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viernes, 25 de marzo de 2016

"Ite Missa Est"


“VIERNES SANTO"
DE LA PASION Y MUERTE DEL SEÑOR
(MAÑANA)


JESÚS CONDENADO POR CAIFÁS. — El sol baña de luz los muros y pináculos del templo de Jerusalén. Los Pontífices y Doctores de la ley no han hecho caso de su brillo para satisfacer su odio contra Jesús. Anas, que había recibido el primero al divino prisionero, ordenan que le conduzcan ante su yerno Caifas. El indigno Pontífice ha osado someter a un interrogatorio al mismo Hijo de Dios. Jesús, desdeñando responder, recibe la bofetada de un criado. Tenían preparados testigos falsos que vinieron a declarar sus mentiras ante el que es la suma Verdad; intento inútil, pues los testimonios proferidos serán contradictorios. Entonces, el Sumo Sacerdote viendo que el sistema adoptado para convencer a Jesús de blasfemo no conducía más que a desenmascarar los cómplices de su fraude, quiso sacar de la boca del mismo Salvador el delito que debía hacerle justiciable por la Sinagoga: "Te conjuro por el Dios vivo, que nos digas si Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios" Esta es la interpelación que el Pontífice dirige a Cristo. Jesús, queriendo darnos ejemplo de sumisión a la autoridad, rompe su silencio y responde con firmeza: "Tú lo has dicho, yo soy: Y os digo que a partir de ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios y venir sobre las nubes del cielo." A estas palabras el Pontífice se levanta y desgarra sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado." ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece? Unánimemente respondieron todos: "Reo es de muerte." El propio Hijo de Dios ha bajado a la tierra para llamar a la vida al hombre que se había precipitado en la muerte, y lo hace por la más espantosa inversión. El hombre, en pago de tal beneficio, conduce a su tribunal al Verbo divino y le juzga reo de muerte. Jesús guarda silencio y no aniquila en su cólera a estos hombres tan audaces e ingratos. Repitamos en este momento las palabras, con las cuales la Liturgia Griega interrumpe hoy varias veces la lectura de la Pasión: "Gloria a tu Pasión, Señor."


ESCENA DE INSULTOS. — Apenas se ha dejado oír en la plaza el grito: "Reo es de muerte", cuando los criados del Sumo Sacerdote se arrojan sobre Jesús. Le escupen en el rostro, le vendan los ojos y dándole bofetadas le dicen: "Profeta, adivina quién te ha pegado" '. Estos son los homenajes de la Sinagoga al Mesías, cuya expectación la ha vuelto tan altiva. La pluma se resiste a transcribir tales ultrajes inferidos al Hijo de Dios, y sin embargo, no son sino el exordio de lo que ha de sufrir el Redentor.


LA NEGACIÓN DE PEDRO. — Al mismo tiempo una escena mucho más dolorosa para el Corazón de Cristo se realiza fuera de la sala, en el palacio del Sumo Sacerdote. Pedro, que ha entrado allí, se ve envuelto en una contienda con los guardias y los criados, que le reconocen por uno de los galileos que seguían a Jesús. El Apóstol, desconcertado y temiendo por su vida, abandona cobardemente a su Maestro y llega hasta afirmar con juramento que jamás le conoció. ¡Triste ejemplo de castigo reservado a la presunción! ¡Oh misericordia infinita de Jesús! Los criados del Sumo Sacerdote le arrastraron hacia el lugar donde se encontraba el Apóstol; al verle le dirigió una mirada de reproche y de perdón; Pedro se humilla y llora. En este momento sale del palacio maldito; en adelante, arrepentido, no se consolará hasta haber visto a su Maestro resucitado y triunfante. Sea nuestro modelo este discípulo pecador y convertido, en estas horas de compasión en que la Iglesia quiere que seamos testigos de los dolores siempre en aumento de nuestro Salvador. Pedro se retira, pues desconfía de su fragilidad. Quedémonos nosotros hasta el fin; nada tenemos que temer; la dulce y digna mirada de Jesús que ablanda los corazones más empedernidos se dirige hacia nosotros. Los Príncipes de los Sacerdotes, viendo que el día comenzaba ya a clarear, se disponen a conducir a Jesús ante el Gobernador Romano. Ellos han formulado su causa como se hace con un blasfemo. Mas no pueden aplicarle la ley de Moisés, según la cual debería ser apedreado. Jerusalén ya no es libre ni la rigen sus propias leyes. El derecho de vida y muerte sólo lo ejercen los vencedores y siempre en nombre del César. ¿Cómo no recuerdan estos Pontífices y Doctores el oráculo de Jacob agonizante que declara que el Mesías vendría, cuando le fuese arrebatado el cetro a Judá? Pero una nube de rencor les ha ofuscado y no se percatan de que los malos tratos que ellos dan al Mesías se encuentran descritos de antemano en las profecías que leen y cuyos custodios son.


