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miércoles, 16 de marzo de 2016

El Peregrino Ruso

San Serafin de Sarov
¡Señor Jesucristo, ten misericordia de mí!

Te diré una cosa que vi con mis propios ojos el año pasado. En mi monasterio de Bessarabia había un staretz que llevaba una vida santa. Un día se vio sorprendido por una tentación: sintió el deseo de comer pescado seco. Y como en aquel momento no lo había en el convento, pensó ir al mercado y comprarlo. Luchó largamente contra aquel pensamiento, diciéndose a sí mismo que un monje tiene que contentarse con el alimento común de los hermanos y evitar a toda costa la glotonería. Además, para un monje ir al mercado y andar entre la gente era fuente de tentación y algo impropio. Prevalecieron, no obstante, las insidias del enemigo sobre su razón, y el monje, cediendo a la tentación, fue a comprar el pescado.

Salido que hubo del monasterio, se dio cuenta durante el trayecto de que no llevaba el rosario. y pensó: "¿Y puedo ir así, como un guerrero sin espada? Esto es impropio; la gente, al encontrarme, me juzgará y será inducida a tentación viendo a un monje sin rosario." Quería volver a buscarlo, pero hurgando en los bolsos lo encontró. Lo sacó, se hizo con él la señal de la cruz, se lo enroscó en las manos y siguió tranquilo. Estaba ya cerca del mercado cuando vio junto a una tienda un caballo con una carga de enormes cubas. En un momento, el caballo se espantó no sé con qué motivo y se encabritó con todas sus fuerzas. Arrojándosele le mordió en la espalda y lo tiró por tierra, sin hacerle, no obstante, grave daño. El carro volcó a dos pasos de él, haciéndose añicos. Pero él ya se había levantado. Naturalmente, se asustó mucho, pero al mismo tiempo se sorprendió de que Dios le hubiese salvado la vida. Porque si el carro hubiese volcado un segundo antes habría acabado él mismo como el carro. Sin pensar más, compró el pescado, se volvió al convento, se lo comió y después de habérselo comido, se fue a dormir.  Dormía ligeramente cuando se le apareció en sueños un desconocido staretz, que parecía una estatua, y le dijo: "Escucha, soy el protector de este convento y quiero que entiendas lo que hoy ha sucedido, para que recuerdes bien la lección.

Mira, tu débil lucha contra el sentimiento de placer y tu pereza en el propio conocimiento y autocontrol han inducido al enemigo a acercarse a ti y a prepararte el incidente de hoy, en el que debías sucumbir. Pero tu ángel custodio, previendo esto, te ha sugerido rezar una oración y te ha recordado el rosario. Y por haber escuchado su inspiración y haber obedecido poniéndola en práctica, te ha salvado de la muerte. ¿Ves con qué generosidad paga el amor de Dios incluso el más pequeño movimiento hacia El?" Dichas estas palabras, el staret; dejó aprisa la celda, y el monje, que se había arrodillado ante él, se despertó y se encontró no en la cama, sino de rodillas en el umbral de la puerta. El mismo me contó, a mí y a otros muchos, esta visión para nuestro provecho espiritual.

¡Realmente es ilimitado el amor de Dios con los pecadores! ¿No es extraordinario que un gesto tan pequeño como es haber sacado del bolso el rosario para tenerlo en las manos, y haber invocado una vez el Nombre de Dios, haya merecido la vida a un hombre, y que en la balanza del juicio un breve instante dedicado a invocar a Jesucristo pese más que muchas horas pasadas en la pereza? Realmente esta migaja ha sido pagada en oro. ¿Ves, hermano, el poder de la oración y de 10 que es posible la invocación del Nombre de Dios? San Juan de Kárpatos dice en la Filocalía que cuando en la oración invocamos el nombre de Jesús y decimos: "ten misericordia de mí, pecador", la voz del Señor responde en secreto: "hijo, tus pecados te son perdonados". San Juan dice más aún; dice que cuando oramos nada nos distingue de los santos, de los confesores y de los mártires, porque, como enseña también San Juan Crisóstomo, "aunque estemos llenos de pecado, cuando oramos, la oración nos lava rápidamente". La ternura de Dios es grande; y, no obstante, nosotros, pecadores, indiferentes cambiamos el tiempo de la oración, que es lo más importante, por las preocupaciones mundanas, olvidándonos de Dios y de nuestro deber. Esta es la razón por la que nos suceden con frecuencia desgracias y calamidades. ¡Y, como si aún fuera poco, Dios, en su infinita bondad, se sirve incluso de éstas para instruirnos y dirigir nuestros corazones a El!» Cuando el mercader hubo terminado de hablar al oficial, le dije:
« ¡Qué consuelo has dado también a mi alma pecadora! De buena gana me postraría a tus pies.

