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martes, 1 de marzo de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

VIII
"Quítate el sombrero, pues vamos a comparecer ante el tribunal de Dios".


A FINES DE 1926 nadie creía ya que el boycot económico social pudiera modificar la empecinada terquedad de Calles, empeñado en proseguir la persecución a toda costa y contra la opinión del mundo entero. La Cámara Nacional de Comercio le envió un memorándum solicitando la urgente aplicación de medidas que resolvieran la crisis económica planteada, y la de Guadalajara en otro angustioso mensaje lo ponía al tanto de la situación y le hacía notar que iban a la bancarrota más desastrosa; pero Plutarco Elías no estaba dispuesto a escuchar a nadie y estas quejas se perdieron en el vacío, como tantas otras. Al iniciarse la persecución Calles manifestó a los católicos que tenían dos caminos para modificar las leyes: "la Representación Nacional o las armas; y en ambos estamos preparados", agregó. El pueblo optó por los caminos de paz; opuso la resistencia pasiva y solicitó del Congreso reformas a los artículos de la Constitución General de la República que están en abierta pugna con los derechos del hombre. Se presentó un memorial suscrito por todos los arzobispos y obispos del país y por miles de católicos en uso de sus derechos ciudadanos, en el que se asentó el principio básico de la resolución del problema religioso: una separación amistosa en contraposición, tanto al régimen de la unión de la Iglesia y el Estado, como a cualquier régimen en que la Iglesia quede sujeta en materias espirituales a la potestad civil. Esta petición corrió la suerte prevista en una cámara servil, hechura del propio presidente: fue rechazada sin discusión por inmensa mayoría, que juzgó improcedente la solicitud. Sólo un voto disintió, el del Diputado Ernesto Hidalgo, quien al emitirlo fue objeto de siseo s y silbidos escandalosos; en cambio se tributó entusiasta ovación al diputado Pérez H. que se proclamó "enemigo personal de Dios". El gobierno cerró así los caminos pacíficos y con sus hechos llevó al pueblo al terreno de la lucha armada, donde se sentía más preparado y donde esperaba aniquilar la oposición. En un pueblo de Zacatecas un regimiento celebró un baile en el templo del lugar, e hizo que mujeres desnudas danzaran en aquella indescriptible saturnal, pero de improviso el pueblo atacó a los soldados que, desconcertados, huían sin saber a dónde, y murieron todos a manos del pueblo indignado. Estos hombres tomaron las armas de los soldados muertos y se refugiaron en los cerros cercanos, pues sabían la suerte que correrían si se quedaban en la población.

A México llegó un miembro de la A.C.J.M. de Ayo el Chico, (población del Estado de Jalisco) quien tuvo que abandonar su pequeña huerta de naranjos, porque un capitán para apoderarse de su cosecha y de los animales que poseía lo acusó de cristero. Ese capitán despojó y dio muerte a otros pequeños propietarios, y presentó sus cadáveres como de rebeldes muertos en acciones de armas. El acejotaemero venía a suplicar se le dieran elementos con qué repeler tan injustificadas agresiones, y se comprometía a levantar en armas a los campesinos de toda la región, entre quienes gozaba de gran ascendiente. Su solicitud despertó el entusiasmo por la resistencia armada y en nuestro círculo de estudios planteamos el problema de la posición de los católicos frente a la violencia legal ejercida por autoridades despóticas. El Centavo sostuvo que a las violencias del poder los católicos no pueden responder con la violencia insurreccional. 

-Aunque resintamos daños, los más atroces -decía él-, no podemos vengamos de ellos. Ni la injusticia debe hacemos injustos ni el bandidaje convertimos en bandidos, ni el asesinato en asesinos, ni la tiranía en anarquistas. No es permitido maltratar al prójimo por haber sido uno mismo maltratado; producir el desorden porque otros lo han hecho.

A estas afirmaciones hicimos la siguiente reflexión: ¿No abre la Iglesia de par en par la puerta a los peores excesos del despotismo y la tiranía al prohibir la rebelión? Sabemos bien que los reprueba; pero ¿no está claro que quita a los ciudadanos todo medio de librarse de sus opresores? Aceptada la discusión del punto nos inscribimos en pro y en contra del derecho que como católicos tenemos de tomar las armas. Nos orientaba el Asistente Eclesiástico de nuestro Grupo, quien nos señaló obras que consultar.  