LA DESESPERACIÓN DE JUDAS. — El rumor extendido por la ciudad de que Jesús ha sido apresado esta noche y que se ultiman los preparativos para llevarle ante el Gobernador, llega a oídos de Judas. El infeliz amaba el dinero; pero no tenía motivo ninguno para maquinar la muerte de su Maestro. Conoció el poder sobrenatural de Jesús y tal vez se ilusionaba con la idea de que las consecuencias de su traición serían vencidas por aquel a quien obedecen los elementos sobrenaturales. Pero, ahora que le ve en poder de sus más crueles enemigos y todo anuncia un fin trágico, los remordimientos se apoderan de su alma. Corre al templo y arroja a los pies de los sacerdotes aquellas monedas, precio de una Sangre inocente. Diríase que se ha convertido y que va a implorar el perdón. Pero, ¡ay!, nada de eso. La desesperación es el último sentimiento que le queda y quiere poner cuanto antes fin a sus días. El recuerdo de las llamadas, de aquellos aldabonazos, que dio Jesús a su corazón en la cena del día anterior y en el huerto, no le sirven más que de acicate para perpetrar un segundo crimen. Dudó de la misericordia, para él su pecado no podría borrarse y se precipitó en la eterna condenación en el momento mismo, en que comenzaba a correr la sangre inmaculada.


JESÚS ANTE PILATOS. — Luego, los Príncipes de los Sacerdotes se presentan ante Pilatos, llevando consigo a Jesús encadenado, y piden se les escuche en un asunto criminal. El Gobernador se presenta en público y les dice algo enojado: "¿Qué acusación traéis contra este hombre? Si no fuese malhechor no te lo habríamos entregado." El desprecio y enojo se refleja en las palabras del Gobernador y la impaciencia en la respuesta de los Sacerdotes. Se ve que Pilatos se preocupa poco de ser el ministro de sus venganzas: "Tomadle, les dice, y juzgadle según vuestra ley, más estos hombres sanguinarios responden que no les es permitido quitar la vida de nadie'. Pilatos, que había salido al pretorio para hablar a los enemigos del Salvador, entra dentro y manda introducir a Jesús. El Hijo de Dios y el representante del mundo pagano se hallan frente a frente. "¿Eres el Rey de los judíos?", interroga Pilatos. "Mi reino no es de este mundo", responde Jesús; no tiene que ver nada con los reinos formados por la violencia; su origen viene de lo alto. "Si mi reino fuera de este mundo, mis soldados no me habrían dejado caer en poder de los judíos." Pronto, a mi vez ejerceré el imperio terrestre; pero, en este momento, mi reino no es de aquí abajo. "Luego, ¿Tú eres Rey?", vuelve a interrogar Pilatos. "Sí, yo soy Rey", contesta el Salvador. "Después de haber confesado su dignidad augusta, el Hombre-Dios hace un esfuerzo para elevar al romano por encima de los intereses vulgares; le propone un fin más digno que el buscar los honores de la tierra." "Yo he venido a este mundo, le dice, para dar testimonio de la Verdad; cualquiera que es de la Verdad escucha mi voz." "Y ¿qué es la Verdad?", interroga Pilatos y sin aguardar la respuesta, para acabar pronto, deja a Jesús y va se en busca de los acusadores. "No encuentro delito alguno en este hombre", les dice. El pagano creyó hallar en Jesús un doctor de alguna secta judía cuyas enseñanzas no valían la pena ser escuchadas y no sólo eso, sino que, al mismo tiempo, vio en él un hombre inofensivo en quien no se podía, sin injusticia, buscar un hombre peligroso.


