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jueves, 10 de marzo de 2016

Itinerario espiritual siguiendo a Santo Tomás de Aquino en su Suma teológica

Notas* complementarias 

1. NECESIDAD ABSOLUTA DE LA RELIGIÓN CRISTIANA CATÓLICA PARA LA SALVACIÓN Y LA SANTIDAD

La búsqueda de la santidad cristiana en Jesucristo y por Jesucristo no es libre. “Elegit nos, in Ipso, ante constitutionem mundí, ut essemus sancti: Nos eligió en Jesucristo, antes de la creación del mundo, para que sea-mos santos” (Ef. 14)Ninguna creatura humana puede eximirse de esta necesidad absoluta para llegar a la salvación. Toda la Escritura lo atestigua. Y Nuestro Señor, por quien todo ha sido hecho, ha instituido la Iglesia, el Estado y la familia, para contribuir, cada uno según su naturaleza, a la santificación de las almas por Jesucristo. La libertad que Dios nos da está esencialmente finalizada hacia la Verdad y el Bien por la ley de la caridad. No somos libres de amar o no amar a Dios, a la Santísima Trinidad y a nuestro prójimo. La libertades correlativa a la Ley de amor y de caridad. Dios cuidó de darnos sus leyes por su Verbo, leyes divinas totalmente inspiradas por el Espíritu de caridad, por el Espíritu Santo. Las leyes de la Iglesia, del Estado, de la familia, deben conformarse con estas leyes divinas, y venir así en auxilio de las almas solicitadas por el error y el pecado, y ayudarlas a convertirse al único médico: Jesucristo, Verdad y Santidad.

[Desligar las almas de la obediencia a las leyes de la sociedad civil, que no son más que la aplicación de las leyes divinas, y hacer de esta liberación un derecho natural, es un crimen de rebeldía a Dios, a Nuestro Señor. La laicización de los estados católicos y su liberación de toda religión es un crimen de apostasía, que clama venganza, cuando se calculan sus consecuencias para la perdición de las almas. La libertad de cultos y el ecumenismo que lo fomenta son un “delirio”, como lo decía Gregorio XVI en su encíclica “Mirari vos”].

2. OBJETIVIDAD DE NUESTRA NATURALEZA ESPIRITUAL Y DE LA SANTIDAD. PELIGROS DEL SUBJETIVISMO CONCILIAR
Nuestra espiritualidad es objetiva, en el sentido de que todo lo que nos santifica viene de Dios por Nues-tro Señor. “Sin Mí, dice Nuestro Señor, nada podéis hacer”. Todo el capítulo 15 de San Juan es una afirmación de esta realidad. Nuestra inteligencia se santifica en la verdad que le es enseñada, y que no viene de ella. Nuestra voluntad se santifica en la ley y la gracia del Señor, que tampoco vienen de ella. Esta dependencia de la realidad divina, distinta de nosotros mismos, es esencial para mantener el alma pro-fundamente arraigada en la virtud de humildad, en la adoración, en el agradecimiento y en un deseo cada vez más vivo de saciamos y de alimentamos en las fuentes de la santidad, especialmente las del Corazón de Jesús 

[Es difícil medir los estragos espirituales causados por la tendencia subjetivista del Concilio, por su personalismo, que se esfuerza equivocadamente por hacer abstracción de la finalidad de la naturaleza humana, de su libertad finalizada; así se explica esta exaltación del hombre, de sus derechos, de su libertad, de su conciencia: humanismo pagano que arruina la espiritualidad católica, el espíritu sacerdotal y religioso].

¡Cuánto debemos meditar estas realidades para seguir siendo católicos y guardar los principios y las fuentes de la verdadera santidad! ¡Bienaventurados los “esurientes” y los “pauperes spiritu” del Magnificat y de las Bienaventuranzas! ¡Ay de los “divites” que están llenos de sí mismos, y ya no tienen necesidad ni de Dios ni de Jesucristo! Al venir de un mundo en el que reina por todas partes el subjetivismo, que pone como fundamento de las relaciones sociales la conciencia individual, la libertad de conciencia, la autonomía de la persona, y que justifica todos los errores y todos los vicios, los jóvenes seminaristas han de poner todo su empeño en volver a encontrar el camino de la verdad y de la virtud, en la objetividad de nuestras facultades, y en reconocer en Nuestro Señor la Verdad y la Santidad.

