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viernes, 4 de marzo de 2016

La Pequeña Historia de mi larga Historia

Mons. Lefevbre en el Seminario (el Padre Le Floch al centro)
Capítulo 2
Hacia el sacerdocio.

Partí, pues, a Roma, al Seminario francés, y cada día doy gracias a Dios de que mi padre haya tenido esta voluntad y no haya seguido mis deseos. Eso fue para mí una revelación: el Padre Le Floch y los profesores enseñaban cómo había que ver los acontecimientos de la historia actual; cómo había que descubrir los errores, el liberalismo, el modernismo y tantos otros de que no estábamos muy enterados; cómo había que buscar la verdad en las encíclicas de los papas, y particularmente en las encíclicas de San Pío X, de León XIII y de todos los Papas que los precedieron.

Esto es lo que estudiamos en el seminario. Para mí fue una revelación total. Comenzó entonces, por decirlo así, a nacer suavemente en nosotros, en todos esos seminaristas (éramos doscientos veinte), un gran deseo de conformar nuestro juicio al de los papas. Nos preguntábamos: ¿cómo los papas juzgaron los acontecimientos, las ideas, los hombres, las cosas de su tiempo, de su época? Y el Padre Le Floch nos mostraba bien cuáles habían sido las ideas directivas de esos diferentes papas, siempre las mismas, exactamente las mismas en todas sus encíclicas. Eso nos iluminó verdaderamente, nos mostró cómo había que juzgar la historia, cómo había que juzgar los acontecimientos, dónde estaban los errores, dónde estaba la verdad, cómo había que pensar… Fue para nosotros, sin lugar a dudas, una revelación, y eso hizo que se nos quedase grabada. Quedamos apegados a todas esas magníficas encíclicas de los papas, que nos muestran lo que es malo en el mundo actual, las raíces del mal, las raíces de los errores, y que nos dicen dónde está la verdad. Como ustedes ven, esto fue una primera etapa en mi vida, que muestra bien cómo Dios me guía por medio de pequeños acontecimientos: por ejemplo, haciendo que mi hermano prosiguiera sus estudios con el Padre Colin, que era devotísimo de Roma, y que aconsejó a mi padre que enviara mi hermano a Roma. Si mi hermano no hubiese estado donde estaba ese famoso Padre Colin, no nos habríamos orientado hacia Roma, y yo me habría quedado en la diócesis. ¡Es increíble cómo la Providencia conduce las cosas!, ¿no es cierto? Así, pues, a pesar de mis aprensiones, fui conducido al Seminario francés, junto a mi hermano. Este seminario, confiado a la Congregación de los Padres del Espíritu Santo, se encontraba bajo la dirección del Reverendo Padre Le Floch.

Como ya les he dicho, para mí el Seminario francés fue una verdadera revelación y una luz para toda mi vida sacerdotal y episcopal: ver los acontecimientos en el espíritu de los Sumos Pontífices que se sucedieron durante casi un siglo y medio, más particularmente los acontecimientos desde la Revolución francesa y todos los errores que nacieron de todas esas corrientes de ideas contrarias a la doctrina de la Iglesia. Los papas los denunciaron, los papas los condenaron, y por consiguiente también nosotros debíamos condenarlos. Pero, como suele suceder en esos casos, los defensores de la Iglesia, los defensores de la Verdad, los defensores de la Tradición de la Iglesia, atraen la ira contra sí. Atraen la ira de todos los que estiman que hay que hacer componendas con el mundo, que hay que adaptarse a su tiempo, que no hay que condenar los errores: «proclamemos la Verdad, pero no condenemos los errores», un tipo de gente de doble cara. Es gente peligrosa, que se llama católica, pero que al mismo tiempo pacta con los enemigos de la Iglesia. Esa gente no puede soportar la Verdad, la Verdad íntegra y firme. No puede soportar que se combatan los errores, que se combata al mundo y a Satán, y a los enemigos de la Iglesia, y que siempre se esté en estado de cruzada. Estamos en una cruzada, en un combate continuo. También Nuestro Señor proclamó la Verdad. ¡Pues bien! Le dieron muerte. Le dieron muerte porque proclamaba la Verdad, porque decía que El era Dios. ¡Sí!, lo era. No podía decir que no lo era. Y todos los mártires prefirieron dar su sangre y su vida antes que entrar en compromisos con los paganos.