ANTE HERODES. — Apenas ha manifestado su opinión favorable a Jesús, cuando los Príncipes de los Sacerdotes comienzan a acusar al Rey de los Judíos. El silencio de Jesús, en medio de tantas mentiras, hace enmudecer al Gobernador. "¿No oyes, le dice, cómo te acusan?" Estas palabras de un interés visible, no inmutan a Jesús en su digno silencio; pero provocan en sus enemigos una nueva explosión de furor: "Perturba al pueblo, gritan frenéticos los Príncipes de los Sacerdotes, enseñando por toda la Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí" '. Al oír el nombre de Galilea creyó ver un rayo de luz. Herodes, Tetrarca de Galilea está en Jerusalén. Es necesario remitirle a Jesús, su súbdito; esta cesión de la causa criminal desembarazaría al Gobernador y al mismo tiempo restablecería la armonía entre Herodes y él. El Salvador es arrastrado por las calles de la ciudad, del Pretorio al Palacio de Herodes. Sus enemigos le siguen con la misma rabia, mas Jesús guarda silencio. No recibe más que el despreció de Herodes, el asesino de Juan Bautista; pronto los habitantes de Jerusalén le ven aparecer con la vestidura de un insensato y le llevan de nuevo ante Pilatos.


BARRABÁS. — Esta reaparición inesperada del acusado, contraría mucho a Pilatos; pero cree haber hallado un nuevo medio de desembarazarse de esta causa que le es odiosa. La fiesta de Pascua le facilita la ocasión de indultar a un culpable; quiere hacer caer este favor en Jesús. El pueblo está amotinado a las puertas del Pretorio. Pondrá en paralelo a Jesús, al mismo Jesús, que hace unos días toda la ciudad llevó en triunfo, con Barrabás, el malhechor, persona odiosa en Jerusalén; la elección del pueblo no puede menos de ser favorable a Jesús. "¿A quién queréis que dé la libertad, les dice, a Jesús o a Barrabás?" La respuesta no se hace esperar; voces tumultuosas gritan: "No a Jesús, sino a Barrabás." Y ¿qué haré con Jesús? Y la chusma corta las últimas palabras del Gobernador y grita frenética. ¡Crucifícale, crucifícale! Pero ¿qué mal ha hecho?; le castigaré y le pondré en libertad. "¡No; crucifícale!"

LA FLAGELACIÓN. — La prueba no ha tenido éxito y la situación del cobarde Gobernador es más crítica que antes. En vano ha buscado para rebajar al inocente al nivel de un malhechor; la pasión de un pueblo ingrato y agitado no ha tenido cuenta alguna de ello. Pilatos se ve obligado a prometer que castigará a Jesús de modo bárbaro, para apagar un poco la sed de sangre que devora al populacho; pero no sirve más que para provocar un nuevo grito de muerte. No vayamos más lejos sin ofrecer una reparación al Hijo de Dios por los ultrajes de que acaba de ser objeto. Comparado con un infame, es preferido éste. Si Pilatos quiere por compasión salvarle, es con la condición de hacerle sufrir esta vergonzosa comparación, que resultaría vana. Las voces que cantaban el Hosanna al Hijo de David hace unos días no profieren sino aullidos feroces; y el Gobernador, temiendo una sedición, se ha comprometido a dar un castigo a aquel cuya inocencia acaba de confesar. Jesús es entregado a los soldados para que le flagelen; se le despoja violentamente de sus vestidos y se le ata a la columna que servía para estas ejecuciones. Los látigos más crueles cruzan su cuerpo y la sangre, aquella sangre inmaculada, corre por sus divinos miembros. Recojamos esta segunda efusión de sangre, por la cual Jesús expía todas las complacencias y crímenes de la carne de la humanidad entera. Es la mano de los gentiles quien le da este tratamiento; los judíos le entregan y los romanos son los ejecutores, pero todos nosotros tomamos parte en el deicidio.

LA CORONACIÓN DE ESPINAS.-—Los soldados están cansados de golpearle y los verdugos desatan a su víctima. ¿Se habrán compadecido de El? No. A tanta crueldad va a seguir una burla sacrílega. Jesús se ha llamado Rey de los Judíos y los soldados aprovechan el título para dar una forma nueva a sus ultrajes. Un rey lleva corona y los soldados van a imponérsela al Hijo de David. Tejiendo, de prisa, una diadema con ramas espinosas, la clavan en la cabeza, y por tercera vez corre la sangre de Jesús. Después, para completar la ignominia, ponen en sus espaldas un manto de púrpura y en su mano una caña, a modo de cetro. Entonces se ponen de rodillas delante de El y dicen: "¡Dios te salve, Rey de los judíos!" Pero no paró aquí su crueldad: Como acompañamiento a este homenaje insultante le escupen en el rostro y lanzan al aire sonoras carcajadas; de cuando en cuando le arrancan la caña de la mano para darle con ella en la cabeza, y de ese modo clavan más las espinas.

