Jalisco, había ido a dar a la cárcel un numeroso grupo de acejotaemeros. Al tercer día de su encierro el alcalde de la prisión, creyendo humillarlos, mandó que debidamente vigilados por doble valla de soldados descargaran un furgón de leña; mas como algunos transeúntes se dieron cuenta de esto, corrió la voz y en un momento se encontraron rodeados de gran número de personas, muchas conocidas, las muchachas al frente. Estas los llamaban por sus nombres y les festejaban sus payasadas o sus esfuerzos cuando llevaban algún tronco pesado, y procediendo con justicia, el que tiraba el suyo o cargaba uno pequeño era objeto de las burlas de aquellas diablillas.

Una vez terminado el castigo pidieron hablar con el alcaide de la penitenciaría, que consintió en recibir a una comisión de ellos en su despacho particular, convencido de que iban a rogarle no les impusiera trabajos forzados, pues ignoraba lo ocurrido y creía haber avergonzado a aquellos señoritos bien. Grande fue su desconcierto y enojo cuando el más resuelto de la comisión le dijo:

-Señor, venimos a ver si tiene por allí algún otro furgón que nos haga favor de permitirnos descargar. Al día siguiente fuimos despertados por dos acejotaemeros de la localidad que también iban a llevar chocolates. Los habían recibido en un cargamento de huacales de piñas.

Nos dio don Luciano nuestras maletas y abordamos un destartalado automóvil de confianza. ¡Por algo dice el dicho que de los de confianza nos libre Dios' No habíamos recorrido medio kilómetro cuando fue necesario bajarnos para darle aire a una llanta que, según el chofer, se había sentado. Como carecía de repuesto tuvimos que repetir esta operación infinidad de veces y optamos por ir en el estribo con la bomba en la mano turnándonos en el trabajo. Al terminar la inflada corríamos lo más rápido posible, hasta que la pérdida de aire nos obligaba nuevamente a detenernos, y así hasta llegar a una pequeña y simpática población. Con apetito voraz entramos a la fonda del lugar, donde la dueña servía personalmente los productos de su establo y huerta. Mientras saboreaba los mejores huevos rancheros que he comido, pregunté al patrón de la fonda, como quien no quiere la cosa, si había cristeros por allí.

-¡Grandísimos bribones! -refunfuñó el patrón- Si pudiera, los fusilaba a todos.

-¡Caramba! -dije a los tres acejotaemeros de la región que nos acompañaban. Me parece que no son tan populares como quieren hacérnoslo creer en Querétaro.

-¡Vamos, Ramón! -dijo la patrona ¿Cómo es posible que tú siendo tan bueno digas semejante cosa?

-¿Es que vas a hacer creer aquí a los señores que tomas partido por ellos? -contestó el patrón.

-No estoy tomando partido con nadie, Ramón. Creo que lo que hacen es una locura y que nos van a llover males mayores; pero de eso a desear la muerte a esos jóvenes hay mucha distancia. De aquí se han ido muchos de los muchachos más buenos y sensatos, tú bien lo sabes.

-Sí -dijo el patrón-, siempre son los buenos los que cuando se meten causan más desórdenes.

-No simpatiza usted con la cristiada -dije yo al patrón.., y sin embargo tiene usted la casa llena de imágenes de santos.

-Eso es distinto -me contestó-: no es que yo no sea católico, ¡Dios me libre!; pero ellos no pueden triunfar, no pueden luchar sin elementos contra un ejército formidablemente equipado, contra un gobierno que cuenta con el apoyo yanki, del que obtiene sin limitación cuanto elemento combativo pudiera desear y que cuenta con la riqueza nacional para pagarlo. Yo soy comerciante y tengo obligaciones. Por su dichoso boycot estoy perdiendo y no van a ser ellos los que vayan a la Tesorería Municipal a pagar mi boleta de contribuciones. ¿No cree usted? En esto entraron a la tienda dos campesinos, tipo del ranchero mexicano: altos, esbeltos, el calzón blanco ceñido con faja roja en la cintura, sarape terciado, gran sombrero de copa baja y puntiaguda, andar cadencioso, pelo negro y brillante, pómulos ligeramente salidos, grandes ojos negros muy expresivos, de sonrisa franca e invitadora.

-¡Alabado sea Dios! -dijo uno de ellos adelantándose- Nos han madrugado.

-¡Arriando! dijo el otro ya está aquí mi compadre. ¡Hijo del maíz! Madrugaste, hermano.

Nuestros acompañantes queretanos les salieron al encuentro y los saludaron con fuerte abrazo. Después de presentarnos nos invitaron a salir y todos juntos nos dirigimos a la plaza del pueblo, donde varios caballos triscaban el empedrado bajo el ojo avizor de un peón membrudo, renegrido por el sol y los vientos, enjuto de carnes, cuyos ojillos vivaces nos veían con amistosa curiosidad. -Brínquenle a los cuacos y dejémonos de cosas! -dijo Epifanio, lugarteniente de Braulio, quien con él andaba en armas y esperaba ansioso el parque que les llevábamos. Con trabajos pudimos seguirles el Niño y yo en sus rápidos movimientos, a pesar de que de nuestras maletas ya se había hecho cargo el peón que cuidaba los caballos. Salíamos del pueblo, cuando el compañero de Epifanio exclamó:(…)