Oyendo esto, se volvió a mí diciendo:

«Por lo que veo, te gustan los relatos religiosos. Espera un momento y te leeré otro parecido. Tengo un precioso libro con el que viajo. Se titula Apatía O La salvación de los pecadores. Contiene relatos maravillosos.»

Sacó el libro del bolso y comenzó a leer un maravilloso relato sobre un tal Agatonik, un hombre devoto a quien sus padres habían acostumbrado desde la infancia a recitar diariamente ante el icono de la Virgen la oración: «alégrate, Virgen Madre de Dios». Al crecer y verse absorbido por las preocupaciones y negocios de la vida, fue dejando la oración hasta que la abandonó totalmente.

En cierta ocasión hospedó una noche a un peregrino, un ermitaño de la Tebaida, quien le dijo haber tenido un sueño. Debía presentarse a Agatonik para reprenderlo por haber dejado de rezar la oración a la Madre de Dios. Agatonik se justificó diciendo que había rezado mucho tiempo sin haber obtenido beneficio alguno. El ermitaño le contestó: « ¿No recuerdas, ciego y desagradecido, las muchas veces en que esta oración te ha ayudado y protegido? ¿No recuerdas cuando, siendo niño, estuviste a punto de ahogarte y fuiste milagrosamente salvado? ¿No recuerdas cuando saliste inmune de la epidemia que llevó a la tumba a tantos amigos tuyos? ¿No recuerdas cuando te caíste del carro con un amigo? El se rompió una pierna; tú, en cambio, no te hiciste nada. ¿No sabes que un joven -tú lo conoces- que era sano y fuerte, yace débil y enfermo, mientras tú gozas de buena salud y no sufres?» Estas y otras muchas cosas le recordó el ermitaño a Agatonik. Y finalmente le dijo: «Sabe que te has visto libre de todas estas desgracias debido a la protección de la santísima Madre de Dios, gracias a aquella breve oración con que diariamente elevabas tu espíritu para unirlo a Dios. Vuelve, pues, a rezar y no ceses de glorificar a la Reina del Cielo, a fin de que no te abandone.» Terminada esta lectura, nos llamaron a comer. Después, y una vez que agradecimos a nuestro hospedero sus atenciones, reemprendimos el camino y cada uno se fue por su lado. Caminé durante cinco días reconfortado con el recuerdo de los relatos del piadoso mercader de Belaja Tserkov. Estaba ya cerca de Kiev cuando, de golpe, quién sabe cómo, sentí aburrimiento y enervación, y mis pensamientos se hicieron sombríos. La oración me venía fatigosamente y se apoderó de mí una especie de indolencia. Así, descubriendo un bosquecillo al lado de la carretera, me introduje en él para descansar y leer en paz mi Filocalía a la sombra de una zarza, reforzando así mi débil espíritu. Encontré un lugar silencioso y comencé a leer a Casiano el Romano, en la cuarta parte de la Filocalía, sobre los «Ocho pensamientos». Después de media hora de alegre lectura, vi inesperadamente, a casi cincuenta pasos de mí, en lo más frondoso del bosque, a un hombre inmóvil y arrodillado. Me sentí feliz al verle, porque pensé que estaba rezando, y continué leyendo. Después de una hora, y quizá más, levanté de nuevo la mirada: el hombre continuaba en la misma postura. Esto me conmovió, y pensé: «Qué siervos tan devotos tiene Dios Mientras pensaba esto, el hombre cayó al suelo y se quedó inmóvil. Cuando estaba de rodillas lo tenía de espaldas, de forma que no había podido verle la cara. Me entró curiosidad, me acerqué y lo encontré dormido. Era un campesino, joven, de unos veinticinco años, rostro delicado y pálido. Vestía un caftán rústico, atado con una cuerda de corteza de tilo. No llevaba nada consigo, ni alforja, ni bastón. El ruido de mis pasos lo despertó y levantándose, se sentó. Le pregunté quién era:

-Un campesino de la provincia de Smolensk

-dijo-, que vengo de Kiev.