Pasé seis años en Roma (más un año de servicio militar). Precisamente los tres primeros años (1923-1924, 1924-1925, 1925-1926) tuve como director al Padre Le Floch. También estuve muy contento de tener la enseñanza que nos fue impartida por los Jesuitas en la Universidad gregoriana de Roma. Llamado al servicio militar durante los años 1926 y 1927, tuve la suerte, en cierto modo, de no asistir a esa operación monstruosa que fue la destitución del querido Padre Le Floch, director del Seminario francés. Me enteré de esto por cartas de mis compañeros, y cuando, en noviembre de 1927, regresé del servicio militar para reanudar el seminario, me dieron detalles, absolutamente escandalosos, de cómo el Padre Le Floch fue liquidado, podemos decir eliminado. ¿Por qué? Porque todos esos francmasones que ya estaban en el gobierno francés y todos esos liberales que los rodeaban, temían que los discípulos del Padre Le Floch, los sacerdotes formados por el Padre Le Floch en la Verdad, en el combate contra el error y contra el mal, contra Satán, llegasen a ser obispos. En el mundo entero la mayoría de los obispos hicieron sus estudios en Roma; eso es cierto aún ahora, pero era cierto sobre todo entonces. En efecto, podían temer que entre doscientos veinte seminaristas, de los cuales tal vez ciento ochenta llegarían a ser sacerdotes y regresarían a Francia, algunos de ellos fuesen elegidos más tarde como obispos. De hecho fue lo que sucedió: muchos de mis compañeros llegaron a ser obispos en Francia. Por desgracia, muchos no tuvieron la valentía de mantener la Fe y la enseñanza que habían recibido en el Seminario francés. El ambiente del mundo, el medio del mundo, el medio liberal en que se vive de manera general, es como un veneno lento pero seguro. Así, pues, me contaron cómo habían pasado las cosas. Algunos emisarios del gobierno fueron al Vaticano, y dijeron: «No queremos que el Padre Le Floch siga a la cabeza del Seminario francés. Es un hombre peligroso, es un…» ¡Oh! ustedes ya conocen los calificativos que se dan: «integrista, fascista, ultramontano» y otros parecidos. Es fácil encontrar términos despectivos para pintar más negra la situación. «El Padre Le Floch es de Acción Francesa, el Padre Le Floch es un discípulo de Maurras, el Padre Le Floch es esto y aquello…»

El Papa Pío XI era un hombre dotado de bella inteligencia, una gran inteligencia, una gran fe también, y que escribió encíclicas maravillosas, pero que, desgraciadamente, era débil, muy débil, en la práctica de su gobierno, y más bien inclinado a aliarse algún tanto con este mundo. Destituyó no solamente al Padre Le Floch, sino también al Cardenal Billot, que era un profesor eminente de la Gregoriana, un profesor extraordinario. Sus libros de teología son magníficos. Lo destituyó por la misma razón, porque el Cardenal Billot era el tipo del hombre recto: no hacía compromisos con el error, sostenía la verdad firme y la lucha contra los errores, contra el liberalismo, contra el modernismo, como San Pío X. Era un verdadero discípulo de San Pío X. Y por eso el Cardenal Billot, convertido también en blanco del gobierno francés, fue destituido.

El pobre Papa Pío XI fue quien ocasionó la masacre de los Cristeros en México, por pedido de los obispos americanos. Los católicos mexicanos se defendían y querían luchar contra el gobierno masónico y anticristiano, anticatólico. Por eso tomaron las armas, como hicieron los Vandeanos durante la Revolución francesa, para salvar la religión, para salvar la Fe católica. El Papa los alentó al comienzo, más luego el gobierno americano francmasón que sostenía a México —siempre la Francmasonería— insistió a los obispos americanos para que cesara este combate. ¡Oh! ¡Habría un acuerdo con los católicos, no se preocupen! Entonces los obispos presionaron al Papa Pío XI, y el Papa Pío XI ordenó a los Cristeros que depusieran las armas. Depusieron las armas y fueron todos masacrados. El gobierno los hizo masacrar en masa. Horrible, absolutamente horrible. Fue verdaderamente una traición para esa pobre gente.

