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martes, 29 de marzo de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS


¡Yo Pago el Cartucho! ...

La epopeya cristera., que fue el resultado de la persecución anticristiana comunista en nuestra Patria, se encuentra, aquí y allá, embalsamada con el delicado perfume de la pureza virginal y la fortaleza invicta de la mujer mexicana. Más de una vez aparecen en estas páginas, como las más bellas flores de nuestro jardín católico, los nombres excelsos y gloriosos para siempre de las hijas mexicanas de Santa María de Guadalupe, que dieron su sangre y su vida, en holocausto de amor a Cristo Rey.

Porque, desgraciadamente, para oprobio eterno de los comunistas perseguidores, era una realidad lo que cantaba la copla popular de que ya he hecho mención, dirigida primero a impulsar el boycot, y acomodada después a la Defensa armada:

Tomar el fusil
Contra una mujer,
Es cosa que no hacen los cafres,
Y Aquí, sí lo saben hacer.
Licuarla a prisión,
Su sexo insultar,
Eso no sucede

Sino en tierras, que manda un testuan ' Testuán o tastuán es un miembro de la danza guerrera llamada de "los Tastuanes" del folklore de Jalisco y regiones cercanas. Significa una lucha de los caciques semi-salvajes de los chichimecas contra los españoles, representados en la danza por un individuo a quien llaman "Santiago" (el apóstol). Los caciques o "Tastuan" Esas tierras desdichadas, son aquellas en que, como en la Rusia comunista, mandan los "testuanes" Lenin o Stalin o sus serviles acólitos.

Y en efecto el 7 de junio de 1928, fueron arrestadas en la ciudad de Colima, la Sra. Rosalía Torres Vda. de Llerenas y la jovencita Zenaida Llerenas su hija, por el gran delito de ser hermana y sobrina, respectivamente, del coronel cristero Marcos Torres, uno de los que más les había zurrado la badana a los soldados perseguidores. Era un jueves de Corpus Christi y, naturalmente, tenían que celebrar los muy valientes perseguidores esa gran fiesta de los católicos, con alguna hazaña digna de su empresa. Gobernaba el Estado, en aquel entonces, Laureano Cervantes,, sucesor y continuador en su fatídica empresa de Solórzano Béjar, de ingrata memoria en Colima. Llevóselas a la prisión y para mayor escarnio se les puso en el departamento de la cárcel destinada a las mujeres de mala vida, para confundirlas con ellas. Pero de sobra sabían, aun aquellas pecadoras, la virtud de la familia Torres y la del coronel Marcos, que pasaba por ser uno de los más piadosos jefes de los cristeros; así que aquellas infelices, se alejaban reverentes de las dos nuevas compañeras de prisión para no mancharlas con su contacto. Y cuando les era necesario estar junto a ellas, se moderaban cuanto podían en sus palabras y acciones. ¡Dios había enviado a un ángel a la prisión, en la persona de Zenaida, para tocar el corazón de aquellas pobrecitas!

Pronto sin embargo las encerraron, separadas, en unas bartolinas inmundas, estrechas y oscuras. "Es imposible, escribe la misma señora doña Rosalía, describir los sufrimientos de esos días. Basta decir que estábamos separadas, Zenaida y yo, y sin ningún consuelo. Los que iban a tomarnos declaración nos molestaron con muchas impertinencias. A mí me decían que ya mi hija había sido fusilada y a ella le decían lo mismo de mí, y no sabíamos si era o no verdad. Los dos primeros días se dio orden de que no nos dieran de comer, pero Dios que obra en todo, puso personas caritativas que nos diesen algo". Probablemente alguna de las otras presas, compadecida, les llevaba algo del rancho que le daban en la prisión. Una de las primeras noches se presentó en las celdas de aquellas heroicas mujeres el general Heliodoro Chaires, jefe de operaciones en el Estado, para tomar sus declaraciones:

— ¿Dónde está su hermano Marcos? van todos cubiertos con unas máscaras de feroces y fantásticos animales para indicar su feroz salvajismo, y a fuerza de beber frecuentemente durante la danza que dura "todo un día" acaban ebrios por completo, para acentuar así más aún su ferocidad.

—No lo sé, general. Debe andar por el Volcán, pues es jefe de cristeros; como usted bien lo sabe y mejor que yo.