-y ¿hacia dónde vas ahora? -le pregunté.

-No lo sé -me respondió-o Iré a donde Dios me conduzca.

-¿Hace mucho que faltas de casa?

-Sí, más de cuatro años.

-¿Y dónde has vivido durante todo este tiempo?

-He visitado santuarios, monasterios e iglesias. No veía sentido al permanecer en casa. Soy huérfano y no tengo parientes. Además, estoy cojo. ¡Así voy vagando por el ancho mundo!

-Alguna buena persona debe haberte enseñado a andar, más que por el mundo, por lugares santos -dije.

-Verás -me respondió-o Siendo huérfano comencé desde niño a andar con los pastores de mi pueblo y hasta que tuve diez años todo me fue bien. Después, un día, cuando llevaba el rebaño a casa, no me di cuenta que faltaba la mejor oveja del starosta. Nuestro starosta era un campesino malo e inhumano. Cuando volvió a casa por la tarde y vio que le faltaba la oveja, se dirigió a mí con insultos y amenazas. Me dijo que si no me apresuraba a buscar la oveja, «me apalearía hasta morir y me destrozaría brazos y piernas».

Conociendo su crueldad, corrí a buscar la oveja al lugar donde había estado pastoreando el rebaño. Busca que te busca, había pasado la media noche y no aparecía huella alguna del animal. La noche era muy oscura; se acercaba el otoño. Llegando a lo más denso del bosque -y los bosques en esta provincia no parecen acabarse nunca sobrevino una tormenta. Los árboles comenzaron a balancearse. A lo lejos se escuchaba el aullido de los lobos. Me sobrecogió tal terror que se me erizó el pelo; cuanto más caminaba tanto más aumentaba mi angustia y me sentía desfallecer de miedo. Caí de rodillas, hice la señal de la cruz y grité con todas mis fuerzas: «iSeñor Jesucristo, ten misericordia de mí!» En seguida me sentí sereno, como si nunca hubiera estado angustiado. Todo mi miedo desapareció y me sentí invadido por una gran alegría como si estuviese en el cielo.

Era feliz y no cesaba de repetir la oración. Todavía hoy ignoro si la tempestad duró largo rato, ni cómo pasé la noche. Vi las primeras luces del alba y todavía estaba arrodillado. Me levanté tranquilo, me di cuenta de que era imposible encontrar 3 Jefe del Mir, típica comunidad campesina en Rusia, que poseía en común la tierra aneja al pueblo que configuraba la comunidad. la oveja y volví a casa. Tenía el corazón sereno y no cesaba de repetir la oración. Apenas llegué al pueblo, el starosta, viendo que volvía sin la oveja, la emprendió conmigo a patadas. Fue en aquella ocasión cuando quedé cojo.  No pude moverme durante seis semanas. Sólo sabía que repetía la oración y ello me confortaba. Fui mejorando y comencé a recorrer el mundo. Pero como no me gustaba encontrarme en medio de la gente, cosa que me habría llevado a cometer muchos pecados, comencé a peregrinar por santos lugares y por bosques. Así llevo ya casi cinco años.»  Oídas estas palabras, me alegré de que el Señor me hubiese concedido encontrarme con una persona tan buena, y le pregunté:

-« ¿Y rezas ahora con frecuencia la oración?»