Lo mismo sucedió con la Acción Francesa. Se empujó al Papa Pío XI a condenar la Acción Francesa, porque la Acción Francesa, aunque no era un movimiento católico, era un movimiento de reacción contra el desorden que la Francmasonería introducía en el país. La Acción Francesa luchaba por una reacción sana, definitiva, una vuelta al orden, a la disciplina, a la moral, a la moral cristiana. Por eso el gobierno, descontento de ver a ese movimiento, insistió al Papa Pío XI para que condenase la Acción Francesa. Los que formaban parte de este movimiento eran los mejores católicos, que trataban de enderezar a Francia. Sin embargo, el Papa Pío XI condenó la Acción Francesa. La mejor prueba de que su juicio no era justo es que, después de su muerte, el Papa Pío XII, su secretario de Estado, convertido en sucesor suyo, levantó la condenación de la Acción Francesa. Pero ya era tarde. El mal ya estaba hecho. La Acción Francesa estaba por los suelos. Es terrible, porque eso tuvo consecuencias enormes. Con el Padre Le Floch pasó lo mismo: se hizo una investigación para ver si se podían encontrar cosas que reprocharle en la dirección del seminario; no era difícil, siempre se encontraría algo, y se haría comprender al Padre Le Floch que sería mejor que presentara su dimisión y que se fuese. La investigación la llevó a cabo Mons. Schuster, un eminente benedictino. El resultado de la investigación fue enteramente favorable al Padre Le Floch. Dom Schuster hizo un elogio sin límites de la acción del Padre Le Floch, de la dirección, de su seminario, de la influencia que tenía sobre los seminaristas, de la fe que tenía, y así de todo lo demás…

Los adversarios del Padre Le Floch, furiosos por el resultado de esta investigación, consiguieron convencer al Papa para que mandara hacer una contra-investigación, y nombrara a alguien que se encargase verdaderamente de decir algo que pudiese motivar la expulsión del Padre Le Floch. De este modo se acabó por encontrar a un profesor y a uno o dos alumnos del seminario que hicieron algunas observaciones: es demasiado de derechas, demasiado maurrasiano, demasiado antiliberal, demasiado… etc. Eso bastó. Fue condenado y obligado a dejar el seminario. Es absolutamente odioso.

Ahora bien, actualmente sufrimos el mismo combate. ¿Por qué somos perseguidos? ¿Por qué soy yo perseguido hoy? ¿Por qué lo son ustedes, lo somos todos en la Tradición? Porque afirmamos la Verdad y condenamos los errores, condenamos el liberalismo, condenamos el modernismo. Eso es inadmisible para la Iglesia conciliar. El Concilio ahora cambió todo eso, ahora hay que estar bien con los liberales, con los modernistas, con los francmasones, con los comunistas, con todo el mundo. Se hace ecumenismo con todo el mundo. ¡Ustedes están en contra, por consiguiente están contra el Concilio, y por lo tanto contra el Papa! ¡Condenados, pues!… ¡Que se los condene! Ya lo ven ustedes, es lo mismo, los mismos motivos, el mismo combate.

Una vez más, eso fue providencial en mi existencia. Para mí fue una lección práctica considerable, porque ahí vi la malicia y la perversidad de estos enemigos de la Verdad. Desde entonces, y sobre todo más tarde, cuando ya era obispo, siempre desconfié de toda esa gente que siempre trata de comprometer a la Iglesia, de comprometer al clero, de comprometer a los obispos con los errores modernos, con el mundo moderno. Eso me enseñó a ser vigilante cuando recibía a los sacerdotes, o cuando visitaba las diócesis y escuchaba informes sobre esto o aquello. Enseguida pensaba: ¡ah!, tal vez se oponen unos a otros porque están los liberales y los conservadores, los tradicionalistas. Siempre… Se encuentra esto más o menos en todas partes. Así, pues, el pobre Padre Le Floch se fue, y cuando volví en 1927 habían nombrado director al Padre Berthet. El sí que era un hombre de doble cara, de apariencia tradicional, pero al mismo tiempo muy acomodaticio… Ya no hablaba de condenación, de lucha, de combate contra los errores. Dejemos eso, seamos prudentes. Por este motivo los últimos años fueron un poco penosos en el seminario. Además, hubo un cierto número de seminaristas que no supieron soportar esta condenación del Padre Le Floch y dejaron el seminario en ese momento.