HOMENAJE REPARADOR. — Ante este espectáculo el cristiano se postra en doloroso respeto y dice a su vez: "¡Dios te salve, Rey de los judíos! Sí; Tú eres el Hijo de David, nuestro Mesías y nuestro Redentor. Israel no reconoce tu reinado que proclamaba no ha mucho, y la gentilidad ha hallado medios de ultrajarte; pero tú, reinarás, por la justicia en Jerusalén, que no tardará en sentir los golpes de tu cetro vengador; por la misericordia sobre los gentiles, que pronto los Apóstoles traerán a tus pies. Recibe nuestro homenaje y nuestra sumisión. Reina desde hoy en nuestros corazones y en nuestra vida entera."


ECCE-HOMO. — Jesús es conducido a Pilatos en el estado en que le ha dejado la crueldad de los soldados. El Gobernador no duda que una víctima en estado examine encontrará gracia ante el pueblo; mandando subir a Jesús a una galería del palacio le muestra a la multitud diciendo: ECCE-HOMO. "He aquí el Hombre." Esta palabra era más significativa de lo que creía Pilatos. No decía: He aquí a Jesús, ni he aquí al Rey de los Judíos; se servía de una expresión general de la que no tenía la clave; y el cristiano posee su conocimiento. El primer hombre en su sublevación contra Dios había trastornado con su pecado la obra entera del Creador; en castigo de su orgullo y su codicia, la carne había avasallado al espíritu, y la tierra misma, en señal de maldición, no producía más que espinas. El nuevo hombre que llevó, no la realidad, sino la apariencia del pecado, aparece. La obra del Creador vuelve a tomar con El su antigua armonía; mas es por medio de la violencia. Para demostrar que la carne debe estar sometida al espíritu, su carne es azotada con látigos; para demostrar que el orgullo debe ceder su lugar a la humildad, lleva una corona formada por las espinas de la tierra maldita. Triunfo del espíritu sobre los sentidos, abatimiento de la voluntad soberbia bajo el yugo de la sentencia. He ahí al hombre.


JESÚS Y PILATOS. — Israel es como el tigre; la vista de la sangre excita su sed y no está contento hasta que se baña en ella. Apenas ha visto a su víctima ensangrentada, grita con nuevo furor: "¡Crucifícale, crucifícale!" ¡Está bien!, "dice Pilatos", tomadle y crucificadle vosotros mismos; yo no hallo en El crimen alguno." Y sin embargo, por orden suya, se le ha puesto en un estado que, con él solo, puede causarle la muerte. Su cobardía será desbaratada. Los judíos replican invocando el derecho que los Romanos dejan a los pueblos conquistados. "Tenemos una ley y según esa ley debe morir, porque se proclama Hijo de Dios." A esta reclamación Pilatos se turba; vuelve a la sala con Jesús y le dice: "¿De dónde eres Tú?" Jesús se calla, Pilatos no era digno de oír al Hijo del Hombre darle razón de su origen divino. Pilatos se irrita: ¿A mí no me respondes?, le dice: "¿No sabes que tengo poder para crucificarte y para absolverte?" Jesús se digna hablar para enseñarnos que todo poder de gobierno, aun entre los infieles, viene de Dios y no de lo que se llama pacto social. "No tendrías ese poder, responde, sino te hubiese sido dado de lo alto; por tanto, el pecado de quien me ha entregado a ti, es mayor". La nobleza y la dignidad de estas palabras, subyugan al Gobernador; quiere aún salvar a Jesús. Pero los gritos del pueblo penetran de nuevo hasta él: "Si le dejas libre, le dicen, no eres amigo del César; pues todo el que se hace Rey, se levanta contra el César." A estas palabras Pilatos, tratando en una última tentativa de mover a piedad a este pueblo furioso, sale de nuevo y sube a un estrado al aire libre; se sienta y manda conducir a Jesús: "He aquí, dice, vuestro Rey; ved si César tiene que temer algo por su parte." Mas los gritos aumentan: "Quítale, quítale. Crucifícale." "Pero ¿voy a crucificar a vuestro Rey?", dice el Gobernador, que aparenta no ver la gravedad del peligro. Los Pontífices responden: "No tenemos otro rey que el César." Palabra indigna que cuando sale del santuario anuncia a los pueblos que la fe está en peligro; al mismo tiempo palabra de reprobación para Jerusalén, porque si no tiene otro rey que el César, el cetro no está ya en Judá y la hora del Mesías ha llegado.