-«No puedo estar sin ella», me respondió. "Cada vez que recuerdo lo experimentado aquella noche en el bosque, caigo de rodillas como si me empujasen, y comienzo a rezar. No sé si mi oración de pecador será acepta a Dios. Cuando rezo, a veces encuentro una gran alegría

-no sé explicarme el motivo- y suavidad de espíritu. Otras veces experimento pesadez, aburrimiento y desconsuelo. A pesar de todo, siento un gran deseo de rezar.»
-«No te desanimes, querido hermano. La oración es siempre acepta a Dios y útil para nuestra salvación, sean cuales fueren los sentimientos que tengas durante la misma. Lo dicen los santos Padres. Ninguna oración, parezca rica o pobre, se perderá ante Dios. El consuelo, fervor y dulzura manifiestan que Dios te premia y consuela por el esfuerzo realizado; la pesadez, tristeza, aridez, significa que está purificando y fortaleciendo tu alma, salvándola con esta prueba saludable, disponiéndola a saborear con humildad la futura felicidad. Para demostrártelo, te leo algo que escribió San Juan Clímaco.»

Encontré el pasaje y se lo leí. Lo escuchó con atención y me dio las gracias. Después nos separamos. Mientras él se adentraba en el bosque, yo volví al camino y reemprendí la marcha agradeciéndole a Dios que me hubiese enseñado tal lección. Al día siguiente, con la ayuda de Dios, llegué a Kiev. Mi primer y más urgente deseo era rezar mis devociones, confesarme y comulgar en aquella santa ciudad. Me detuve junto a los santos para estar más cerca de la iglesia. Me hospedó un viejo cosaco, muy bueno. Vivía solo en su cabaña, y en él encontré paz y silencio. Al finalizar la semana, durante la cual me había preparado para mi confesión, me vino la idea de hacerla lo más detallada posible. Comencé, pues, a rememorar toda mi vida, volviendo sobre mis pecados de juventud hacia adelante. Y para no olvidarlos, escribí todo lo que logré recordar hasta el último detalle. Llené un extenso folio.

Me enteré de que a unos siete kilómetros de Kiev, en la pustinia de Kiev vivía un sacerdote de significada vida ascética, muy sabio e iluminado. Todo el que se acercaba a él para confesarse encontraba una atmósfera de ternura y compasión y se volvía enriquecido con saludables enseñanzas y tranquilidad de espíritu. Me alegré con la noticia y me apresuré a ir allá. Después de haber hablado y pedido consejo a este sabio, le entregué mi folio para que lo examinase. Lo leyó todo y me dijo:

«Querido hermano, mucho de lo que has escrito es totalmente fútil. Escucha, lo primero que debes hacer es no confesar los pecados de los que ya te has arrepentido y te han sido perdonados, a no ser que hayas vuelto a cometerlos. Lo contrario significaría que no tienes fe en el poder del sacramento de la penitencia. Segundo, no debes acusar a tus cómplices, sino sólo a ti mismo.

En tercer lugar, los santos Padres prohíben detenerse en las circunstancias de los propios pecados. Hay que confesarlos en general, para evitar que renazca la tentación en ti o en el confesor. En cuarto lugar, tú has venido para arrepentirte, pero no te arrepientes, porque no sabes hacerlo. Tu arrepentimiento es tibio y negligente. En quinto lugar, has escrito todos los detalles, pero has descuidado lo esencial: no has declarado los pecados más graves. No has tomado conciencia, ni has anotado, que no amas a Dios, que detestas a tu prójimo, que no crees en la palabra de Dios y que estás lleno de orgullo y ambición. Estos cuatro pecados están en la base de todo mal y de nuestra depravación espiritual. Son éstas las principales raíces que alimentan los retoños de todas nuestras caídas.» Estaba maravillado oyendo estas palabras, y dije:

«Perdonad, reverendísimo padre, pero ¿cómo es posible no amar a Dios, nuestro Creador y conservador? ¿En qué podría creer si no es en la palabra de Dios, en la que todo es verdad y santidad? y si deseo el bien de mi prójimo, ¿cómo podría detestarlo? Por otra parte, no tengo motivo alguno para enorgullecerme: no tengo nada digno de ser alabado, sólo tengo mis innumerables pecados. Por último, mezquino y pobre como soy, la ambición es algo que no me cuadra. No es como si fuese instruido y rico; entonces seguramente sería culpable de todo lo que habéis dicho.» «Es una pena, querido amigo, que hayas entendido tan poco de lo que te he dicho. Mira, lo entenderás antes si te doy estos apuntes de los que yo me sirvo para mi propia confesión. Léelos y verás claramente confirmado todo lo que te he dicho.» El padre me dio un breve escrito y comencé a leerlo.