Fui ordenado sacerdote en 1929 en Lille por Monseñor Liénart, pero era costumbre hacer aún otro año de estudios como sacerdote en el seminario. Ya disponible para el ministerio en 1930, regresé a mi diócesis de Lille. Mi hermano, después de entrar en 1924 en los Padres del Espíritu Santo, había terminado sus estudios con ellos y había sido enviado al Gabón el mismo año de su ordenación, en 1927. Por lo que a mí se refiere, el Cardenal Liénart me nombró vicario en una pequeña ciudad bastante importante de las afueras de Lille, Marais de Lomme. Contaba con unos diez mil habitantes, casi todos obreros. Era una ciudad obrera. Esos obreros iban a trabajar en las fábricas de los alrededores, puesto que no había ni una sola en el territorio de la parroquia. Las calles eran largas, y todas las casas estaban construidas según el mismo modelo. Mucha gente procedía de la región de Boulogne, donde había bastante desempleo, y se había replegado hacia el Norte para encontrar trabajo. Había que conocer a toda esa gente. Había que visitarlos. Aún no se habían puesto en contacto con la parroquia. Pero había un grupo, una vida parroquial, muy fervorosa y constante. Por desgracia, entre los diez mil habitantes, bastante pocos eran los que practicaban. Sin embargo, tal vez llegaban a dos mil los que asistían a Misa los domingos, contando a los niños.

Primer nombramiento: Vicario

Así, pues, yo había recibido mi nombramiento, el párroco estaba avisado. Ya tenía él un vicario. Me puse en contacto con él para decirle:
            — Bueno, aquí me tiene. ¿Qué quiere usted hacer conmigo?
Yo era segundo vicario, y él tuvo una pequeña reflexión, bastante chistosa. Me dijo amablemente, bromeando un poco, pero me lo dijo en fin:
            — Oh, mire usted, yo no pedí un segundo vicario, no lo necesitaba. Me parecía que tenía bastante con uno.
         — ¡Ah, bueno!
            Y prosiguió:
            — Para una parroquia como la nuestra no veía la necesidad de tener un segundo vicario.
            Yo replique:
            — ¡Intentaré trabajar a pesar de todo!
            Él dijo entonces:
            — Pero sea usted bienvenido, desde luego, está usted en su casa, etc. Vamos a darle una habitación…
Dos de sus sobrinas se encargaban de la casa parroquial, de la cocina, de la ropa, etc. Eran muy buenas personas. Y yo conocía ya al vicario, que era un antiguo alumno del colegio del Sagrado Corazón, en Tourcoing. Por lo tanto, ya tenía algunos conocidos allí, pero evidentemente no conocía en absoluto la parroquia ni a toda la gente. Todo eso era algo nuevo para mí. Pero confieso que me apegué al ministerio de esas visitas, a esa gente. Oh, como es evidente, había gente de todas clases… Nos dividimos la parroquia por barrios. Tal barrio le toca al párroco, tal barrio al primer vicario, tal barrio al segundo vicario. Luego hubo que visitar a toda esa gente. Generalmente nos recibían bien, amablemente. Pero algunas veces había comunistas que nos cerraban la puerta en la nariz… Entonces íbamos a ver a la vecina y le preguntábamos:
            — ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Quién es? ¿Por qué se porta tan mal con nosotros?
            Ella nos decía:
            Mire usted, es un comunista rabioso, por eso no ha querido recibirlo. Pero no es una mala persona. Intentaré hablarle, trataré de arreglar las cosas, y acabará por recibirlo.
Y finalmente de hecho, cuando pasábamos por segunda vez, nos abría la puerta a pesar de todo. Tratábamos de conocer cuál era la situación de la gente, y muy frecuentemente, por desgracia, había gente divorciada, gente que vivía juntada sin estar casada. Sus hijos no iban al catecismo, etc. Teníamos, pues, que tratar de llevar todo este mundo a la parroquia. Evidentemente no era siempre fácil. Sin embargo, había resultados, porque el fondo de la gente no era malo, pero había que darle la oportunidad de conocer un poco más la parroquia y los sacerdotes. Cuando se habían puesto en contacto con el sacerdote, las cosas iban mejor. Así conseguimos regularizar bastantes situaciones. También teníamos que encargarnos de la visita a los enfermos, visitas regulares que eran interesantes; y de las confesiones, las predicaciones, el catecismo, el patronato de los niños, de los jóvenes, y otras cosas… No faltaba trabajo, y el contacto con una población sencilla, una población obrera —no eran siempre gente culta, pero sí gente buena— me resultaba simpático.

Pero allí la Providencia… La Providencia no quería que me quedara allí…