JESÚS CONDENADO POR PILATOS. — Pilatos viendo que la sedición ha llegado al culmen y que su responsabilidad de Gobernador está amenazada, determina dejar a Jesús en manos de sus enemigos. Muy a pesar suyo dicta la sentencia que ha de producir pronto en su conciencia un remordimiento del que tratará de librarse con el suicidio. El mismo traza sobre una tablilla, con un punzón, la inscripción que ha de ponerse sobre la cabeza de Jesús. Más aún; concede al odio de los enemigos del Salvador, para mayor ignominia, que sean crucificados con El dos ladrones. Este hecho era necesario para dar cumplimiento al oráculo profético: "Será contado entre los criminales"; y después que acaba de mancillar i su' alma con el más odioso de los crímenes, se i lava públicamente las manos, al mismo tiempo que grita en presencia del pueblo: "Inocente soy de la sangre de este justo; allá os lo veréis vosotros." Y todo el pueblo responde con este anhelo: "Su sangre caiga sobre nosotros y sobre  nuestros hijos." Este fué el momento en que el i parricidio se imprimió en la frente del pueblo J ingrato y sacrílego, como en otro tiempo sobre! la de Caín. Diez y nueve siglos de servidumbre,! de miseria y de desprecio no lo han borrado aún. J Nosotros, hijos de la gentilidad sobre los que esta sangre divina ha descendido como un rocío! misericordioso, demos gracias al Padre celestial | que "ha amado tanto al mundo que le ha dado! a su único Hijo". Demos gracias al amor de estel Hijo único de Dios, que viendo que nuestras! manchas no podían ser lavadas sino en su sangre, nos la da hoy hasta en la última gota.

VÍA DOLOROSA. — Aquí comienza la Vía dolorosa, y el Pretorio de Pilatos en que fué pronunciada la sentencia de Jesús, es la primera estación. El Redentor es abandonado a los judíos por la autoridad del Gobernador. Los soldados se la podrán de El y le conducen fuera del patio del í Pretorio. Le quitan el manto de púrpura y le i visten con sus propios vestidos que le habían sido quitados para flagelarle; por fin le cargan la cruz sobre sus desgarradas espaldas. El lugar en que el nuevo Isaac recibió en sí la leña de su sacrificio es designado como la segunda estación. El escuadrón de soldados, reforzado con los ejecutores, con los príncipes de los Sacerdotes, con los Doctores de la ley y con mucho pueblo, se pone en marcha. Jesús avanza bajo el peso de la cruz; pero en seguida, desfallecido, a causa de la sangre que ha perdido y por los sufrimientos de todo género, no puede sostenerse y cae bajo la carga, señalando así con su caída la tercera estación.

ENCUENTRO DE JESÚS CON SU MADRE. — Los soldados levantan con brutalidad al divino cautivo que sucumbía, más aún bajo el peso de nuestros pecados, que bajo el del instrumento de su suplicio. Acaba de reanudar su marcha vacilante y al punto se encuentra con su Madre llorosa. La mujer fuerte, cuyo amor maternal es invencible, ha salido al encuentro de su Hijo; quiere verle, seguirle, unirse a El hasta que expire. Su dolor está por encima de toda ponderación humana. Las inquietudes de estos últimos días han agotado sus fuerzas; todos los sufrimientos de su Hijo le han sido manifestados por revelación; se ha asociado a ellos y los soporta todos y cada uno en particular. Sin embargo de eso, no puede permanecer por más tiempo lejos de la vista de los hombres; el sacrificio avanza en su curso, su consumación se acerca; es necesario estar con su Hijo y nada podrá detenerla en este momento. Magdalena está cerca de ella llorosa; Juan, María, madre de Santiago y Salomé la acompañan también; éstas lloran por su Maestro; mas ella llora por su Hijo. Jesús la ve y no puede consolarla, pues todo esto no es sino el comienzo de los dolores. El sentimiento de agonía que experimenta en este momento el corazón de la más tierna de las madres acaba de oprimir con un nuevo peso el corazón del más amante de los hijos. Los verdugos no concedieron un momento de espera en la marcha, en favor de la madre de un condenado; si quiere, puede seguir el funesto cortejo; sin embargo, el encuentro de Jesús y María en el camino del calvario señalará para siempre la cuarta estación.

EL CIRINEO. — El camino es largo aún, porque, según la ley, los criminales debían sufrir el suplicio fuera de la ciudad. Los judíos temen que la víctima expire antes de llegar al lugar del sacrificio. Un hombre que volvía del campo, llamado Simón de Cirene, encuentra el doloroso cortejo; se le detiene; y por un sentimiento cruelmente humano hacia Jesús, se le obliga a compartir con El el honor y la fatiga de llevar el instrumento de la salvación del mundo. Este encuentro de Jesús con Simón Cirineo da lugar a la quinta estación.