Por algunas ideas que expuse se me consideró en el bando opuesto a la resistencia armada y se me asignó el estudio de Bossuet, quien a la pregunta de si es lícita la resistencia activa a mano armada responde: "¡Nunca! Los súbditos no tienen que oponer a la violencia de los príncipes más que advertencias respetuosas, sin tumultos ni murmuraciones, y oraciones por su conversión. Cuando digo que las advertencias deben ser respetuosas, que lo sean efectivamente y no sólo en apariencia". "Aun cuando el príncipe sea un tirano cruel, aun cuando sea el enemigo más encarnizado de la verdadera religión, no se tiene el derecho de dejar su partido...Ofender de palabra o de obra la muy augusta persona del soberano, sería una especie de sacrilegio”.(que Bossuet se refería a los príncipes cuando existian las monarquías, pero no se refiere a las repúblicas y más a las tiranas, como es el caso de Plutarco Elías Calles) católicos Leer esto de Bossuet y sumarme al campo contrario fue todo uno.

Estuvimos de acuerdo en que la resistencia pasiva es siempre a la conciencia; la oposición activa legal es siempre permitida. La discusión quedó enfocada sobre la resistencia armada: ¿es permitida y cuándo? Raúl encabezó la defensa de la licitud de la resistencia armada. Su trabajo decía así: "De la misma manera que un individuo tiene el derecho innato de procurar su conservación y, por consecuencia, de defenderse a mano armada contra la violencia de una agresión injusta; de la misma manera un pueblo, cuya unidad social lo constituye en persona moral, debe necesariamente, estar provisto por la naturaleza, del mismo derecho esencial. Luego siempre que un abuso tiránico del poder, no transitorio, sino permanente y sistemático, haya reducido al pueblo a un extremo tal que, manifiestamente, vaya en ello el porvenir de su salud, entonces, según el derecho natural, a una agresión de este género, es permitido oponer una resistencia activa. En este caso no hay resistencia a la autoridad, sino a la violencia; no la hayal derecho, sino al abuso del derecho; no la hayal gobernante, sino al injusto agresor y transgresor de nuestros derechos, en el acto mismo de la agresión.

"La guerra hecha al poder en estas condiciones, es una guerra defensiva y autoriza todo lo que permite, entre partes beligerantes, el derecho de guerra defensiva. Hay ciertas actitudes que tomadas aisladamente, pudieran parecer ofensivas, pero que, colocadas en el cuadro general de los acontecimientos, toman de las circunstancias un carácter puramente defensivo. Así una nación invadida no cesa de defenderse porque sus generales tomen la iniciativa de un encuentro con el enemigo, o que según la necesidad le persigan hasta en su propio territorio".

El Centavo replicó a Raúl diciéndole que aun cuando el derecho natural permita la resistencia a mano armada, la religión cristiana no la aconseja, y puso a nuestros ojos el ejemplo de los primeros mártires cristianos. Pablo replicó al Centavo preguntándole: ¿crees que los católicos deben necesariamente dejarse matar sin hacer resistencia, aun cuando sean bastante fuertes para ello? Esto sería un caso de perfección cristiana, pero no un deber.

-Si se puede a un tiempo salvar los principios y la propia vida, hay razón para optar por ello. El ejemplo de los primeros cristianos no es aplicable a nuestro caso, pues su situación era muy distinta a la nuestra. Los que persiguen a la Iglesia en estos 'tiempos no tienen las excusas que pudieron hacerse valer para las autoridades paganas. Nosotros tenemos derechos adquiridos que defender, a los cuales deben estar subordinados los poderes públicos. Si los principios de perfección evangélica fueran de una obligatoriedad universal e incondicional, desaconsejarían también toda resistencia legal o judicial, lo mismo que toda resistencia armada. Sobre todos los casos se aplicaría esta máxima: no resistas al malvado, y si alguno te hiere la mejilla derecha, preséntale la otra. Y si alguien te lleva a juicio para quitarte la túnica, entrégale también la capa.