En esta declaración no faltaba su dejo de ironía, porque fue el mismo general Chaires, el que poco tiempo antes, había abandonado Colima en un tren militar para atacar a los cristeros en Manzanillo, con los cuales trabó una terrible batalla, en la que, si bien terminó con la retirada del Ejército Libertador al mando del general Degollado, los federales de Chaires sufrieron trescientas bajas, mientras que los cristeros sólo tuvieron cuarenta y cinco. Pero lo grave del caso había sido, que casi abandonada Colima, pudo el coronel Marcos Torres entrar en la ciudad por el lado oriente, sin encontrar casi resistencia, y entre los vítores y delirantes aclamaciones de los habitantes. Chaires no olvidaba aquello, y por eso quería vengar su humillación en la persona del jefe cristero o de sus familiares, lo cual era más fácil. ¡Dos mujeres! . . .No pudiendo obtener mejor respuesta de la madre, trató de conseguirla de la hija. Pero la niña Zenaida, era del mismo temple que su madre y su tío, y nada pudo obtener el general de sus negaciones y evasivas.

Entonces montando en cólera el milite le dijo:
—Eres una orgullosa y tu orgullo está en que eres virgen; pero si insistes en tu silencio te entregaré a estos soldados, en este mismo momento.

Los soldados entre gritos y risotadas obscenas, exclamaron:

— ¡Sí! sí, mi general, ¡ya la haremos hablar... !
Pero Zenaida, con toda su confianza puesta en Dios, serena y tranquila, respondió al jefe:

—General ¿ese es el honor de un militar? Bella honra debe tener, si así sabe castigar. Tiene usted armas: prefiero la muerte.

Chaires, confuso por aquella reprensión justísima, salida de los labios de una niña, dio la vuelta y ordenó a los soldados le siguieran. ¡Dios nunca abandona a los que en El confían! Otro día volvió el general a la celda de Zenaida, casi seguro de que iba a hacerla hablar sobre todo lo que supiera de los cristeros. Al fin y al cabo era una mujer... ¡y una niña!

— ¡Ya maté a tu madre! ¿Por qué no dices lo que se te pregunta? ¿Qué es lo que esperas? ¿Quieres que te mate también?

— ¿Por qué se tarda, general? Lléveme a donde está muerta mi madre y máteme a mí también ahí.

Los soldados acompañantes de Chaires, para atemorizarla, le echaron una soga al cuello y simularon que la iban a ahorcar.
—General —dijo entonces la niña—, no me ahorque, saque su pistola máteme mejor con ella.

—No, porque el parque me cuesta. — ¡Yo pago el cartucho que gaste en matarme...! Máteme con la pistola y no me ahorque.

Después de doce días de aquel continuo martirio, en que tanto sufrieron la madre y la hija, fueron llevadas ante el Juez de Distrito, y volvieron a verse ambas. El juez no pudo obtener de ellas ninguna denuncia ni retractación alguna de su catolicismo, y las envió otra vez a la cárcel, pero ya no separadas sino juntas en una misma estrecha celda. El 14 de agosto, las presas continuaban recluidas en la inmunda covacha y, mientras tanto, ese día habían asesinado en una emboscada, de la que ya hablaré en otro artículo, al coronel Marcos. Los mismos guardianes de la cárcel irrumpieron en la celda para dar a la madre y a la hija, entre risotadas y sarcasmos innobles, la terrible noticia. Ya los perseguidores habían conseguido aquello que les sirvió de pretexto para apresar a las dos mujeres, ¿por qué pues no les devolvían la libertad? ¡Vaya! es que aquello había sido sólo un pretexto al uso corriente de los comunistas de todo el mundo; lo que verdaderamente perseguían era el catolicismo y la piedad de aquellas dos heroínas de su fe, y se lo harían pagar muy duramente. Pero tantos sufrimientos, la falta de aire libre, de alimentos sanos, las amenazas continuas contra la pureza de la virgen, acabaron con la salud de Zenaida, la que el 23 de noviembre, ya no pudo levantarse de su miserable camastro. Estaba ardiendo en fiebre maligna y Doña Rosalía no poseía ni una medicina que darle en su angustia. Alguien dio a la buena señora un poco de linaza, y el guardián le permitió que con una escoba vieja hiciera un poco de lumbre y le dio un jarrito con agua, en la que coció la linaza, para dar a la niña aquella insípida infusión.

Naturalmente aquello fue inútil. ¡La señora no podía hacer más! Y así llegó el 27 de noviembre. La niña se moría sin remedio y Doña Rosalía, que hubiera deseado tanto recibiera su hija los Santos Sacramentos, tuvo que resignarse a ayudarla ella misma a bien morir. Rézale el Acto de contrición, la Comunión espiritual, el acto de Consagración de los Vasallos de Cristo Rey...y cuando ya comenzaba la agonía, le hizo repetir muchas veces la jaculatoria indulgenciada: ¡Viva Cristo Rey! Con ella en los labios, a las tres y media de la mañana, entregó Zenaida su alma purísima a Dios, coronada por los esplendores del martirio.


El pueblo de Colima que lo supo acudió al día siguiente en masa a la cárcel, exigiendo se le abrieran las puertas para entrar y regar con flores la celda y el camastro donde la niña muerta parecía sonreír.