LA SANTA FAZ. — A unos pasos de allí, un incidente inesperado llena de admiración y estupor a los mismos verdugos. Una mujer atraviesa la muchedumbre, aparta a los soldados y va hacia. el Salvador. Sostiene entre sus manos el velo que ha desplegado y enjuga con mano temblorosa el rostro de Jesús, desfigurado por la sangre, el sudor y las bofetadas. Sin embargo de eso, lo ha reconocido porque le ama; y no ha temido exponer su vida para ofrecerle este ligero alivio. Su amor será recompensado; el rostro del Redentor se imprime milagrosamente en el lienzo, que será en adelante su más preciado tesoro, y tiene la gloria de señalar con su acto intrépido la sexta estación de la Vía dolorosa.

JESÚS SE COMPADECE DE JERUSALÉN. — Con todo eso, las fuerzas de Jesús se debilitan más y más, a medida que se acerca el término fatal. Un desfallecimiento súbito derriba al suelo—por segunda vez—a la víctima y señala la séptima estación, Jesús es en seguida levantado con violencia por los soldados y camina de nuevo por el sendero que va rociando con su sangre. Tan indignos tratos excitan los gritos y lamentaciones de un grupo de mujeres que, movidas de compasión hacia el Salvador, se habían colocado detrás de los soldados y habían hecho caso omiso de sus insultos. Jesús, emocionado del amor de estas mujeres, que, a pesar de la debilidad de su sexo, mostraban más grandeza de alma que el pueblo entero de Jerusalén, les dirige una mirada bondadosa, y tomando toda la dignidad del lenguaje de Profeta les anuncia, en presencia de los Príncipes de los Sacerdotes y de los Doctores de la Ley, el castigo que seguirá en seguida al atentado de que son testigos y que lloran con tan copiosas lágrimas. "¡Hijas de Jerusalén!, las dice en el mismo lugar indicado por la octava estación; ¡Hijas de Jerusalén! No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos; pues vendrán días en que se dirá: ¡Bienaventuradas las estériles y las entrañas que no engendraron y los senos que no amamantaron! ¡Dirán entonces- a las montañas: Caed sobre nosotros; y a las colinas: Cubridnos; y si se trata hoy así al leño verde ¿cómo se tratará entonces al seco?"

LLEGADA AL CALVARIO.---Por fin llegan a la colina del Calvario; Jesús debe aún escalarla antes de llegar al lugar de su sacrificio. Por tercera vez su extrema fatiga le hace caer en tierra y santifica el lugar que los fieles venerarán como la nona estación. La soldadesca bárbara interviene de nuevo para obligar a Jesús a reanudar su penosa marcha y después de unos pocos pasos llega por fin a la cima de este cerro que servirá de altar al más sagrado y poderoso de los holocaustos. Los verdugos se apoderan de la cruz y la extienden sobre la tierra esperando atar en ella a la víctima. Antes, según el uso de los romanos, que también lo practicaban los judíos, se ofrece a Jesús una copa que contenía vino mezclado con mirra. Este brebaje que tenía la amargura de la hiel, era un narcótico para adormecer hasta cierto punto los sentidos del paciente y disminuir los dolores de sus tormentos. Jesús acerca un momento a sus labios esa bebida que le ofrecen más por costumbre que por humanidad; pero rehúsa bebería, queriendo padecer sin mitigación alguna, todos los tormentos que se ha dignado aceptar por la salvación de los hombres. Entonces los verdugos le despojan de las vestiduras, pegadas a sus llagas, y se disponen a conducirle al lugar en que le espera la cruz. El lugar del Calvario en que Jesús fue así despojado, y donde le presentaron la bebida amarga, es designado como la décima estación de la Vía dolorosa. Las nueve primeras pueden verse aún en las calles de Jerusalén, desde el lugar del Pretorio hasta el pie del Calvario; esta última, en cambio, y las cuatro siguientes están en el interior de la iglesia del Santo Sepulcro, que encierra en su vasto recinto el teatro de las últimas escenas de la Pasión del Salvador. Pero suspendamos nuestro relato; hemos ya incluso adelantado un poco las horas de este gran día, y más tarde volveremos de nuevo al Calvario. Ahora unámonos a la Santa Iglesia en la función con que se dispone a celebrar la muerte del Señor.