-Por otra parte -terció Raúl-, si se trata de intereses o conflictos privados, de dificultades personales que no comprometan en nada los principios de la moral, o los derechos de los demás, el cristiano debe en estos casos seguir los consejos de la santa dulzura evangélica. Pero cuando una obligación de orden superior nos impone el deber de defendernos, no debemos preferir el silencio, la sumisión. Además de que en todo caso para que sea la virtud el factor determinante de nuestra actitud, no debe ésta tener por motivo una debilidad pusilánime, ni una falta de corazón, sino la heroica imitación de la paciencia, de la dulzura, de la caridad de Jesucristo. En apoyo a nuestra tesis cité de las Sagradas Escrituras el pasaje de los Macabeos, que el Evangelio no ha anulado, y el hecho de que el Papa León IX emprendió frecuentes expediciones militares y fue canonizado.

-¿Esto qué prueba? -replicó el Centavo-o Si San Pablo es Príncipe de los Apóstoles, no lo es porque renegó de Jesucristo, y si David fue profeta, no lo fue por ser adúltero.

-Efectivamente -le respondí-: tal vez no sea santo Luis IX, rey de Francia, por haber tomado las armas, pero en todo caso lo fue a pesar de esto y ya con ello me debes dar la razón.

Como resultado del apasionante estudio llegamos con Mauricio de la Taille a la siguiente conclusión: Tomar la ofensiva contra el poder, es sedición; ejercer represalias, o entregarse a provocaciones, es violencia; pero defenderse -hasta romper la ofensiva adversa- no es ni sedición, ni violencia. Para entonces habían brotado ya, espontáneamente, varios casos de resistencia armada, los que en su origen, sin preparación militar alguna, sin el necesario respaldo económico, carentes de todo elemento, eran sacrificios hechos con el mismo espíritu de fe y de amor a Cristo que animó a los primeros cristianos. Dos acejotaemeros, Joaquín de Silva y Manuel Melgarejo, sintieron el llamado y, decididos a hacer algo por Cristo Rey, salieron de sus hogares para dirigirse a Zamora y Los Reyes, Michoacán, donde pensaban levantar la bandera de los derechos del pueblo. En el camino tuvieron ocasión de hablar con el general Zepeda, quien se hizo pasar como católico, y con el pretexto de mostrarles unas cicatrices en el pecho les dejó ver algunas medallas religiosas que llevaba. En el candor de sus pocos años creyeron haber hecho una valiosa conquista para su causa y le hablaron largamente de sus proyectos. Provocó el general sus confidencias deseosas de salir quiénes les secundaban, por lo que pudo convencerse de que sólo se trataba de dos jóvenes inermes, llenos de ilusiones y santo ardor por una causa noble, lo que no impidió los aprehendiera, traicionándolos, pues como amigo se les presentó y con ese carácter les hicieron externar sus más íntimos sentimientos. El mismo día los llevaron de Tingüindín a Zamora para entregarlos al general Tranquilino Mendoza, quien compadecido les ofreció su libertad, pero a cambio de ella pidióles algo que aquellos visionarios no le podían ofrecer: la promesa de abandonar la A. C. J. M. Y aceptar las leyes persecutorias, Se les acusó de sedición y se les juzgó sumariamente en el mismo instante, sin testigos, sin defensor. Melgarejo era menor de edad, pues sólo tenía diez y siete años; pero ¡quién hace caso en esta época de sutilezas jurídicas! La condena fue de muerte. Joaquín, abrazando a Manuel, dijo a sus verdugos: -"Si quieren sangre, mátenme a mí; pero dejen ir a este jovencito. ¿Qué mal ha hecho este niño?" La compasión no tenía lugar en aquel tribunal revolucionario.


El 12 de septiembre de 1926, día siguiente al de su aprehensión, los llevaron al lugar designado para victimarlos. Joaquín se descubrió y dijo a su amigo: -"Quítate el sombrero, pues vamos a comparecer ante el tribunal de Dios". Melgarejo, exhausto de fuerzas, se desmayó al escuchar estas palabras. Joaquín se despidió del pelotón que iba a ejecutarlo, afirmando que ante Dios rogaría por los generales Mendoza y Zepeda; oyéronse simultáneamente la voz de mando y el ruido eco de fusiles que se preparaban para la descarga fatal, la que hizo rodar el cuerpo de Joaquín junto a Manuel, quien reponiéndose abrazó el cadáver de su amigo exclamando: -"Yo he fracasado, pero Cristo no fracasará. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de...! La descarga del pelotón de ejecución cortó su última palabra.