3. LA ELECCIÓN PROVIDENCIAL DE ROMA COMO SEDE DE PEDRO, Y LOS BENEFICIOS DE ESTA ELECCIÓN PARA EL CRECIMIENTO DEL CUERPO MÍSTICO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Creo que debo añadir algunas líneas para llamar la atención de nuestros sacerdotes y de nuestros seminaristas sobre el hecho incontestable de las influencias romanas sobre nuestra espiritualidad, sobre nuestra liturgia, e incluso sobre nuestra teología. No se puede negar que esto sea un hecho providencial: Dios, que conduce todas las cosas, en su sabiduría infinita preparó a Roma para que fuera la sede de Pedro y el centro de irradiación del Evangelio. De allí el adagio “Unde Christo e Romano” Dom Guéranger, en su “Historia de Santa Cecilia”, muestra la gran parte que tuvieron los miembros de las grandes familias romanas en la fundación de la Iglesia, donando sus bienes y su sangre por la victoria y el reina-do de Jesucristo. Nuestra liturgia romana es el testigo fiel de ello. La “Romanidad” no es una palabra vacía. La lengua latina es un ejemplo importante de ello. Ella llevó la expresión de la fe y del culto católico hasta los confines del mundo. Y los pueblos convertidos estaban orgullo-sos de cantar su fe en esta lengua, símbolo real de la unidad de la fe católica.

Los cismas y las herejías comenzaron muchas veces por una ruptura con la Romanidad, ruptura con la liturgia romana, con el latín, con la teología de los Padres y de los teólogos latinos y romanos. Esta fuerza de la fe católica, arraigada en la Romanidad, es lo que la Masonería quiso destruir al ocupar los Estados Pontificios y al encerrar la Roma católica en la Ciudad del Vaticano. Esta ocupación de Roma por los masones permitió la infiltración del modernismo en la Iglesia y la destrucción de la Roma católica por los clérigos y Papas modernistas, que se apresuran en destruir todo vestigio de “Romanidad”: la lengua latina, la liturgia romana. El Papa eslavo es el más encarnizado en cambiar lo poco que guardaba el Tratado de Letrán y el Con-cordato. Roma ya no es ciudad sagrada. El Papa alienta la implantación de las falsas religiones en Roma, realiza allí escandalosas reuniones ecuménicas, fomenta por todas partes la inculturación de la liturgia, destruyendo los últimos vestigios de la liturgia romana. Modificó en la práctica el estatuto del Estado del Vaticano. Renunció a la coronación, negándose así a ser jefe de Estado. Este encarnizamiento contra la “Romanidad” es un signo infalible de ruptura con la fe católica, a la que ya no defiende. Las Universidades pontificias romanas se han convertido en cátedras de pestilencia modernista. El carácter mixto de la Gregoriana es un escándalo perpetuo.Todo debe ser restaurado “in Christo Domino”, tanto en Roma como en otras partes.

Escrutemos cómo las vías de la Providencia y de la Sabiduría divina pasan por Roma, y concluiremos que no se puede ser católico sin ser romano. Esto se aplica también a los católicos que no tienen ni la lengua latina, ni la liturgia romana; si siguen siendo católicos, es porque siguen siendo romanos, como sucede, por ejemplo, con los maronitas, gracias a los vínculos de la cultura francesa católica y romana que los formó.

Por lo demás es erróneo, a propósito de la cultura romana, hablar de cultura occidental. Los judíos católicos trajeron consigo del Oriente todo lo que era cristiano, todo lo que en el Antiguo Testamento era una preparación e iba a ser un aporte al cristianismo, todo lo que Nuestro Señor asumió y el Espíritu Santo inspiró a los Apóstoles que se sirvieran. ¡Cuántas veces las epístolas de San Pablo nos instruyen sobre este punto!

Dios quiso que el cristianismo, vertido de alguna manera en el molde romano, recibiese de él un vigor y una expansión excepcionales. Todo es gracia en el plan divino, y nuestro divino Salvador lo dispuso todo, como se dice de los Romanos, “cum consilio et patientia”, o “suaviter et fortiter”.
A nosotros nos corresponde también guardar esta Tradición romana querida por Nuestro Señor, al igual que quiso que tuviéramos a María por Madre. 

Fin de la Obra