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lunes, 14 de marzo de 2016

La Pequeña Historia de mi larga Historia

Capítulo 5
No adelantarse nunca a la Providencia

Llegamos al final… Al final y al comienzo…

Al final de mis andanzas… dentro de mi Congregación, y al comienzo de la fundación de la Fraternidad. Es entonces cuando algunos seminaristas que estaban en el Seminario francés de Roma, como los reverendos Aulagnier, Cottard y otros, al número de cinco o seis, vinieron a verme para describirme la situación del Seminario francés, que se agravaba cada vez más : ya no había disciplina, los seminaristas salían por la noche, no se llevaba sotana, se cambiaba la liturgia cada semana. Había un equipo litúrgico encargado de inventar una nueva cada semana… Verdaderamente se había instalado un desorden increíble en ese Seminario francés que yo había conocido cuando era tan próspero, y del que conservaba tan buen recuerdo. Por eso estos jóvenes seminaristas insistían en que yo hiciese algo por ellos, sabiendo que yo ya estaba libre. Personalmente no quería volver a comenzar ningún trabajo. Estábamos en 1969, y me parecía —yo tenía casi sesenta y cinco años— que ya no me correspondía a mí emprender aún otro proyecto. Muchas personas se jubilan a los sesenta y cinco años; por eso yo tal vez tenía derecho a tomarla también. Ante su insistencia, acepté hacerme cargo de ellos, pero sin pensar jamás en fundar una nueva sociedad. ¡Lejos de mí tal idea!

Friburgo
Cuando yo era Superior General, había tenido contactos con Suiza y con la provincia de Suiza, que tenía una casa para acoger a los estudiantes, a los que se enviaba a la Universidad de Friburgo para que siguieran allí las clases. Yo conocía bien a Monseñor Charrière, lo conocía personalmente, puesto que había venido a Dakar cuando yo era Arzobispo allí. Con el habría forma de entenderse para alojar a esos seminaristas en el seminario que los Padres del Espíritu Santo tenían en Friburgo, para que pudiesen seguir sus estudios en la Universidad. Era la solución que me parecía más sencilla.Por eso envié allí enseguida a algunos de ellos para sacarlos del medio en que se encontraban. Y fui una o dos veces a Friburgo para verlos, para fijarme cómo andaban más o menos las cosas. Pero también allí se hacía el aggiornamento. También allí se hacían cambios. Ya no se encontraban a gusto en la comunidad de los Padres del Espíritu Santo, porque se estaba cambiando la liturgia, se vestía de civil, y no había tampoco ninguna disciplina. «¡Oh!, me dijeron, no vamos a quedarnos mucho tiempo, no tenemos formación, no recibimos nada, ni siquiera una conferencia espiritual, nada de nada. No podemos seguir así.»

« ¡Oh, qué situación tan desagradable!», me dije.

Entonces fui a ver a Monseñor Charrière y le pregunté si, a pesar de todo, no habría en Friburgo algo mejor que esta casa de los Padres del Espíritu Santo, donde pudiesen encontrar alojamiento y formación los seminaristas de que yo me encargaba. Me contestó : «Mire usted, Monseñor, la situación está muy mal actualmente, y va de mal en peor; yo soy muy pesimista sobre el futuro mismo de la diócesis y de la formación sacerdotal. Soy pesimista, no sé cómo van a seguir las cosas. Pero tenemos, en todo caso, un seminario interdiocesano para todas las diócesis de Suiza, que recibe también a estudiantes seglares. Por consiguiente, podría recibir también a sus estudiantes. Vaya tal vez a ver ahí.» Fui a ver ese seminario interdiocesano. El Superior me recibió muy amablemente, y me dijo : «Monseñor, recibimos a estudiantes seglares, aceptaremos también a algunos jóvenes seminaristas más que vayan a la universidad. ¡Sin ningún problema! Pero tenga en cuenta que aquí no se da ninguna formación especial a los seminaristas. Aquí están en pensión, hacen lo que quieren, se organizan como quieren, nosotros no nos encargamos de ellos. Pero, si quieren, pueden muy bien tener y seguir su propio reglamento; pueden también asegurar entre sí sus ejercicios de piedad, y hacerlos juntos en la capilla… ¡sin ningún problema! Pero no cuente con nada por parte nuestra. Nosotros los alojamos, los alimentamos, pero no hacemos nada más.» Pensé : «Me encuentro con la misma situación que en los Padres del Espíritu Santo. La liturgia oficial será otra vez una liturgia nueva, y todo lo demás estará en continuo cambio… Si es así, no vale la pena que vengan aquí. No hay disciplina, pueden salir cuando se les antoja, incluso por la noche. ¡No es posible! No puedo asumir la responsabilidad de la formación de seminaristas en semejantes condiciones.»

