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jueves, 10 de marzo de 2016

DESCENDIMIENTO DE CRISTO A LOS INFIERNOS

DESCENDIMIENTO DE CRISTO A LOS INFIERNOS
En el Símbolo de la fe sigue a la muerte y sepultura de Jesucristo su descendimiento a los infiernos. Ocho artículos dedica Santo Tomás a este nuevo artículo de la fe. El primero se ocupa del hecho mismo del descendimiento, y los demás, de su permanencia y de su obra en ese lugar.

Muerto Jesús, su cuerpo fue sepultado, y en el sepulcro debía esperar el momento de la resurrección. Era natural que el alma descendiera a la morada de los muertos y que allí esperase la hora de volver a unirse con su cuerpo. Por esto los apóstoles, hablando de la resurrecci6n del Salvador, dicen que resucitó de entre Ios muertos.

Conviene advertir que este artículo de la" fe no se haya mencionado en las diversas formas del Símbolo usuales en las iglesias hasta fines del siglo IV, en que aparece por primera vez en el de Aquileya, A partir de esta fecha, se va poco a poco introduciendo, hasta que en el siglo IX lo hace la Iglesia romana, al adoptar le forma simbólica de la iglesia galicana. Pero, aunque, la inserción de este artículo de fe en el Símbolo sea tardía, el artículo mismo no fue nunca desconocido de la Iglesia. Creemos que la expresión más clara que tiene en la Sagrada Escritura es la que dejamos mencionada. Otras más hallamos que confirman, la fe de los apóstoles sobre este, punto. Dice el Salvador que, como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra (Mt 12,40). Es precisamente en el seno de la tierra donde los hebreos ponían el seol, o sea, la morada de las almas. San Pedro (Act. 2,24'S) dice de Jesús que fue por Dios resucitado, rotas las ataduras de la muerte, por cuanto no era posible que fuera dominado por ella. Como en otros pasajes. El  Apóstol personifica aquí, la muerte, a quien se atribuye el poder sobre el reino de los muertos. Jesús no pudo ser retenido en este reino, porque precisamente estaba destinado a ser vencedor de la muerte. San Pablo, glosando unas palabras del Deut. 30, 21, dice: ¿Quién subirá al cielo? Esto es, para hacer bajar a Cristo. Esto es, para ser bajar a Cristo o ¿Quien bajara al abismo? Esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos (Rom. 10.7), Pero, si Jesús estuvo en la morada de Ios muertos no fue como sujeto a la muerte sino como triunfador de ella y que venía a despojarla. Así en el Apocalipsis dice San Juan que tiene las llaves de la muerte y del infierno (2.18), es decir, del reino de la muerte. En virtud de este poder promete al ladrón, que estaba para caer en las garras de la muerte: Hoy serás conmigo en el paraíso (Luc. 2, 42, 51) San Pablo dice a los Colosenses (2,14S) que Jesús clavo en la cruz el decreto que nos condenaba y despojo a los principados y potestades, sacándolos violentamente a la vergüenza y triunfo de ellos en la cruz. Esos principados y potestades no son otros que Ios poderes infernales, que se concebían reinando sobre, los muertos.

Por esto, al subir al cielo, llevó consigo a los cautivos que había puesto en libertad (Eph. 4,8ss). Más claro habla la Epístola a los Hebreos (2,14), al decir que Cristo participó de nuestra carne y sangre para destruir por la muerte (suya) al que tenía el imperio de la muerte, esto es, ¡al diablo, y librar a aquellos que, por el temor de la muerte estaban sujetos a servidumbre. San Pedro tiene dos pasajes no tan claros como desearíamos. Dice el primero que Jesucristo, muerto en, la carne, volvió a la vida por el Espíritu y que en Él fue a predicar a los espíritus que estaban en la prisión, incredulos en otro tiempo, cuando en los días de Noé los esperaba la paciencia de Dios mientras se fabricaba el arca (1 Petr. 3,¡~SS). Según esto, Jesucristo, en espíritu, bajó a predicar a los espíritus, es decir, a las almas retenidas en la prisión, a los que, incrédulos en otro tiempo, se burlaban de Noé viéndole trabajar en el arca, mientras los esperaba la paciencia de Dios. Parece razonable suponer que a estos incrédulos y burlones, les aprovechó al fin la paciencia de Dios, y que, sin llegar a salvarse en el arca, alcanzaron con el desengaño la salud. Les llegó ésta al presentarse a ellos Jesucristo y dar les noticia de la redención  ya consumada. Esto interpretación parece confirmar el segundo pasaje: Por esto fue anunciado el Evangelio a los muertos, para que, condenados en carne. Según los hombres, vivan en el espíritu según Dios  (1.6). Estos muertos a quien fue anunciado el Evangelio, es decir, la  buena nueva de la redención, habían perecido en el diluvio y, según  el juicio humano, habrían sido condenados por la justicia de Dios;  pero en realidad no fue así, porque después de esta pena viven en el  espíritu según Dios. Semejante interpretación parece lo única conforme  con las palabras del texto sagrado y con la analogía de la fe y La más  autorizada por la tradición exegética.

Por otra parte, la doctrina del descendimiento de Jesucristo a los  infiernos halla eco desde los primeros siglos, en la enseñanza de los  Padres, de los concilios y de los papas. Citemos; por vía de ejemplo,  algunos, pasajes: «Se acordó el Señor Dios de los muertos de Israel,  que dormían bajo la tierra y descendió o ellos para anunciarles su  salud». Así San Jerónimo (Diál. con Trifon; 7.2: MG 7,645). San Ireneo  refiere la tradición recogida por él de boca de un anciano, el cual Ia  había oído a los apóstoles, que el Señor había descendido a la región  subterránea y anunciado a los que allí moraban su venida y la remisión  de los pecados para los que en Él crean (Adv. haer .• JV 27 J1.1-2: MG 6,1056-8). Tertuliano dice que Jesucristo, antes de subir a los cielos, bajó a los infiernos para comunicar a los patriarcas y profetas  la buena nueva de su venida (De anima. 55: ML 2,742S). EI1 concilio IV  de Toledo (6.13), en su profesión de fe, reconoce que Jesucristo «descendió a los infiernos para librar a los santos que allí estaban detenidos y, quebrantado el poder de la muerte, resucitó». Ya antes San León Magno había escrito a Santo Toribio de Astorga maravillándose de la  corta inteligencia que algunos tenían de la fe, pues ignoraban que  Jesucristo descendió a los infiernos, mientras su carne descansaba en  el sepulcro para luego resucitar al tercer día (ML 54,690).

Sobre este punto no puede haber ninguna duda para quien admite el testimonio de la Escritura y la tradición católica como la más segura   norma de su interpretación, pues los protestantes, después de asegurar que Jesucristo había sufrido hasta las penas del infierno por nosotros, acabaron por renunciar totalmente a este artículo de la fe, Pero veamos, el sentido hondo de este artículo.