¿Qué hacer? Pues alguna solución tenía que haber. Sabiendo que yo me encargaba de algunos seminaristas, el Padre Philippe, dominico, el señor Bernard Faÿ, seglar, ambos profesores de universidad, el Padre Abad de Hauterive y otro seglar, también amigo nuestro, encargado de la enseñanza en Friburgo, vinieron a verme. Querían hablar un poco conmigo de este tema de la formación de los seminaristas. Se interesaban por ello y se preguntaban si no habría forma de hacer algo… Por eso me hicieron ir a casa del señor Bernard Faÿ y me insistieron mucho. Me dijeron : «Monseñor, usted debe hacer algo, no puede dejar a esos seminaristas sin ayuda. Nosotros nos encargaremos de enviarle otros, eso no es difícil. Justamente conocemos a varios que desean recibir una formación seria.» Les contesté : «¡Tengo ya sesenta y cinco años, para tener que comenzarlo todo de nuevo!… Bueno, de acuerdo, me interesaré por esos seminaristas, buscaré el dinero para pagarles la pensión, los orientaré un poco hacia buenos estudios, los ayudaré. Que ellos se busquen un sacerdote, un capellán que se ocupe un poco de ellos. Acepto hacerme cargo de algo así. Pero yo, por el momento, estoy en Roma, no tengo intención de irme de Roma. No querría volver a emprender algo nuevo.» También aquí, ante este proyecto que no me atraía de ningún modo, la Providencia me obligó, una vez más, a avanzar sin reparar en obstáculos. Dije : «¡Bueno! Miren, es muy sencillo, insistan, y Monseñor Charrière decidirá. Yo conozco a Monseñor Charrière, el Obispo de Friburgo, iré a verlo. Si él me alienta, entonces veré si puedo organizar algo en favor de esos seminaristas.» Pero de ningún modo se trataba de fundar una Fraternidad. «Y si Monseñor Charrière no está de acuerdo, entonces no haré nada, o haré lo que él me diga.» Fui a ver a Monseñor Charrière y le expuse el tema. Me dijo : «¡Sí, sí, pero por supuesto! Mire usted, la situación es muy grave, y verá cómo las cosas van a empeorar. Haga, haga algo, se lo suplico. Busque algo aquí, en la ciudad, alquile una casa, aloje allí a sus seminaristas, y encárguese de ellos. Si usted no lo hace, no recibirán ninguna formación. Hay que hacer algo por ellos. No se los puede abandonar.» ¡Bueno!, contesté : «Puesto que usted es la voz de la Providencia, veré qué se puede hacer. Voy a pensarlo, y luego trataré de encontrar un alojamiento.» Entonces, con nuestros amigos de Friburgo, nos pusimos a buscar un local en la ciudad para alojar a nuestros seminaristas, a fin de que pudiesen contar con un ambiente más conforme con la formación que deseábamos darles, una verdadera formación, una formación de seminaristas, con una capilla, con la Misa, con conferencias espirituales, con un reglamento, una disciplina, etc., un ambiente de seminario.

Carretera de Marly
Encontramos algo en los Padres de Don Bosco, en la carretera de Marly. Los Padres aceptaron alquilarme prácticamente todo un piso de su casa, donde había forma de instalar una capilla, con habitaciones donde se podían alojar unas diez personas. También aceptaron darnos un comedor aparte. Alojaban a estudiantes con la esperanza de que uno u otro tendría tal vez vocación de salesiano. Pero, de hecho, no habían apenas vocaciones. Era, por decirlo así, como un hogar de jóvenes que salían a estudiar en la ciudad; pero como el hogar no estaba lleno, el Padre salesiano que se encargaba de él estaba contento, en definitiva, de alquilar una parte del inmueble, porque eso le aportaba dinero para equilibrar su presupuesto. Nos recibió amablemente, y siempre conservamos buenas relaciones con él durante el año que pasamos allí.

Comenzamos esperando a ver quien vendría… los reverendos Aulagnier, Tissier de Mallerais, Pellabeuf y otros seis, enviados por el Padre Philippe y por otros amigos de Friburgo, de modo que al principio eran nueve. Traté de encontrar a un sacerdote que me ayudara, porque aún estaba ocupado en Roma con la Propaganda. Por otra parte, no pensaba entregarme completamente a esta obra. Estos seminaristas harían sus estudios de filosofía y de teología en la Universidad de Friburgo, no tendrían clases propiamente dichas en esta casa de Don Bosco. Ella tenía más bien el fin de crear un ambiente espiritual que los ayudase a hacer sus estudios y también a formarse espiritualmente, sacerdotalmente. Así, encontré al Padre Clerc, que vino a ayudarme durante algún tiempo. El mes de octubre de 1968 fue, por lo tanto, el comienzo de este pequeño hogar…

La Providencia, una vez más, me llevaba por caminos por los que mucho no quería caminar. ¡Pero caminé!

Una extraña enfermedad
Mas de pronto caigo enfermo, realmente enfermo, les aseguro, a partir del 8 de diciembre. Estaba en Roma, y tenía gripe, una gripe peligrosa, la gripe de Hong Kong. No sabía qué enfermedad había atrapado, pero me sentía mal, me dolía el hígado, me dolía por todas partes, dormía con dificultad. Tuve que hacerme atender, no podía hacer de otro modo. Para descansar un poco durante algunas semanas, me fui a la casa de los Padres del Espíritu Santo, contando con que el Padre Clerc se encargaría de los seminaristas. Pero mi estado de salud empeoraba.

Finalmente tuve que ser internado en una clínica en Friburgo. ¡Verdaderamente creía que me moría! No podía comer, tenía la lengua completamente seca, no podía tragar ningún tipo de alimento. ¡Los doctores… los análisis…! Ya saben ustedes cómo es : análisis tras análisis. Se analizaba todo : «Usted no tiene nada, no le encontramos nada, no tiene nada.» Usted no tiene nada, pero mientras tanto no podía comer, adelgazaba, me moría. Una vez, estando así, tuvieron por fin la idea de hacerme un sondeo de estómago y de hígado. No sé quién les dio esta idea, pero menos mal que la tuvieron. Supongo que es la Providencia; en todo caso se descubrió que yo tenía parásitos, parásitos que me estaban royendo el hígado : estróngilos. Hicieron analizar algunas muestras por el Instituto tropical de Basilea; y la respuesta fue : «Estróngilos, ha de tomar tal y cual medicamento para deshacerse de ellos, y después de un poco de convalecencia se encontrará mejor.» ¿Dónde había atrapado yo esos parásitos? No lo sé. ¡En Africa, ciertamente!, me decían. Pero ya hacía mucho tiempo que yo me había ido de Africa, no era posible. ¡Entonces lo han envenenado! No sé nada. Pero la explicación más graciosa fue la de mi hermana menor, María Teresa, que vive en Colombia. ¡Pequeña pícara! Fue a buscar en el diccionario médico de Larousse la definición del término «estróngilo» : ¡parásito que se encuentra generalmente en los puercos, y que sólo se descubre después de la autopsia! ¡Oh, estoy bien arreglado! Ella estaba muy contenta de haberlo descubierto en el Larousse médico. ¡Menos mal que no se descubrió esto después de la autopsia, sino antes!… Así, seguí la debida medicación y afortunadamente me curé. De este modo pude proseguir el trabajo con los seminaristas. Pero de veras creía que Dios no quería que llevase a cabo esta obra, porque en el estado en que me encontraba… ¡Y otra vez se presentan nuevas pruebas! Tres seminaristas se van, luego un cuarto. Llegamos a fines de mayo, y sólo quedan los reverendos Aulagnier, Tissier de Mallerais y Pellabeuf. «Queridos amigos, les dije, me parece que el año que viene van a tener que instalarse en el seminario interdiocesano que visitamos últimamente. Traten de organizarse por su cuenta para hacer juntos los ejercicios de piedad y otros. Yo no voy a poder seguir así, no vale la pena, paramos aquí la experiencia.» Entonces los reverendos Aulagnier, y sobre todo Tissier de Mallerais, dijeron : «¡No! ¡Ah, no! No hay que parar nada, no queremos ir a esta casa donde no hay nada. ¡No queremos ser formados así, de ningún modo! Vamos a seguir, tal vez lleguen algunos más.»

Así fue : durante el mes de junio recibo once pedidos. ¡Once pedidos! ¡No es posible! Será preciso, pues, que siga adelante. No hay nada que hacer. Y entonces nuestros amigos, los reverendos Aulagnier y Tissier de Mallerais, me dicen :

— Monseñor, ¿qué va a ser de nosotros después? Cuando salgamos del seminario, ¿dónde iremos?

— Bueno, volverán a sus diócesis y trabajarán en sus diócesis.

— Pero los obispos no nos aceptarán jamás si guardamos la Tradición, si guardamos la sotana, si queremos mantener todo esto; ¡no querrán aceptarnos jamás! Nos van a echar de todas partes. Jamás podremos trabajar en nuestras diócesis.

— Pero entonces ¿qué hay que hacer?

— Deberíamos permanecer juntos, crear una sociedad que nos reúna, y tratar de conseguir que un obispo nos acepte y nos permita continuar la Tradición trabajando juntos, no de otro modo.

— ¡Hombre!, dije yo, tal vez tengan razón… Tratemos de fundar una sociedad. Pero haría falta que esta sociedad sea aprobada. Ocupémonos primero de los estatutos.

Así, pues, redacté los estatutos de la sociedad, y al llevárselos a Monseñor Charrière yo me decía : «Si Monseñor Charrière acepta, está bien, pero mucho me extrañaría. El sabe que estamos en favor de la Tradición, pronto acabará su mandato, tiene ganas de presentar su dimisión para el próximo mes de enero; no se querrá comprometer en un asunto como este. ¡En fin, veamos!»

— Bueno, voy a examinar esto, me dijo. Vuelva después de las vacaciones, y ahí veremos.

Mientras tanto, ¿qué íbamos a hacer con los once jóvenes esperados, y con los tres seminaristas que habían quedado? Los Salesianos ya no querían seguir alojándonos. Habían comprendido que estábamos en favor de la Tradición, puesto que no queríamos aceptar la nueva Misa. El Padre se lo había dicho a su Provincial : «Mire usted, son tradicionalistas, no aceptan la nueva Misa, siguen diciendo la antigua Misa, así no podemos seguir alojándolos en nuestra casa, no es posible.» Nos comunicaron, pues, que al final del año debíamos retirarnos. Por lo tanto, había que buscar otra casa una vez más.

La Vignettaz

Fue entonces cuando Dios nos dio, en Friburgo, esta magnífica casita de la «Vignettaz». Allí transferimos, pues, todos nuestros efectos personales a fines del mes de junio, y así nuestros seminaristas habrían podido continuar allí, como habían comenzado con los Salesianos. Pero para los once nuevos había que prever, antes del seminario, un año de preparación, de espiritualidad, una especie de noviciado. ¿Dónde alojarlos? Buscamos en los alrededores de Friburgo, en todas partes. Pero era difícil encontrar algo. En ese momento me dicen, desde Francia : «Pero vaya a ver al Doctor Lovey. El tiene en el Valais una casa que tal vez podría poner a su disposición, una casa que perteneció a los canónigos del Gran San Bernardo.» El Doctor Lovey vive en Fully… Yo no conocía personalmente al Doctor Lovey. Pero Fully me recuerda algo : conozco muy bien al párroco Bonvin que se encuentra allí. Es uno de mis antiguos compañeros de seminario, estábamos juntos en el Seminario francés. Ya nos habíamos encontrado varias veces.
Fui, pues, a Fully para ver al párroco Bonvin y le digo :

— ¿Conoce usted al Doctor Lovey?

— Claro que lo conozco. ¿Por qué?

— Bueno, parece que tiene una casa que podría poner a nuestra disposición para hacer en ella una especie de noviciado, un año de espiritualidad. Querría saber si la cosa es verdaderamente posible.

— Es muy sencillo, lo invitamos, almorzamos juntos, y ya verá usted, ya lo conversarán.
El Doctor Lovey llegó. Era la primera vez que me encontraba con el Doctor Lovey, y me dijo :

— ¡Sí, es verdad! Tenemos una casa en espera de que se le asigne algún uso. Los canónigos del Gran San Bernardo vendieron su casa de Ecône, que era su granja agrícola y al mismo tiempo un noviciado. También hacían allí la cría de sus perros. Cuando nos enteramos de que la querían vender, no quisimos que esa casa, que fue durante seiscientos años una casa de religiosos del Gran San Bernardo, se convirtiese en una casa destinada a cualquier cosa, tal vez hasta en casa de mala vida. Entonces nos reunimos cinco señores del Valais : el señor Genoud, el señor Rausis, el señor Marcel Pedroni, su hermano Alfonso Pedroni y yo mismo, y decidimos formar una asociación y comprar esta casa del Gran San Bernardo… ¡Vamos! Ya le encontraremos luego un uso. Se la hemos propuesto ya al Carmelo de Montelimar, que quería instalarse por allá, pero el edificio no les convenía. Ahora la ocupa un grupo de discapacitados, pero me da la impresión de que tampoco van a quedarse en ella… En fin, podemos verlo… conversarlo con ellos… Si a usted le conviene esta casa, está bien. Y si no le conviene, ya buscará en otra parte.

La idea era buena. Por eso fuimos a visitar la casa de los discapacitados. Era la primera vez que me encontraba con el párroco de Riddes. El párroco de Riddes estaba muy contento de pensar que tal vez habría seminaristas no lejos de su parroquia, de su pueblo. Visitamos la casa, y cantamos una «Salve Regina» en la capillita de Nuestra Señora de los Campos. Ya era casi una acción de gracias. ¡Todavía no estaba hecho el trato, pero bueno! Todo se precipitaba, verdaderamente… porque la Providencia nos conducía adelante. Había que seguir, continuar, y encontrar también sacerdotes para encargarse de los jóvenes que vendrían allí. En efecto, los discapacitados no se quedaron, y el Doctor Lovey me dijo : «Bueno, ahí tiene la casa, está a su disposición. Puede instalarse en ella cuando quiera. ¡Y luego ya verá usted!» Es lo que hicimos. El mes de octubre vinimos a instalarnos. Habían sido dos etapas importantes. Vean ustedes, una casa en Friburgo, y la casa de Ecône. Tres seminaristas por un lado no era gran cosa; pero después se les juntó otro, el reverendo Waltz, ya eran cuatro, y luego el reverendo Cottard, ya eran cinco. Cinco en la Vignettaz y once en Ecône. Ya era un buen comienzo.

La aprobación

Sin embargo, había que saber si Monseñor Charrière estaba de acuerdo para aprobar esta famosa sociedad. ¡Sí o no! Fui a verlo con muchas dudas, y temiendo que no la aceptase. Era el 1 de noviembre, y me dijo : «Sí, sí, estoy de acuerdo, estoy completamente de acuerdo. Sí, sí. Ahora mismo llamo al secretario.» Y dijo al secretario : «Prepare una hoja, etc. Escriba a máquina mi aprobación canónica de los estatutos de la Fraternidad San Pío X, fundada por Monseñor Lefebvre, etc.»

Yo me decía : «¡¡¡No es posible!!! ¡Estoy soñando! ¡No es posible!» Aún me veo de regreso a la Vignettaz con los estatutos, la firma de Monseñor Charrière y la mía, en medio de los seminaristas, y diciéndoles : «Bueno, ya está, los estatutos de la Fraternidad han sido aprobados» ¡Oh! Tampoco ellos me creían. ¡Ah, esto es una señal de la Providencia! ¡Aprobados por el obispo del lugar… es formidable! Porque tres meses más tarde le sucedía Monseñor Mamie, que ya estaba contra nosotros. El no habría querido que Monseñor Charrière, de quien era vicario general, diese su firma para esta Fraternidad. No estaba de acuerdo, pero la cosa ya estaba hecha.